Stefani había esperado los últimos días de verano para llegar a visitar a su hermano. Odiaba el invierno, la ropa de esa estación y todo lo que conllevaba pasar la temporada allí. Los árboles de frutas tropicales eran su preferido en la época, y eso, además del cumpleaños de Simón, fue lo que la incentivó a reprogramar sus días en el estudio de moda y tomar un viaje. Y, curiosamente, acompañada de alguien tras ella.
—¡Stefani! ¡Qué sorpresa, ingrata!—la recibe su hermano, Arnaldo.
—¿Viste lo que dicen? Lo mejor al final de todo.—ríe y se dirige a abrazarlo. Luego, impulsa a Mason Williams, quien quería ayudar con dos de sus maletas.
Simón salió de su habitación y decidió bajar corriendo las escaleras y alzar a su tía. A quien no veía desde aproximadamente seis años, luego de haber entrado en el internado de jdjdiodod.
Isabelle, todavía en la suya, los observaba desde su ventana. Se había alegrado de que no sólo se trataría de personas que estaban al lado de su hermanastro por interés o quienes ni siquiera les caía por ser tan "peleadores". Necesitaba que aparezca la familia, amigos de su secundario (a quien invito de sorpresa) y la chica con la que estaba saliendo desde hace meses. Eso sería lo ideal para cumplir sus veintitrés años.
—¡Cómo extrañaba esa euforia! Definitivamente lo heredaste de mí.—comenta Stefani.
—¿Y el caballero es?—pregunta Simón mirando a Mason.
—Mason—alza su mano—Mason Williams.
—Debo decir que no suele a nadie a la casa.—bromea Violeta.
Mason ríe también y pasan dentro.
Isabelle bajó también.
—¡Isabelle! ¡Cómo creces!—grita Stefani abrazándola y la joven le devuelve el intenso saludo.
—Por dios tía Stef...estás bellísima.—sonríe.—Hola. Soy Isabelle.—lo saluda a Mason en la mejilla.
Tuvieron un tranquilo almuerzo familiar. Sin embargo, la cabeza de Isabelle estaba en otra parte. Precisamente en David. La única persona, hasta ese momento, con el que había salido. Pero no todo era color rosa en esa relación tampoco. No porque tuvieran malentendidos entre ellos, sino porque él manifestaba sus problemas en la adicción por el alcohol. Sus ideas y planes en conjunto se iban disolviendo a medida que pasaba el tiempo. De igual forma, Isabelle siempre intentaba acompañarlo en cada paso que podía.
Ese día tenía una reunión con los de AA para ponerse al día con su rehabilitación. Ella se sentía enérgica por esa razón.
Ni bien terminó de comer, salió en el auto de su padre en busca de David. Por entonces, se encontraba a nueve cuadras de la suya.
Se colocó el cinturón, como siempre insistía él cada vez que ella se encargaba del volante. Llegó diez minutos después y bajó a tocar a su puerta, esperando, probablemente, iniciar otra discusión sobre si ir o no. Sin embargo, David no apareció. Ella tocó una y otra vez el mismo timbre. Pero se dió cuenta que ni su camioneta, ni sus perras se encontraban en su gran patio verde. Nadie respondió ante el reclamo. Tal vez porque él sólo vivía con su hermano mayor, y por lo que sabía hacía horas de guardia.
Isabelle se angustió. No estaba segura si se había ido a un lugar que aún desconocía o simplemente estaba ignorándola. Se dedicó a llamarlo reiteradas veces y siguió sin respuesta.
Subió al auto, se colocó el cinturón nuevamente y al segundo se lo quitó, haciendo una sonrisa irónica. Observó su asiento y pudo tomar la botella de whiskey escocés con el que se supone que brindaría con David. Pisó el acelerador. Iba tan rápido como podía. No quería hacerse daño realmente, pero quería autocastigar la parte de ella que confió en él a pesar de los momentos de recaídas. De los gritos continuados y de la pérdida de confianza absoluta.
Todo eso dejó de pasar por su cabeza cuando nota que un joven que iba en moto terminó bajo su auto. En ese momento, no habían tantas personas en la calle como para haber provocado un escándalo en el que su nombre apareciera en todos los periódicos.
Sólo dos hombres, que también observaron todo lo ocurrido. Intentaron socorrerlos.
Para su suerte, los días posteriores sólo le quedó hacer reposo en su casa. Al cuidado de Simón principalmente, quien se debía quedar en la casa mientras estaba en receso. Y, sin dudar, los reclamos con respecto al alcohol no se hicieron esperar.
La otra persona, quien había quedado hospitalizado por una semana, había recibido constantes llamadas de Isabelle. Cada mañana, cada tarde y cada noche. La culpabilidad podía matarla y no quería sentir dos sensaciones horribles por dentro. Al menos ésta quería dejar afuera.
—Tienes que venir a conocer mi departamento. Tengo campo de polo y golf. Podría enseñarte.
—Prometo que iré. Te lo prometo, Elliot.
Esa fue la última conversación de ellos como desconocidos. Los meses posteriores trataron de hacerse tiempo para conectar y realizar salidas.
Cada día que Isabelle pasaba con Elliot Hiráldez, se olvidaba un poco más del dolor que David había profundizado en ella. Quizás por las tantas salidas nocturnas que tenían o las personas que pudo conocer a través de él. Incluso, la parte divertida del día en el que se juntaban a deleitar tragos en bares. Sentía que el alcohol no era el problema, sino, más bien lo que la persona hacía con eso. Podía ver en Elliot una capacidad de consumo seguro, que no lo llevaba a la desesperación por tenerlo, ni a la adicción, y de ahí, su gusto también por eso.
El joven Hiráldez, un año menor que Isabelle, de cabello castaño corto, pero que deja ver parte de sus rulos, ojos marrones avellanas, y una mandíbula consistente que asienta la notable sonrisa que suele usar a pesar de su connotación enojada por sus cejas, tiene otro tipo de adicción. El cigarrillo. Pero sentía que ese nivel podía tolerarlo.
Isabelle sólo tardó dos meses de haberlo conocido para decidir ir como visita recurrente en su apartamento junto con cualquier amigo que llevaba.
—¿Crees que tu padre no se opondrá a que esté en el curso?
—Si no dices que estás conmigo no pasará nada. Sabemos que no te ayudo, pero los demás pensarán que sí.—concluyó Elliot.
Todas esas semanas, le sirvieron a Isa para entender los diferentes puntos de vista con respecto a la dependencia. Esa odiosa palabra que desde allí comenzó a detestar, y a no querer volver a escuchar. Sin duda, de esa forma, prefirió irse a su lado mientras pueda encontrar otro lugar que no sea la suya. Necesitaba tranquilidad, espacio y mucha, mucha pero mucha inspiración. Que, obviamente, al enfermar su abuelo, que además no conocía, era imposible de que eso ocurriera.
Solía ir cada fin de semana a ver a Simón. Realizar salidas y ayudarlo con la apertura de su bar. El regalo de parte del abuelo moribundo, Mario. A pesar, de que se sentía algo injusto, ella entendía que la razón por la que se lo había dejado era particularmente por que el obstinado de Mario, no se sentía completamente seguro en que Isabelle pueda manejar un establecimiento de semejante tamaño. Sus días de consumo desmedido frente a él no lo dejaron con la mejor idea de que la joven pueda comprender la magnitud de la responsabilidad que conllevaba y que, tal vez, podría inducirla aún más en el alcoholismo.
Sin embargo, desde la vez que cruzó palabra con Mason Williams, aquella fogata en su cumpleaños que asistió también junto con Stefani, no se pudo desquitar tan fácilmente de su mirada. De la sensación de que había algo en él que le llamaba la atención. Pero también le provocaba una sensación rara. Le doblaba la edad. Parecía tener otro tipo de gustos diferentes a ella. Y , por último, y no menos importante, salía con su tía Stefani. Sería una locura siquiera pensar que lo veía como un "amor platónico", pero no tenía otra forma de definirlo. Si estaba cerca de él los nervios la controlaban, pero le daba una paz y tranquilidad poder hablar de cualquier tema, sin temor a ser juzgada, ya que al no conocerla profundamente, no habría miradas raras de por medio. Sólo podría ver lo que Isabelle quiera mostrar. Puede ser que estuviera cumpliendo su típico papel de "tío" que quiere ingresar en el círculo de confianza familiar, pero ella jamás lo vió así. Era más como un amigo con mayor experiencia. Con consejos y habilidades para dar. Y también creía que sería por tener la típica edad de dieciocho años en la que las hormonas podían adaptarse a cualquier hombre o mujer que le provocara atracción.
Odiaba los regalos particularmente. Debía ser lo más extraño en una persona. No obstante, ella no le agradaba la idea de que otras personas eligieran lo que sea para ella. Prefería ser ella misma quien lo haga. Sin hacer perder tiempo ni dinero. Y ver cómo Stefani y Mason se encargaban de obsequiarle algo en conjunto, la irritaba en el fondo.
—¿Crees que sabrás utilizarlo?—preguntó Stefani, luego de dárselo.
—Claro...Y sino podré ver de videos de YouTube, ¿no?—ríe nerviosamente Isa.
—Si quieres que realicemos algún cambio, avisa. No hay problema, en serio.—añade Mason carismático.
—¿En dónde lo consiguieron?—cuestiona Isabelle, intentando quedar amable.
—En un local cerca de la playa. Está alejado, pero podríamos ir.
Isabelle sólo asiente con la cabeza y guarda su regalo.
Sus amigos iban llegando de a poco. Necesitaban verla después de todo lo ocurrido. Y sinceramente, un sólo día no les alcanzaría. O mejor dicho, una sola noche.
Festejaron hasta la madrugada. Volvieron a tomar, bailar, cantar y terminar jugando a las cartas. Todo lo que se podía hacer en buena compañía. Pero los comentarios de sus amigas acerca de lo atractivo que les parecía Mason, por un lado, la ponía nerviosa. Sentía que estaban comentando más de la cuenta y más de lo que ella quería escuchar ya sabiéndolo. Y por el otro, le daba cierta tranquilidad pensar que no estaba tan errada ni loca por sentir eso hacia él. Verlo de esa forma. Y aún así, no haría nada que se lo demostrara. Simplemente admirarlo en su mente.
Mason solía vestir con ropa blanca. Outfits que estaban a la moda. Seguramente por ser inducido, a la vez, por la obsesiva, en cuanto a eso, de Stefani. Llevaba, casi siempre, también una gorra visera color blanca y algunas cadenas que parecían ser de plata. Su perfume era impregnable para cualquiera a quien saludara. Y la facilidad que tenía para entablar algún diálogo con personas a las que conocía y a quienes no, era admirable.
—¿Cuánto tiempo piensas quedarte, Mason?—pregunta Simón en aquella fogata familiar.
—Quiere entrar en aquellas batallas de boxeo que anuncian en el centro. ¿A ustedes les parece?—responde Stefani indignada.
—¿En serio?—añade otra pregunta Arnaldo.
—Siempre me gustó. De joven no tuve la posibilidad por unos problemas. Podría intentarlo.—responde Mason mirando de reojo a Stefani.
—Hice de todo para que sea mi co-ayudante en los procesos de producción de vestimentas.—revolea ella los ojos.
Isabelle había intentado escuchar esa conversación. Ella se encontraba a unos pasos de allí. Sentada en unos asientos de maderas, cortadas en pedazos de los árboles del lugar. Charlaba con sus amigos sentados frente a ella, mientras bebían de sus vasos rellenos de jugo de arándanos. Aunque, luego Isa comenzó a sospechar que sólo el suyo, en un intento por "cuidarla", contenía esa bebida. De vez en cuando, daba vuelta su cuello para observarlo conversar con su familia. Ponía atención a lo que decía cuando le hacían preguntas personales. Las voces de sus amigos ya sonaban como un eco indivisible.
Elliot no había asistido a sus dos primeros cumpleaños desde que la había conocido. Coincidía con días de viaje que debía acompañar a su padre si quería hacerse cargo del edificio. Y mucho más, siendo el único hijo.
—¿Crees que harás lo posible por intentar convencer a Elliot de que venga ésta semana?—cuestiona Aimara. La mejor amiga de Isabelle. La conoció por él, pero por ese momento estaba disgustados entre ellos, e Isa jugaba su papel de mediadora.
—Lo intentaré...—gira su cabeza nuevamente y los nota besándolos.—Lo...intentaré.
Sus padres habían visto con los mejores ojos a esa pareja. Tan sólo la idea de que pudiera formalizar con alguien tan amable, divertido, y más importante para su familia, que quiera integrarse es otra forma de apreciación. Siempre habían sido reservados en cuanto a conocer parejas de sus hijos, específicamente. Aún no conocían a Elliot muy bien. Sólo lo que su hija les había contado sobre él. Y ni hablar de la chica con la que salía Simón. Si no la hubieran visto en el día de su cumpleaños sentada junto a él en la mesa compartiendo unas cervezas, probablemente hubieran pensado que fue producto de su imaginación. Nada en contra de Simón. Es más, solían confiar más en él, para algunas cosas, que en Isabelle. Pero, al ser una persona tan reservada, y tan difícil de entender cuando se trata de una relación seria, no era muy factible creer que se la había jugado de una vez por todas.
Sin embargo, no estaban tan desacertados cuando notaron que ya no lo venía a ver con tanta frecuencia, y entendieron que, posiblemente, nunca lo logren comprender por completo en ese ámbito.
Normalmente, Simón siempre había sido apañado por su tía. Ella podía ser la única que no tenía algún problema con lo que hacía o pensara. Solían salir de fiesta incluso antes de que saliera con su pareja. Stefani se trataba de alguien que no le gustaba estar quieta en un lugar. Le gustaba innovar constantemente. Y si podía transmitir eso mismo a los demás, o al menos, a quienes tenía al lado, mucho mejor para ella. Pero lo que no quería era que las decisiones, ya sean familiares, o con su pareja, en ese caso, con Mason, se tomaran a la ligera. Como si no importara lo que se decía o lo que se hacía. Debían estar de acuerdo. Debía ser charlado, mínimamente. Por esa razón no le agradaba que Mason quiera meterse en el mundo del boxeo, a sus treinta y cinco años. Y menos, que no le había dicho como esperaba. Aún así Mason no hizo lo que había dicho. Siguió los pasos de Stefani. Realmente la apreciaba y no pretendía deshacer todo lo vivido por algo que veía como un sueño frustrado a la larga. Al menos, en ese momento.
Lo más difícil para Isabelle era tener que soportarlo en su casa todo el tiempo que Stefani decida quedarse. No desde un punto de vista malo, sino porque era difícil que pase por su cabeza lo que empezaba a sentir. Sin embargo, Elliot era su mejor cable a tierra para desconectarse de él. Para hacer lo correcto y poder enfocarse. Debía ser Elliot. Tenía que ser Elliot. Tenía que estar para Elliot. Y no paraba de pensar que por algo había aparecido en su desastrosa vida. En ese momento. De esa forma. Había escuchado, en esos momentos de curiosidad, que se iban a mudar, a unas horas de allí. Lo de Mason no era más que una distracción errónea y una obsesión ridícula.
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