Isabelle no había pensado precisamente en Aron. Es decir, estaba comenzando a conocerlo y sentía que le gustaba peor jamás había abierto su amor por completo. Eso ella lo tenía completamente sabido.
—¿Qué pasó con él?—cuestiona él.
—¿En serio quieres saber?—pregunta ella riendo.
—¿Qué? No es la primera vez que te pregunto algo así. Ni la primera vez que tú decides contarme. Además no sé de qué hablar que no sea de las peleas con mi padre.
—Lo ví besándose a otra.—continúa ella.—Él no me vió.
—¿Se lo has dicho?
—¿Estás loco? Para nada. No pienso ni mencionarlo. ¿De qué me serviría? Lo que ya se hizo ya se hizo.¿No?
—Ahora tal vez entiendas lo que yo sentía cuando sabía que nuestra relación abierta hacía que no te tendría sólo para mí.—explica él.
Isabelle sonreía y a la vez sentía que en sus ojos se le juntaban lágrimas. Y simplemente se echó en un abrazo hacia él. Elliot se quedó plasmado. No creyó que ella reaccionaría así. Y se dejó llevar por su cálido afecto a pesar de que no fuera fanático de ellos.
Cuando pasó un rato. Decidieron acercarse a los amigos de él. Estaban jugando al Pool. Isabelle sólo había intentado practicar eso hace dos años atrás y cuando notó que no había forma, de resignó.
—Vamos, Isabelle. Estarás en mi equipo. Quien está de mi lado, nunca pierde.—responde Elliot riendo.
Isabelle termina aceptando y se ubica donde él le indicaba.
A pesar de los varios intentos de ella por imitar lo que su compañero hacía, no alcanzó para ganar a su equipo contrario.
—¿No era que contigo nadie perdí?—ríe Cristian.
—Lo siento, Elliot. Pero te dije que no sabía jugar tan bien.—se lamenta Isabelle.
—¿Bromeas? Nunca me había divertido tanto. Gracias, Isabelle.—responde él riendo.
—¿En serio? Bueno. Me alivio un poco, entonces.—continúa ella.
—¿Qué les parece si nos vamos a la piscina? El día todavía lo amerita.
—Pero ya es de noche.—cuestiona ella.
—¿Y? Aún está cálido el agua.—comenta otro joven que al parece se encontraba adentro y salió al patio.
—¡Dios mío! ¿Pietro?—se sorprende ella.
—¿Qué?
—¿Qué haces aquí? Creía que ha te habías ido. No puedes estar aquí. No te he dicho que te invitaba.
—¿Quién dijo que no fui invitado? Él es mi amigo. Él me invitó, Isadora.—responde Pietro mientras bebía un trago de Margarita.
—Mmm. Ya veo. Y me llamo Isabelle no Isadora.—continúa ella revoleando los ojos.
—Bueno. Estamos a mano.—ríe él mientras se dedicaba a cambiarse la remera para dirigirse al agua.—¿Y tú no entrarás?
—Claro que sí lo haré, Pedro.—bromea.
—Una pregunta...
—Dime.
—¿Debería decirle que me has dicho que Elliot te parece un idiota? Digo es mi amigo también. Tú lo has dicho. ¿Recuerdas?—comenta y saca la lengua.
Isabelle sólo le tira con su remera al pecho y decide tirarse al agua junto con Elliot. Recordaba que en el trayecto había comentado que todos los amigos de él quizás sean igual o peor de idiotas que él.
Hacía mucho tiempo que no lo sentía tan tranquilo. Pero igual sabía que probablemente podría volver a ser el Elliot que ella conocía. Quien no sabía quedarse quieto ni vivir sin las fiestas.
Se acercó a una joven que parecía no poder colocarse bien el sujetador y la ayudó. La veía cara conocida. Pero no sabía dónde. Estaba casi segura que la notó en el bar en algún momento.
Cuando llegó la hora de cantarle la torta. Todos se acercaron a la sala principal. Las luces se pagaron y tan sólo se veía la luz que irradiaba la vela. Todos aplaudían.
La torta lo había hecho la misma joven que Isabelle ayudó antes.
—Elliot...¿puedo preguntarte algo? Sé sincero.—cuestiona ella.
—Isabelle pregunta y ya. No tienes que preguntarme.
—¿De dónde conozco a esa chica?—pregunta ella señalando con la cabeza a la joven.
—¿A la pelirroja? ¿A Carla?—pregunta él viendo a quién se estaba refiriendo ella.
—No. A la que está del otro lado, Elliot.—prosigue.
—Oh. ¿Te refieres a Samanta?—comenta él rascándose nuevamente la cabeza. Una joven rubia con rulos. Ojos castaños y un vestido azul francia. De esos en los que le hubiera encantado entrar a ella.
—Supongo.
—Es la joven con la que me he estado viendo.—prosigue él—Pero realmente no sé de dónde sientes que la has visto. Perdóname. Pero se me hace casi imposible.
—Tal vez porque...—intentó decir ella cuando de repente se le vino a la mente la vez que fue a la puerta del apartamento de Elliot y ella ya se encontraba allí. La pudo ver tras él. De ahí entendió que la recordaba.—No importa. Dejémoslo ahí.
—¿Quieres ir a dar una vuelta antes de que te vayas?—prosigue él.
—Está bien.—asienta.
Caminaron hacia el costado del lago. Por allí también habían asientos.
—¿Sabes en qué estoy pensando?—dice él directamente.
—¿En qué?
—Quiero comprar el lugar en donde estaba viviendo. ¿Recuerdas?
—¿En serio?
—Claro. Si es que mi padre está de acuerdo. Últimamente no lo soporto siéndote sincero.
—Eso no es nuevo, Elliot.
—Lo es para mí. Pero debo tranquilizarme por mi bien.
—¿Ya no estás tomando alcohol? ¿Por qué?
—¿No has visto que tenía mi vaso en la mano?
—Sí. Y lo probé cuando te levantaste. Era jugo de manzana.
—Isabelle...
—Si estás dejando el alcohol poco a poco me alegra mucho. Yo también debería. Me ha costado demasiado este último tiempo. ¿Cómo lo has hecho?—cuestiona ella y su conversación termina siendo interrumpida por los llamados de sus invitados ya que estaban por retirarse.
—Bueno. Después podrás explicarme. Mañana debo irme temprano. Espero que hayas pasado un buen día.—sonríe ella mirándolo.
Elliot se acerca lentamente rozando su mano con la de ella, y luego se inclina a besarla. Ella cerró los ojos y lo siguió. Pero nuevamente frenó cuando pensó en Aron. No porque sentía que le debía algo, sino porque no quería seguir teniendo otra relación a medias. Y más que nunca si no se enfocaba en su trabajo iba a perder mucho. Y lo sabía.
Se corrió lentamente hacia atrás cuando optó por frenar la aproximación de Elliot.
Él simplemente miraba hacia abajo. Apoyó sus antebrazos en su rodilla y se quedó sin decir más nada.
—Me iré ahora, Elliot.—comenta ella levantándose.
—Bien. Gracias por haber venido. ¿Tienes quien te lleve?
—Me iré con Pedro.
—¿Pietro?
—Sí. Lo siento. Pietro.
—¿Lo conoces?
—Acabo de hacerlo. Pero confío más en él que en otras personas.—comenta.
—Bien. Es buen muchacho.
Terminaron por irse. Elliot se había quedado en la banqueta un rato. Isabelle no veía la hora de llegar a la casa. Estaba realmente exhausta. Le dolía demasiado la cabeza. Y no estaba acostumbrada a tomarse pastillas para eso.
Llegaron un buen rato después. Las luces estaban oscuras y apagadas. Al parecer, la luz se había cortado. Y el viento soplaba con más fuerza.
Isabelle se recostó en su cama. Se tapó con tres frazadas e intentó dormir. Con el cansancio que tenía ni siquiera había pensado en que estaba sola.
Mason había salido a buscar, mientras caminaba, la comida que Stefani había pedido por teléfono. Tenía ganas de caminar. De estirar las piernas. De sentirse seguro y con la capacidad de poner a estirar sus ideas. Sentía que las cosas estaban acomodándose, pero no de la forma que sentía que esperaba.
—Vine a buscar el pedido de Stefani.—prosigue él.
—Claro. Ya se lo traeremos.—continúa la vendedora yendo hacia la cocina.
Mason había llamado a Isabelle. Quería avisarle que recién mañana estarían allá nuevamente.
—Aquí tiene, señor. Que lo disfrute.—responde nuevamente la responsable de la venta.
—Gracias.—dice finalmente él y se retira. Observa lo que tenía en su mano y notó que se trataban de piezas de Sushi Froczi, que contenían semillas de sésamo, pepinos y camarones. Los mismos que habían comido hace un tiempo atrás. O mejor dicho, los mismos que habían pedido en su primera cita. Él no tenía idea de lo que había ido a buscar. Evidentemente la noche anterior se le había quedado grabada a Stefani. ¿Quería comenzar de nuevo? ¿Volver a lo mismo?
Mason volvió a la cabaña. Estuvo pensando en eso todo el camino.
—¿Ya has llegado? Creí que te habías perdido.—pronuncia Stefani saliéndose de bañar.
—No. No me he perdido. Llegué bien, pero... no creí que habías pedido el Sushi Froczi.
—Bueno...tal vez no seremos los mismos de antes, pero siendo sincera, echo de menos esos tiempos. ¿Tú no?
—No sé cómo responderte a esa pregunta.
—¿Te parece que sea tan difícil?
—No es por tí. Pero...¿realmente tienes en claro lo de Bruno?
—¿Y por qué me preguntas eso? ¿Por qué sales con eso? Explícate.
—No hay mucho que pueda explicar. Sé que has sufrido mucho, Stefani. Pero con Carlo ni siquiera han llegado a acordar cómo terminará todo con Bruno.
—Tú no puedes hablar de cosas que no sabes. Yo jamás pude olvidarme de tí. Y sé que tú me quieres. Estuviste todo este tiempo a mi lado sin pedir nada a cambio. ¿En serio crees que no podría volver a enamorarme de tí?
—Stefani no creo que...
—Sólo olvídate del mundo—interrumpe–Y piensa en mí.—prosigue ella dándole los bocados de sushi en la boca mientras lo observaba detenidamente.
Mason seguía su juego.
Isabelle se había levantado antes de que casualmente su alarma sonara. Estaba nerviosa. Pudo dormir las primeras cinco horas profundamente y luego había algo en ella que la incomodaba. Se levantó y se cambió. Lo primero que descartó, ésta vez, fue la camisa de Mason. Notó también las revistas que le había regalado y decidió guárdaselo en el único cajón de su cuarto que tenía llave. Y que sólo se podía volver a abrir cuando ella así lo quisiera. No quería continuar pensando en Mason. En las ideas que él le provocaba. Tal vez creía que lo mejor sería estar sola un buen tiempo. Sin un Elliot ni un Aron. Pero Mason la estaba trastornando. Cada vez que cerraba los ojos, él se le venía a la mente.
Resopló y salió por la puerta. Presentía, a pesar de todo, que su proyecto le saldría bien.
Se dirigió al auto de Pietro, nuevamente, y se encaminó hacia el estudio. Terminó teniendo una cierta confianza en aquel joven que no lo podía creer. Lo sentía tan sólo como un amigo que hace mucho no veía.
—¿Estás lista, Isadora?
—Estoy lista, Pedro.
Llegaron al lugar. Había visto a Anastasia entrar también por la puerta.
—¡Espero que te vaya mal!—comenta él bromeando.
—¡Y espero que a tí también! Esa tal Jazmín debe quererte mucho para aguantarte.—ríe.
Entra finalmente al estudio. La mitad de su cuerpo sentía nervios y la otra estaba más segura que nunca. Más de lo que había trabajado en su proyecto no podía haber hecho.
—Buen día, Isabelle. Estábamos esperándote. Ahora podemos comenzar la reunión.—comenta Marion.
—Comencemos con Anastasia.—prosigue Leon.
Anastasia saca su computadora portátil y muestra a los inversores, coeditores y redactores su idea. Tenía como modelo a Kayla Índigo. La mujer de treinta años que se especializa en brujería. Muestra sus encantos tanto por fuera como su embrujo por dentro.
Luego, le tocó el turno a Saúl. Había buscado a otro hombre. Se llamaba Alex. Un joven de quince años con aspiración a periodista siendo hijo de uno de los más reconocidos.
—Ahora queremos ver lo tuyo, Isabelle—prosiguió Leon.
—Espero que de tanto que te hablamos no nos decepciones—agrega Marion.
Isabelle muestra en la gran pantalla las imágenes que, a través del cable usb, se podían ver de su cámara digital. Aparecían todo lo trabajado con Aron. A pesar de que tenía algo de rabia en su interior, no podía ocultar que fue su única ayuda este tiempo y si el destino lo requería haría lo necesario para entablar una conversación.
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