16 - Cerca de la roca del águila

El atardecer en el desierto es hermoso: el cielo, pincelado en distintos tonos de rosa con unas líneas doradas aquí y allá, besaba el horizonte para desterrar al sol, quien, a modo de despedida, alargaba las sombras hasta convertirlas en largas serpientes reptando por el suelo.

El espectáculo era sobrecogedor por su belleza. Lástima que nadie en el lugar estuviera en condiciones de apreciarlo. Los esclavistas estaban preocupados en no perder ni una sola de sus valiosas mercancías y los esclavos se ocupaban de arrastrar un pie tras otro en este interminable camino sin esperanza.

El águila de piedra desplegaba sus alas, contrastando su negrura con los delicados ocres del ocaso. El realismo de su silueta hacía dudar a los viajeros respecto al hecho de ser un fenómeno natural. Pero lo cierto es que el viento estuvo siglos tallando la roca hasta conseguir semejante efecto. Si fuera un ente consciente, estaría orgulloso de su trabajo.

El espectáculo casi místico despertó en la mujer una mezcla de sentimientos en los que primaba el de irrealidad. Era casi un sueño estar en este sitio de pie contemplando la enorme escultura.

“Aquí estamos”, pensó, “a las puertas del destino desafiando a los dioses”.

Un súbito estallido de rencor le apuñaló el espíritu, dejándole un regusto acre en la boca. Todo lo acontecido en los últimos días inundó su mente, angustiando su ánimo.

“Como si a los dioses les importáramos algo, aunque sea un poco. Si así fuera, hombres como Argout no podrían salirse con la suya”, reflexionó amargamente mientras seguía caminando junto al resto de los esclavos.

Sumida en estas cavilaciones, vio acortarse la distancia al tiempo que disminuía la luz. Deseaba fervientemente que algo los retrasara, aunque fuera un poco, pero llegaron a los pies de la formación rocosa unas horas después, casi a tientas, alumbrados solo por un par de antorchas que portaban los guardias. La codicia del esclavista no lo dejaría dilatar las cosas. Prefería perder un par de esclavos debido a las bestias nocturnas que llegar un minuto más tarde a las anheladas minas.

Al aproximarse a su destino, la agitación se apoderó del grupo y ella no fue inmune a su influencia. Los susurros preocupados de los esclavos despertaron en ella pensamientos lúgubres que la embargaban, agrietando la máscara de seguridad en sí misma que se había visto obligada a llevar. Se preguntaba si había sido sensata al conducir al esclavista hacia ese lugar. También se sentía insegura en cuanto al tiempo que podría mantener el engaño. Pese a su apariencia de inmutabilidad, sentía que el miedo la paralizaba al punto de desear correr hacia el mercader y contarle todo.

Respiró hondo varias veces. Estaba a punto de hiperventilar, pero pensó en Osifa y la imaginó perdida en el interior de la cueva, vagando sola hasta morir de hambre o, tal vez, cayendo a un abismo sin fin. Los ecos de sus gritos resonando en las paredes oscuras por la eternidad. Un escalofrío le recorrió la columna. Las vívidas imágenes en su mente la hicieron recapacitar, eso le dio fuerzas para continuar adelante y llegar hasta las últimas consecuencias.

“Si pude salir de Kharqqax con vida, podré salir también de ésta”, reflexionó.

Se detuvo un momento para recomponerse. Respiró profundamente y retomó la caminata con paso firme, agradeciendo el oscuro manto del crepúsculo que la ayudó a ocultar su momento de vacilación.

...Comida apetitosa...

Osifa devoraba vorazmente, uno tras otro, los platillos que le iba sirviendo Inogarth. Con tanta tensión no se había percatado del tiempo que hacía que no probaba bocado. Pero en realidad hacían al menos dos días que no había comido su última comida.

¡Bueno! – Dijo la anciana riendo complacida -El cuenco no te lo comas ¡lo puedes dejar! Hay más comida, si quieres.

¿De verdad? – Respondió la muchacha terminando de limpiar el cazo con un trozo de pan y extendiéndoselo –Está muy bueno. ¿Qué es?

Mientras la anciana se acercaba al fogón para rellenar el cazo, contestó:

Mejor no preguntes y come.

Me recuerda a un platillo que preparaba mi madre cuando yo era niña. Lo hacía con verduras amargas y trozos de antílope del desierto. Era fabuloso y jamás lo volví a probar desde que ella falleció, hace un tiempo ya.

Con el plato caliente frente a ella, la chica comenzó a engullir nuevamente. La mujer mayor la miró con ternura. Nunca había tenido hijos, pero si los hubiera tenido, le hubiera gustado que fueran como esta niña: valientes y francos.

Sonrió y dijo:

-Podría decirse que es antílope de las cavernas.

La joven se detuvo a medio masticar y preguntó vacilante:

-¿Rata?

La mujer solo hizo un gesto de asentimiento mientras se sentaba nuevamente junto a ella.

Después de pensarlo un momento, la niña levantó los hombros y dijo:

-No sabía que se podía comer. ¡Es sabrosa! –Y siguió devorando con apetito.

Inogarth lanzó una carcajada, divertida por la inesperada reacción.

Come bien. Esta noche descansaremos aquí y mañana comenzaremos tu aventura.

Osifa la miró con los ojos llenos de felicidad y, sin dejar de masticar, asintió vigorosamente con la cabeza.

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