Hermanos, por favor, no perdamos el tiempo – dijo el jefe alzando las manos para pedir silencio-. Los convoqué para pedirles que me ayuden a encontrar a mi hija. Todos coincidimos en que se hallaba aquí anoche. Edlih y yo sospechamos que se marchó con la caravana.
¿Edlih?... ¿Edlih piensa eso? No me extraña. ¡Si es ella la que le ha llenado a la niña la testa con estúpidas ideas de aventuras!
Un murmullo se levantó mientras varias cabezas asintieron en señal de aprobación. Un hombre joven se puso de pie en actitud desafiante.
¿Qué quieres decir Enú? Por favor, sé claro.
El muchacho era el prometido de su hija. Como padre, comprendía la angustia que éste podía estar sintiendo.
El joven señaló a la mujer acusadoramente.
Desde que llegó esa mujer, Osifa no es la misma. Se la pasa hablando de tonterías como tener aventuras en vez de pensar en atender debidamente a su futuro esposo, como el resto de las mujeres de la tribu. ¡La forastera la ha transformado al punto que quiere hacer cosas reservadas a los hombres!
Voces de aceptación se levantaron entre los presentes.
Edlih, desconcertada, los miró uno por uno. No pronunció ni una palabra, pues la ira le atenazaba la garganta. La acusación era totalmente injusta e injustificada. Osifa tenía sus propias ideas, y eso era lo que estos hombres de mentalidad retrógrada no podían aceptar.
Es cierto, Onnomac – comentó uno de los ancianos-. Todos hemos notado esa transformación. El único que te niegas a verlo eres tú. Creemos que esta mujer es responsable de la huida de tu hija.
El jefe se quedó meditando unos momentos. A él no le parecían malos los sueños de su hija; por el contrario, estaba orgulloso de ella. Osifa era su única descendiente, ya que su esposa había muerto poco después del parto, y él se negó a contraer nuevas nupcias. Amaba a su mujer y la recordaba permanentemente en su heredera. Por otro lado, respetaba profundamente a la extranjera. Sabía que no muchos de los presentes hubieran sobrevivido a lo que esta mujer. Desde que la habían encontrado casi muerta en la arena, su admiración por ella solo fue creciendo y aún más cuando conoció su historia.
Hombres...
El mismo anciano levantó la voz y espetó:
¡Si no se retira inmediatamente, nos iremos nosotros de este lugar! Quiero ver cómo logras encontrar a tu hija sin nuestra ayuda.
Turbado por el giro de las circunstancias, Onnomac tuvo que tomar una decisión difícil: pese a saberla necesaria, tendría que pedirle que saliera de la tienda si quería que el resto colaborara y la reunión no terminara convirtiéndose en un campo de batalla.
Espérenme un momento – dijo a la audiencia - Edlih, sígueme, por favor.
Ambos salieron del tabernáculo seguidos por las miradas hostiles de la concurrencia.
Sabes que es injusta esa acusación – dijo indignada.
Lo sé. Pero también sé que necesito su ayuda y que cada segundo que pasa Osifa se aleja más. Te pido, por favor, que seas comprensiva y me esperes en tu tienda. En cuanto terminemos aquí, iré inmediatamente a informarte.
Ella lo miró durante un instante haciéndole notar todo su disgusto. Él se encogió desasosegado, pero no retrocedió con su petición.
De acuerdo – dijo ella luego de unos instantes y se marchó ofuscada.
El anciano se quedó un momento a la entrada del pabellón observándola alejarse, pero en un santiamén regresó a la reunión.
...…...
Dentro de su pabellón, parecía no correr el tiempo. Edlih se puso a realizar las tareas atrasadas para mantener la mente ocupada. Su cabeza era un torbellino de ideas, cada una más trágica que la otra: ya pensaba en Osifa atrapada en las redes de un cazador de esclavos, despedazada por una fiera o muerta de sed y hambre por haber perdido la huella.
Es una muchacha inteligente.
Se decía a sí misma. Pero aun así, no se le quitaba la angustia.
A estos lúgubres presagios se sumaba la ofuscación por lo ocurrido en la reunión. La forma de pensar de estos hombres no era una novedad para ella. Había pasado muchas veces por el mismo trance y había sufrido incontables vejaciones por el solo antecedente de ser mujer.
No debiera permitir que esto me altere. Hasta ahora siempre he vencido pese a la férrea oposición. Y seguiré venciendo.
Oscilando entre ambos estados de ánimo, no lograba progresar con el orden. Se dio por vencida y trató de escribir algo en el diario que comenzó a llevar desde que recuperó la memoria, pero su estado de excitación era tal que no logró concentrarse lo suficiente como para hilvanar, siquiera, una frase coherente. Renunció también a este intento y se sentó en un cojín a esperar.
Seguía dándole vueltas al problema en su cabeza, pero siempre llegaba a la misma conclusión: si quería encontrar a Osifa, debería ir por su cuenta, ya que era evidente que los hombres de la aldea no la dejarían participar por considerarla culpable de la situación.
Luego de analizarlo desde todos los ángulos posibles, tomó la determinación de partir. Inmediatamente se puso a preparar lo necesario para el viaje: agua, una tienda pequeña fácilmente desmontable, comida, mantas, ropa y los arreos de Murdake. En esto estaba cuando notó que se corrió la lona de la entrada y Onnomac entró en la habitación.
Sin mediar formalismos, preguntó:
- ¿Qué pasó? ¿Qué dijeron?
- Se organizó una expedición para seguir a la caravana. Irán armados por si se resisten a entregarla.
- Entiendo. Eso si está con ellos.
- ¿Piensas que existe la posibilidad de que se encuentre en algún otro lado?
- Así es – tomó un instante para acomodar sus pensamientos antes de continuar - Anoche, mientras los hombres contaban sus historias alrededor de la hoguera, uno de ellos habló de las minas de Kharqqax. En ese momento, tu hija se inclinó hacia mí y dijo: “Escucha, Edlih ¡Kharqqax! ¡Cómo quisiera haber estado contigo cuando la encontraste!” Yo le respondí que no quería saber más nada de esa fatídica ciudad. Nos reímos juntas, pero creo que en ese momento pudo haber decidido marcharse, pues no perdió palabra de lo que se dijo en la reunión.
- Esa niña mía es muy inteligente. Se me ocurre que fácilmente pudo haber aprovechado la partida de la caravana para ocultar su huida. Supuso que saldríamos corriendo detrás de ellos y eso le daría tiempo para alejarse hacia otra dirección.
Se quedaron ambos en silencio por un momento. En eso, Onnomac divisó los avíos sobre la cama.
- ¿Vas a algún lado? - preguntó.
Edlih respiró profundamente y respondió:
- En algo tienen razón los hombres. Ella no sabría cómo encontrar esas minas si no fuera por mi culpa. Hace un tiempo le mostré a tu hija mi diario de viaje. Estaba entre las cosas que llevaba encima cuando me encontraron. En él escribí todas las pesquisas que realicé para llegar a la ciudad maldita. Hace un rato lo revisé y descubrí que faltaban algunas hojas. Son las pistas y el mapa que conseguí correspondientes a la ubicación de las minas. ¡Jamás se me pasó por la cabeza que se le ocurriría buscarlas!
- Comprendo - dijo el atribulado hombre - Pero no te culpo. Osifa jamás se comportó como las otras muchachas, y yo siempre supe que algo como esto podría suceder.
Los ojos de la mujer se humedecieron por la gratitud. Tragó saliva para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta y dijo:
- Está decidido, entonces. Me marcharé cuanto antes.
- De acuerdo - dijo el anciano poniéndose de pie - Mientras tú terminas los preparativos, diré a las mujeres que te dispongan víveres para que los lleves.
Onnomac se dirigió a la salida. Antes de cruzar el umbral, se dio vuelta y dijo:
- Edlih...
La mujer se volteó y lo miró directamente a los ojos.
- Tráeme de vuelta a mi hija.
- Lo haré - respondió convencida.
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