Los tenues zarcillos de luz del alba comenzaban a tantear los bordes del horizonte y el sol era solo una promesa en el cielo. El aire empezaba a calentarse, generando una suave corriente que levantaba pequeños remolinos de arena y los arrojaba, juguetona, a los transeúntes, entorpeciéndoles el andar.
El campamento se había levantado hacía más de una hora y ya eran conducidos, en marcha forzada, hacia el Cordón Montañoso Norte, distante varios paracs del lugar.
El ambiente estaba cargado de nerviosismo. La conversación de La Errante con los esclavos la noche anterior se había reproducido por el método más viejo del mundo y a la vez el más inexacto: el boca a boca. Cada persona transmitía el mensaje agregándole detalles de su cosecha, logrando que al final la historia fuera fantástica en grado sumo. Pero aún así, escondida entre adornos y arabescos de la imaginación, todos coincidían en la meta. La ansiedad lograba que la sensibilidad, tanto de captores como de cautivos, estuviera exacerbada y el más mínimo roce produjera una deflagración.
Para agravar las cosas, los animales, que olfateaban el aire inquietos, se negaban a avanzar. Parecían aterrorizados por algo que flotaba en la atmósfera. Ponían los ojos en blanco y arrojaban espuma por los hocicos debido al esfuerzo por escapar. Es conocida por todos la sensibilidad de las bestias a su entorno, pero nadie comprendía las causas de este nuevo comportamiento. Ya se habían provocado varios accidentes: una carreta volcada, un esclavo herido en la huida de un camello, y la situación empeoraba por momentos. Los guardianes repartían azotes a diestro y siniestro, pero nada parecía funcionar.
Por fin, a media mañana, se desató el pandemónium. Una leve sacudida fue el único aviso que recibieron. No duró más de tres latidos del corazón, pero provocó que el grupo entero se detuviera y que todo sonido cesara de inmediato. Antes de poder reflexionar sobre el particular, en lo que se tarda en suspirar, la tierra comenzó a zarandearse como un cedazo, derribando todo lo que había sobre ella. Parecía como si una bestia gigantesca despertara y quisiera sacudirse del lomo a las molestas criaturas que la cabalgaban. Los animales, enloquecidos de terror, se herían tratando de liberarse de las ligaduras que los retenían. Algunos lo lograron y corrieron trastornados hacia ningún lugar. Grandes grietas se abrieron en el suelo, tragándose una parte del cargamento de la caravana, junto con los hombres que los guiaban. Gritos de miedo y dolor saturaban el aire, mezclándose con los rugidos de la tierra y dándole a la escena un tinte de pesadilla.
Tratando de mantenerse en pie, Edlih observaba la escena como si transcurriera en cámara lenta: la tierra arqueándose y abriéndose para tragarse todo a su paso. Una hendidura se abrió a pocos codos de ella. Como en un sueño, vio caer a un camello dentro y, inmediatamente, cerrarse sobre él. Tan rápido fue todo que llegó a dudar si realmente había sucedido. Los sonidos parecían lejanos y los movimientos letárgicos, como si una jalea espesa los ralentizara. A través de esa bruma pudo ver a los esclavos tirando de las cadenas para rescatar a los caídos en las rajaduras y no ser arrastrados por ellas. Vio a Argout manejar el látigo con precisión quirúrgica mientras gritaba órdenes a mansalva. Observó el miedo en los rostros y a las bestias desbocarse aterradas, atropellando todo a su paso. En ese momento de infinita tensión, en que el mundo se desmoronaba a su alrededor, una sola palabra, un nombre, cruzó por su mente: "Osifa".
En ese instante, el terremoto se detuvo.
Su cabeza se aclaró de golpe y corrió a prestar ayuda a los heridos.
...En la oscuridad profunda...
Emergió lentamente de la bruma que la había atrapado.
Abrió los ojos, aunque no notó la diferencia, ya que la oscuridad que la rodeaba era demasiado densa para ver algo.
No entró en pánico.
Aún no.
Lo suyo no era valor, sino que aún le duraba la conmoción y su cerebro no lograba dilucidar si se trataba de la realidad o si continuaba el sueño. Lanzó un suspiro resignado que, en el absoluto silencio que la envolvía, sonó casi como un disparo.
Eso la despertó por completo.
En alguna zona de su mente, el pánico hizo una breve arremetida. Aunque todavía no se apoderó de ella, se quedó pulsando dispuesto a saltar ante la mínima provocación.
Tanteó a su alrededor tratando de identificar su entorno.
Nada. Sólo piedras y arena suelta. Ninguna pista de dónde tomar una hebra y seguirla por ese laberinto de confusión en que se había convertido su cerebro.
Trató de recordar qué había pasado. El fantasma de una evocación acudió a su mente agitándose como la llama de una vela: la tierra sacudiéndose y corcoveando como un potro indomable. Ella montada en el lomo de la bestia, sin nada de qué asirse y sin ningún lugar hacia el que correr. Luego, un dolor agudo en la parte posterior de la cabeza y la oscuridad.
Tocó con su mano la zona y encontró un gran bulto. Un chichón, tal vez. Pero no había sangre ni percibió los bordes de una herida abierta. Continuó haciendo un recuento de las partes doloridas de su cuerpo y no encontró nada roto ni gravemente herido.
Cuando palpó su hombro derecho descubrió que aún llevaba colgada su mochila. Se alegró pues en ella se hallaban los elementos necesarios para procurarse luz: una antorcha y pedernal. Tanteó nerviosamente el contenido hasta dar con el material necesario. Se felicitó a sí misma por su previsión. Se puso en cuclillas y colocó el asta de la tea entre sus rodillas para sostener el extremo inflamable a una distancia suficientemente cercana para que le fuera cómodo provocar la chispa, pero suficientemente lejana para no quemarse el rostro. Al fin golpeó las piedras y pronto una pequeña llama lanzó lengüetazos de luz a su alrededor.
Levantó la candela con cuidado y miró.
Lo que vio le dio un susto mortal ya que, parada frente a ella, una figura blanca como la muerte la observaba inmóvil.
Un grito escapó de su garganta al tiempo que soltaba la tea y esta se apagaba con un siseo en la arena.
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