Las horas previas al amanecer son las más propicias para un ataque. Era un principio fundamental que le inculcaron sus profesores de lucha. Le habían enseñado que, en caso de peligro, debía permanecer alerta a toda hora. La entrenaron en el arte de dormir como un animal salvaje: siempre al acecho. Sus buenos azotes le habían costado hasta que finalmente aprendió. Ahora, muchos años después, la instrucción dio sus frutos nuevamente.
Un leve tintineo metálico la arrancó del ligero duermevela en el que se había sumido. Abrió los ojos justo a tiempo para ver a un hombre inclinándose hacia ella. Se puso de pie con la agilidad de un gato adoptando en el mismo movimiento una posición defensiva. El individuo, lejos de sorprenderse, le hizo señas para que lo siguiera en silencio y se internó en la densa oscuridad. Edlih lo siguió desconfiada, con los sentidos exacerbados. Tras los pocos pasos que les permitían las cadenas llegaron al centro del círculo de esclavos. En absoluto silencio se hicieron a un lado para permitirle acomodarse entre ellos.
Acércate más – dijo un susurro incorpóreo frente a ella.
Obedeció moviéndose hasta que su cabeza quedó prácticamente pegada a las de los demás.
Hemos oído de ti, Edlih Tonderana. Cosas maravillosas se cuentan alrededor de todas las hogueras.
Con cautela, pues podría tratarse de una trampa o un truco de Argout para sonsacarle información, la mujer respondió:
¿Y cuáles son esas maravillas que se dicen acerca de mí?
Se habla de ti como guerrera y como mercenaria. Tu búsqueda implacable, tu encuentro con la Ciudad Perdida, la Meca de todo aventurero. Finalmente se habla de tu vida en la tribu de Onomac.
Algunas de esas cosas son ciertas. Pero no creas todo lo que se dice por ahí.
Los hombres conversaron entre ellos unos momentos hasta que la voz preguntó:
¿Es verdad, entonces, que buscabas las minas de Kharqqax cuando fuiste capturada?
Es una pregunta muy directa para alguien que aún no se ha presentado ni ha declarado sus intenciones.
Tienes razón. Me disculpo por mi falta de cortesía. Soy Amonec Tardau de Cibelia, la ciudad al oeste del río Marco. Estos son Druda Oilfiel, Eliel Mostergo y Cormelia Anostro de Ciro, Tidón y Murecia, respectivamente. Todos fuimos capturados en el desierto.
Si las circunstancias fueran diferentes diría que estoy encantada de conocerlos.
Es verdad – dijo Amonec – Son circunstancias difíciles. Pero…
En el silencio de la noche se escuchó toser en la orilla norte. Inmediatamente todos se tumbaron y fingieron dormir profundamente. Los pasos del guardia se oyeron cerca de ellos y, luego de un instante, se alejaron. Un suspiro los alertó de que podían seguir conversando.
Dinos, Tonderana: ¿Es verdad lo de las minas?
Es cierto. Mañana partimos hacia allá.
Toda compostura abandonó al hombre que, casi abalanzándose sobre ella, dijo:
¿Le has dicho a ese buitre de Argout dónde están?
¿Piensas acaso que he sobrevivido hasta ahora comportándome tan estúpidamente? ¡Claro que no se lo dije! La única posibilidad que tengo de salir de aquí con vida es guardar el secreto e ir soltándole pistas de a poco.
¿Con vida? Él no se desharía de ti. Vales demasiado.
Puede que tengas razón, pero yo nunca seré una esclava, sujeta a los caprichos de otra persona. Haré lo que sea necesario, pero no llegaré con vida al mercado.
Te creo, Herrante. Pero dime: ¿Cómo harás para detenerlo una vez que lleguemos allá?
No te preocupes por eso. Hay muchas trampas y solo yo sé dónde están. Para que te sean útiles tendrías que estar adentro.
Me aseguraré de que me deje entrar.
Tras un momento de reflexión, el esclavo dijo:
¡Me indigna pensar en que ese bastardo se volverá más rico aún!
Una idea comenzó a tomar forma en la mente de la mujer. Fingiendo piedad, dijo:
¡Es una pena, en verdad! Él más rico y ustedes vendidos como esclavos. ¡Qué injusticia!
El hombre replicó:
Cada uno tiene un destino que cumplir.
¿Destino? No creo que el destino tenga nada que ver. Ellos son unos veinte y ustedes cientos. No es destino, entonces, sino resignación.
¿Y qué pretendes que hagamos? Ellos tienen armamento y nosotros no.
¿Y esas cadenas? Bien manejadas, son armas poderosas. Es obvio que algunos morirán. Pero no podrán contra todos.
Un murmullo apagado se extendió entre los cautivos.
Pero…
La libertad tiene un precio. No me hables de destino si no estás dispuesto a pagarlo. Yo lucharé, cuando llegue el momento, con mis manos, mis dientes, mis cadenas; porque no estoy dispuesto a una vida de vejaciones solo por dar un aliento más.
Esta vez fue el silencio lo que imperó en el ambiente. La escasa luz mostraba rostros avergonzados y, más importantes aún, un atisbo de duda y de rebelión.
Dejándolos con estos pensamientos, volvió a su lugar e intentó conciliar el sueño.
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