Caminaron un rato con la densa oscuridad rodeándolas. La llama de la antorcha apenas lograba hacerlas retroceder unos pasos y, en realidad, resaltaba más aún su negrura.
Diversos sonidos acompañaban a las dos mujeres silenciosas: un goteo, suspiros, roces. Osifa avanzaba detrás de la albina mirando hacia todos lados, pese a que no podía ver nada en realidad.
—Ya basta. Estás segura conmigo —dijo la voz de golpe, haciéndole dar un pequeño salto y un chillido por el susto. Delante se escuchó una risa divertida, lo que ofendió a la muchacha e hizo que siguiera caminando ofuscada.
Luego de un rato más, la voz volvió a decir:
—Llegamos.
A la luz de la tea se pudo apreciar el espacio. La habitación, una amplia caverna modelada por años de uso, era el fiel reflejo de la personalidad de su ocupante. Las paredes de roca habían sido talladas y excavadas de acuerdo a la necesidad del momento: aquí y allá, salientes rocosos hacían las veces de repisas en las que destacaba un montón ecléctico de objetos de uso diario, acomodados según una distribución que solo su dueña podría comprender. En el suelo, algunas esteras y alfombras y, empotrado en un nicho, un jergón completaba el parco mobiliario.
En el centro del lugar, una pequeña fuente de agua se alimentaba de un manantial que goteaba de la roca caliza. El reflejo de la antorcha bailaba en él y se multiplicaba alegre en las paredes, creando un efecto relajante. En un rincón alejado de la habitación se distinguían trozos de roca a medio tallar.
—Acogedor —pensó Osifa mientras con ojos curiosos escudriñaba todo a su alrededor.
La muchacha se entretenía en la contemplación mientras que Inogarth trajinaba de aquí para allá, mascullando entre dientes en una interminable conversación consigo misma, lo que a la niña le resultaba de lo más divertido.
Repentinamente, se detuvo ante ella y le preguntó:
—¿Qué hacía una niña como tú sola en este peligroso desierto?
La pregunta la tomó por sorpresa y la enojó nuevamente.
No soy una niña – respondió la muchacha - Nací en este desierto. Sólo es peligroso si uno no lo conoce y no lo respeta.
Ignorando su malestar, la anciana replicó:
Es cierto eso. Pero no responde mi pregunta: ¿Qué hacías sola en el desierto?
La niña bajó los ojos nerviosamente, pues la mirada penetrante de la anciana le advirtió que no era prudente mentir.
Buscaba las Minas de Kharqqax…
Las Minas de Kharqqax… Las Minas de Kharqqax… - Repitió la mujer como una letanía – Todos buscan las Minas de Kharqqax… ¿Y cómo piensas llevarte los diamantes?
Osifa la miró confundida.
¿Diamantes?... ¿Qué diamantes?
Con un dejo de exasperación, Inogarth dijo - Los diamantes del yacimiento de diamantes, claro. ¿Para qué buscarías la mina si no es para llevar los diamantes?
Una carcajada divertida resonó en la habitación, desconcertando a la anciana.
¡Claro!... ¡No lo había pensado!... ¡Las minas de diamantes tienen diamantes! - Reflexionó lanzando otra risotada.
La mujer la miró como se mira a un idiota.
Ahora entiendo… Eres imbécil, por eso buscabas las minas.
Cuando la muchacha recuperó el aliento, dijo:
No señora. Yo solo busco las Minas, no las gemas.
La miró más confundida aún. Dudando seriamente de la cordura de su huésped, se sentó en una estera cercana a ella.
No entiendo… ¿Para qué buscar las Minas si no quieres sus riquezas?
La risa se borró del rostro de la joven. En su fuero interno, ya había decidido que a esta mujer no quería lastimarla, por lo que, luego de respirar profundamente, se dispuso a relatar su historia:
Soy la hija del Jefe de mi aldea. Mi vida es chata y aburrida, llena de obligaciones. Para empeorar las cosas, mi padre dispuso mi matrimonio con Enu Gamaes, el mejor guerrero de la tribu. No es mal tipo y hasta es bastante apuesto, pero yo sería solo un trofeo más guardado en su tienda. Luego llegó Edlih, exhalando aventura, y me habló de Kharqqax y de su reina, de las minas secretas que proveían riquezas pero que estaban llenas de trampas y desafíos. Ya no pude parar de soñar con realizar grandes hazañas. Entonces, hace unas noches atrás, mi padre me dijo que había fijado fecha para mi matrimonio. No pude soportarlo y me escapé a buscar los yacimientos. Luego vino el terremoto y el resto ya lo conoces.
Inogarth reflexionó durante un largo rato antes de ponerse de pie. Miró a Osifa, como evaluándola, y comenzó a moverse a través de la habitación, dando grandes zancadas y gesticulando aparatosamente, mientras prolongaba su soliloquio en un idioma desconocido. Luego de un rato, culminadas sus consideraciones, volvió a sentarse en el mismo lugar.
"Hemos decidido que creeremos en tu historia", dijo Inogarth.
Osifa miró a su alrededor con curiosidad - "¿Hemos?... ¿Tú y quién más?"
"Conocemos el mundo de los hombres y sabemos que una mujer no tiene muchas oportunidades en él", dijo la anciana, ignorando la pregunta. "Te llevaremos a las minas y tendrás tantas aventuras que no te alcanzará la vida para contarlas todas a tus nietos cuando se sienten frente al fogón".
La joven se puso de pie de un salto y se tomó del cuello de la anciana, abrazándola mientras repetía emocionada: "¡Gracias! ¡Gracias!"
"Ya, niña", dijo la mujer incómoda. "Veremos si cuando esto termine seguirás tan emocionada".
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