Con los dedos despellejados, se aferraba dolorosamente a la roca mientras en su interior maldecía a los dioses por el momento que estaba pasando. El Águila se hallaba sobre la cima de una pequeña meseta rocosa de unos doscientos pasos de alto pero muy escarpada. Cuanto más altura alcanzaba, más peligroso se volvía el ascenso ya que había menos asideros y más rocas sueltas que se desprendían y desplomaban sobre ella.
Ya habían pasado un par de horas desde el amanecer y el sol caía a plomo sobre el paisaje haciéndola sudar profusamente, lo que provocaba que la ropa se le adhiriera incómodamente al cuerpo. Pero lo peor era el resplandor que la cegaba y el aire que se volvía irrespirable.
Más abajo, a unos cincuenta pasos de distancia, se hallaba el hombre de Argout. La mujer sintió un pinchazo de satisfacción al verlo resoplar por el esfuerzo. “Sería muy fácil matarlo desde aquí” pensó fugazmente. Pero de inmediato descartó la idea por reconocer que esto causaría más dificultades que los beneficios que aportaría.
Continuó escalando con los dientes apretados por el esfuerzo. Justo en el momento en que pensó que no podía avanzar un palmo más, alcanzó la cima. Se tiró sobre la superficie irregular jadeando desesperadamente. El aire caliente parecía no llegar a sus pulmones, por lo que le llevó un rato estabilizar su respiración.
Luego de un rato pudo ponerse de pie al fin. Revisó el borde del farallón y vio al esbirro apoyado en un saliente tratando de recuperar el aliento de la misma manera que ella hacía un rato. Calculó que aún le faltaba, al menos, media hora para alcanzarla, por lo que podría investigar tranquila, sin un molesto moscardón vigilándola.
Ante ella se extendía un terreno liso de unos cuarenta pasos de ancho por setenta de largo. En el centro mismo se erguía el Águila, una formación rocosa de arenisca irregular de un color rojo parduzco que imitaba la forma de esta ave levantando vuelo. Su impresionante envergadura no se veía desmerecida de cerca ya que podían advertirse las vetas en la piedra desbastada por los vientos del desierto y las temperaturas extremas a las que se veían sometidas. Aquí y allí se encontraban trozos desprendidos de la masa principal y los huecos dejados por los desprendimientos desgastados ya por la erosión.
Edlih se detuvo un momento a admirarla. Pensó en los milenios que hacía que el Águila observaba el desierto y custodiaba la entrada a las minas. Imaginó las historias que habían pasado bajo sus alas indiferentes, las vidas transcurridas desde que el capricho del viento transformó a esta roca en un símbolo del poder y la fuerza.
Sacudió la cabeza, molesta consigo misma por perderse en semejantes divagaciones. "Osifa en peligro y yo filosofando sobre la eternidad de las piedras", pensó. Trató de concentrarse en la tarea urgente de hallar algún indicio de lo que debía hacer antes de que llegara el mediodía y el sol la matara. Se acercó al borde de la meseta siguiendo la dirección de la sombra proyectada por la imponente masa.
Usando la mano como visera, oteó el horizonte concienzudamente, intentando abarcar todo el paisaje, pero al mismo tiempo, los pormenores del terreno. Aún así, casi se le escapó un detalle que la pondría sobre la pista correcta: cerca de la base de una meseta cercana y semioculta por la maleza, había una grieta en el suelo de unos quinientos pasos de longitud por unos cinco de ancho que reptaba en el terreno y terminaba en una gran roca con forma de diamante. Al mirar el conjunto, notó el parecido con una gran serpiente en el piso cuya cabeza sería la roca. Observó la sombra del pico del águila y comprobó que se dirigía exactamente hacia allí.
"Misterio resuelto", dijo al aire sonriendo complacida.
Se dispuso a bajar por el lado contrario a su ascenso, aunque dudó un instante sobre esperar a su guardián. Descartó la idea rápidamente, pensando en que no era su problema, y emprendió el descenso con renovada energía.
Neerelli alcanzó agotado la cima. Se dejó caer un momento sobre la roca desnuda, tal como lo había hecho su prisionera un rato antes, para recuperar el aliento. Miró en derredor y descubrió que estaba solo: ni rastros de la mujer.
Se acercó al borde del acantilado para ver si la chica había bajado por el otro lado. Efectivamente, ahí podía verla como un punto lejano.
Maldijo en voz alta a Edlih y también a Argout por haberle encomendado la misión de custodiar a esa bruja.
Se dispuso a bajar cuando una sombra lo cubrió. Consternado, miró hacia el objeto que la producía. Abriendo desmesuradamente los ojos, quiso gritar, pero la muerte lo encontró antes de que lo lograra.
En marcha.
¡Despierta, niña! ¡Qué manera de dormir!
Osifa abrió los ojos desorientada. Un pesado sopor se había apoderado de ella, pero ahora se sentía descansada y lúcida.
¡Ah, hola! – Dijo reaccionando al fin.
Está listo el desayuno. ¡Acércate!
La chica se desperezó sobre el jergón y se levantó a comer. La comida consistió en unas duras galletas dulces que le parecieron exquisitas, aunque no pudo precisar de qué estaban hechas. Las acompañaba un tazón de algo similar a la leche, pero no se atrevió a preguntar por miedo a la respuesta. Acabó con todo en unos minutos.
Limpió los cuencos que había utilizado con arena que encontró en un rincón de la gruta y dejó todo en perfecto orden para que la anciana pudiera acomodarlo en su mochila.
Inogarth no dejó de observarla ni un instante con sumo interés. Todavía estaba evaluando a la muchacha y, aunque le caía muy bien, aún no se fiaba totalmente de ella.
Habiendo terminado con todos los preparativos, partieron nuevamente hacia la oscuridad.
Luego de un rato en silencio, Osifa preguntó:
¿Qué hora será? Esta oscuridad perpetua me desorienta totalmente.
Es la hora tercera después del cenit.
¿Cómo haces eso?
¿Eso qué?
Saber la hora estando acá abajo.
No tiene importancia. ¡Vamos, no te detengas!
Es admirable – dijo la muchacha – Yo no tengo ni idea de si es de día o de noche. No encuentro cómo darme cuenta de esas cosas en esta constante penumbra.
La mujer se rió divertida.
Hace solo tres días que estás aquí, ¡y ya quieres saberlo todo!
¡Tres días ya! Mi padre debe estar muy preocupado. ¿Falta mucho para llegar?
Inogarth comenzó a rezongar por lo bajo.
¡Jóvenes! – Decía – siempre apurados. No saben que todo lleva su tiempo. ¿Falta mucho?, dice. ¿Qué le diremos?
Osifa observaba todo entre molesta y divertida. Le causaba mucha gracia la forma en que la anciana hablaba consigo misma, pero al mismo tiempo la enfadaba comprobar que casi nunca obtenía una respuesta por parte de ella.
Después de refunfuñar un rato, la mujer se dio vuelta y le preguntó:
- ¿Cuál era tu plan al encontrar las minas?
Desconcertada por el brusco cambio en el ánimo de la anciana, la chica solo alcanzó a balbucear:
- ¿Qué? No entiendo…
- ¿Qué pensabas hacer una vez que hallaras las minas? ¿Cómo pensabas continuar? -insistió la anciana.
La muchacha se tomó un momento para reflexionar, luego dijo:
- La verdad es que solo quería demostrarme a mí misma que podría hacerlo antes de verme atrapada en ese matrimonio. Enu es un buen hombre y un guerrero muy valiente. Su matrimonio conmigo lo convertiría en el sucesor de mi padre y eso sería muy bueno para mi gente. Pero…
- Tú no lo amas -interrumpió la anciana.
- ¡No es eso! En realidad me gusta bastante. Las otras jóvenes de la aldea se mueren de envidia y tratan de atraer su atención, pero él tiene ojos solo para mí. Me trata como a una princesa.
- ¿Y no es lo que eres?
- Así es. Pero no soy de cristal. Él quiere de mí algo que no soy: desea a una mujer que lo admire y que lo sirva. Quiere a alguien que no piense por sí misma y que haga de él su paladín. Él necesita a quien rescatar, el problema es que yo no quiero ser rescatada.
- ¿Se lo dijiste alguna vez?
- Lo intenté. Pero no escucha. Entre mi padre y él arreglaron la fecha de mi boda sin tener en cuenta lo que yo quiero o pienso. Milenios de tradición dicen que debiera estar feliz y resignarme, pero no pude. Me asusté mucho y por eso decidí huir para tener mi aventura.
- Eso nos lleva nuevamente a mi pregunta inicial: ¿Qué harías una vez que hallaras las minas?
- Pensaba volver a casa y enfrentar lo que sea. Solo que… Ya no creo que pueda volver después de haber llegado hasta aquí.
- ¿Por qué dices eso?
- Después de haber sobrevivido al desierto, al terremoto, de haber caído en el abismo y haber llegado hasta aquí contigo, no puedo concebir que mi vida sea estar encerrada en mi tienda esperando a mi esposo mientras hago las tareas de la casa y atiendo a los niños. Prefiero morir aquí mismo que consumirme en el recuerdo de la única aventura de mi vida.
Inogarth guardó silencio un momento. Por su mente pasaron escenas de su propia juventud y de su aldea. ¡Cuán poco habían cambiado las cosas desde entonces! Recordó cómo lo persiguieron y cómo tuvo que utilizar todos sus recursos para sobrevivir, y todo por ser diferente. Esta muchacha decidió tomar las riendas de su vida en sus manos y el mundo estaría en su contra. Mientras cavilaba en estos asuntos, comenzó a marchar de nuevo y dijo mientras volvía a internarse en la oscuridad:
Sigamos la marcha. No estamos lejos ya.
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