10 - La captura

Un ligero rumor, un susurro, tal vez el piafar de un caballo... Los sentidos de Edlih se dispararon y, ya totalmente alerta, se agazapó junto a la entrada silenciosamente. Notó una mano corriendo la tela y un cuerpo deslizándose hacia el interior. Lo dejó entrar en el estrecho espacio y, aprovechando la sorpresa, lo golpeó hábilmente, desmayándolo de inmediato. Ya alertado por la caída de este, un segundo hombre arremetió contra la abertura y ambos se trenzaron en un combate cuerpo a cuerpo. Rodaron junto con la tienda, provocando un caos de telas y varillas que les limitó a ambos por igual los movimientos. La mujer luchó desesperadamente por desenredarse de las lonas, pero sintió cómo varias manos la tomaron e inmovilizaron. Frustrada, se dio cuenta de que la superaban ampliamente en número y decidió dejar de luchar.

La arrancaron de entre los restos del pabellón aún luchando. La ataron fuertemente al tiempo que la golpeaban para dominarla. Cuando lograron someterla, la presentaron ante su jefe.

El hombre estaba ricamente vestido: una túnica blanca de lino haciendo juego con unos pantalones del mismo material. Ostentaba en su mano derecha un abanico ricamente labrado con el que se aventaba aire en la cara. Su piel oscurecida por los efectos del sol marcaba un fuerte contraste con el albor de la tela, haciéndolo ver grotesco en vez de elegante, como pretendía. Vestía ropajes de príncipe, aunque su rostro arrugado, semejante al de un buitre, y su postura ávida, revelaban a las claras que la ropa solo era una envoltura.

Frotándose las manos, el hombre mostró su regocijo al verla.

- ¡Pero qué tenemos aquí!

Uno de sus secuaces contestó:

- Estaba en la tienda. No hay ningún indicio de que hubiera nadie con ella.

- Es una pena que una pieza tan exquisita viajara sola. ¡La gente se pierde tan fácilmente en este desierto!

Rió con una risa desagradable, aunque en sus ojos no había ningún rastro de humor. Sus esbirros lisonjearon su broma nerviosamente. Con este amo nunca se sabía: en un momento festejaba a carcajadas y al otro repartía latigazos a diestra y siniestra.

Continúo examinando a la mujer como quien revisa el ganado. Con ojo crítico tomo su rostro y le abro la boca para examinarle la dentadura. Ella no pudo resistirse porque uno de los hombres la tenía agarrada por el cabello impidiéndole moverse, pero de todos modos intentó morder la mano que la molestaba.

Así me gustan: ariscas. ¡Dan a su amo el placer extra de domarlas! Ya no es una niña, aunque está en buen estado. Es fuerte y, por lo visto, sabe pelear. ¿No es así, Girout?

Dijo mirando al hombre que había sido golpeado y se levantaba aturdido de entre las lonas caídas. El aludido miró hacia su amo y palideció visiblemente.

Tiene el porte de una combatiente, cosa rara en una mujer – Continuó – A ver, extraña flor del desierto, dinos tu nombre para que te conozcamos.

Edlih no respondió, por lo que uno de los matones le dio una bofetada y le dijo:

¡Contesta!

La mujer, hirviendo de furia, lo miró con ojos asesinos. Fijando la vista en el Jefe respondió:

Eres muy valiente con una mujer atada. Suéltame las manos y veremos cuánto te dura el valor.

Argout miró a su hombre disgustado.

¡Ya te dije que no maltrataras la mercancía!

Volteándose hacia la mujer dijo:

Puedes guardar silencio, si quieres. No me costará nada ponerte un nuevo nombre. De hecho, eso se suele hacer con las esclavas.

La chica lo pensó un momento. Era relativamente famosa. Tal vez eso podía proporcionarle una pequeña ventaja. Finalmente respondió.

Soy Edlih Tonderana.

¿Edlih Tonderana…? Escuché antes ese nombre. No recuerdo dónde, pero ya lo haré. Edlih, me presento: Yo soy Argout, el mercader – Dijo haciendo una reverencia burlona.

La mujer miró a su alrededor y notó la caravana. En la penumbra del atardecer alcanzó a divisar los bultos desparramados de cualquier manera sobre la arena.

Veo la clase de mercancías que transportas. – Dijo - ¡Eres un traficante de esclavos!

¡Oh! No. Esas palabras suenan muy duras. Prefiero llamarme a mí mismo proveedor de mano de obra.

No importa cómo te llames. Eso no cambia lo que eres.

Tienes una lengua muy afilada para ser una simple prisionera – dijo entre molesto y divertido-. Veamos qué más podemos averiguar sobre ti.

En ese instante, uno de los hombres salió de los restos de la tienda con el morral de la mujer en la mano y hojeando sus notas.

El traficante lo vio y replicó:

Ninac, por favor, todos sabemos que no puedes leer.

Extendió la mano en un gesto impaciente y el hombre obedeció con docilidad.

Argout hojeó los apuntes. Un momento después, miró a Edlih con sorpresa y admiración.

¡Ya sé dónde he escuchado tu nombre! ¡Se habla de ti en todas las hogueras del desierto! ¡Eres Edlih Tonderana! ¡La que encontró la mítica ciudad de Kharqqax!

Un murmullo se levantó entre su gente.

Reflejando su complacencia con una risa de hiena, el traficante dijo:

Esto eleva tu precio en varios lingotes. Ya me parecía raro que una mujer viajara sola por este desierto. Pero si es la famosa Errante, es fácil de entender.

Acto seguido, comenzó a dar órdenes:

Ninac, toma a algunos hombres y prepara el campamento. Trevior, prepara la cena y la ración de los esclavos. Guirout, apacienta a las bestias. Y tú Neerelli, trae a nuestra invitada hasta mi tienda. Tenemos mucho de qué hablar.

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