4 - Relato de una tragedia

4 - Relato de una tragedia.

Intrigada, Edlih acompañó a la reina por laberintos de que cada vez se volvían menos esplendorosos. Las pisadas de Murdake resonaban estrepitosamente y eran lúgubres recordatorios de la desolación.

Por fin al dar vuelta a un callejón se encontraron de frente con un impactante espectáculo: viviendas hacinadas, mugre y pobreza por doquier. Esto contrastaba violentamente con la pompa y el boato del resto de la ciudad. Lo que llamó la atención de la mujer fue que en este lugar no había estatuas como en el resto de la ciudad. Iba a comentar el detalle con Aytaak, pero en ese preciso instante ella continuó el relato.

- Aquí vivían nuestros mineros y esclavos. Eran la base de nuestra economía. Ignominiosamente maltratados en nombre de la riqueza y el poder. Nuestras leyes para ellos eran muy severas, formuladas para sofocar cualquier intento de rebelión. La mutilación y la muerte eran el pan diario de esta gente. Sus hijos les eran arrebatados siendo niños aún y eran vendidos u obligados a trabajos brutales.

La aventurera, estremecida ante la idea de niños sufriendo ese trato, comentó:

- Es increíble lo que algunos están dispuestos a hacer por su propio beneficio. La esclavitud es una de las peores aberraciones que ha cometido la humanidad.

- Eso lo dices porque naciste entre un pueblo que no toma esclavos. Pero si provinieras de otra cultura pensarías diferente. Nuestros cautivos nos acompañaban de la cuna a la tumba. Era difícil darse cuenta hasta de su existencia. No los veíamos como personas sino como objetos útiles. De ellos conocíamos solo el hecho de que estirábamos las manos y ahí estaban para cumplir nuestros deseos. Yo no conocí la ciudad prohibida hasta que Kharqqax surgió por primera vez de la arena y pude recorrer sus calles ahora desiertas.

- Puede que tengas razón. Es difícil, a veces, comprender las actitudes de la gente cuando no comparte nuestra forma de vida.

Caminaron un rato en silencio mascullando cada una sus pensamientos. Luego de un rato Edlih preguntó

- ¿Cómo lograste sobrevivir?

La reina tomó un instante antes de responder:

- ¿Sobrevivir? No, muchacha. Estoy tan muerta como los otros.

- Pero…

- Déjame terminar mi relato y comprenderás.

Con un gesto breve, la visitante asintió.

- Adelante.

- En nuestra ciudad se celebraba una vez al año la fiesta de Tar Doeshay. Conmemoraba el día en que Ujnar Chartenas extrajo el primer diamante de la mina. Las celebraciones incluían bailes en toda la ciudad en los que cada participante se ataviaba con sus mejores galas y cometía todos los excesos que cruzaban por su mente sin más consecuencias que los malestares del día siguiente. Nobles y plebeyos se mezclaban en una masa salvaje y obscena.

Respiró profundo como dándose valor para continuar.

- En la noche que nos ocupa se celebró un baile en el palacio al que asistieron todos los ricos e insignes del reino. Vestidos exquisitos, joyas invaluables, en fin, ya te puedes imaginar la escena: lujuria, gula y desenfreno. La música sonaba atronadora ganándole por poco a los gritos y las risas de los invitados. Debido a eso, al principio no notamos el sonido del viento que había comenzado a oírse en la habitación, a la vez que un destello cegador empezaba a brillar a unos palmos del trono. La luz pareció blanquearse, dándole a todas las cosas un aura de irrealidad, al tiempo que la estancia se enfrió varios grados, lo que logró que las risas y la música se fueran apagando poco a poco.

La mirada de la reina parecía estar muy lejos, como si volviera a revivir los sucesos de ese día.

- Mientras todos murmurábamos sorprendidos, el viento sonó atronador sobre nuestras cabezas. El pánico cundió inmediatamente: las risas se transformaron en gritos y llantos aterrados. El viento silbaba como si el mismo infierno se hubiera abierto y hubiera dejado salir todos los tormentos.

Poco a poco fuimos entendiendo el mensaje: era una voz y nos hablaba. Los gritos fueron silenciándose en la medida en que el terror daba paso a la curiosidad. La voz desde la luz seguía pareciendo un vendaval y nos hacía sentir que nos arrancaría el alma, pero a la vez las palabras eran perfectamente inteligibles y claras. “Cada cual debe recibir en proporción a sus actos – dijo – Esta noche se les concederá el mayor de los tesoros al que un ser humano pueda aspirar. La eternidad”.

Una sonrisa amarga torció levemente sus labios.

- Al principio, estaba tan extasiada como los demás. ¡Seríamos los seres más poderosos del universo! Inmensamente ricos y además, sempiternos. ¿Qué más se podría desear? Me puse muy feliz por la suerte que nos había caído en gracia hasta que tuve el tino de mirar alrededor. La codicia que deformaba los rostros me encendió una luz de alarma en la mente. El pánico se apoderó de mí al descubrir que todo era una trampa. Les grité a los que estaban a mi alrededor que no aceptaran el regalo, que había algo oculto detrás de la oferta. No solo no me hicieron caso sino que se volvieron contra mí y empezaron a golpearme y a empujarme para que me callara. Mientras más me maltrataban, más rugía yo pidiéndoles que se arrepintieran, diciéndoles que pensaran en las consecuencias. Pero lo único que conseguí fue que me aporrearan hasta dejarme casi inconsciente.

Se acarició los brazos como si sintiera frío.

- Desde mi posición en el suelo pude oír una voz:

– Concedido.

Todos en el salón levantaron las manos extasiados, esperando que algo maravilloso les cayera del cielo. La luz relumbró cegándome y en unos instantes todo había concluido. Poco a poco recuperé la visión y pude percibir cómo todos en la estancia habían sido transformados en oro. Me acerqué arrastrándome hasta el más cercano y constaté con horror que estaba vivo pero congelado para siempre en su último gesto. El pavor se apoderó de mí y quise correr, pero estaba malherida y no me alcanzaron las fuerzas.

La voz volvió a hablar en el viento, pero esta vez se dirigió a mí atrapándome como a un insecto en la red de una araña:

La Errante no se perdía ni uno de los gestos de la mujer mientras escuchaba el apasionante relato.

- “Aytaak Chartenas, reina de Kharqqax. Tu pueblo ha sido juzgado y hallado culpable ante los dioses. El castigo fue decidido por ellos mismos al dejar que la codicia fuese más fuerte que la razón. La ciudad será sumergida en la arena y saldrá cada cincuenta ciclos como testimonio. Puedes irte o quedarte. Si te marchas podrás llevar una vida normal entre el resto de la gente. Pero si te quedas, serás como los demás mientras la urbe esté bajo el polvo. Solo despertarás como Guardiana de las Crónicas del Derrumbe para relatar la historia a quien se atreva a entrar cuando esta emerja durante la noche de Tar Doeshay. Es la gracia que se te concede por ser la única en haber comprendido".

Aytaak dejó caer las manos a los costados del cuerpo en un gesto de derrota.

- La voz enmudeció mientras esperaba mi respuesta. Miré alrededor y vi a mi familia, mis amigos, todos arruinados por no reconocer el límite de la ambición. Pensé en los años que me esperaban vacíos y solitarios, recordando lo que fui y ya no volvería a ser.

- "Me quedo", respondí.

- "Concedido", bramó la voz y desapareció junto al resplandor sobre el trono. Atontada aún por la experiencia, me levanté a duras penas y recorrí los salones y las calles aledañas al palacio, empleando en ello el resto de la noche. Pude constatar que la condena había caído sobre todos y que la ciudad era un camposanto de oro, con muertos vivos abarrotando las calles. Al ver aparecer a Criosto, el lucero que anuncia el amanecer, me dirigí al salón del trono, me senté erguida y esperé a que ocurriera la transformación. Los dioses fueron piadosos conmigo porque no sentí nada hasta que desperté cincuenta ciclos después, al resurgir la ciudad.

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