El corazón de Verbena estaba latiendo muy rápido, ella solo había dicho aquellas palabras para poder escaparse de los brazos de Conde. Cerró la puerta con lentitud e intentó nivelar su respiración, ella sabía perfectamente que él la estaba escuchando, así que se acercó a la tina y abrió el grifo. El sonido del agua cayendo la tranquilizó un poco, se sentó a un lado y miró la puerta con recelo.
En silencio intentó pensar en una excusa para poder liberarse de él, sabía que la situación no era la mejor y que el vampiro estaba esperándola detrás de la puerta, aquella propuesta le parecía aterradora a Verbena. Empezó a morder sus uñas, luego levantó un poco la cabeza y miró el agua de la tina, se levantó y cerró la llave. Paulatinamente, empezó a quitarse su vestido y se metió en la tina. Un quejido salió de su boca, el agua estaba fría y su piel estaba sensible.
Desde su sitio observó la puerta, se acercó a un borde de la tina y se recostó allí, Verbena se limitó a observar el techo del baño. Su vida había cambiado drásticamente y se sentía feliz por ello, pero sabía que pronto las cosas iban a cambiar. El Conde la veía a ella como una fuente para sus caprichos, alguien que podía cumplir sus deseos y ella no podía negarse a ello, el vampiro le había dado una segunda oportunidad.
Cerró los ojos un instante, su respiración estaba más calmada y su cuerpo estaba más frío, en el silencio del baño, escuchó cómo unos nudillos tocaron la puerta. Verbena abrió los ojos y guardó silencio, sabía que era el Conde.
—Saldré un momento —dijo el Conde al no recibir ninguna contestación por parte de Verbena.
Ella se mantuvo en silencio y escuchó como la puerta de la habitación fue cerrada, soltando el aire de sus pulmones y sintiendo como la precisión se desvanecía de sus hombros, se dejó hundir en la tina, en el fondo del agua abrió sus ojos y se quedó allí por alrededor de unos dos minutos. Luego salió y escupió un poco de agua, era un poco más de tiempo que podía durar.
Durante los últimos días que ella llevaba en esa mansión se había acostumbrado a aguantar la respiración bajo el agua, aunque no le servía de mucho, pero era una gran distracción para ella. Salió del baño y cubrió su cuerpo con una bata, se secó con ella y luego se acercó a la puerta del baño y la abrió lentamente, allí en la habitación no había nadie, así que salió con más confianza y se terminó de arreglar. Como era de noche se colocó un vestido bastante holgado para dormir, tenía pequeñas partes con encaje sobre sus hombros y parte de su pecho.
Se acostó en la cama y esperó en silencio, pero el Conde no volvió. La hora de la cena había llegado y ella se levantó, acomodó su cabello detrás de sus orejas y se dirigió al comedor. Ciro ya no iba a buscarla, ella simplemente se dirigía al comedor y allí estaba el mayordomo, Verbena le dedicó una sonrisa, el mayordomo se la devolvió, algo que sorprendió un poco a Verbena.
—Me gustaría agradecerle —empezó a hablar él mientras daba una leve inclinación—, mi hermano llevaba muchísimo tiempo sin dormir.
—¿No había dormido en los días anteriores? —Dijo Verbena sin ocultar su preocupación.
El mayordomo la miró en silencio, su hermano aún seguía durmiendo y era algo que agradecía mucho, pero no sabía cómo era algo que había logrado solo por estar con un recipiente.
—Llevaba meses sin dormir —explicó Ciro acomodando los platos sobre la mesa.
—¡¿Todo ese tiempo?! —Verbena dio un chillido horrorizada.
Ciro asintió en silencio y apartó la silla del comedor, Verbena se sentó y cuando se giró hacia el mayordomo, él ya se había ido. Volvió su mirada al comedor y en silencio busco el puesto del Conde que estaba vacío. Mientras comía, empezó a recordar sus tiempos con el Duque de Larx, él solía dormir todas las noches junto a ella, aunque eran vampiros, sus necesidades básicas seguían siendo iguales a las de un humano. Los vampiros también tenían un corazón latente y por sus venas corría sangre, eran seres con vida, una vida inmortal.
Al terminar de comer, bebió el brebaje y se dirigió de nuevo a su habitación, no iba a buscar al Conde y lo mejor que podía hacer actualmente era poner una pequeña barrera entre los dos, al llegar a su habitación se acostó y se quedó dormida. La noche fue un poco larga y solitaria, los días pasaban un poco lentos y Verbena ya tenía una rutina marcada. Se levantaba todas las mañanas cuando el alba iluminaba su habitación. Luego de eso iba a desayunar nuevamente sola y desde allí tenía bastante tiempo para deambular por la mansión.
Ese día había vuelto a salir, estaba sentada bajo el frondoso follaje de un árbol mientras comía una pequeña merienda que se había preparado. Los alrededores de la mansión eran seguros, al parecer cualquier vampiro exiliado que cruzara las tierras del Conde, era condenado a una muerte dolorosa.
—¡Hola, señorita Verbena! —Saludó Taro colgando sobre la cabeza de Verbena.
El recipiente soltó un grito cuando vio al niño sobre su cabeza, sujetó la manzana contra su pecho y luego cerró los ojos molesta. El niño se dejó caer de la rama y cayó de pie a un lado de Verbena, ella abrió los ojos y le dedicó una mirada acusadora.
—¿Qué tienes aquí? —Dijo el niño mirando la canasta de Verbena.
Sujetó con sus pequeñas manos otra manzana y la acercó a su nariz para olfatearla, luego de eso sacó la lengua con asco y la tiró de nuevo dentro de la canasta. Taro se sentó frente a Verbena y la observó en silencio.
—Hueles a mi mamá —musitó con tristeza.
—¿Cómo es ese olor? —Dijo Verbena acercando su nariz a sus brazos, aunque ella no sentía ningún aroma particular sobre su piel.
—¡Un olor dulzón! —Gritó Taro emocionado y se acercó a Verbena para sujetar su rostro entre sus pequeñas manos y agregó—. Como un durazno.
Verbena soltó una leve sonrisa, se acercó al niño y acarició su cabeza con mucho cariño. Los ojos rojos del pequeño infante la miraban atentos, por algún motivo que Verbena desconocía, sujetó a Taro entre sus brazos y lo acostó sobre su regazo, mientras le hacía mimos en la cara y cosquillas en el abdomen. Las carcajadas que soltaba Taro eran como música para los oídos de Verbena, ella se sentía feliz, y Taro estaba complacido por tener la atención de ella.
Pero aquella bonita escena no duró por mucho tiempo, en la lejanía estaba el Conde observando como Taro se llevaba toda la atención de su recipiente. Él se acercó sigilosamente, tanto fue el silencio que Taro no había sentido su presencia. El Conde se sentó a un lado y en silencio espero que ambos se dieran cuenta de que él estaba allí, Taro quien tenía los ojos cerrados y estaba retorciéndose por los ataques de cosquillas que le daba Verbena, abrió los ojos al sentir un aura sombría alrededor.
—¡Demonio! —Gritó Taro refugiándose en los brazos de Verbena.
Ella levantó la mirada, creía que Taro había visto un vampiro exiliado y su cuerpo se llenó de miedo, cuando giró su rostro se encontró con unos ojos cafés claros, los reconoció de inmediato y sintió tranquilidad.
—Conde —susurró ella soltando un suspiro aliviada.
—¿Cuál conde? —Dijo Taro entre sus brazos, luego miró a Arián que estaba supremamente enojado y agrego con una sonrisa—. Yo solo veo un pobre demonio.
Verbena notó como la mirada de él cambió por completo al escuchar las palabras del infante, observó como él se colocó de pie y se acercó amenazadoramente con la intención de quitarle a Taro de sus brazos.
—Suelta al mocoso —advirtió el Conde enojado.
—No —respondió Verbena intentando escucharse segura.
—¿No? —Gruñó él, luego soltó una sonrisa poco amistosa y se colocó de cuclillas—, dámelo.
Taro notó que estaba metiendo en problemas a Verbena, así que se apartó de los brazos de ella y se acercó al Conde.
—Si le haces algo —dijo Taro sin titubear y luego terminó por pronunciar—. ¡Te mataré, Arián!
El Conde, que estaba más sorprendido por la actitud del infante, miró a Verbena durante unos segundos y le colocó una mano sobre la cabeza, fingió una gran sonrisa dejando ver sus colmillos de manera amenazadora.
—No le voy a hacer daño —se limitó a decir el Conde.
—¡Eso espero! —Gritó el niño antes de desaparecer.
El Conde le dedicó una mirada poco amistosa a Verbena, se acercó a ella, y la abrazó por la cintura, olió su piel e intentó verificar lo que Taro decía. Fue ahí cuando pudo reconocer un leve olor, un aroma peculiar que le hacía recordar a la reina exánime.
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