6 - Osifa

6 - Osifa

Fuego.

El sol, una bola candente en el cielo, transformaba en brasas la arena dándole al calor el poder de golpear desde todas partes.

El camello avanzaba sin rumbo por el desierto. Su jinete deliraba sobre la montura sin prestar atención al castigo despiadado del astro pues, perdida en sus cavilaciones, se hallaba inmersa en un tormento mayor que la incandescencia de la arena.

Han pasado ya unos días desde la traumática experiencia. Junto con Kharqqax se hundieron sus ilusiones. El propósito de su vida era encontrarla y, ahora que lo había logrado, no le quedaba nada. De la fortuna que una vez soñó solo un pequeño anillo es lo que pudo obtener. Se sentía vacía y fracasada.

Además el recuerdo de Aytaak no la abandona. Revive en su mente una y otra vez la escena tratando de dilucidar que hubiera podido hacer o decir para que la reina saliera. Quiso rescatarla del frío y la oscuridad trayéndola al mundo real donde los pájaros cantan y el sol acaricia la piel. Pero fue inútil; el miedo es un animal feroz que distorsiona la visión de las cosas, agrandando la realidad hasta convertirla en pesadilla.

“Debí obligarla”, piensa una y otra vez. Pero en el fondo sabe que nada habría servido.

Continuó avanzando por el desierto de fuego apretando en su espíritu sus sueños vencidos y su fracaso. La visión se le nubló. La noche se cerró sobre ella deslizándola hacia el olvido.

Murdake caminó unos pasos más hasta que sintió que de su lomo resbalaba su ama. Se detuvo mansamente, se acercó un poco y le olfateó el rostro. Al ver que no reaccionaba se quedó parado tranquilamente a su lado.

.........

La despertó el canto de los pájaros y la tenue claridad que se filtraba por la tela que cubría la entrada de la tienda.

Intentó incorporarse en el lecho mirando alrededor, pero un dolor lacerante la paralizó.

Una voz junto a ella la arrullo con suavidad:

-No te levantes, no estás bien aún. Las quemaduras de sol son graves y tardan en sanar.

Obedeció mansamente esperando más instrucciones, pero la voz no volvió a hablar.

Poco a poco volvió a deslizarse a la inconsciencia agradeciendo el alivio que eso daba al sufrimiento.

.........

- Hace ya tres meses que se encuentra entre nosotros y no logramos nada de ella. Deambula por el campamento como una sombra sin espíritu. No habla, no ríe, no llora. No parece humana.

El jefe intenta calmar los ánimos induciendo a la piedad.

- Debemos ser pacientes. No sabemos cuál fue su pérdida, pero es obvio que algo terrible le pasó. Mientras se recupera, si es que algún día lo logra, debemos respetar su silencio y su dolor.

Con su penetrante mirada recorrió los rostros de cada uno de los participantes de la reunión.

- Aparte de que no hable, ¿hay alguna otra queja respecto a ella?

- Realmente, no. Toda tarea que se le asigna la cumple con presteza, sin quejas. Pero el misterio que…

-El misterio es asunto de ella. ¡Déjenla en paz!

Con esa orden dio terminada la discusión.

La muchacha, que escuchaba detrás de la tienda, corrió a contarle todo a la forastera.

.........

Desde la llegada de la mujer al campamento, Osifa se había adueñado de su obstinado silencio. Fascinada por la profundidad de su pena intuía que solo era cuestión de cariño y paciencia para que el dique se rompiera y pudiera dejar salir todo ese dolor.

Ainuc, flor herida. Así la llamaba la muchacha a la forastera ante la ausencia de un nombre. La habían encontrado los cazadores junto a su camello casi muerta por las quemaduras y la deshidratación. La niña se había dado a la tarea de salvarla y para ello no la dejaba ni a sol ni a sombra. La llevaba a todos lados donde iba contándole todo lo que pasaba en el campamento además de la historia de su gente y sus sueños. La extranjera escuchaba todo en silencio, absorbiendo el cariño de la niña y nutriéndose de él.

Poco a poco La mujer fue respondiendo a la constante acción de la joven. Primero una sonrisa, luego otra. Hasta que un día, ante una broma, brotó una carcajada que sorprendió a todos. El dique que separaba a Ainuc de su verdadera naturaleza aún no se había roto, pero las grietas ya eran tan grandes que solo era cuestión de esperar.

Mientras tanto la vida transcurría y los meses pasaban.

Una tarde como cualquier otra ambas estaban junto al telar envueltas en un cómodo silencio cuando, cediendo a un impulso, Osifa comenzó a tararear una melodía ancestral de su tribu.

- Esa canción es muy bella - Dijo la forastera.

La muchacha sonrió feliz. Eran sus primeras palabras desde que había llegado al campamento. Quería saltar de alegría, pero temía asustarla. Por eso se contuvo y mantuvo exteriormente la calma.

- Es mi favorita. Me la cantaba mi madre cuando era pequeña. ¿Quieres escucharla?

- Si.

La muchacha no podía evitar sonreír pese a la naturaleza triste de la canción. Se aclaró la garganta y comenzó a cantar con su hermosa voz:

...“Una luna hace ya...

...Que se me perdió en la arena...

...Un trozo de mi corazón...

...Y alguna que otra pena....

...¿Quién me ayudará...

...A hallar lo que perdí?...

...Si, el olvido es como el polvo:...

...Entierra los afectos...

...Y deforma en la distancia...

...Todos los sentimientos. ...

La mujer escuchaba paralizada, sintiendo que la voz de la muchacha penetraba profundo y desgarraba un velo en su espíritu.

...Una luna hace ya...

...Que me encontré en la arena...

...Una esperanza de amor,...

...una dicha y un perdón....

...Si, la vida es como el polvo:...

...Oculta cosas pasadas...

...en su seno yermo...

...y las arroja al viento...

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