Verbena cerró los ojos, sintió que su respiración estaba muy acelerada e intentó relajarse un poco, los labios de Conde se sentían calientes sobre su piel, ella sentía que le quemaba. Soltó el cabello del Conde y se limitó a poner sus manos en sus hombros y le dio un leve empujón, algo que fue muy débil, él no se movió ni un milímetro de su lugar.
Ella sintió sobre su cuello como los labios de él se curvaron en una sonrisa, las manos de él se aventuraron a ir hacia el borde de su vestido. Verbena con las mejillas enrojecidas, recordó que no llevaba ropa interior.
El Conde parecía extasiado con la tersa piel de ella, sus manos habilidosas estaban acariciando la cara interna de sus muslos, fue allí que en un solo movimiento el Conde metió una de sus manos en su corva y la colocó sobre la cadera de él. Ese pequeño movimiento acortó la única distancia que había entre los dos.
Verbena seguía con los ojos cerrados, su rostro estaba extremadamente rojo, sintió la respiración de él en su oído y escuchó el sonido metálico de un broche al soltarse, cada pequeño roce lo sentía con mucha facilidad. Ella sintió como las manos del Conde sujetaron su cintura y la atrajo nuevamente hacia él, el Conde movió su cadera y ella pudo sentir la presión de la tela que aún seguía presente.
—Mírame —ordenó el Conde con la voz ronca.
Ella abrió los ojos lentamente y se encontró con la mirada de un depredador, sus piernas estaban alrededor de la cadera de él y sus grandes manos la sujetaban con fuerza. El jubón estaba manchado de su sangre, incluso el pecho desnudo del Conde tenía rastros de su sangre, por algún motivo a Verbena eso la hizo estremecer. Él se dio cuenta de eso y una ligera sonrisa se formó en sus labios, algo que hizo a Verbena cerrar los ojos asustada en un segundo.
El Conde volvió acercar una de sus manos a su pecho y con su dedo índice señaló su corazón, sin decir una sola palabra, se inclinó sobre ella y acercó sus labios a su pecho. Los colmillos de él se deslizaron sobre la delicada piel de Verbena. Ella sintió un pequeño mordisco y luego otro, Verbena abrió los ojos con sorpresa cuando vio al Conde dando pequeños mordiscos a su pecho, mordiscos que no estaban perforando su piel y que le hacía sentir cosquillas y algo más.
—La noche va a estar larga —le informó él abriendo su boca para dar un gran mordisco a su pecho.
En ese momento ella sintió el dolor de los colmillos al perforar su piel y clavó las uñas en los hombros del Conde, soltó un quejido cuando sintió que la mordida estaba siendo más fuerte, sentía que le iba a arrancar el pedazo de piel. Ella guardó silencio como estaba acostumbrada a hacer, fue allí cuando sintió que las manos del Conde no estaban haciendo presión en su cintura, después sintió que el colchón se hundió al lado de su cabeza.
Verbena observó los brazos alrededor de su cabeza, el Conde había dejado de morder su pecho y ahora tenía la vista fija en el cabecero de la cama, su mandíbula estaba cubierta de sangre, aquel líquido rojo se escurría y caía en las mejillas de Verbena. Un escalofrío cubrió el cuerpo de Verbena, la mirada que tenía el Conde era aterradora. El Conde miró hacia abajo y se encontró con los ojos de Verbena que estaban temblando como un conejito asustado, él le sonrió intentando fingir amabilidad, pero seguía muy molesto, algo que ella no entendía.
—Leyre —gruñó él sin apartarse de Verbena—, fuera de mi habitación.
La voz del Conde era fuerte y demandante, algo que Verbena ignoró por completo, al escuchar el nombre de “Leyre” sintió náuseas y se escondió en el pecho del Conde. Aquel movimiento tomó por sorpresa al Conde y terminó mirando al cabello castaño de ella, él sabía que todos conocían a Leyre, pero no sabía que también le temían.
—La sangre de ese recipiente apesta —dijo Leyre con un tono de asco.
—Leyre —advirtió el Conde enojado.
Él seguía cubriendo con su cuerpo a Verbena, escuchó los delicados pasos de Leyre salir de su habitación, él se apartó un poco y observó el rostro pálido de Verbena, no sabía si era por la falta de sangre o porque estaba asustada. Él se apartó de su cuerpo y Verbena acomodó su vestido mientras se sentaba en la cama, su cuerpo estaba teniendo múltiples temblores.
Ella levantó la mirada y observó como el Conde se terminaba de quitar su jubón dejando ver su espalda desnuda, una espalda bastante ancha y musculosa, Verbena apartó la mirada de él. Ella observó su vestido donde la sangre seguía derramándose sobre la tela de su prenda, con las manos temblorosas intentó parar el flujo de la sangre.
Verbena levantó la mirada hacia el Conde y lo observó limpiándose la sangre de su cuerpo, él se giró y la observó en silencio, en un parpadeo había desaparecido de su vista y luego en otro estaba frente a ella con un frasco en sus manos y un vestido limpio en la otra. Él le dejó ambos elementos sobre la cama y siguió vistiéndose en silencio, Verbena observó como él terminó de vestirse y se quedó de pie observándola con una mirada seria.
—¿Qué esperas? —Dijo él señalando las cosas que dejó sobre la cama.
Ella apresurada agarró el frasco entre sus manos y lo abrió con torpeza, para luego beber de él. Aquellos frascos eran muy comunes para la recuperación de los recipientes luego de alimentar a un vampiro. Verbena luego de beber el contenido se quedó mirando el vestido, era similar al que llevaba puesto, solo que ese era de un tono rojo bastante intenso, ella levantó la mirada y observó al Conde.
—Cámbiate —ordenó él cruzando sus brazos.
Verbena nerviosa y con miedo a que él se enojara se quitó el vestido quedando desnuda, ella escuchó una risa por parte de él y luego sintió que las manos de él sujetaron sus caderas desde atrás, ese movimiento la tomó por sorpresa y colocó sus manos sobre las de él. Aunque la situación se había enfriado, podía sentir como el miembro de él volvía a estar duro.
—Eres un recipiente demasiado travieso —murmuró muy cerca de su oído, ella sintió como él acercó su nariz a su nuca y olió con suavidad—, tienes suerte de que haya una visita muy importante.
Se apartó de ella y le paso un trapo húmedo para que se limpiara la sangre de su pecho, allí bajo la mirada atenta de Conde, Verbena terminó de limpiarse y se colocó el vestido limpio. Él le dedicó una sonrisa y le extendió la mano, Verbena estaba muy incómoda, ella no quería estar frente a Leyre, tenía miedo de que la reconociera.
El Conde en compañía salió de la habitación y en la oscuridad de la mansión se dirigió a una sala donde sabía que allí estaba esperando Leyre, al entrar las luces se encendieron y los ojos de Leyre se abrieron con sorpresa y miraron la lámpara de araña que colgaba sobre su cabeza.
—¡Increíble! —La emoción en su voz se podía sentir.
Leyre levantó un brazo y lo extendió en el aire, Verbena estaba sin aliento, quería huir de aquel lugar. Leyre llevaba el uniforme imperial, llevaba su uniforme de caballero, un uniforme negro con bordados en hilos de oro, Leyre era conocida como la mano derecha del Rey.
—Su majestad, la luna de la noche eterna —empezó a hablar Leyre mientras sus cabellos rubios brillaban un poco bajo las luces innovadoras del Conde y cuando levantó su mirada de color ámbar y se fijó en el recipiente al lado de él siguió con su discurso—, lo invita a la celebración de la quinta Luna Roja del año.
—No voy a ir —negó rápidamente el Conde.
Verbena observó como Leyre apretó la mandíbula con fuerza y luego le dedicó una sonrisa forzada, sus rasgos eran delicados y su mirada era severa, la mano del Rey abrió la boca con la intención de argumentar una sentencia.
—Dile al Rey que estoy preparando algo, como has podido ver, es solo el comienzo de una nueva era —dijo el Conde señalando las luces que flotaban sobre ellos.
Leyre se quedó observando a Verbena y entrecerró los ojos, luego miró al Conde y soltó una pequeña risa, que resultó aterradora para el recipiente.
—Se me hace conocido tu recipiente —le indicó Leyre acercándose a ellos.
Por algún motivo el Conde se colocó tenso al lado de Verbena, pero no dijo nada y dejó que Leyre analizara a Verbena con dedicación, la mano derecha del Rey colocó su mano sobre la mejilla de Verbena, la mano de Leyre era mucho más fría que la del Conde. Verbena tembló bajo el toque de la vampiresa y cerró los ojos cuando Leyre acercó su rostro a ella.
—¿Cuál es tu nombre? —La voz de Leyre estaba llena de curiosidad.
El Conde estaba a punto de interrumpir a Leyre, pero al observar a Verbena se dio cuenta de que ya no podía hacer nada, sus ojos estaban completamente abiertos y sus labios estaban temblando.
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