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20- La discusión

Osifa se apresuró a levantar todo lo que había dejado en el piso durante la pausa. No era mucho: una escudilla de madera muy gastada por el uso y un cubilete del mismo material. Inogarth ya daba los primeros pasos, por lo que la muchacha cogió las cosas de cualquier manera y las arrojó dentro de su morral. Tomó la antorcha con apuro pero se le cayó al suelo, apagándose con un siseo. Maldiciendo se agachó para tomarla cuando notó un fenómeno extraño: un leve resplandor le permitía ver el lugar. Era una luz muy tenue, apenas suficiente para atisbar las formas alrededor pero lo suficiente fuerte como para ver el camino. Giró sobre sí misma, intrigada en encontrar la fuente de esa inesperada claridad. Abrió sus ojos desmesuradamente cuando, entre sorprendida y asustada descubrió que era Inogarth quien la emitía.

Se quedó mirándola embobada unos segundos. Reaccionó cuando se dio cuenta de que la mujer se alejaba a grandes trancadas de allí dejándola sola.

Corrió hacia ella mientras trataba de ordenar sus pensamientos. Cuando la alcanzó dijo entre jadeos:

- ¡Estás brillando!

La anciana se detuvo y se miro con algo de curiosidad.

- Tienes razón: Estoy brillando.

Luego continuó caminando como si el hecho no tuviera nada de especial.

- ¿Cómo?...

- No te detengas. ¡Vamos! ¡Camina ya!

El acre sabor de la ira subió por la garganta de la chica quien, en un siseo, respondió:

- No.

Una palabra corta, áspera y explosiva que tomó a la anciana desprevenida e hizo que de detuviera en seco. La miró y descubrió en sus ojos una mezcla de furia y determinación.

- ¿Qué te ocurre? – Preguntó molesta.

Osifa respiró hondo tratando de calmarse lo suficiente como para responder.

- Desde que nos encontramos te has negado sistemáticamente a contestar a mis preguntas. Y ahora te veo brillar como una antorcha y pretendes que me calle y que siga como si nada pasara.

La tensión de los días anteriores detonó en el interior de la muchacha que, apretando los dientes en un esfuerzo para no llorar continuó:

- Estoy sola y perdida aquí abajo y tú dices que me ayudarás pero lo único que haces es asustarme hablando sola y resplandeciendo en la penumbra.

Inogarth también se sintió molesta por el tono y las acusaciones de la niña y replicó:

- Bueno. Está bien. Si crees que no puedes confiar en mi vete sola por ahí. ¡No sé para que me molesté en tratar de guiarte si lo pagas con tamaña ingratitud!

Las lágrimas irrumpieron al fin haciendo que la muchacha se sienta más miserable aún.

- Todavía no sé si hay algo para agradecerte. Pero está bien. Si así lo quieres seguiré sola y que sea lo que los dioses quieran.

Acto seguido tomó sus cosas. Encendió la antorcha y se marchó por una bifurcación del sendero poniendo recta la espalda para que la otra no se diera cuenta de lo cercana que estaba a derrumbarse. Cuando se hubo alejado lo suficiente se apoyó contra una de las paredes del recinto y estalló en sollozos. Tardó un poco en calmarse. Desde que había iniciado la aventura se sintió a la deriva, como si fuera un juguete de las circunstancias que la rodeaban. Primero el terremoto, luego esta vieja loca…

Pensó en su amiga Edlih: Desde pequeña que lidiaba con situaciónes como ésta. Pero jamás se rindió. Entonces le dio vergüenza las lágrimas que había derramado y, con gran sentido pragmático. Se puso a evaluar sus alternativas.

Mientras tanto Inogarth también siguió avanzando hecha una furia. Unos metros más allá se detuvo y comenzó nuevamente a dialogar consigo misma.

- ¡Detente! ¿Adónde vamos?

- Lejos de esa ingrata muchacha.

- Pero se perderá y morirá si la dejamos sola.

- Se lo merece por cabeza dura.

- Puede que sea cabeza dura. Pero…

- ¡Pero nada! ¡Qué se pierda en la oscuridad!

- ¿Y nosotras no tenemos nada que ver con su enojo?

- ¡Claro que no! Sólo quisimos ayudarla.

- Recuerdas cuando éramos niñas y Madre nos mandaba a hacer algo. ¿Qué hacíamos?

- ¿Qué tiene que ver eso con nada?

- ¿Recuerdas o no?

- Discutíamos y no lo hacíamos hasta que no nos explicaban por qué, cómo, cuándo y dónde.

- Ja, ja, ja. Éramos muy tercas. ¡Y no hemos cambiado mucho con los siglos!

- No. ¿Verdad? Esa muchacha es como nosotras a su edad. Quiere que le expliquen todo.

- ¿Y no crees que debiéramos ayudarla? Aunque sea por los viejos tiempos.

- No lo sé. Es tan testaruda.

- Igual que nosotras.

- Si… Tienes razón… Es igual a nosotras. ¡Debemos ayudarla o terminara como nosotras!

-¡Así se habla! Vamos a buscarla antes de que se lastime.

- ¡Vamos!

Acto seguido dio la vuelta y desanduvo todo el camino para dar con ella.

DESAPARECIDO

La temperatura agobiante hacía hervir su cerebro. A esta hora en el desierto ni los reptiles asoman el hocico, por lo que Edlih se preguntaba qué hacía allí.

Aunque todo su instinto le gritaba que se pusiera a cubierto, bajo el implacable astro se dirigió hacia la tienda del esclavista para comunicarle sus descubrimientos. Agradecía a los dioses que no le hubieran quitado el turbante, pues sin él habría caído hace rato bajo los rayos asesinos del sol.

Esperó frente a la entrada a que la anunciaran y luego penetró, casi con desesperación, en el tabernáculo. El contraste fue impactante: Fuera la luz cegadora y el calor aniquilador y dentro, penumbra y frescura.

Al acostumbrarse sus ojos divisó al mercader reclinado sobre unos cojines esperando impaciente a que ella terminara de adaptarse al cambio de luminosidad.

- Pasa, querida. Siéntate frente a mí.

La mujer se acomodó resoplando sobre los almohadones que le mostraba. Se secó el sudor de la frente y comenzó a hablar:

- ¡Misterio resuelto!- dijo con entusiasmo – He encontrado la serpiente y su cabeza. El único problema es que habrá que esperar hasta el amanecer para que la sombra la toque. Mientras tanto podemos ir hasta el lugar e investigarlo un poco.

- ¡Qué bien! – El esclavista se frotaba las manos ansioso – Iremos apenas lo permita el calor. ¿Tú crees que llegaremos antes de que el sol se ponga completamente?

- Estoy segura de que sí. El lugar está a unos paracs. En camello los recorreremos rápido.

- Está bien, entonces. Partiremos al descender un poco la temperatura.

En ese momento entró uno de los hombres de confianza de Argout y le susurró algo al oído. Mientras este aún hablaba la mirada del mercader se endureció y clavó los ojos en su prisionera.

Edlih sintió revolverse sus entrañas. No sabía de qué hablaban pero previó problemas para ella. Pese a todo mantuvo su expresión de seguridad y calma.

- ¿Dónde está Neerelli? – Espetó él.

- No tengo ni idea. La última vez que lo vi venía detrás de mí mientras escalamos. Luego dejé de prestarle atención.

Ante una seña del esclavista el sicario se arrojó sobre la mujer inmovilizándola contra el suelo de la tienda. Ella no intentó luchar, pues sabía que llevaba todas la de perder.

- ¡Me has hartado con tus teatrales intrigas! El juego se acaba aquí mismo. ¡Dime ya que has hecho con mi colaborador!

Hecha una furia, Edlih siseó:

- ¿Acaso era yo su niñera? ¡No! Al contrario: Era él quien debía cuidarme a mí. Cuando bajé de la cima de la roca él no había logrado subir aún. Me reí un poco a su costa pero después me dediqué a mis asuntos.

Una patada en las costillas la dejó sin aliento durante unos interminables segundos. La furia y el pánico se entremezclaron finamente para formar un estado de ánimo nuevo que no supo definir. A través de este nuevo sentimiento pudo ver el rostro de Osifacomo un faro al que acudir. Como un ensalmo la imagen logro que se calmara y pudiera ordenar sus pensamientos. A lo lejos oía la voz del esclavista que gritaba:

- Dime: ¿Que has hecho con mi colaborador?

Jadeando a causa de la falta de aire producida por el golpe, respondió:

- Yo no le he hecho nada. Que me arrojes al suelo y me patees no hará que aparezca. Enviaste a un idiota a seguirme, no me culpes a mí por tu error de criterio.

Enfurecido, el mercader descargo otro puntapié sobre el cuerpo tendido en el suelo, pero esta vez Edlih estaba esperándolo, Recordó las técnicas que le enseñaron sus maestros de lucha y se relajó para absorber el golpe sin que éste causara mayores daños.

- Creo que tus días de “Errante” terminan aquí – Dijo él con la voz estrangulada por la furia – Buscaré la entrada a las minas por mi cuenta. Ya no te necesito.

El sonido de la risa desconcertó a los dos hombres en la tienda. Inmovilizada contra el piso la mujer reía como si lo dicho por el esclavista fuera lo más gracioso que hubiera escuchado en su vida.

- ¡Buena suerte con eso! – Dijo y lanzó otra carcajada.

Cada vez más perplejo, Argout no supo que decir.

- Hace milenios que están ocultas y nadie las ha podido hallar. ¿Crees que ahora, porque tú eres el amo de todo lo que se encuentra a varios paracs a la redonda ellas se abrirán así, sin más? Es una pena que estaré muerta para ver como pierdes el respeto de tus hombres al tiempo que te afanas por nada.

- ¿A qué te refieres?

- Tengo oídos. He escuchado como tus esbirros me llaman bruja y dicen que te tengo hechizado. Cuando revuelvas piedra por piedra de este lugar sin encontrar nada sabrán que me he burlado de ti. Un amo no es tan temible cuando una simple mujer logra engañarlo de esa manera. A la larga o a la corta tendrás sublevaciones y levantamientos, hasta que haya alguien lo suficientemente astuto para lograr eliminarte y quedarse con todo lo que te pertenece.

El mercader lo pensó un instante. Hizo una seña al hombre que la mantenía inmovilizada y éste la soltó.

Edlih se puso de pie lentamente, refregándose las muñecas en los puntos en que se las habían retenido con puños como de hierro.

Un silencio tenso se apoderó del lugar. El primero en romperlo fue el mercader.

- Mañana al amanecer tendrás tu última oportunidad. Si fallas y no me das una entrada a esas cavernas te mataré de una manera lenta y dolorosa. De modo que cualquiera que piense en burlarse de mí, recuerde los guiñapos en que te deje convertida y se lo piense dos veces. ¿Está claro?

- Mas claro que el agua de un manantial.

- Ahora dime: ¿Qué hiciste con mi hombre?

Edlih lo miró a los ojos y, con absoluta seriedad, respondió:

- No tengo idea de qué fue lo que pasó con él.

El esclavista iba a responder cuando se oyó una especie de rumor a la entrada de la tienda.

Una mirada bastó para que el esbirro se pusiera de pie y fuese a ver de qué se trataba. Volvió casi de inmediato con otro hombre que arrastraba los pies y se retorcía las manos nerviosamente.

- Amo… Dijo

- ¿Qué noticias me traes, Azicut?

El hombre se revolvió como un gusano al que alguien atravesó con un alfiler. Sudaba copiosamente, aunque en ello no tuviera nada que ver el calor.

- Amo… - Volvió a decir – Las huellas llegan hasta la cima del monte. Las de ella continúan y dan vueltas alrededor del pájaro. Las de Neerelli llegan hasta cierto punto y luego desaparecen sin más.

- ¿A qué te refieres con “sin más”?

- Es como si se hubiera esfumado en el aire: ahora está, ya no está más. No hay signos de lucha, no hay sangre, no hay huellas de animales salvajes… Nada, se sentó a descansar y… ¡Desapareció!

Al decir estas últimas palabras miró a Edlih con temor reverente en los ojos. Argout también la miró, pero este era un consumado maestro en el arte de la intriga, por lo que su mirada no reveló nada de lo que había dentro de él. Hizo una seña y el asustado rastreador se retiró apresuradamente. Toda su postura mostraba el alivio que sentía de que el amo no descargara su ira sobre él.

- ¿Qué tienes que decir? – Dijo a la aventurera.

- Nada. No tengo idea de lo que le ocurrió.

El mercader lanzo un prolongado suspiro de hastío. Luego de pensar un rato dijo:

- Mañana al alba. Ni un minuto más.

La Errante se levantó y, mientras se retiraba de la tienda respondió:

- Mañana al alba será…

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