Nadie había notado los gritos de la noche anterior. Para el bien de Isabelle, nada de esos chismes llegaron a los oídos de Stefani. Sólo le quedaba limpiar el ligero desastre que había quedado en la sala, las botellas que esperaban ser tiradas y el olor a humo de aquel cigarrillo de Elliot que necesitaba ser ventilado.
Se sorprendió, además, cuando notó una de las camisas preferidas de Stefani manchada con vino. Lo llevó inmediatamente al fregadero y lo enjuagó como podía en ese momento. Jabón y agua caliente. Lo colgó en el balcón. En un lugarcito apartado. Es decir, que no estuviera tan a la vista.
En ese momento, fue la primera vez que aceptó la razón que tenía Simón con respecto a que debía alejarse un tiempo de las bebidas. A veces, necesitaba que su hermanastro estuviera más cerca de ella. Por un lado para que pueda aconsejarla cuando fuera necesario, aunque de todas formas él también lo necesitaba de vez en cuando. Y por el otro, porque era el único, hasta ahora, que conocía al pie de la letra sus temores, ansiedades y debilidades. Sus padres, Arnaldo y Violeta, le habían dado la libertad, después de largas e interminables discusiones acerca de su independencia. Ella estaba segura a lo que se apuntaba cuando decidió irse a los diecinueve al curso de "Design&Paparazzi", que, de cierta forma, iba a ser la nave que la lleve a ser editora profesional de famosos y llegar a entrevistar sin la necesidad de tantos años de estudios. Y también, haberse mudado al otro lado de la ciudad. Hasta que, Elliot apareció en su vida, intentando seducirla con la idea de facilitarle la vida, pero por momentos, a pesar de que no tenían ninguna relación formal y estable, ella sentía como si fuera un hilo del que no se podía desatar tan fácilmente. Porque, en el fondo y a pesar de los errores que sentía que le había afectado por parte de él, sentía un cariño que no podría borrar. Como ese amigo que perdonas sus faltas una y otra vez porque sabes que cuando tú cometas las tuyas, de seguro esa persona sea una de las pocas que esté allí para tí. Y sin juzgarte. Esa es la principal razón.
Isabelle reordenó las cosas como pudo, y se dignó a buscar su atuendo para presentarse en el estudio. Quería informar de su proyecto. Necesitaba algo de esperanza, y sino, replantearía si seguiría con el curso.
Se quitó el maquillaje. Tomó varias tazas de café. Y una de las pastillas que utiliza para su resaca. Quería intentar empezar el día con el pie derecho. Aunque, las llamadas, perdidas, otra vez de Elliot no fueron el mejor de los regalos.
—¿Tienes mucha prisa, Isabelle?—pregunta su tía, Stefani llegando con dos bolsos en su mano, parecía haber hecho un par de compras.
—Tía...Creí que vendrías más tarde. Iré al estudio. La verdad creería que estoy llegando tarde, pero ya saben que no puedo ser puntual.—ríe nerviosa.
—¿Quieres que te lleve?—pregunta.
—No hace falta. Creo que sería mejor si espero a Simón. Me dijo que saldría del bar y lo dejaría libre para que lo limpien.
—Bien. Dile que venga a saludarme en algún momento. Siento que ha pasado bastante tiempo de haberlo visto.
—Claro. Es un despistado, sé que te extraña.—dice finalmente riendo y yendo decididamente a tomar el ascensor.
Esperó unos segundos y lo tomó. Estaba tan obsesionada con que su atuendo se viera de la mejor manera posible, que se miró en el espejo del elevador sin darse cuenta que la otra persona que estaba dentro era Aron. Y cuando lo vió, nuevamente se sorprendió.
—Aron...lo siento. No te había notado.—comenta Isabelle inclinándose a saludarlo.
—Esperaba a que me vieras para saludarte. Tal vez no me reconocías.
—Es que tengo la cabeza en justamente el proyecto del que estamos hablando. Pero...¿qué haces aquí?
—Vine a reparar una filtración. Aprendí mucho de mi padre. De algo tiene que servir lo que acabo de hacer.
—¿En serio? Creía que sólo te dedicabas al gimnasio y al modelaje.—responde ella mirándolo lentamente.
—¿Sería un halago o una menospreciación?—ríe.
—No...no lo veas de esa forma—ríe también—Sólo que no creí que supieras hacer tantas cosas. Aunque imagino que si te pagan por eso, sí te servirá.
—Puede ser. Pero ésta vez me arriesgué porque la que me pidió era muy amable. Y...muy linda—se acerca y cubre su boca con su mano izquierda haciendo que sus palabras se escuchen en un susurro.
—¿Quién?—cuestiona Isa levantando una ceja.
—Me dijo que se llama Sarah.—respondió él sonriendo.
—¿Sarah?—pregunta nuevamente ella mientras ambos bajan y llegan al primer piso.
—Sí. ¿La conoces?—preguntó ahora él.
—Sí...—responde y posteriormente se retracta—Quiero decir he escuchado su nombre, pero no la conozco.
—¿Y de dónde la has escuchado?
—Alguien me la había mencionado.—miente, recordando haber visto ese nombre en el celular de Mason. Aunque no podía asegurar que se tratara de la misma persona. Pero, considerando que están en el mismo edificio, probablemente su intuición no estaba tan errada. Quería seguir cuestionándolo sobre ella, pero era bastante notorio su apuro por llegar al entrenamiento.
—Iré al gimnasio ahora. Si te parece, me dices lo que te dicen y proseguiremos a charlar sobre lo que quieras escribir.—dice él finalmente mientras se coloca una campera negra y "cierra el cierre.
—¡Claro! Te avisaré.—responde ella saludando con su mejor cara de agrado. No porque le cayera mal él ni lo que dijera, pero si había algo que a Isabelle la ponía de cabellos en punta, eran tres cosas. La dependencia. La crítica. Y los celos. Eso último era lo que menos sabía manejar.
Simón no aparecía en todo ese trayecto. Así que a ella no le quedó otra que llamarla una y otra vez. Sin embargo, en cada uno de esos intentos ninguno le resultó óptimo.
Estaba por subir arriba nuevamente para solicitar la ayuda de su tía. Hasta que Mason aparece llegando a esa hora. Todo parecía prudente, pero al parecer él no la había reconocido como para frenar justo antes de pasar por el desagüe de la vereda.
Isabelle terminó empapada en parte de las rodillas y parte de su saco, que fue su escudo al tapar su rostro con sus brazos.
—¿¡Qué diablos haces idiota!?—grita Isa desesperadamente.
—¿Isabelle?—pregunta calmadamente Mason apenas baja del auto, intentando entender si sus ojos la veían bien.—¡Isabelle!—grita finalmente dirigiéndose hacia ella.
—Eras tú Mason. No lo sabía...pero, ¿qué me hiciste? Mira me tendré que cambiar nuevamente. ¡Que día para mí!
—Si tienes que ir al estudio yo te puedo llevar.
—Es que no puedo aparecer de ésta forma, Mason. Toda inmunda.
—Escucha. Escucha.—prosigue él apoyando sus manos en los hombros de ella.—Sube al auto, te llevo y puedes utilizar la ropa que acabo de traer de la lavandería.
—¿¡Qué!?—se asusta ella—¿Quieres darme ropa de alguien más? ¿De ella?
—¿De quién? Mi ropa no es tan mala. Tengo algunas camisas y pantalones negros, podría quedar bien con tu saco, que no está tan manchado.
Isabelle simplemente sube al auto resignada. No iba a someterse a pensar qué ropa usar en el horario en el que estaba cuando ni siquiera tenía la firma asegurada.
Se abrochó el cinturón y prendió la radio. Sweater Weather de The Neighbourhood, los acompañaba en ésta ocasión.
Necesitaba intentar que su angustia no sea tan notoria si quería convencer de algo a alguien.
—¿Hoy irás a entrenar?—comentó Isa para romper el hielo que parecía haber entre los dos.
—Sí. Iré más tarde. Noté que Aron salió del edificio, ¿no?—cuestionó él.
—Sí. Raramente me lo encontré allí. Está reparando algo, creo.
—Qué bien. Probablemente nos toque pelear juntos la semana que viene.—respondió sin más Mason.
—¿Cómo? ¿Ustedes dos?
—Sí. Es una desventaja para mí porque no soy tan joven como él, ni tenga las mismas fuerzas.—prosiguió girando su cabeza hacia ella.
—No. No digas eso...—intentó apaciguar Isabelle apoyando su mano izquierda en el antebrazo derecho de él.
—Es que...A ver, ¿quien crees que podría ganar?—pregunta él levantando sus cejas.
Isabelle sólo ríe, pero, al ver que Mason demostraba necesitar una respuesta, prefirió cambiar de tema. No quería herir sus sentimientos mencionando que Aron tenga más oportunidades visiblemente.
—No los he visto practicar realmente. No podría darte una respuesta certera.—continúa diciendo con una simple mueca.—Mira...yo, por ejemplo, debo competir con alguien que lleva más años de experiencia en todos los procesos de edición. Además de que tiene a todos embobados. Y ni te digo del personaje que se cree superior por ser muy allegado a algunos famosos. Eso podría bajarme de la nube. Pero no. ¿Por qué a tí sí?
—Entiendo.—responde únicamente él.—Ahora veo de lo que me estaba perdiendo.
—¿De qué?
—De...disfrutar el proceso.—concluyó viéndola nuevamente.
Isabelle lo observaba de vez en cuando, y se mordía la boca para no mencionar a la tal "Sarah" que parecía perseguirla por donde fuera.
Llegaron un rato después. El tráfico aquel mediodía estaba completamente sesgado.
El viento soplaba cada vez más fuerte, y sumado al frío, no era una buena opción esperar demasiado tiempo afuera.
Entraron inmediatamente. Isabelle se dirigió al escritorio que suele utilizar y abrió la puerta del baño con la llave que tenía en su bolsillo.
—Bueno. Aquí te dejo las cosas.—responde él dejando su mediano bolso de cuero marrón en la silla.
—Intentaré usar algo.
—Creo que bajaré para estacionar el auto en otra parte.—comenta él observando por la ventana al lado de la mesada su auto ubicado del otro de la calle.—¡Diablos!
—¿Qué sucede?—pregunta ella del otro lado de la puerta del baño.
—Están cayendo granizos. Era de esperarse con esa lluvia.—se resignó.
—Quédate porque podrías lastimarte.
—Me sentaré aquí.
Isabelle se desquitó de su abrigo, su camiseta, y su pantalón ajustado blanco.
Dentro de las opciones, se inclinó por un pantalón de gabardina color azul intenso. Se lo había visto una vez a Mason. Y realmente le había gustado como le quedaba a él. Se observó, entonces, en el delgado espejo en la pared y, mirándose cómo le quedaba, apretó lentamente con sus manos el pantalón de cada una de sus piernas. Una sensación incontrolable estaba manifestando. Como si el tiempo no estaba funcionando.
Sentía una forma de excitación que no había sentido antes. Y provocó, sin querer, un leve suspiro.
Mason tocó la puerta. Quería averiguar si estaba todo en orden.
Isabelle deja inmediatamente de apretujarse el pantalón con euforia y se dedica a intentar quitarse su apretado corset. Siempre lo había utilizado en este tipo de reuniones.
Estaba empezando a volverse loca al darse cuenta que no había forma de quitárselo.
—¡Maldición!—se desespera.
—¿Qué te pasa?
—No...nada. Es que...Diablos. Se me atascó nuevamente.—responde ella vergonzosamente abriendo la puerta lentamente, pero dejando ver simplemente su cabeza y bajando su mirada.
—¿Quieres que llame a alguien?
—Todos se suponen que se encuentren en el piso de arriba. No quiero pasar más vergüenza. Lo dejaré así.
—Mira...Acércate.—responde él levantándose de la mesada en la que se había apoyado.
—¿Para qué?
—Sólo ven.
Isabelle se acerca y suelta el abrigo que tenía en su mano.
Mason toma una de las camisas que, al parece, no le había convencido demasiado a ella. Se trataba de una simple, color azul intenso. Al igual que el pantalón. E insistió para que se lo probara. Ella lo recogió de sus manos y lo intentó.
—No quedará bien con esto abajo. Ese es el problema.
Mason sólo inclina la cabeza y se dispone a ayudarla. Se acerca, y termina de abrocharle los botones de abajo con los que no había querido continuar.
—Mmm, pero...—intentó decir ella viendo cómo sus ojos celestes penetrantes se enfocaban en que su camisa se ajuste a su cuerpo.
—Ahora...—prosiguió él levantando la vista.—Permíteme. Ajustaré un poco más mi camisa. Y creo...que ya está.
Isabelle se recoge el cabello. Estaba sintiéndose acalorada, y, sumado al apuro que tenía, no era para menos. Sin embargo, podía escucharse la intensa lluvia de afuera, y, eso hacía que los segundos de silencio no se sintiera incómodo.
El momento en que sus manos rodearon su cintura, Isabelle quedó completamente plasmada.
La camisa quedó, entonces, por encima de su corset y amoldado a ella. Las mangas quedaron por encima de sus manos. Así que él se acercó nuevamente y, sin preguntar, recortó, con una de las tijeras del vaso en el escritorio, parte de las mangas. Dándoles una forma "aesthetic", como suele llamarse a ese estilo. Y sus dedos, colocados en los agujeros de la camisa.
—¿Hace calor?—pregunta ella y su respiración se agitaba.
—Afuera está lloviendo cada vez más fuerte. No lo creo...
—¿Cómo aprendiste a hacer algo así?
—El estar con Stefani me sirvió de algo...—continuó.
Se quedaron mirándose unos segundos, hasta que se escucharon ruidos en el pasillo. Eso incentivó a que Isabelle se concentrara y, por fin, saliera por la puerta con sus informes realizados la madrugada anterior y su cámara en mano y se dispusiera a dirigirse al salón con Marion.
Mason quedó recogiendo la ropa tirada. Y se sentó, después, en la silla mientras hablaba con su entrenador. Tenía que enfocarse también si quería llegar lejos como tenía planeado desde que cruzó ese gimnasio por primera vez.
Cuando decidió ir al baño, notó algunas de las fotos descartadas por Isabelle en el bolso. Obviamente se trataba de las tomadas a Aron. Las observó detenidamente. Sabía que no había nada mal en él, pero tampoco le tenía tanta confianza como para creer que su próxima pelea sería tan tranquila como le decían. Debía entrenar más de lo que venía haciendo.
Se quedó observando, luego, la foto de Isabelle colgada en medio de la pared enfrente de su escritorio. No inspiraba la alegría de una niña dulce, como la había descrito hace años atrás. Sino, más bien, el de una joven con una rudeza inquebrantable. Y, que, a la vez, poseía una mirada triste. Quizás ese tiempo que no la había visto, pudo haber servido para que ella experimentara las faltas de la vida. Las incomprendidas acciones de las personas o las injustas situaciones que se interponen en el camino, y por fuerza total, sin el más mínimo control de uno mismo ante eso.
La imagen en sí, era de ella sosteniendo un diploma en su mano. Llevaba un ajustado vestido negro que combinaba con los rulos de su cabello. Sus padres, y su hermanastro, acompañándolas detrás.
Mason sonrió al recordar una escena en su cabeza, en la que junto con Stefani, le habían regalado a Isa una caja de joyas. Que habían logrado conseguir en una casa de empeños. A ella no le había gustado tanto. No lo había dicho de forma explícita. Pero, al no habérselo visto nunca desde ese día, probablemente podía ser más que obvio.
Había algo en ella que lo debilitaba.
A veces, un amor, dos bocas, una habitación, y ropa tirada no necesariamente significa que el deseo gane el juego.
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Comments
Ramona Peloso
empecé a leer esta novela y la verdad no entiendo mucho de que se trata , porque al comienzo fue muy flojo la explicación de la historia 🤔
2023-07-16
1
Edith Jimenez
Masón te atrae Isa pero no le insinuas nada
2023-06-01
0