Simón nuevamente no había notado su presencia. Se encontraba demasiado atareado como para darse cuenta de quien entraba y quien salía.
Isabelle empujaba a quienes se le interponían en el camino. Y en ese horario, era normal que varias personas concurran. Tal vez la buena música, los precios accesibles y la ambientación particular que tenía ayudaba a que no pierda su encanto. Y que atrajera cada vez más clientes. Se adentró en uno de esos asientos que solían darse a quienes lo reservaban. Pero como veía que nadie estaba allí, no dudó en descansar un momento.
—¿Esto está reservado?—pregunta una mujer acompañada de dos amigas.
—No lo sé.—responde Isa mientras bebía de una botella de cerveza que se robó mientras nadie cuidaba la barra de bebidas.
—¿Entonces qué haces ahí sentada irrespetuosa? ¿Tú no sabes leer?
—¿Y qué parece que estoy haciendo? Soy la hermana del dueño. Me sentaré donde yo quiera.—responde directamente ella sin mirarla a los ojos.
La mujer se ríe irónicamente y se retira. A lo lejos se podían los murmullos de sus amigas. A Isabelle no le importaba. Ella seguía pensando en qué podía hacer mientras su única compañía estaba siendo la botella.
Se ubicó apoyándose en la pared. Podía observar casi todo el lugar desde su posición. Veía a más de la mitad de las personas bebiendo con amigos. Otros pocos en pareja, y el resto no aguantando sus ganas de bailar en la pista. Ella parecía ser la única sin ninguna razón para estar ahí, y a la vez, con todos.
Su teléfono no paraba de vibrar. Lo revisó y leyó el nombre de Mason en él. Era curioso que fuera él quien la llamara y no su tía Stefani. Pero aún así, no respondió. Dejó que sonara y sonara mientras lo veía de reojo.
Sólo seguía bebiendo. Un joven notó su soledad y la atrajo a su grupo de amigos. Ella solo había accedido para poder seguir bebiendo sin tener que robarla o pagarlas. Sonríe falsamente cada vez que alguno de ellos le hacía un cumplido o le comentaba algo de su vida privada. No le interesa nada. Ni de ellos. Ni lo que hacían. Ni siquiera tenía ganas de buscar a Simón. Si lo veía, quizás le hablaría. Sino, se quedaría allí hasta que pueda irse.
Ya había olvidado lo que se sentía bailar hasta que los pies duelan. Y sabía que hacerlo forzadamente era un calvario. No sacaba lo mejor de sí.
Las lágrimas eran su lenguaje de amor. Ya estaba cansada de lo mismo.
Se dirigió al centro, y en medio de la multitud, a pesar de volcar unas que otras pocas gotas de su vaso, intentó sentir la música. El alcohol estaba ayudándola en eso. Se copiaba de cómo lo hacían el grupo de amigas. Se reía, a pesar de que nadie dijera nada. Y sentía, a la vez, ganas de llorar a pesar de que hacía lo más que podía para no pensar en nada. Ni en nadie.
—¡Isabelle! ¿Te encuentras bien?—grita una joven viéndola de costado.
—¿Qué...?
—Soy yo. Alice.—responde la joven adicta al gimnasio.
—¿Alice...? ¿Alice...?—piensa. Tratando de recordar si se trataba de la persona correcta.
—Estás muy ebria por lo que veo.
—No vine para...para...para que nadie me cuestione...—dice ella intentando no caerse sobre un balde de briosas de otro grupo de amigos.
—Discúlpame, pero si te veo de ésta forma, voy a intentar ayudarte. Te guste o no, Isabelle.—responde ella sentándola a un costado del bar. En la parte en la que no había tanto tumulto.
Isabelle la seguía. No se opuso. Sabía que sentía algo en ella que le generaba confianza.
—Sabes...eres linda—comenta Isa acariciando su cabello.
—Gracias. Ya me lo habían dicho.—sonríe.
—¿No te gustaría que te saque fotos?—pregunta mientras agitaba la cabeza por la música de Single Ladies de Beyoncé que estaban pasando a todo volumen.
—¿Qué?
—Una...una...alguien me dijo que podía hacer fotos a alguien para un trabajo de mierda que debo hacer. ¡Mierda!—responde ella después de tirar un vaso al suelo.
Alice intenta contener su risa pero es casi imposible.
—¿Te causa gracia que rompa...rompa vasos?
—La que te dijo eso fuí yo, Isabelle. ¿No recuerdas?—explica Alice sin parar de reír. Mientras, Isabelle, no cambiaba su cara de seriedad y la observaba detenidamente tratando de caer.
—Oh...—se da cuenta de la confusión que ya estaba sintiendo.
Cuando intenta pararse nuevamente, algo en su cabeza se sentía como un eco. No pudo sostenerse lo suficientemente fuerte como para no caer. Luego, no recuerda más que sus ojos se fueron cerrando poco a poco, y balbuceaba la letra de Crazy de Aerosmith de que apenas podía escuchar de fondo.
Tiempo después, dos horas para ser más exactos, Isabelle abre los ojos poco a poco. La luz de una linterna le irritaban los ojos. Quería pararse inmediatamente, pero se mareaba aún más. ¿Podría haber otra vergüenza más que ésta? Pensaba. Simón se encontraba frente a ella. Apenas la nota un poco más consciente y abre su boca, le da una jeringa que contenía Namelfeno líquido.
—Vamos, traga.—dice él limpiándole el rostro con toallitas húmedas después.
—¿Qué es?—cuestiona Alice, quien no se levantó de su lado.
—La ayudará. Sólo dale un poco de tiempo.—responde él.
El bar ya se había cerrado. Porque para el colmo de Simón, dos hombres totalmente ebrios comenzaron una ridícula pelea allí. No le quedó más remedio que cerrar media hora antes por el bien del resto de los clientes.
Ahora sólo debía preocuparse porque Isabelle se reponga.
Y eso significó haber esperado veinte minutos. Isabelle se levantó y, antes de salir del cuarto oscuro en el que la habían llevado, apretó con fuerza las manos de Alice y Simón. Y luego, sale. Mientras caminaba intentaba sostenerse de las mesas.
—¡Isabelle!—grita Simón yendo detrás de ella.
—¿Qué? ¿Qué quieres?—pregunta ella dándose la vuelta eufóricamente.
—¡Te calmas! Te calmas. Hablo en serio.
—Qué bien. Grítame más fuerte.
—Sólo queremos ayudarte, Isabelle. No te enojes.—añade Alice.
Isabelle sólo intenta volver a responderles, pero nada sale de su boca. Sino, más bien, de sus ojos. Se lanza en un aterrador llanto. Como si se sentía absolutamente perdida. Quería sentirse acompañada. Pero a la vez quería estar sola. Caminó unos pasos cuando los vidrios rotos de las botellas le cortaron parte de sus pies descalzos. Que se los dejó así en el momento que quiso pretender bailar tranquilamente.
Alice y Simón la socorren en el momento en el que se cae al suelo. Ni siquiera querían preguntar por todo lo que pasaba en su cabeza. Tal vez por miedo a no saber qué hacer y decir luego.
Isabelle continúa en un desgarrador llanto. Quería que alguien callara su alto volumen. Pero nadie lo haría. Sólo ella podía. Quería que ellos entiendan sin decirlo lo que estaba sufriendo. Lo que quería expresar en palabras y no podía.
—Déjenme aquí. Quiero estar sola. ¿Por qué nada puede salirme bien de una vez?
—No a todos les sale bien las cosas todo el tiempo.—responde Alice vendándola con las gasas que había pedido encontrar en su botiquín.
—A ustedes probablemente sí. Sino estarían así de patética como yo.—prosigue sin verlos a la cara.
—Simón...
—Dime.
—¿Hay algo de tu bóveda que ya no te sirva?
—¿Cómo que ya no me sirva? Allí sólo tengo vasos, platos y ceniceros. Ah, y algunas sodas.
—Justamente. ¿Te sirven esas cosas?
—No. Fueron los utensilios que descarté de mi abuelo. La mayoría a los usé, pero esos ya tenían cierto olor raro.—explica Simón.
—Eso quería oír. ¿Podrías traer las que puedas?
—¿Ahora?
—Ahora.
Simón vuelve al poco tiempo trayendo una caja con algunas de las mencionadas cosas.
—¿Y ahora qué? ¿No se supone que tenemos que hacer algo de Isabelle?
—Y eso haremos campeón.—responde Alice levantando a Isa del suelo. Le entregó en sus manos dos platos.
—¿Quieres que los lave?—continúa Simón.
—No. Vamos levántate Isabelle.
—¿Entonces? Realmente no entiendo si...—intenta terminar él de cuestionar cuando Alice lanza otro de los platos de la caja contra la pared de mármol forrada en papel tapiz bordo. Los hermanastros se miraron sin entender su reacción.
—Pero...—repite él.
Isabelle se levanta de a poco sin decir nada y mira a los ojos de Alice. Sigue, entonces, la misma acción que realizó ella.
—Mierda. ¿Piensan destruir mi bar?—continúa Simón.
—Únete quisquilloso.—sonríe Alice entregándole un vaso.
Simón se queda viéndolas unos segundos lanzar los objetos contra la pared que parecía ser inquebrantable.
—Haré una llamada mientras. Me tomará un minuto. Ya vuelvo. No la dejes escapar—dice guiñándole un ojo a Alice.
De que parecían dos desquiciadas no había ninguna duda para él. Agradeció que ya nadie, aparte de ellos tres, se encontraban allí dentro. Y, finalmente, las acompaña en eso. Terminaron siendo tres solitarios en conjunto y en sintonía rompiendo aquellos objetos que en profundidad terminaban siendo algo roto que llevaban dentro suyo.
—Creo que quiero vomitar.—comenta Isabelle luego de tirar uno de los últimos platos que pudo agarrar y luego desperdiciarlo.
—Vamos al baño antes de que termines por destruir mi piso también.—ríe Simón. Aunque ya era algo tarde porque Isa no había soportado tanta presión en su garganta.
—Simón. No digas eso...—le reta Alice a él. Pensaba que Isabelle aún debía ser tratada con delicadeza.—Yo la llevo.
—Creo que será mejor que yo la acompañe.—tose—No es por nada sobre tí, sólo que no querrás verla en este estado tan rápido, ¿no? Mira, ya empezó aquí.
Alice asiente y decide esperarlos sentada.
—Gracias por entender. Ya conozco a mi hermanastra— pronuncia finalmente él llevándola a su hermanastra al baño.
—¿Cómo me consideras?—pregunta Isabelle mientras caminaba sosteniéndose de su hombro.
—¿De qué hablas?
—¿Qué soy para tí?
—La hermana más loca que me pudo haber tocado. Y por quererla tanto es que justamente eso de tí ya me parece normal.
—Yo también, Simón. A partir de ahora dí "hermana". No hermanastra, por favor.—responde ella mientras él sostenía sus cabello en el inodoro.
—Con que iba por ahí. Mejor diré que eres una ex desquiciada que me acosa, ¿qué te parece?
—¡Simón!—grita y vuelve a arrojar sus penas al retrete.
Él sólo sigue riendo unos segundos y la abraza por la espalda.
Cuando Isabelle parece estar más entera. Por lo menos, para caminar sin la ayuda de alguien más, le preparan un té. Ella aún temblaba. Y era notorio al tocar sus frías manos.
—No quiero volver a verme así, Simón. Lamento haber venido aquí.
—¿Sabes qué?—prosigue Simón.
—¿Qué?
—Me alegro de que hayas elegido venir aquí después de todo.
—¿Por qué?
—Bueno...—resopla—Si hubieras ido a otro lugar, probablemente no estaríamos nosotros para ayudarte. ¿Entiendes?
Isabelle sólo asiente. Se había dado cuenta que esa noche podía haber sido más trágica de lo que ya parecía. Pero aún así, sabía que nada de lo que dijeran en ese momento podían sacarla del caos mental que estaba manifestando. Hasta hace poco lo único que la mantenía en pie era conseguir un lugar propio a través de su curso. Y ahora ni siquiera estaba segura de poder hacer algo bien con eso y continuar a la larga como quería.
La lluvia comenzaba a caer de a poco. A medida que corrían los minutos se intensificaba aún más.
—Isabelle, ya es hora de que te vayas a descansar. Llegó tu taxi.—comenta Simón ayudándola a colocarse la campera.
—¿No vienen conmigo?
—Es mi bar, ¿no? Tendré que hacerme cargo de todo ésto, hermana.—sonríe y le da un beso en la frente.
—Yo me quedaré a ayudarlo. No podrá abrir hasta dentro de dos semanas de otra forma.—prosigue Alice bebiendo de su té.
—Bien.—continuó Isa mientras se dirigía hacia afuera. Durante esos pasos en el trayecto hacia la puerta podía notar los vidrios rotos desparramados por todo el suelo. Las gotas de sangre cerca de aquellos y parte de su vómito que no pudo aguantar.
Al dirigirse hacia afuera, viendo esa luz que parpadeaba y parpadeaba, se dió cuenta que era su tía quien había venido a buscarla. Revoleaba los ojos esperando a imaginar sus dichos. Sin embargo, nuevamente, bajó Mason de el auto. Se quitó la campera y la colocó en la cabeza de ella.
Isabelle mira hacia atrás. Se podía notar a Simón saludándola desde la formidable ventana. Haciendo un gesto de que acepte el viaje. Por el bien de ella. Ella había captado su intención. Tal vez por ésta vez la había entendido.
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