5 - La caída

5 - La caída.

Edlih se quedó callada en señal de respeto. Era mucho lo que esta mujer había perdido: Su pueblo, su familia... ¡Incluso tuvo que vivir solo una noche cada cincuenta ciclos!

Caminaron a la par, acunadas por la silenciosa noche. Cada una rumiando sus pensamientos.

La Errante no pudo evitar comparar su vida con la de la mujer que caminaba a su lado: Nacida en la pobreza, teniendo que trabajar desde pequeña. Luego su huida y todo o que esta conllevó. En cambio, la Reina nació en cuna de oro. Sus blancas manos jamás se vieron arruinadas por el trabajo. Tuvo siempre lo que quiso y cuando lo quiso. Es más: estaba segura de que jamás nadie le había levantado una mano.

Reflexionando en ello observó el pálido rostro de su acompañante: su belleza etérea se mantendría por eones. Ella sería polvo hace tiempo cuando esta mujer tuviera su primera arruga. Acarició su propia cara curtida por el sol y el viento. Tenía cerca de treinta años y, si bien las marcas de la edad aún no aparecían, su piel era áspera y su tez oscura debido al inclemente sol.

Pero, aun así se sentía inmensamente afortunada.

Cuando su tiempo sobre la tierra se acabara ella habría vivido infinidad de aventuras. Sería libre de ir y venir por donde quisiera. En cambio...

Una idea se abrió camino poco a poco en su mente: Aytaak debía salir; debía abandonar la ciudad para quedar libre de su influjo.

- Ven conmigo – Le dijo a la reina – Deja atrás todo esto y vuelve a empezar.

La mujer le clavó sus ojos negros en una mirada intensa.

- ¿Qué podría hacer yo fuera de aquí? No sé nada más que gastar dinero y divertirme. ¿De qué viviría, entonces?

Edlih, conmovida, sintió la necesidad de convencerla, de animarla a salir y a vivir.

- Ven conmigo ahora. Aún hay tiempo de recuperar tu vida.

- No puedo. En el exterior será diferente: Pasaré los años que me queden añorando lo que fue mientras me desgasto en un trabajo y envejezco para, finalmente morir. Aquí, en cambio, nada cambiará: seré inmortal, joven y seguiré siendo la reina.

- Pero estás sola.

- No importa. Es el precio de la eternidad.

Se dio media vuelta para retirarse. Se detuvo un paso y, sin voltearse afirmó:

- No saldré, no insistas.

Se quedaron en silencio unos instantes. Una brisa movió levemente sus cabellos. Eso hizo que Aytaak mirara hacia el cielo y diera un respingo.

- ¡Criosto apareció ya! - ¡Debes irte!

Al tiempo que hablaba empujaba a la otra mujer

- ¡Pronto amanecerá y, si no estás fuera a tiempo, te hundirás con la ciudad!

- ¡Por favor, ven conmigo!

- No te retrases. ¡Corre por tu vida!

Edlih dudo un momento más. No quería dejar a la reina en ese lugar, pero veía la imposibilidad de arrastrarla por la fuerza. De un salto montó en Murdake y lo intentó por última vez. Estirando la mano hizo el gesto de ayudarla a subir a la montura. Esta cruzó los brazos sobre el talle indicando con este gesto su rechazo.

Resignándose a lo inevitable La Errante se aprestó a salir, pero antes se despidió de su anfitriona.

- Adiós, Aytaak Chartenas, reina de Kharqqax, Guardiana de las Crónicas del Derrumbe. Nunca te olvidaré.

- Adiós Edlih Tonderana, aventurera y amiga. Yo tampoco te olvidaré.

Los primeros reflejos de la aurora aclararon el horizonte. Edlih azuzó al camello y, llorando, corrió por las calles vacías. El rugido de la ciudad hundiéndose aplastaba su corazón.

Las puertas comenzaron a cerrarse frente a sus ojos. Era como si un muro de arena se fuera elevando y amenazara con enterrarla. El camello aterrorizado corría como endemoniado haciéndose eco del pánico de su dueña de quedar atrapada. Haciendo un esfuerzo sobrehumano logró alcanzar la salida unos segundos antes de que las pesadas puertas se cerraran y la metrópoli se terminara de hundir.

Sentada sobre Murdake contempló los últimos movimientos producidos en la tumba de sílice al cerrarse. Luego solo la acompañó el silencio.

El sol, rey indiscutido del desierto, alumbró triunfante la arena revuelta, único vestigio del prodigio sucedido esa noche. Pronto el viento hizo su tarea y se perdió hasta el último rastro de la ciudad.

La mujer miró unos instantes más la labor de la brisa, Tirada en la arena jadeaba por un poco de aire. El camello a su lado estaba en las mismas condiciones que ella: sus amplias fosas nasales se abrían desmesuradamente para inhalar la mayor cantidad posible del precioso gas.

Poco a poco sus respiraciones fueron calmándose. La mujer se sentó en la fría arena y evocó los sucesos de esa noche: El surgimiento de la ciudad enterrada, conocer a la guardiana del recuerdo, el recorrido por las calles y la estrepitosa huida. Abrió su mano derecha y vio un anillo en ella. No recordaba haberlo tomado, pero entre las brumas de su memoria recordó que la reina le había dado algo un momento antes de partir.

Examinó el objeto y las lágrimas volvieron a brotar: un anillo de oro puro cuya exquisita talla mostraba un rubí de un guisante, relumbraba como fuego a la luz de los primeros rayos del sol.

Cerró su mano en un gesto impotente. De toda la riqueza y gloria que había soñado solo quedaba este anillo, el cual jamás podría vender debido a su significado.

Se puso de pie aún aturdida por los sucesos. La brisa le secó las lágrimas mientras que ella comenzaba su camino hacia ninguna parte.

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