3 - Encuentro con la reina

Mientras recorría los pasillos, llevaba a Murdake con las riendas tirantes, pues temía que el miedo lo ofuscara y tratara de escapar.

"Sin ti jamás saldría a tiempo de este lugar", le decía mientras lo acariciaba tranquilizadoramente. Distraída por la contemplación de tamaña belleza, Edlih llegó a una habitación más grande que el resto. "La Sala real", pensó al ver el imponente trono que se erguía sobre un tablado en el extremo más alejado del salón.

Traspasó la arcada sobrecogida por el tamaño de tal maravilla arquitectónica. Las estatuas aquí eran más numerosas y más profusamente adornadas en un estilo lujoso. Aquí aparentaba haberse reunido la flor y nata de la nación. Las puntillas y bordados abarrotaban tanto los vestidos de las mujeres como los trajes de los hombres. Joyas de tamaños estrafalarios adornaban a todos en un grosero despliegue de opulencia.

Cuando aún vivía en la posada con sus padres, una vez vio un libro de estampas religiosas pintado a mano con increíble realismo. Representaban santos y demonios cuyos rostros eran muecas de la virtud o el defecto que querían representar. Dos de ellas le llamaron la atención sobre las otras: La felicidad, cuyo rostro expresaba un exquisito deleite, y la codicia, cuyo semblante presentaba un rictus desagradable de avidez. Pues bien, las figuras que llenaban el salón tenían una combinación de ambas, otorgándoles aspecto de buitres dándose un banquete en un camposanto.

Continuó examinando la estancia, preguntándose cómo se mantenían los tapices y cortinados que adornaban las paredes sin venirse abajo por la acción del tiempo. Pero recordó que Kharqqax estaba maldita y que debía esperar prodigios como este. Prolongando su examen, su mirada se detuvo en una figura diferente a las otras: de pie a un lado del trono, lucía un vestido verde bordado con arabescos amarillos. Su talle esbelto se veía resaltado por un ancho cinturón de hilos de oro y plata tachonado de piedras preciosas. A diferencia del resto de la concurrencia, las joyas magnificaban su porte, dándole el aspecto de regia dignidad.

Se acercó al solio, una impresionante pieza ojival labrada en piedra cuyo respaldo asemejaba las escamas de un dragón y que contaba con leones alados en posición de descanso como apoyabrazos. Al reducirse la distancia, pudo apreciar más detalles de la figura erguida frente al sitial, pero el rasgo más impresionante es que, a diferencia del resto distribuido por la sala, esta presentaba un color pálido, en nada semejante al brillo metálico del oro. Se fijó detenidamente en sus rasgos y descubrió, para su total incomodidad, que la figura parecía estarla mirando. Dio un salto de sorpresa cuando la escultura le habló.

Adelante, pasa.

La voz, de una suave entonación musical, le heló las entrañas por el solo hecho de existir en un lugar donde no pensabas encontrar nada vivo.

Acércate, no soy un espectro ni un demonio. Puedes venir hasta mí.

Edlih marchó resuelta sin denotar en su rostro ni en su porte la desazón que la embargaba. A pocos pasos de llegar ante ella se detuvo y la examinó con disimulado interés, a fin de no parecer grosera: Una exuberante cabellera negra enmarcaba un rostro hermoso aunque de mirada triste. La corona de Kharqqax, la cabeza de un león rugiente sobre la frente y completando el círculo un par de alas, resaltaba sobre el azabache del cabello destacando la belleza de la mujer.

Te saludo en nombre del pueblo de Kharqax, extranjera.

Con un gesto amplio abarcó las estatuas que rodeaban al podio.

– Soy Aytaak, la reina. Última descendiente de la dinastía Chartenas y guardiana de las Crónicas del Derrumbe. ¿Qué te trajo en esta noche aciaga a la ciudad maldita?

Te saludo Aytaak Chartenas, reina de Kharqqax. Mi nombre es Edlih Tonderana y me llaman “La Errante”. Vengo de tierras muy lejanas siguiendo la ruta de las leyendas para encontrar tu ciudad.

El rostro de la soberana no mostró ningún signo de extrañeza. Se puso de pie y extendió una delicada mano en un gesto abarcador hacia los jardines y las habitaciones.

Pues entonces acompáñame y te la mostraré, Edlih Tonderana, La Errante. Te contaré la historia de la desolación de mi tierra.

Con paso sosegado, la condujo hacia las afueras del palacio mientras le relataba los pormenores de la historia:

"La ciudad fue fundada por mi antepasado Ujnar Chartenas, un aventurero con mucha suerte que tuvo la buena estrella de hallar el filón de diamantes más grande del mundo. Unas gemas de exquisita pureza que le proveyeron en poco tiempo fortuna y poder. Unos años después, se casó con Sanra Ulok, hija de Jan Perz, rey de Coegnar, lo que le dio además un título de nobleza. La ciudad creció en torno a la mansión de Ujnar, quien a la muerte de Jan heredó el trono del reino vecino y lo absorbió. La coalición de naciones necesitaba un nombre que las agrupara y una bandera que las uniera. Así fue como nació Kharqax y la bandera del león alado."

Hizo un momento de silencio como para acomodar sus ideas. El tiempo fue pasando y el país siguió prosperando. Pronto, el roble y el ébano reemplazaron al pino, la plata al bronce y el oro a esta última.

Edlih miró azorada las calles, constatando el esplendor que acompañaba a los edificios revestidos en oro. La reina captó su mirada y dijo:

"La felicidad fue sustituida por el tedio y a éste lo siguió el desenfreno. El oro era poca cosa en este lugar. Las más finas prendas, los caprichos más exquisitos… No hubo nada que no tuviéramos. Esa misma opulencia fue nuestra perdición."

De pronto, se giró para cambiar de rumbo.

"Vamos. Te llevaré a la parte prohibida de la ciudad."

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Comments

Zulma Miranda

Zulma Miranda

vamos bien 👍

2025-02-16

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