14 - Osifa conoce a Inogarth

14 – Osifa conoce a Inogarth

Una voz suave habló en la oscuridad.

No temas, muchacha. No te voy a dañar.

Pese a las palabras tranquilizadoras, la chica no pudo evitar temblar de puro terror.

¿Quién eres? – Respondió Osifa mientras tanteaba frenéticamente a su alrededor para hallar la antorcha perdida.

Se escuchó un resoplido como respuesta.

¡Nombres! ¡Nombres!... ¡He tenido tantos! Dana, Tanit, Ixchel… Tantos nombres… Hace eras que nadie me nombra ya. Nombres… Nombres… Después de tanto tiempo no me importa. La última vez que alguien me llamó, lo hizo diciéndome Inogarth.

La mano de la joven se detuvo en seco y un chillido de pavor escapó de sus labios.

¡La diosa del inframundo! – Dijo casi sin aliento.

Otro resoplido molesto antecedió a la respuesta.

¡Las ideas que cruzan por algunas cabezas! Diosa no soy. No. Nada de diosa. Sólo una pobre mujer condenada a no morir nunca.

Algo en el tono de su voz tranquilizó a la niña. La aparición no parecía representar ninguna amenaza. Siguió tanteando en busca de la maldita tea. De pronto una idea destelló en su mente. Impulsivamente dijo:

¡Eres igual que Aytaak, reina de Kharqqax!

Ahora fue una risa airada lo que se escuchó en la oscuridad.

No, pequeña. Cuando Aytaak nació, yo hacía eones que recorría las cavernas del mundo.

Mientras hablaban, Osifa encontró por fin la candela y la encendió. Casi lanzó otro chillido de terror pues, a la luz de la vacilante llama, la figura frente a ella era realmente impresionante: blanca como el marfil desde los pies a la coronilla. Parecía no haber visto la luz del sol por mucho tiempo. Siglos, quizá. Sus ojos, de un celeste tan pálido que parecía blanco, la observaban atentamente causándole pavor, pero al mismo tiempo no podía apartar su mirada de ellos. Todo en la mujer daba impresión de frío y soledad.

No nos quedemos aquí – Dijo Inogarth – Es peligroso. Sígueme, por favor.

La muchacha se puso de pie fascinada. Meditó brevemente en sus posibilidades y se dio cuenta de que no tenía otra opción. La siguió en silencio a través del laberinto de corredores mientras un sinfín de interrogantes se agolpaban en su cabeza.

...De nuevo en la tienda...

A Edlih no le quedó más remedio que admirar la capacidad de recuperación de Argout: antes de que la tierra dejara de moverse, ya estaba gritando órdenes a sus sicarios para evitar que, por el miedo, los esclavos se diseminaran y se perdieran por el desierto. Los hombres se movían en una danza perfectamente coordinada que dejaba en evidencia la práctica que tenían en el manejo de situaciones límite.

Media hora después del sismo, ya se estaban evaluando los daños y atendiendo a los heridos.

La tienda del mercader presentaba un aspecto menos fastuoso que la última vez. Debido a la premura en el armado, las cosas estaban diseminadas de cualquier manera, sin orden ni concierto. Esperó pacientemente, aprovechando la oportunidad de conocer un poco mejor a su oponente. Era endiabladamente bueno organizando las cosas y sus hombres lo obedecían sin dudar ni un segundo, advirtiéndose en sus semblantes una mezcla de terror y adoración. Por esa vía no conseguiría nada, reconoció.

El mercader le señaló un almohadón para que se sentara e inmediatamente se volvió hacia sus siervos para ultimar detalles.

“Es una exhibición en mi honor”, pensó ella, “Quiere mostrarme su poder absoluto sobre esta gente”. Sonrió ante la idea con una sonrisa amarga. “En este juego en el que me he metido no compito con ningún idiota. Tendré que meditar hasta los detalles más nimios, pues algo más que mi vida está en juego”.

Argout impartió varias instrucciones más y, cuando terminó, la miró directamente a los ojos y le espetó:

- No intentaste huir aprovechando la confusión. Era tu oportunidad dorada.

La mujer se acomodó en el asiento y respondió:

- ¿Y dejarte a ti la gloria del descubrimiento de las minas? ¡Eso jamás, querido!

- Siempre pensé que era un galimatías para ganar tiempo… ¡Eres una verdadera caja de sorpresas!

- No veo cuál es la sorpresa. Mi forma de pensar es simple y pura como los diamantes que buscamos: tú harías cualquier cosa por la riqueza. Yo, por la gloria.

¡Me gusta esa forma de pensar! Está decidido. A partir de hoy cabalgarás conmigo al frente de la caravana.

Esa no es una opción. Seguiré con los esclavos.

El rostro del esclavista se demudó por la ira.

¡Me enerva ese constante desprecio! Si no fuera por las minas…

¡Exacto! Ese es el punto: Si no fuera por las minas, yo ya cargaría con un mapa de latigazos en mi espalda. No somos iguales y no quiero que ninguno de los dos lo olvide.

A medida que hablaban, los ánimos se caldeaban cada vez más. Se acercó a ella con los puños apretados y, por un instante, pareció que iba a golpearla. Por fin, oprimiendo las mandíbulas, siseó entre dientes:

Será como tú quieras. Pero en el momento en que intentes algo, minas o no, te despellejaré viva.

Comprendido – dijo Edlih poniéndose de pie para dar la conversación por terminada.

Al salir de la tienda, se topó con uno de los hombres del esclavista y prácticamente lo atropelló. Éste la miró alejarse y le dijo a Argout:

En el campamento se habla del extraño poder que tiene esa mujer sobre ti.

¿Sí? – Respondió el mercader interesado - ¿Y qué se dice?

Se rumora que te tiene embrujado.

Argout se rió de buena gana antes de responder:

¡Ya tendré el placer de domarla cuando encontremos los diamantes!

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