Él soltó a Verbena y le dio la espalda, no podía creer lo que había olido, era imposible que antes no hubiera sentido ese olor. Apretó su mandíbula molesto, ahora ya muchas cosas tenían sentido. Se giró y observó a Verbena en silencio, las cejas de ella estaban levemente juntas con una expresión de confusión. Verbena abrió la boca intentando vocalizar algunas palabras, pero el Conde levantó su mano en una señal de que se quedara callada, ella cerró su boca y guardó silencio.
—¿Qué sucedió cuando te envenenaron? —Dijo el Conde tomando una distancia un poco alejada.
—No lo recuerdo —respondió Verbena sintiendo temor por su pregunta, luego agregó con la voz temblorosa—, solo desperté en la habitación de…
Pero sus palabras no llegaron a completar lo que iba a decir, el Conde de un solo movimiento había sacado una pequeña daga y la había lanzado al pecho de Verbena, la daga se había clavado en su corazón. Ella llevó las manos a su pecho y sujetó la daga, sus ojos verdes se llenaron de lágrimas, su boca tembló levemente y sus rodillas se doblaron. Ella colocó una mano sobre el suelo y observó como la sangre goteaba de la daga y en su boca sentía un sabor a óxido.
—¿Por qué? —Se atrevió a pronunciar mientras escupía sangre.
El Conde guardó silencio y la observó desde la lejanía, pudo sentir ese aroma con más fuerza, como si siempre hubiera estado allí, algo que ya no podía ignorar, ella tenía el aroma de un vampiro.
El cuerpo de Verbena cayó a un lado y sus ojos quedaron abiertos mientras las lágrimas caían sobre sus mejillas, nuevamente había confiado en un vampiro. Su corazón dejó de latir lentamente y sus labios perdieron la movilidad, allí, bajo los tenues haces de luces del sol, un recipiente había muerto.
A lo lejos escuchó un grito desgarrador, el Conde apartó la mirada del cuerpo del recipiente y pudo observar como Ciro intentaba controlar a su pequeño hermano, sus ojos estaban inyectados en sangre, y su iris estaba negro, tan negro como la noche. Sus colmillos estaban más grandes de lo normal. El infante de un solo movimiento le rompió los brazos a Ciro, el mayordomo hizo una mueca y se quedó en su lugar. El Conde seguía con una fría expresión, observó como el niño se acercó peligrosamente hacia él con la intención de arrancarle la cabeza.
El Conde se inclinó y Taro siguió de largo, detrás de él podía escuchar como Taro soltaba pequeños gruñidos de dolor. Dio un leve giro y recibió el golpe del niño en todo su rostro. El Conde cayó al suelo e intentó ponerse de pie, pero Taro volvió a arremeter contra él, con una fuerza desorbitante sujetó la cabeza del Conde, estaba dispuesto a arrancar la cabeza de su cuerpo.
—Puedes salvarla —indicó el Conde con una sonrisa.
Los ojos de Taro volvieron nuevamente a la normalidad y su fuerza se esfumó rápidamente, el niño se giró y corrió hacia el cuerpo del recipiente, sus pequeñas manos sujetaron su rostro y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No te mueras —lloró con fuerza mientras sujetaba la daga entre sus manos y luego gritó—, ¡por favor, quédate conmigo!
Taro estaba recordando la muerte de sus padres, cuando su madre murió él no pudo hacer nada, el castillo había sido invadido y su hermano estaba gravemente herido, su madre seguía con vida, ella le había pedido huir del lugar. Ciro, aunque estaba muy herido, sacó al niño de las ruinas del castillo, Taro nunca vio a su madre morir, pero en la lejanía había escuchado como su corazón latía más despacio, hasta que el silencio se hizo presente y el sonido del fuego lo reemplazó.
Ese día Taro había perdido a dos personas importantes en su vida, había perdido su principal motivo para vivir, también su vida se había reducido a vivir bajo tierra, escondido junto a su hermano. El nuevo Rey estaba desesperado buscando a los hijos legítimos al trono, le había puesto precio a la cabeza de ambos, la sangre que corría por las venas de los príncipes, era sangre real.
Aunque Taro era especial, nunca fue bueno en la seducción, aunque era un niño, ese don nunca se había desarrollado en su pequeño cuerpo. En cambio, él podía controlar el cuerpo de los vampiros, podía manipular la sangre que corría en las venas de sus enemigos, o de quienes él considerara como una amenaza. Así que para Taro fue muy fácil atrapar a dos vampiros exiliados y reemplazar su sangre con la de ambos príncipes, así habían podido fingir su muerte y poder vivir más tranquilamente entre las sombras.
Después tuvieron la oportunidad de conocer al Conde, alguien que desde el primer momento que los vio, los reconoció de inmediato, él tenía una estrecha relación con la Reina y conocía a sus hijos. Nadie además de él los había visto en persona, ambos reyes ocultaban la identidad de sus hijos, con la intención de proteger su linaje y evitar su extinción.
Taro sacudió la cabeza y sujetó la daga con fuerza, de un limpio movimiento la quitó del pecho de Verbena, pero su corazón seguía sin moverse. El niño se sentía desconsolado, con sus manos agrupo la sangre que tenía sobre su pecho e intentó evitar que saliera de su cuerpo. Sus lágrimas hacían que él viera borroso, empezó a negar repetidas veces con la cabeza.
—Taro, ya murió —murmuró Ciro sujetando sus hombros intentando separarlo.
—¡NO! —Gritó soltándose del agarre de su hermano.
El Conde se acercó y sujetó la daga en sus manos, Taro se giró a verlo, su rostro estaba contraído por la aflicción. Pero él ya no estaba enojado, abrió la boca y dejó escapar un sollozo mientras volvía a poner sus pequeñas manos en la herida de Verbena.
—¡No puedo ayudarla! —Gritó el niño desesperado sin conseguir un resultado exitoso.
—Claro que puedes —musitó el Conde colocándose de cuclillas al lado del niño.
El Conde sujetó una mano del niño y con la daga le hizo un gran corte sobre su muñeca, la sangre de Taro empezó a brotar con rapidez. Él acercó su mano a la boca de Verbena y dejó que las gotas de sangre cayeran sobre su boca. Taro no entendía lo que el Conde estaba haciendo y solo se limitó a seguir llorando. Luego de unos largos minutos, un corazón volvió a latir. Taro dejó de llorar y observó a Verbena en silencio, acercó su oído a su pecho y confirmó que el corazón era de ella.
—¿Cómo? —Dijo Taro mirando al Conde.
El Conde solo sonrió y se acercó a Verbena, la sujetó entre sus brazos y vio que su rostro estaba muy pálido. Empezó a caminar hacia la mansión y Taro caminó a su lado, él estaba sujetando la mano de su hermano.
—¿Qué ha pasado? —Volvió a hablar Taro.
—Verbena no es un recipiente normal —explicó el Conde y luego siguió hablando—, y tu sangre es milagrosa.
El niño se detuvo, su corazón se retrajo de dolor y luego recordó algo muy importante, se acercó al Conde y lo sujetó del pantalón.
—Eres un mentiroso —lo acusó enojado.
El Conde soltó una risa traviesa y entró a la mansión, le ordenó a Ciro que prepara un baño con plantas medicinales. Luego siguió su camino a su habitación, Taro lo seguía sujetando y entro con ambos a la habitación. Fue una noche bastante larga, el Conde se había entretenido limpiando la herida que había provocado en su recipiente. Mientras tanto Taro seguía a fuera de la habitación, él no quería dejar a Verbena sola con el Conde.
Cuando salió del baño, Verbena seguía inconsciente y el Conde solamente le había puesto su ropa para dormir, la acostó sobre su cama. Taro se subió sin pedirle permiso y se acostó al lado de Verbena.
—Quiero dormir con ella —le informó Taro mientras veía la constante respiración de ella.
—Estaré en el laboratorio —indicó el Conde y desapareció de la habitación.
Taro cerró los ojos y sujetó la mano de ella con sus pequeñas manos, se sentía feliz y el Conde al parecer no lo iba a molestar más. Esa noche intentó dormir, pero no podía dejar de recordar el castillo en llamas y la muerte de sus padres. Al otro lado de la habitación, el Conde se encontraba sentado en una silla observando la puerta, esa noche solamente se dedicó a escuchar la respiración tranquila de Verbena y los quejidos que soltaba Taro por las pesadillas.
Ese era el principal motivo por el cual no quería que Taro se volviera tan cercano a Verbena, era peligroso y todo se podía acabar en cuestión de segundos, aunque era un niño. Si él llevaba a completar su etapa de adultez sería un peligro para todos, pero Taro aún no comprendía como controlar su habilidad y tampoco estaba interesado en recibir la ayuda del Conde.
Al amanecer, Taro estaba despierto observando el rostro de Verbena, en algunas ocasiones había tocado sus mejillas con su dedo índice, pero ella no se despertaba. Taro se bajó de la cama y se dirigió al laboratorio donde abrió la puerta y se encontró con la mirada cansada del Conde.
—Verbena no despierta —indicó Taro con preocupación.
—Está cansada —murmuró el Conde cubriendo su rostro con ambas manos.
—¡Eso es tu culpa! —Gritó Taro enojado.
—Shh —el Conde colocó su dedo índice sobre sus labios y luego musitó—, la vas a despertar.
El niño se cruzó de brazos molesto y guardó silencio, tenían que esperar hasta que ella despertara para saber cómo en realidad estaba.
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Comments
Linupe
rayos, siempre verifico que la novela esté terminada para leerla, pero está me gano la tentación y ahora me arrepiento porque ESTA MUY BUENA y no aguanto la ansiedad por la espera de las actualizaciones 😔
2023-06-03
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