11 - En la tienda de Argout

11 - En la tienda de Argout

Cuando sus ojos se acostumbraron a la graduación de la luz, pudo distinguir, no sin sorpresa, el lujo que ataviaba el pequeño espacio interior de la tienda: pieles de león y antílope tapizando el piso, la más fina cerámica de Orneis, cubiertos de plata, almohadones, sedas y una provisión de manjares que uno no esperaría encontrar en el desierto.

Pasa. No seas tímida.

Con un gesto ampuloso, el mercader la invitó a pasar.

Torciendo la comisura de los labios en un gesto sarcástico, la mujer avanzó con paso decidido hacia el lugar que le había señalado. Mientras se reclinaba sobre un mullido almohadón, señaló su alrededor con un gesto vago.

No te privas de nada – Dijo.

Esbozando una sonrisa que acentuaba su cara de buitre, el esclavista se reclinó a su vez y respondió:

Vivir entre bárbaros no te da licencia para convertirte en uno de ellos – Sentenció al tiempo que escanciaba vino en las copas.

Ella recorrió la habitación con la vista deteniéndose en su diario, que estaba sobre el jergón. Él siguió su mirada y sonrió.

¡Oh! Sí. He estado leyendo. Es muy interesante lo que escribes: Tu viaje a Kharqqax, la reina, la tribu… Y las primeras pistas para hallar las minas de diamantes más fabulosas del mundo. Mucho ejercicio para una sola vida. Has recorrido un largo camino desde la posada de tu padre.

No creas todo lo que se cuenta alrededor de las hogueras. La mitad es fantasía y la otra mitad es burda exageración.

Argout lanzó una estrepitosa carcajada.

No he logrado todo lo que tengo siguiendo cuentos de viejas. Pero estás aquí frente a mí y tu diario no es un libro de fantasías. Sin embargo, es poco lo que has escrito respecto a las minas.

Así es. El resto está todo aquí – replicó La errante al tiempo que señalaba con un dedo su cabeza – ¿Cenamos ya? ¿O es que la invitación era solo para admirar la comida? - Dijo mientras con gesto teatral se acomodaba en el almohadón y hacía un ademán para que la sirvieran.

Argout era un hombre práctico: deseaba algo de la mujer y no dudaba que habría de obtenerlo. Pero no había apuro. La noche era joven aún y podía darse el lujo de seguirle por un rato el juego. Golpeó las manos un par de veces y un ser mísero entró trayendo los platos. Edlih no pudo evitar ver la cadena en su tobillo y las marcas de látigo en su espalda. El individuo depositó la bandeja y se retiró tan silenciosamente como había llegado.

Al ver los alimentos, su estómago se contrajo: desde el día anterior no había probado bocado y su apetito era voraz. Pese a todo, se esforzó por comer con calma. Debía seguir el juego a esta gente y lograr que bajaran la guardia para intentar escapar. En su mente ya germinaba la semilla de un plan y, para llevarlo a cabo, debía parecer absolutamente dueña de sí misma en todo momento. Sabía que, si fallaba, algo más que su libertad estaba en juego.

Argout se sirvió otra copa de vino. Ella casi no había tocado el suyo y fingió tomar uno que otro sorbo, aunque en realidad solo mojó un poco sus labios. No quiso arriesgarse a cometer ningún error por tener un trago de más encima.

La cena transcurrió tranquila, charlando de temas intrascendentes. El esclavista podía ser refinado y agradable en el trato cuando se lo proponía. Varias veces intentó tocar el tema, pero ella lo eludió con habilidad.

- Dime, querida. Es muy raro que una mujer hoy en día pueda leer y escribir en su propio idioma. Ni hablemos de uno extranjero. Kharqqax desapareció hace cientos de ciclos. Cuéntame, por favor, ¿cómo lograste descifrar la escritura de su pueblo?

- No fue fácil. Gasté la mitad de mi vida persiguiendo a sabios, sacerdotes, escribas y a todo aquel que tuviera una mínima relación con el tema. La mitad pensó que yo era estúpida y la otra mitad que estaba loca. Pero con infinita paciencia reuní las pistas y logré descifrar la escritura. Llegué a la ciudad y, si bien estaba construida en oro, no pude tocar ni una esquirla si quería volver a salir de ella y no terminar como sus habitantes. Supe entonces que si quería convertirme en leyenda tendría que hallar algo más tangible que mostrar al mundo. Fue entonces que decidí buscar las minas.

Dime, querida, ¿qué descubriste sobre las minas de Kharqqax?

Sé muchas cosas sobre ellas: son fabulosamente ricas. De allí brotan diamantes tan grandes como naranjas que harían fantásticamente millonario a su poseedor. Sé también que están celosamente ocultas y que en todos estos siglos nadie las ha podido encontrar. Y, por último, también sé que soy la única que tiene la clave sobre cómo hallarlas.

Interesante… - Argout se restregó las manos en un gesto de impaciencia – ¿y cómo se entra?

La carcajada lo tomó por sorpresa. Durante toda la cena actuó de forma cortés porque creía tener dominada a la mujer, pero la risa de esta le hizo darse cuenta de que no era así.

Esa información, querido – dijo ella recalcando la última palabra – es la que consiguió que esta noche coma y beba como una reina en vez de estar afuera peleando con los otros esclavos por las sobras de tus perros. Ese conocimiento me vuelve valiosa.

La sonrisa y el tono artificioso se fueron como por ensalmo. Ya sin intención de disimular su furia, él gritó:

¡Sabes que puedo torturarte hasta obtener de ti todo lo que quiero!

Edlih lo miró directamente a los ojos y respondió con calma:

Y tú entiendes que lo único que obtendrás es un cadáver. Eres un buen comerciante y conoces el valor de la mercadería que tengo para ofrecer: si yo muero, las minas se van conmigo. Así que, “querido”, cálmate y siéntate tranquilo en tu cojín. Creo que ha llegado la hora de negociar.

¡Maldita seas, Edlih Tonderana! ¡Eres mi prisionera y me hablas de negociar! ¿Qué te parece si te atravieso ahora mismo con mi espada y se acaba la discusión?

-Hazlo – replicó ella mientras saboreaba voluptuosamente una uva – y te quedarás sin nada.

Argout comenzó a lanzar improperios mientras caminaba los pocos pasos que le permitía el tamaño de la tienda dando trancos enérgicos y furiosos. La mujer lo miraba impertérrita mientras seguía devorando los frutos con deleite.

El esclavista, sabiéndose temporalmente derrotado, hizo un esfuerzo por calmarse. Su instinto comercial predominó y se sentó frente a la mujer a regatear. Ya tendría tiempo después de romper cualquier trato que hiciera. Su conciencia no lo molestaría mucho por ello.

"¿Qué quieres tú a cambio?" - preguntó.

Ella se acomodó y, con tono apasionado, dijo:

"Quiero llegar a las minas, entrar en ellas, encontrar el tesoro y marcharme tranquilamente cantando una canción triste rumbo al atardecer".

El hombre la miró con suspicacia.

"¿Nada más?"

"Yo me llevaré conmigo la gloria del descubrimiento y mi libertad. Serás fabulosamente rico, pero cuando tú ya no seas ni recuerdo, todavía se hablará de mí en torno a todas las hogueras. Seré una leyenda y mis aventuras serán relatadas junto con las de los grandes héroes de la antigüedad".

El esclavista meditó un rato en la propuesta. Le parecía que había gato encerrado en todo este asunto: "Nadie se conforma con tan poco", pensó. Pero la codicia pudo más y terminó accediendo. Ya sabría esta mujer quién era él si trataba de engañarlo.

"Trato hecho", dijo. "Mañana partiremos hacia donde tú digas. Pero más te vale que no estés tratando de engañarme".

"No te preocupes: mi sed de gloria es tan grande como la tuya de riquezas".

Edlih se paró y se dirigió hacia la entrada.

"¿Adónde crees que vas?"

"A dormir. Estoy cansada".

"Esta noche la pasarás aquí conmigo".

En un tono que podría haber usado para comentar sobre el precio de las hortalizas, la mujer explicó:

"Preferiría acostarme en un nido de serpientes venenosas".

La insolencia de la respuesta renovó la furia del mercader.

"¡Puedo obligarte!"

"Puedes", respondió ella. "Pero si tocas uno solo de mis cabellos, amaneceré muerta y adiós sueños de riquezas".

"No te atreverías".

"Pruébame".

El aire entre los dos podía cortarse con un cuchillo. La mujer hervía de ansiedad en su interior, pese a la calma que aparentaba: si cedía en este instante, su destino sería cadenas y látigos. Tenía una sola carta y se la estaba jugando a todo o nada.

Argout apretó los puños, reprimiendo las ganas de matarla. Sopesó la situación y llegó a la conclusión de que, si quería algo de ella, tendría que ceder. "Ganará esta batalla", razonó. "Veremos quién gana la guerra".

¡Está bien! Tú ganas: ¡Dormirás con los esclavos si eso es lo que quieres!

Ladró un par de órdenes y fue llevada hacia donde dormían los prisioneros. La encadenaron como a los demás y tomaron a una muchacha que se hallaba cerca, arrastrándola hacia la tienda. Edlih cerró los ojos tratando de no escuchar los gritos mientras murmuraba:

"Lo pagarás, juro que lo pagarás".

descargar

¿Te gustó esta historia? Descarga la APP para mantener tu historial de lectura
descargar

Beneficios

Nuevos usuarios que descargaron la APP, pueden leer hasta 10 capítulos gratis

Recibir
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play