Poco a poco, la vida que bullía a su alrededor se fue aquietando: parecía que todo lo que la rodeaba compartía su expectación. Dado que sus sentidos estaban exacerbados por el silencio, pudo captar el ligero temblor que sacudió el aire.
La luminiscencia del satélite pareció curvarse sobre la arena, un efecto extraño en el juego de luces y sombras que hacía que el aire pareciera sólido en la superficie de las dunas. El temblor era acompañado ahora con una reverberación profunda, un sonido casi al límite de la audición, semejante al que produciría una gigantesca bestia al despertarse y revolverse en su lecho.
Lentamente, rotaron del polvo varias agujas rematadas en formas aparentemente caprichosas, pero que un observador atento reconocería como símbolos de la antigua escritura kharqqana. Bajo estas saetas, el polvo se derramaba discurriendo como el agua, desapareciendo mágicamente en el aire sin llegar a tocar el suelo, revelando los remates de varios chapiteles y cúpulas brillantes bajo esa extraña luminaria.
Murdake, el camello que la acompañaba, lanzó un berrido temeroso. Edlih le acarició el hocico al tiempo que realizaba sonidos tranquilizadores para calmarlo mientras observaba el espectáculo, no menos turbada que la bestia: la metrópoli se alzaba frente a ella, bella e imponente, recortada contra las estrellas.
Los últimos ríos de arena se retiraban disolviéndose en el aire, dejando las calles tan limpias que daba la impresión de que la ciudad estaba recién erigida. Un tenue halo brillante, producido por el reflejo de la luz de la luna en el metal, resaltaba la cualidad sobrenatural de la aparición.
“Oro” – pensó la alta mujer emocionada. Si bien no había sido la ambición lo que la motivaba, se encontraba frente a tan fastuosa riqueza que era imposible permanecer impasible ante ella.
Las puertas se abrieron en silencio, invitándola a penetrar en los arcanos misterios, dejando entrever las arterias que recorrían el reino y la magnificencia de las residencias. Kharqax: la ciudad sin templo. El pueblo cuya codicia, ostentación y desenfreno lo condenaron por la eternidad a hundirse en la arena para surgir solo una vez cada ciclo como testimonio de su castigo.
La recia aventurera se sacudió el sopor causado por el arrobamiento y se dirigió resueltamente hacia el interior de las murallas. Murdake no compartía su entusiasmo, pues se hallaba atemorizado, pero unas palabras reconfortantes y unas dulces caricias, sumadas a la confianza que tenía en la mujer - confianza lograda a lo largo de muchos años juntos - lo hicieron avanzar finalmente.
Aún no sabía qué esperaba encontrar, pero recorrió las calles adoquinadas lanzando casi a cada paso exclamaciones de asombro. Aquí una fuente dorada de exquisita factura, allí una glorieta tan delicadamente tallada en oro y marfil que parecía que las hojas de la enredadera que representaban iban a moverse en cualquier instante al compás de la brisa.
El diseño de la urbe era el de una rueda cuyos radios conducían hacia el eje, atravesadas por calles laterales. Si uno la hubiera podido observar desde arriba, la ciudad se le hubiese presentado como una perfecta sucesión de círculos concéntricos atravesados por dieciséis radios equidistantes. Siguiendo una de estas vías rectas, Edlih llegó al centro, donde se hallaba el palacio real.
Las fuertes pisadas de su camello resonaban como estampidos en el silencio reinante. El animal sacudía las orejas reflejando el nerviosismo que lo atenazaba, debiendo ella calmarlo constantemente. La metrópoli parecía una tumba y ella se sentía como una profanadora.
Los portales de la mansión real estaban abiertos de par en par. Se detuvo un instante a admirar los detalles de exquisita factura de la puerta y los chapiteles. El arte kharqqano se caracterizaba por la excesiva ornamentación. Pero esta entrada mostraba una engañosa sencillez: líneas simples y elegantes resaltaban la arcada ojival, dando la sensación de una repetición perpetua. Si uno se quedaba observando con fijeza, se tenía el sentimiento de caer en una sucesión infinita de portales. Era un efecto tan bien logrado que Edlih sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal.
Dos estatuas en posición de firmes custodiaban la entrada. Ambas iban vestidas con libreas sumamente adornadas, ostentando el símbolo de la casa real de Kharqqax bordado en el pecho: un león alado que arrojaba fuego por las fauces. El grado de detalle de las figuras era escalofriante; en una de ellas, hasta se podía notar una pequeña cicatriz bajo el ojo derecho. Daban la impresión de que en cualquier momento se inclinarían en una reverencia.
Una vez traspasada la arcada, había un laberinto de pasillos que se entrecruzaban de aquí para allá. En las paredes, una recargada ornamentación, casi desagradable por su exceso, reclamaba la atención de la visitante: tapices de fina seda, bajorrelieves, pinturas, frisos finamente trabajados y murales representando exquisitas escenas campestres, de la corte, cacerías y fiestas tradicionales kharqqanas. Pero lo que más le llamó la atención fue encontrar esculturas de metal similares a las de la entrada, distribuidas a lo largo de todos los pasajes.
Debido a su incansable estudio de la cultura del lugar, pudo reconocer lo que representaban gracias a su vestuario. Una cortesana entrada en carnes con su típica falda corta por delante y por detrás larga, llegando a veces hasta extremos ridículos. Un poco más allá, un imponente hombre de negocios, probablemente un comerciante, aunque no estaba segura, pues su vestimenta se parecía mucho a la de los vendedores de esclavos: librea de seda adornada con los símbolos característicos de su oficio y calzones del mismo material que llegaban hasta las rodillas. La cantidad de botones indicaba el rango del poseedor, llegando al máximo de cinco. El ejemplar que tenía a la vista llevaba solo cuatro, pero exageradamente grandes para el tamaño de la prenda, probablemente para que su poseedor ostentara su alto rango. Los pies iban calzados con finas zapatillas de raso, hechas para caminar unos metros en el suave suelo de un salón y no para devorar distancias como sus recias botas. Así como estos dos, vio artistas, diplomáticos, sanadores, consejeros, etc. Todos, hombres y mujeres, mezclados en una Babel de ostentación de poder.
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Updated 45 Episodes
Comments
Atrapatormentas
Un gusto que te interese😅
2023-05-03
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Mabel Pines
interesante 🥰🥰
2023-05-03
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