7 - Edlih

7 - Edlih

Osifa se aclaró la garganta y comenzó a cantar con su hermosa voz:

...“Una luna hace ya...

...Que se me perdió en la arena...

...Un trozo de mi corazón...

...Y alguna que otra pena....

...¿Quién me ayudará...

...A hallar lo que perdí?...

...Si, el olvido es como el polvo:...

...Entierra los afectos...

...Y deforma en la distancia...

...Todos los sentimientos....

La mujer escuchaba paralizada, sintiendo que la voz de la muchacha penetraba profundo y desgarraba un velo en su espíritu.

...Una luna hace ya...

...Que me encontré en la arena...

...Una esperanza de amor,...

...una dicha y un perdón....

...Si, la vida es como el polvo:...

...Oculta cosas pasadas...

...en su seno yermo...

...y las arroja al viento...

Algo se quebró dentro de Ainuc.

La represa que tenía contenidos sus recuerdos y emociones cedió al fin provocándole una avalancha de sentimientos dolorosos: volvió a ser Edlih, la que encontró a y perdió a Kharqqax en la arena, que abandonó a su reina, que perdió el sentido de su vida y anduvo sin rumbo por el desierto de fuego deseando morir…

Unas lágrimas calientes le surcaron el rostro, primero leves, apenas un rastro húmedo surcando su mejilla. Intentó contenerlas, pero solo logró transformarlas en un río. Osifa se asustó al ver que los sollozos sacudían convulsivamente el cuerpo de su amiga y corrió a abrazarla. Las otras mujeres del grupo quisieron acercarse también, pero la muchacha les indicó con un gesto que las dejaran solas, lo que hicieron rápidamente en señal de respeto por el dolor ajeno. Edlih se aferró a ella como un náufrago lo haría de una tabla que encontrara a la deriva y lloró hasta que toda su angustia se secó lo suficiente como para permitiéndole al sol asomar de nuevo en su alma.

.........

La tarde se desgranaba lenta. Habían pasado un par de horas desde que la mujer había tenido l crisis de llanto y Osifa esperaba envuelta en un paciente silencio a que su amiga estuviera dispuesta a hablar.

Edlih miraba la nada. Sus ojos aún estaban enrojecidos por las lágrimas. Recordó cada detalle de su vida , sobre todo los últimos acontecimientos que la habían dejado en esta condición. Sabía que le debía una explicación a la chica y estaba dispuesta a dársela. Pero no sabía como empezar. Las palabras nunca fueron lo suyo.

La mujer comenzó vacilante su relato, aunque aún algún que otro sollozo la sacudía. Le habló de su infancia en el pueblo, de su ansia viajera. Le contó sobre su obsesión y de cómo había gobernado todos los actos de su vida. Habló de la ciudad en la arena, de sus sueños cumplidos y del vacío que quedó al terminar su misión. Lloró nuevamente durante algunas partes del relato, pero, por doloroso que fuera, no retuvo nada de lo sucedido hasta perder la conciencia en la arena.

La niña escuchaba absorta en la narración, asimilando en cada palabra a la nueva persona que tenía enfrente quien, en su mente, pasó de ser una flor herida a la heroína de las historias que se escuchaban en las hogueras.

Un silencio pensativo se cernió sobre ambas durante un rato hasta que Osifa lo rompió diciendo:

- Creo que deberías hablar con mi padre.

- Yo también lo creo – Dijo Edlih poniéndose de pie.

La niña también se paró y ya se ponía en marcha cuando la mujer la llamó:

- Osifa…

- ¿Si? – Respondió ella, dándose vuelta para mirarla.

- Gracias por ser mi amiga.

Una sonrisa iluminó el rostro de la joven mientras tendía la mano para encaminarse juntas hacia la tienda del jefe.

.........

En este gran desierto un oasis no es algo que despreciar; puede representar la diferencia entre la vida y la muerte. El conocimiento ancestral había marcado a fuego en la memoria de los miembros del Pueblo de la Arena la ubicación de cada una de las fuentes de agua diseminadas por la amplia extensión del Océano del Polvo.

La pequeña charca se hallaba rodeada de tiendas desde hacía tres días. El lugar tenía un carácter de sagrado, por eso ninguna de las tribus se apoderaba del lugar obteniendo dominio sobre las demás. El agua era una provisión de Ottiné y pertenecía a todos. Negarlo llevaría a grandes sequías, pues el dios secaría todas las fuentes exterminando a todos los pueblos del desierto. Era un destino que nadie quería afrontar.

Casi todos se hallaban desarrollando alguna tarea: Secar carne, recoger las abundantes verduras que crecen en las orillas de la poza, reparar alguna tienda rota, etc. Hasta los niños mayores colaboraban cuidando a los más pequeños dejando lugar a los adultos para realizar las tareas necesarias para la supervivencia.

La mujer se arrebujó disfrutando del raro lujo de quedarse hasta tarde en la cama. No tenía esposo ni niños que atender y, por una vez, el campamento se había detenido por lo que no tuvo que levantarse antes que el sol para partir con las horas frescas del alba.

Todo estaba en calma. Los ruidos habituales del campamento habían llegado a ser tranquilizadores, relajantes. Edlih Tonderana nunca había echado raíces y jamás sintió ningún lugar como suyo, por lo que esta sensación de pertenencia la tomaba por sorpresa.

Oía los sonidos apagados por la distancia pues su tienda se hallaba un poco apartada de las demás. No se sentía excluida por ello ya que comprendía que su situación no era común: Las mujeres de la aldea nunca vivían solas: Se alojaban con su padre hasta que contraían matrimonio y entonces se mudaban con su marido. Si enviudaban volvían a vivir con su familia. Ella, en cambio, no tenía linaje en este lugar por lo que, después de varias deliberaciones, acordaron que se alojaría en un pabellón alejado de los otros por ser ésta una medida contraria a la costumbre. Ella lo aceptó mansamente agradecida de tener su lugar entre ellos.

Abandonada su mente a estos pensamientos peregrinos no escuchó los pasos hasta que estuvieron frente a su puerta.

- Edlih ¿Estás despierta?

Saltó de la cama como impulsada por un resorte pues reconoció la voz del jefe y se avergonzó de su pereza.

- Si. Solo espera un momento mientras acabo de arreglarme – Dijo mientras se vestía apresuradamente al tiempo que se recogía el cabello en un moño para disimular que lo tenía despeinado.

- Pasa – Llamó luego de un instante – Perdona que esto esté hecho un lío pero no esperaba visitas – Dijo mientras quitaba la ropa que había tirada sobre los cojines – Siéntate, por favor.

El anciano sonrió y comentó:

- No te preocupes. No vine a hacer una inspección de tu tienda. Solo vine a hacerte unas preguntas.

- Adelante, entonces.

El hombre clavó sus ojos en los de ella y preguntó visiblemente turbado:

- ¿Desde cuándo no ves a Osifa?

Una luz de alarma se encendió en la mente de la mujer.

- Estuvimos juntas a la orilla del fogón, escuchando las historias de los viajeros. Luego nos vinimos a dormir y ya no supe más.

- El tuyo coincide con todos los relatos. El caso es que nadie la ha vuelto a ver desde entonces. No aparece por ningún lado.

- ¿Sospechas que ha huido?

Una nube de preocupación cruzó por el rostro del anciano.

- Creo que esa tonta niña ha seguido a la caravana o se unió a ella.

- ¿Qué haremos? – Preguntó ella poniéndose de pie.

El jefe la miró maravillado. En un instante había pasado de ser un gatito remolón a un tigre al acecho. Desde su llegada a la aldea su lealtad hacia la niña era cada día más evidente. Se sintió confortado por tenerla de aliada si era necesario emprender una búsqueda pues sabía que no pararía hasta encontrarla.

- Convocaré al concejo de urgencia – Respondió - Entre todos decidiremos qué hacer. Sería bueno que estuvieras presente, pues tu experiencia nos puede ser de mucha utilidad.

- Allí estaré.

El anciano se retiró y Unos minutos después las trompetas convocaban a los hombres del pueblo.

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