9 - En el desierto

9 - EN EL DESIERTO

Las horas transcurridas desde que el oasis quedó atrás le dieron tiempo para reflexionar sobre todo lo ocurrido en el último tiempo: la huida de Osifa, su vida en la aldea, el periodo de dolor y oscuridad previo a recuperar la memoria. Retrocedió aún más hasta sus épocas de búsqueda en las que todo su horizonte se limitaba a una obsesión: Kharqqax.

Este análisis en retrospectiva le dio la oportunidad de meditar en lo ocurrido con ella en la última época. Estaba de acuerdo en que la paz y tranquilidad de su nuevo estilo de vida le habían hecho sentir a gusto. Su mente y su cuerpo agradecían el descanso obtenido, pero en el fondo reconocía que este cambio no podía durar mucho. Tuvo que confesarse a sí misma que el hecho de salir a buscar a la muchacha le proporcionaba un placer mayor que el simple hecho de cumplir con su obligación: la aventura la llamaba y ella no tenía la fuerza de voluntad necesaria para resistirse.

El sol del mediodía la azotaba con furia mientras que el aire quemaba sus pulmones a cada bocanada. Decidió hacer un alto y continuar viajando al atardecer, pues continuar en estas condiciones era, cuanto menos, suicida. Buscó una hondonada entre las dunas y armó su tienda. Dejó a Murdake suelto, pues sabía que el camello no se alejaría demasiado de ella. Metió sus alforjas en la tienda y, agradecida por el descanso que proporcionaba la penumbra interior, se sentó en el suelo a reflexionar en las alternativas que tenía: sola, en medio del desierto, sin más carta de navegación que su memoria, alimentos y agua para diez días… “No mucho”, pensó. “Pero si pude encontrar Kharqqax, puedo hallar a una muchacha traviesa”.

Luego puso en orden sus ideas para definir un plan de acción: trató de recordar las pistas escritas en su bitácora respecto a la ubicación de las minas. Después de un rato se sintió aletargada. Decidió aprovechar las horas de calor agobiante para dormir. Usaría las estrellas para guiarse y viajaría de noche.

Al atardecer, dispuso sus pertrechos para partir.

Los camellos son animales muy resistentes, adaptados a la dura vida del desierto. En sus jorobas almacenan agua y energía para épocas de escasez. En el tiempo que Edlih permaneció con el Pueblo de la Arena, Murdake se fortaleció, pues fue bien cuidado y alimentado, por lo que sus gibas se hallaban bien provistas. De todos modos, la mujer sacó un cuenco de la alforja y compartió el líquido vital con el animal. Éste bebió hasta la última gota, agradecido.

Continuó su viaje a la tenue luz de los astros. La constelación de Krerbub, el cuervo, siempre fue su guía y hoy no era la excepción. No se sentía sola ni mucho menos, pues en las horas nocturnas la temperatura baja e infinidad de criaturas salen de sus escondites y pululan sobre las dunas.

Mientras avanzaba, rumiaba sus pensamientos y trataba de recordar lo que sabía de las fatídicas minas. Recitó los versos en voz alta para recordarlos mejor.

La primera pista hablaba del águila. ¿Cómo era…? “Cuando la cabeza del águila toque la cabeza de la serpiente, con sus alas cubrirá la puerta al reino de las estrellas congeladas”.

Al este del oasis se hallaba una pequeña cadena montañosa. Un farallón de unos cientos de varas de largo, con laderas escarpadas difíciles de escalar. Los que conocen el lugar cuentan que en toda la cara norte de la gran roca se hallan desperdigadas una decena de cuevas de distinto diámetro y profundidad. Aunque ninguna de ellas haría sospechar un enorme filón de diamantes en el interior de la formación. Lo particular de esta columna es que, coronando el extremo sur, la erosión ha dado a la roca la forma de un águila con las alas extendidas. La similitud es llamativa ya desde varios parajes antes de llegar. Los lugareños llaman al conjunto “La roca del Águila” y hacia allí dirigió sus pasos la mujer con la esperanza de que la pista se refiriera a aquel lugar.

Aún le faltaba descubrir qué era la cabeza de la serpiente, ya que suponía que las estrellas congeladas serían los diamantes.

Veremos qué encontramos cuando lleguemos. Sonrió para sí misma al notar que estaba retomando el viejo hábito de hablar sola.

Tomó su diario y se dispuso a hacer algunas anotaciones referidas a las pistas que recordaba, junto con algunas de sus impresiones al respecto. Esta costumbre le había resultado muy útil en sus viajes, ya que casi nunca contaba con alguien de confianza para compartir sus impresiones y dudas. Pero al mismo tiempo reconocía que fueron esas anotaciones las que llenaron la cabeza de Osifa de las ensoñaciones que la lanzaron a esta alocada aventura.

Recordar a su amiga le generó un pequeño nudo de angustia en la base del estómago. Los dioses quisieran que estuviera bien, aunque si en este momento la tuviera frente a sí, le daría tal cantidad de nalgadas que no podría sentarse por varios días.

Se ovilló en el suelo usando la alforja como almohada. Su último pensamiento fue que se estaba ablandando, pues extrañaba su jergón.

Entonces, poco a poco, empezó a deslizarse lentamente hacia el sueño.

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