Bajo la luz del sol, Verbena sentía que su cuerpo se calentó rápidamente, intentaba mantenerse en silencio, pero el Conde seguía succionando su sangre, parecía que estaba sediento. Ella sintió la debilidad en su cuerpo, levantó su mano y le tocó la cara, fue entonces, cuando él se separó y la miró atento. Sus labios estaban cubiertos de sangre y sus ojos estaban oscuros.
Verbena apartó la mirada de él y tocó su cuello donde la sangre seguía derramándose silenciosamente. El Conde acercó nuevamente su boca y pasó su lengua con lentitud, sus manos estaban sujetando su cintura, luego acercó sus labios a su oreja y dejó soltar un pesado suspiro.
—Quítate el vestido —pidió el Conde bajando su boca por su cuello.
—¿Cómo? —Replicó Verbena con la voz temblorosa.
—El vestido —volvió a hablar, esta vez hizo contacto visual con ella, tenía una mirada seria—, quítatelo.
Los oscuros ojos del vampiro la examinaban en silencio, él acercó una de sus manos a la manga del vestido y la tiró hacia abajo. Verbena llevó su mano hacia la manga y con una mueca llena de disgusto intentó volver a llevarla a su lugar.
—Suéltala —gruñó enojada.
Pero su pecho izquierdo estaba desnudo a la vista del Conde, él le dedicó una sonrisa y negó con la cabeza, ella se sacudió con fuerza e intentó ponerse de pie, pero era como intentar mover una montaña. Cada movimiento que ella hacía, provocaba que el Conde soltara una pequeña risa, estaba disfrutando la vista que ella le daba.
—Falta el otro pecho —indicó él soltando la cintura de ella.
Los ojos de Verbena estaban fruncidos y su nariz estaba arrugada, su mandíbula estaba contraída y solo faltaba que las venas de su frente se marcaran del enojo. El Conde, sin mucho pudor, restregó su miembro contra Verbena. Aquel movimiento hizo que ella perdiera el poco aprecio que tenía hacia él, levantó su mano y con la palma abierta golpeó al Conde.
El sonido se escuchó fuerte, el silencio después de eso también fue incómodo. El Conde borró su sonrisa y se llevó una mano a su mejilla, aunque no le había dolido, aquel golpe le había herido su orgullo.
—Seré rápido —le dijo él sujetando sus muslos.
Luego de aquellas palabras, él tiró de sus piernas y las colocó alrededor de su cadera, en un rápido y ligero movimiento, Verbena estaba de espaldas contra el suelo, y el Conde la miraba desde lo alto. Él le colocó una mano sobre su cuello y la mantuvo allí, con su mano libre empezó a quitar el broche de su pantalón.
—¡No quiero! —Gritó Verbena golpeándolo de nuevo.
—Shhh… guarda silencio —habló el Conde irritado.
Aunque ella no podía ver lo que él estaba haciendo, sabía que se había aflojado el pantalón, había escuchado cómo su ropa se movía. De la nada sintió cómo el Conde sujetaba su mano al mismo tiempo que se inclinaba sobre ella.
—Solo por hoy, seré condescendiente contigo —susurró acercando sus labios a Verbena.
Ella intentó apartar su cara, pero con la mano que él mantenía sobre su cuello, le sujetó la barbilla e hizo que se quedara en su lugar. Verbena intentó rechazar el beso, pero al final terminó sometiéndose ante él, pudo saborear el óxido de su propia sangre y como el Conde, invadía su boca con avidez. También sintió cómo su mano tocaba algo extremadamente suave, en compañía de la mano del Conde, empezó a hacer movimientos lentos, sobre todo su miembro.
Las mejillas de Verbena estaban rojas, su respiración estaba agitada, cuando el Conde dejó de besarla, apoyó su cabeza sobre su hombro y podía sentir los resoplidos que él hacía, luego de un tiempo un poco largo, él acabó sobre la mano de ella.
—Eres un degenerado —murmuró Verbena con los ojos cerrados y la voz agitada.
—Lo soy —El Conde le dio la razón soltando una leve sonrisa.
Él se levantó y la dejó en el suelo, Verbena, que seguía con los ojos cerrados, escuchó cómo el Conde arreglaba su ropa. Luego ella abrió sus ojos y levantó su mano, la observó en silencio, aquel líquido pecaminoso que se escurría entre sus dedos. El Conde le tiró un paño de seda, que le cayó en toda la cara a Verbena. Ella se sentó y arregló su vestido con su mano limpia, se detuvo a observar que todo sobre ella estuviera en su lugar y luego lo miró furiosa.
—Limpia tu mano —le ordenó señalando el paño que había lanzado.
Ella siguió sus indicaciones y limpió su mano, luego de eso le lanzó el paño sucio al Conde, el paño iba directamente hacia su cara, pero él lo esquivo fácilmente, Verbena entrecerró los ojos. Él pudo esquivar el golpe que le dio en la mejilla, pero no lo hizo.
—Vamos a la mansión —le dijo el Conde mientras le ofrecía su mano.
Ella la sujetó y empezó a caminar al lado de él, la noche se estaba acercando, el sol ya se estaba escondiendo. En el recorrido devuelta, ninguno de los dos dijo alguna palabra. Al llegar, la puerta estaba abierta y Ciro estaba esperando con su pose habitual de mayordomo.
—Bienvenidos, su majestad —se inclinó hacia el Conde y luego hacia Verbena—, señorita.
El Conde traía una sonrisa en su rostro, pero Verbena seguía molesta, ella notó que detrás del mayordomo estaba Taro. El Conde borró su sonrisa de inmediato cuando vio al vampiro infante y luego le dio una mirada de reproche a Ciro.
—Adrián —se acercó el niño y lo señaló con su pequeño dedo índice—, ¡tú no me mandas!
Verbena abrió los ojos sorprendida, la forma despreocupada y altanera en la que le hablaba el niño, era claramente que no respetaba al Conde. Ella giró su rostro y observó la expresión que tenía el Conde, su sonrisa estaba tergiversada en una mueca.
—Te voy a arrancar la cabeza —amenazó el Conde acercándose al niño.
Verbena, que estaba observando todo en silencio, salió corriendo y sujetó al niño entre sus brazos, la mirada del Conde se llenó de confusión y luego soltó una carcajada molesto.
—Ahora, ¿tú también quieres estar en mi contra? —Expresó el Conde su disgusto.
—Es solo un niño —intentó convencer al Conde.
—Hace unas horas, ese niño te hizo desmayar —le recordó el Conde.
—Pero solo era un juego, tengo el estómago débil —explicó ella atrayendo al niño hacia ella.
Taro, quien llevaba mucho tiempo sin el afecto femenino y maternal de una mujer, se acurrucó entre los brazos de Verbena y le sacó la lengua al Conde. Aquella acción hizo enfurecer al vampiro, él se acercó a Verbena y le quitó al niño de sus brazos.
—¡Espera! —Gritó angustiada.
El Conde tenía al niño sujeto de la parte trasera de su coleto, lo sacudió un poco y luego se lo entregó a Ciro. Con una mano le hizo un ademán de que se fueran. Él terminó por entrar a la mansión con Verbena y cerró la puerta.
—No deberías confiar en un infante —le aconsejó el Conde.
Verbena guardó silencio y apretó ambas manos, no sabía por qué había reaccionado así por alguien que no conocía. Tal vez la mirada que tenía Taro, le hizo recordar su pasado, cuando fue vendida y abandonada por sus padres. Cuando levantó la mirada, ella se dio cuenta de que estaba sola y que el Conde ya se había ido.
Por primera vez en mucho tiempo, ella decidió ir a la habitación del Conde, su memoria no era mala y aunque la mansión era enorme. Ella había aprendido a diferenciar los lugares, caminó entre los pasillos hasta que llegó a la habitación del Conde, la puerta estaba cerrada.
Ella tocó, una vez, dos veces, pero nadie abrió. Verbena no tenía idea de que él fuera a estar ahí, aunque sabía que posiblemente estaba en alguna parte de la mansión y solamente había decidido ignorarla. Abrió la puerta y miró su interior, allí no estaba el Conde. Verbena dio unos cuantos pasos adentro y cerró la puerta.
Las veces que había estado en esa habitación, recordó que el Conde había salido de una puerta que estaba allí, ella se acercó y la abrió. Para su sorpresa, la luz de aquella habitación era muy brillante, lo que hizo que ella cerrara los ojos durante unos segundos. Cuando los volvió a abrir se encontró con la mirada del Conde detrás de unas probetas.
Verbena se dio cuenta de que había entrado en el laboratorio del Conde, ella terminó por entrar y observó todo el lugar, estaba lleno de muchas cosas que no conocía y sobre una mesa había varios frascos de lo que ella solía beber.
—No toques nada —dijo el Conde desde su lugar.
Aunque ella no tenía la intención de hacerlo, cuando observó al fondo de la habitación, notó que había una camilla y sobre ella estaba el cuerpo de un vampiro, sus pulmones subían lentamente. Pero su piel estaba extremadamente pálida y su cuerpo estaba lleno de múltiples heridas, por primera vez en mucho tiempo, la sangre de Verbena abandonó su cuerpo y temió por su vida.
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