Después de aquella situación tan incómoda, el Conde se había llevado a Verbena a la cocina y la dejó sola en aquel lugar, con una simple explicación: Ciro, no estaba. Ella empezó a observar las cosas detenidamente, las luces brillaban y hacía que las frutas tuvieran un brillo especial. En silencio empezó a sacar varias frutas de un canasto que había allí sobre una mesa de madera, algunas frutas estaban un poco grandes y tenía que cortarlas.
Luego de eso sintió un olor dulzón y detrás de ella encontró panes, sus ojos se abrieron con emoción y los agregó a su pequeña merienda, que ya no era tan pequeña, salió de la cocina e intentó buscar un lugar para comer. Pero la mansión era enorme y los pasillos demasiado largos para recordar por donde estaba la habitación del Conde.
Aunque ella no quería ir donde él, quería quedarse sola y respirar con tranquilidad, siguió su travesía hasta que llegó a un gran salón, otro salón que no conocía y que tenía una mesa un poco más grande, parecía un salón para banquetes. Allí, en la soledad, Verbena se acercó a la mesa y se sentó en una silla, observó la mesa y se dio cuenta de que aquel lugar brillaba de lo reluciente que estaba, no había ni una sola mota de polvo.
Después de terminar de comer, se limitó a volver a la cocina, había intentado memorizar por donde iba, para así evitar perderse. Al salir de la cocina se acercó a la ventana y observó que estaba en el primer piso de la mansión, afuera las nubes estaban grises y el sol estaba escondido detrás de ellas, parecía que el clima iba a estar un poco frío. Ella intentó calcular en que horario estaba, y bajo suposiciones terminó por pensar que era muy de mañana.
Siguiendo la mirada tras la ventana, se guio del jardín que veía tras el cristal, hasta que vio una puerta que daba hacia el exterior, una puerta más pequeña y que tenía un poco de suciedad, ella decidió abrir aquella puerta y salir. Pero no llego a salir de la mansión, ella había encontrado el invernadero del Conde, donde estaban la mayoría de sus plantas medicinales.
Verbena se acercó a varias de las plantas y las observó con curiosidad. Le llamó la atención unas flores rojas, que tenía pequeñas pecas amarillas, ella cautivada por su belleza se acercó y extendió su mano para arrancar una de sus flores.
—No te atrevas a tocarla —advirtió el Conde detrás de ella.
La impresión fue tanta, que Verbena retrocedió varios pasos hacia atrás y se encontró con el pecho del Conde. Él rodeó sus brazos en su cintura y acercó sus labios a su oído.
—Es una flor muy venenosa —le explicó él y con su mano arrancó la flor que ella estuvo a punto de tocar y la estrujó entre sus manos y siguió con su explicación—, una de estas flores también podría matar a un vampiro.
Aquella declaración hizo que Verbena abriera los ojos, ella no tenía conocimientos de que una flor pudiera hacer eso. El Conde abrió su mano y dejó ver a la flor destrozada en su mano. La tiró en el suelo y con esa misma mano tocó el rostro de Verbena, ella retrocedió con horror.
—Aunque a los humanos no les afecta en nada —dijo él mientras deslizaba su mano y sujetaba el cuello de ella.
—Yo no soy un humano —respondió Verbena con voz temblorosa.
—Pero tampoco eres un recipiente común —murmuró el Conde contra su cuello.
Ella intentó apartarse del toque del Conde, pero él hizo que ella avanzara hasta las flores, allí la colocó frente a un veneno letal. Él volvió a arrancar una flor y se la acercó a los labios de Verbena.
—Abre la boca —ordenó él colocando su barbilla sobre el hombro de ella.
Verbena sacudió la cabeza con una clara negación, algo que molestó al Conde, la mano que seguía sobre el vientre de ella, la apretó con fuerza. Ella abrió la boca para soltar un quejido doloroso y fue allí cuando el Conde metió la flor en la boca de ella, y le tapó la boca con la palma de su mano. Ella se sacudió con la intención de escupir la flor, pero el Vampiro la tenía bien sujetada entre sus brazos y Verbena obviamente no se podría liberar de la presión y fuerza que él ejercía sobre ella.
Él sintió como sus dedos se empezaron a mojar de las lágrimas de ella, espero unos cuantos segundos para soltarla y ella cayó a sus pies, ella tosió con fuerza colocando una mano en su pecho y luego vomitó lo que había comido anteriormente. Los zapatos del Conde se ensuciaron con el vómito de ella, observó que el cuerpo de ella estaba temblando y sus lágrimas no dejaban de caer sobre sus mejillas, el Conde soltó una pesada risa, lo que hizo que Verbena levantara la mirada hacía él.
—Era mentira —dijo él mientras se ponía de cuclillas y sujetaba su barbilla—, no existe ninguna flor capaz de matar a un vampiro.
El corazón de Verbena se encogió, el Vampiro al parecer le gustaba verla sufrir de diferentes maneras, ella levantó su mano derecha y se quitó las lágrimas con enojo.
—Pero tú serás esa flor —musitó él con una escalofriante sonrisa.
Aquella afirmación hizo que ella retrocediera asustada, el Conde, que estaba cansado de jugar, se acercó a ella nuevamente y la levantó de un brazo, un movimiento muy brusco que resultó doloroso para ella.
—Has ensuciado mis zapatos —le dijo él sujetándola entre sus brazos.
Ella tenía miedo de lo que podía pasar y no quería volver a caer en las garras de él, lo empezó a golpear con la intención de que él la soltara, pero solo hizo que él la sujetara con más fuerza. Ella miró el rostro del Conde y con horror pudo notar que tenía una expresión sombría, por su propio bien decidió quedarse quieta y no poner su vida en riesgo.
El Conde caminó con normalidad por la mansión y subió las escaleras dobles donde estaba el piano de cola que ella vio el primer día, en ese momento ella se dio cuenta de que él era el dueño de aquella melodía que había escuchado. Ella intentó grabar en su cabeza el camino por donde estaba yendo el Conde, él terminó por dejarla caer lentamente en el suelo para abrir una gran puerta, Verbena se dio cuenta con solo oler el aroma que desprendía aquel lugar, que era la habitación de él. Otra vez volvía a estar en su compañía, sentía que su presencia la estaba sofocando y que él la iba a obligar a hacer ese tipo de cosas indecentes que le había hecho antes.
Él le dio un pequeño empujón para que ella pasara, Verbena dio unos cuantos pasos hasta llegar al centro de la habitación. Escuchó que él cerró la puerta y pasó por el lado de ella, Verbena, sin apartar la vista de él, empezó a mirar como se estaba quitando la ropa y los zapatos, hasta que quedó solo con los pantalones puestos. Su pecho estaba descubierto y ella pudo observar lo blanco que se veía su piel, él se acercó a ella y sin decirle una sola palabra, la volvió a arrastrar hasta otra puerta, esta los llevaba al baño de él.
—Tu ropa tiene vómito —dijo él mientras le señalaba el vestido.
Ella observó su vestido, bajo su lenta inspección notó, aunque era poco, era verdad que había vómito en él. Volvió a levantar el rostro y se observó como él llenaba la tina con agua, ella quería preguntarle que estaba haciendo, pero prefirió guardar silencio.
Luego, cuando la tina ya estaba llena, el Conde se acercó a ella y la sujetó entre sus brazos, allí, bajo la mirada asustada de Verbena, él le dedicó una sonrisa traviesa y la tiró en la tina, donde el agua estaba muy fría y su vestido se mojó por completo. Él se acercó y se inclinó sobre ella.
—Iré al pueblo por más vestidos —indicó él y con una sonrisa ladina agregó—, también traeré ropa interior.
Las mejillas de Verbena se pusieron rojas, y fue allí cuando se dio cuenta de que por el frío sus pezones estaban duros y se podían ver con facilidad tras la tela de vestido, el Conde desapareció dejándola sola en el baño.
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Comments
yoltzin
ay ojalá y te maten guey te crees el muy muy pero asta ustedes los vampiro tienen un punto devil
2023-06-01
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