18 - Nuevamente Argout
- Pasa, querida. Toma asiento frente a mí.
El esclavista se mostraba excesivamente amable aunque no podía ocultar el desagradable brillo de ambición en su rostro. Ya se veía disfrutando de la fastuosa fortuna que le proveerían los diamantes de la mina, al tiempo que domaría a esta necia mujer. En su mente era un hecho.
Mientras ella se sentaba, no pudo contener su impaciencia. Sabía que se estaba delatando y que eso le daría algo más para negociar a ella, pero la codicia fue más fuerte que él y dijo:
- Ya estamos aquí. Te he traído. ¿Dónde está la entrada?
Edlih resopló con disgusto.
- Has leído mis apuntes. Sabes cuál es el próximo paso a seguir.
Furioso por su constante provocación, el hombre siseo:
- No te atrevas a burlarte de mí. Puedo ser muy convincente con el látigo.
Ella puso los ojos en blanco en un gesto de hastío y respondió
- El látigo… El látigo… ¡Parece que no sabes hacer otra cosa que amenazar con el látigo! ¡Cambia ya la cantinela! No necesito que me recerdes a cada momento la clase de bestia que eres.
Se puso de pie y lo enfrentó.
- No me burlo. En mis notas estaba bien claro que tendría que llegar hasta aquí para conocer el significado de la serpiente. Solo lo sabré cuando recorra el lugar mañana y halle más indicios. Hasta entonces estaremos a ciegas.
El mercader se tragó la ira y se repantingó para reflexionar. Meditó profundamente en lo que ella le había dicho, buscado las posibles implicaciones de sus palabras. La mujer no parecía estar mintiendo y es cierto que en el cuaderno decía eso. Cuando quedó satisfecho respondió:
- Tiene lógica eso que dices – Se puso de pie y añadió - Mañana saldrás a recorrer los alrededores, pero irás custodiada.
- Como quieras. Solo diles que no me molesten y que no se entrometan en mi camino.
Con esto dio por terminada la reunión. Edlih se paró y se dirigió hacia la entrada.
- Tendrán órdenes de matarte si intentas escapar – Agregó él como de pasada.
Ella se detuvo un momento y, en tono de burla, respondió:
- No esperaba menos de ti.
En movimiento
Osifase desperezo y miró su entorno confundida. Tardó unos instantes en darse cuenta de donde se hallaba y cuál era su situación.
- ¡Despierta de una vez! ¡Grandes cosas suceden a nuestro alrededor y tú durmiendo!
- Ya… ya estoy despierta ¿Qué pasa?
Nos vamos a las minas. Partimos ya.
- Pero… ¿Por qué el apuro?
- ¿Vienes o no? – El tono impaciente de la mujer no dejaba mucho lugar para réplicas.
- Si. Voy. Solo dame un momento para juntar mis cosas y ya.
- De acuerdo – Dijo la anciana mientras colocaba unos pocos objetos en un morral - ¿Ya estás lista?
- Lo estoy
- Partamos, entonces.
La muchacha tomó un par de antorchas e hizo el amague de darle una a la anciana.
- Llévala de repuesto para ti. Yo no la necesito – Dijo esta colgándose el morral al hombro y abriendo la marcha a grandes zancadas.
Osifala siguió casi corriendo, con temor a que la dejara sola en ese laberinto interminable de cavernas.
Caminaron sin hablar por un rato acompañadas por el silencio sepulcral del subterráneo. Las galerías se estrechaban en algunos lugares hasta el punto de tener que caminar de lado e incluso gatear para atravesarlas mientras que las paredes reflejaban la luz de la tea repartiéndola en miles de estrellas fugaces.
Inogarth observaba atentamente a la muchacha en un intento por descifrar sus intenciones. No dudaba de su historia sobre la huida, pero en miles de años había conocido a muy pocas personas que no se dejaran vencer por la codicia.
Anduvieron hasta que el cansancio casi venció a la niña. Se detuvieron en una amplia gruta donde podían comer y refrescarse.
- No te he oído quejarte por la marcha – Dijo la anciana – Eso habla muy bien de ti.
- Mi padre es muy estricto al respecto. Siempre nos decía que la queja era un pésimo modo de consumir nuestra energía.
- Es un hombre sabio, tu padre.
- Si. Lo es –Respondió la muchacha con orgullo.
- Aprovecha y descansa. Duerme un rato que aun nos queda mucho por recorrer.
- De acuerdo – Dijo Osifaacomodándose en el suelo.
Unos minutos después Inogarth se deslizaba entre las sombras hacia la profunda oscuridad.
Amanece en la superficie
El sol era apenas un destello en el horizonte cuando el lugar era ya un hervidero de actividad. Los esbirros de Argout azuzaban a los esclavos para poner en marcha el campamento: Aquí se excavaban las letrinas, allá comenzaba a arder una fogata y, más lejos aún, se veía un grupo inclinado sobre algo aunque desde la distancia no se podía especificar de qué se trataba.
En la tienda del jefe la actividad no era menor. Sirvientes silenciosos acomodaban el lugar. El esclavista, que se había reunido con Edlih y algunos de sus capitanes para planificar la búsqueda de la entrada, los despidió con un gesto para impedirles escuchar la conversación.
Una vez se hubieron retirado, el mercader se aseguró de que se alejaran y preguntó:
- ¿Cómo iba eso de la pista? “Cuando el pico del águila bese a la cabeza de la serpiente, con sus alas cubrirá la puerta al reino de las estrellas congeladas” – Leía éste del diario de la mujer – La cabeza del águila es indudable que tiene que ver con la Roca del Águila. Lo que no es tan evidente es a que se refiere con la serpiente.
- Estoy segura de que se trata de otra figura formada sobre el terreno. Puede ser una grieta, una roca o cualquier cosa. Creo que tendré que recorrer los alrededores para verificarlo.
El mercader asintió.
- Así es. Pero no irás sola. Un hombre te acompañará.
- Ya hablamos de eso. Haz como quieras. Sólo evita que me moleste mientras investigo.
- De acuerdo. ¿Cómo piensas hacerlo?
- Ayer, con las últimas luces, tracé un mapa rápido del lugar. Empezaré por aquí. Justo detrás del águila – dijo señalando un punto en el boceto – Tal vez desde la altura pueda divisar algo que parezca una víbora. Luego iré ampliando el círculo hasta recorrer todo el lugar. Me iré de inmediato, antes de que el sol comience a quemar.
- De acuerdo. ¡Neerelli! – Gritó y rápidamente asomó la cabeza del aludido – Acompañarás a la dama en su recorrido por el campo. No la molestes. Síguela a unos metros y, si intenta algo, mátala.
- Muy amable – replicó Edlih con sorna - ¡Vamos, sicario! El sol no nos va a esperar.
Salió de la tienda y, dirigiéndose al montículo, comenzó la escalada.
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