Simón le había regalado a Isabelle una caja de tés de todos los sabores. Desde el común hasta de frutos tropicales y hierbas serranas. Sabía que a ella le iba a gustar y que, tal vez, por la noche lo iba a necesitar. Y así fue. La noche anterior, su hermana consumió un cuarto del total de los sobres. Sentía que el insomnio estaba tocando a su puerta, y no tenía a nadie con quién hablar. Pero le agradaba la idea de ayudar a Simón en su bar cuando tuviera tiempo.
Ella se levantó media hora después de que la alarma sonara. Nuevamente el sol iluminaba radiantemente su rostro a través de los agujeros de la ventana. Se auto consolaba diciéndose que quedaba cada vez menos horas para que Mason y Stefani estén de regreso nuevamente.
Buscó en internet nuevas ideas para mencionarle a Simón en cuanto a la decoración del cuarto en servicio del bar. Era cierto que quedaron muchas cosas por hacer, pero gracias a su ayuda, se reduciría notablemente el tiempo de terminación del mismo.
Mientras almorzaba tranquilamente, algo en su mente la perturbó. Ese día no era más ni menos que el cumpleaños de Elliot. La dirección del mismo se trataba de aquel que estaba descrito en la invitación que le había dado él a ella. Antes de que la rompiera en pedazos. Tal idea surgida luego de que su enojo la dominara razonablemente. No sabía si asistir o no. El deber y el querer estaban jugando otra puja en su decisión.
Estaba a punto de llamar a su hermano nuevamente, pero prefirió no hacerlo. Quería dejar de depender de las reacciones que Simón manejará en base a lo que le contaría. Y dejar que el tenga tiempo para someterse de lleno en sus asuntos personales. Que probablemente sean varios a comparación de los que ella tenga.
Cerró los ojos con fuerza resignadamente cuando se dió cuenta que no habría forma de ir sin saber dónde quedaba. La cuestión ya estaba determinaba, aunque quisiera lo contrario.
Aron la llamó tres veces. Ella no contestó las dos primeras. La tercera sí.
—Cuéntame Aron. ¿Qué sucede?—pregunta ella mientras ordenaba su ropero.
—Estoy buscando un lugar para que podamos cenar. ¿Qué te parece?—pregunta él.
—¿Un lugar dónde?—prosigue ella sonriendo.
—Un lugar como el que tú quieras...—continúa—En realidad te llamé porque no tengo idea de cuál sitio elegir sin tu opinión. Y no me digas que te da igual, por favor.
—Bueno...—proseguía ella pensando.—Tal vez el bar La agonía de Tántalo te agrade, ¿no?—continúa esperando que no le disgustara. Aún no quería mencionar que ese establecimiento le pertenecía a su hermanastro, Simón. Quería esperar a que por lo menos se conocieran.
—En realidad no soy fanático de los bares como te imaginarás. Estoy en proceso de ultra cuidado por lo del boxeo.—explica él.
—Oh. Entiendo.—continúa ella.
—Igual no me he negado. Estoy de acuerdo si tú realmente quieres ir. No tengo problema con eso.—agrega finalmente.
Isabelle se lo agradeció y cortó la llamada. Tal vez podría ser una buena oportunidad de presentárselo en persona a Simón y plantearle la idea que tenía en mente.
Mason se había levantado más tarde de lo que habitualmente estaba acostumbrado. Notaba la presencia de varias personas en la cabaña y no podía darse el lujo de practicar con sacos de almohadas como si no fuera a molestar a alguien. Se tuvo que resignar y quedarse con las aventuras que Stefani tenía preparado para el día. Además los brazos aún le dolían por la presión que tuvo que hacer para sostener los pedazos de árboles.
Se fueron, finalmente hacia la Estación de Esquí. Ellos ya habían practicado eso cuando apenas se habían conocido. Es más, esa fue la razón por la que congeniaron y comenzaron a hablarse. Primeramente como amigos y luego, con el paso del tiempo, como pareja.
El tiempo les daba una buena señal. Las personas estaban relajadas y eran muy agradables. Se notaba que el lugar de descanso les había sentado bien. La mayoría se trataba de parejas. No había casi adolescentes ni personas muy mayores. Estaban indecisos en si subir en la telesilla. Y decidieron por primera vez intentar. El paisaje se veía fenomenal. Las montañas eran enormes. El viento helado soplaba fuerte, pero si la persona estaba correctamente abrigado, no había algún motivo para preocuparse por tal cosa. La altura no se distinguía tanto porque al mirar hacia abajo sólo se podía admirar el conjunto blanco de nieve que les regalaba el lugar. Estaban perfectamente abrigados. A pesar de que Mason amara el frío, sabía que era lo que más sufría. Y Stefani ni siquiera quería pensar en que estaban menos tres grados bajo cero.
Escuchó cómo los que iban por delante de ellos, gritaban eufóricamente.
—¿Piensas que están divirtiéndose los de allí?—cuestiona ella señalando a la pareja que se encontraban metros más adelante.—Desearía poder estar así también. Sí que saben cómo pasar sus vacaciones.
—Tal vez. Aunque no sé cómo porque la verdad que me estoy asustando un poco de ésto.—comenta él riendo y rascándose la mejilla.
Stefani aprieta entonces su mano derecha fuertemente.
—Mason, ¿escuchas esos gritos? ¿De dónde provienen? ¿No serán de ayuda?—cuestiona él mirándola angustiadamente.
Mason entrecierra los ojos para observar mejor la situación. La vuelve a mirar a ella. Sentía que algo andaba mal. Presentía que algo andaba mal. Cuando ambos miraron hacia atrás, notaron a las personas en la misma situación que la de ellos. Preocupados y asustados por lo que sea que estuviera pasando. Los gritos luego dejaron de escucharse. Pero no precisamente por algo bueno, sino, más bien porque esa pareja que manifestaban sus alaridos de la forma en que podían terminaron cayeron en el suelo de nieve. Una falla mecánica en el freno de seguridad de las telesillas. Luego, volvieron a ver la misma triste situación con otras parejas sentadas más y más adelante. Es decir, podían ver cómo iban cayendo. Algunos lograron tirarse antes de que algún poste los descolocara.Y otros, en cambio, sufrieron leves lesiones por golpear parte de sus cuerpos en el momento en que sus sillas se desprendieron y los hicieron volar por el aire cayendo más fuertemente al suelo y por encima algún rastro de metal que había que quitar con delicadeza. Stefani quería tirarse. Mason quería esperar a llegar al centro que estaba a unos pocos metros para intentar tocar una palanca que podría ser de ayuda. O tal vez no sirviera de mucho. Pero sentía que podía intentarlo.
—¡Mason! Escucha...—grita Stefani cuando el intentaba pararse, sin quitarse el broche de seguridad, y practicar para ver si podía alcanzarlo.
—Stefani...déjame. Déjame intentarlo.—continúa él con los nervios de punta.
—No. ¡Escúchame tú a mí! Esta idea fue tuya y si no quieres que te lo reproche por el resto del viaje, harás lo que yo estoy sugiriendo. No voy a discutirlo contigo ahora.—prosiguió.
—¡Stefani! Cálmate. Yo quiero que...—intentó decir cuando ella se quita su cinturón y el de él rápidamente y tomándolo de la mano lo arrastra a la caída hacia la profunda y tediosa nieve. Stefani sentía dolor en la espalda. Y él en sus brazos. La cuestión no había salido tan perfectamente. Pero al menos los había dejado con vida.
Apenas pudieron abrir los ojos, hicieron señas. Estaban levantándose lentamente mientras se ayudaban el uno al otro. Querían que los que estaban por seguir el camino sentados en las aerosillas de atrás entendieran que debían hacer lo mismo por su propio bien. Así que lograron que ellos los vieran y lo terminaran haciendo antes de que alguna tragedia peor terminara por acabar sus descansos.
Llegaron a la cabaña nuevamente. Era increíble los reclamos que se estaban haciendo notar para entonces. Los dueños del lugar trataron de dar todas las explicaciones posibles y reembolsaron desde luego las estadías de quienes habían pagado. Quienes se querían marchar podía hacerlo sin más.
—No puedo creer lo que has hecho. Cogiste mi brazo y me tiraste contigo.—hace una pequeña mueca sonriendo.
—No tienes que agradecerme, Mason. Jamás querría que te ocurriera nada. Además si así hubiera pasado, estoy segura que me hubieras echado la culpa. Y con justa ríe.—ríe.
Ambos estaban tumbados en el suelo. Buscaban que el calor de la fogata de su cuarto les calentara lentamente para adaptarse nuevamente a la calidez natural y dejaron que el reloj corra sin desesperar sus minutos. Sólo se habían quitado la ropa de esquiar. Sentían que necesitaban un momento de respiración para volver a adaptarse a la calma que tenían antes de que todo eso sucediera.
—Creo que intentaré...practicar...boxeo.—replica él intentando que la agitación se le vaya calmando.
—¿Acaso te has vuelto loco? Mira tus brazos y tu respiración. Esa tontería no vale la pena, Mason.
—No dejaré que vuelvas a replantear lo que hago, Stefani. Te dejé antes. No ahora de nuevo.—responde sentando en la enorme alfombra en el que estaban.
—No puedo creerlo.—resopla ella.
—Stefani...
—Olvida lo que dije. La próxima que te invite a algún lugar, simplemente recházalo y ya. De igual forma estos días fueron un desastre caótico. Creo que eso no valió la pena.—responde ella resignada.
—Todos mis temores, mis errores y mis fracasos suelen perseguirme cada noche. Pero no quiero que mis heridas del pasado tengan para nada algo relacionado contigo.—continúa él mirándola y sosteniendo su mano ésta vez.
Stefani lo miraba también.
Se recostó en su hombro unos segundos y luego alzó su cabeza. Terminó por robarle un beso. Mason ésta vez no se frenó. ¿Podía volver a amarla? ¿Podía hacerlo una vez más? Apoyó sus manos en su cintura. Ella continuó besándolo. Se quitó la blusa larga y blanca que aún le quedaba y lo incentivó para que él haga lo mismo. Mason se sentía cómo hace unos años. Cuando recién le había abierto su corazón y se pudo declarar ante sus ojos. No quería que las cosas quedaran desabridamente inconclusas. Pero tampoco podía forzar la situación en una simple pregunta. ¿Qué haremos ahora Stefani? Definirlo allí mismo sería como intentar bailar en medio de una pista de hielo.
Mason acarició su mejilla. Ella continuaba su beso. Admiraba también sus ojos. Agarró de su brazo y lo estiró junto a ella. Terminaron acostados sobre el suelo cubierto de piel de alfombra blanca. Mientras la fogata los iluminaba y calentaba a la vez. La luz de la luna entraba por la ventana. Stefani sentía que por fin tenía su momento soñado. Como lo que esperaba de él hace un tiempo.
—¿No crees que es raro?—sonríe mirándolo mientras estaba encima de él.
—¿Qué cosa?—cuestiona él mientras pasaba sus manos en los muslos de ella. En donde se podía notar un tatuaje de rosa.
—Que parecía que tenía que pasar ésto. Debíamos estar separados para darnos cuenta del amor que había aún y de la llama que no debió apagarse más. Por el contrario, creció y creció. ¿No?
Mason no contestó sólo la admiraba. Se sentía bien el momento. No podía negarlo. Ella besaba bien. Mejor que nunca. Pero sus sus sentimientos se sentían atrapados. Como en una cápsula que aún no se podía abrir. Y de esa forma no podía definir el por qué ni a quién le pertenecía. Tal vez la situación en la que ella lo salvó le voló la cabeza. No lo esperaba. No esperaba que se arriesgara de esa forma. Y menos por él. Él no sabía realmente lo que ella pudiera estar sintiendo, pero sabía que podía intentarlo al menos. Y si no era lo que esperaba podría dar marcha atrás, aunque eso signifique que la relación se dé por terminada.
Sólo dejó que el momento fluya. Que se disfrutarán el uno al otro, si así profundamente lo sentían Que el amor que sentía por ella aún lo pudiera demostrar de la única forma que él sabía. Haciéndolo.
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Comments
Ester Ayala
vayaaaa🤷♀️🤷♀️🤷♀️🤷♀️🤷♀️
2024-02-10
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