Isabelle llegó al bar de Simón un rato después de que Aron la dejara en el apartamento. Ni siquiera se volvió a cambiar de ropa. Tenía ganas de visitarlo. Y mucho más si sentía que aún quedaba más de ella por desahogarse.
Simón la recibió un rato después de que abriera. Los clientes tardarían aproximadamente una hora en ir llegando. Él aprovechas para despejar el lugar e ir acomodando las mesas.
—Dime que te has sentido mejor éstos días.—cuestiona Simón acercándose a Isabelle y llevándole un té.
—Claro que me he sentido mejor. A que no sabes de dónde estoy viniendo.—continúa ella apoyando sus brazos en el respaldo del sillón esperando a que él la acompañe en la charla.
—Mira, de tí no sabría decir con exactitud de dónde podrías estar viniendo. Sin ofender Isabelle.
—El día que tú me ofendas estaré volando sobre la luna, Simón.—ríe.
—A ver dime.
—Fui a la conferencia de Jon Kortajarena.—comenta ella abriendo los ojos.
—Espera...¿sólo así lo dices?—cuestiona él entrecerrando sus ojos.
—¡Mierda! ¡Fui a la conferencia de Jon Kortajarena!—continúa ella más eufórica.
—Ahora está mucho mejor.—sonríe—De seguro te ha encantado. Debiste salir sorprendida de haber estado allí.
—En realidad, más de lo que esperaba.
—Lo imagino.
—Es que...fui con Aron.
—¿Has ido con Aron? ¿Y yo qué? Bueno. Es probable que me hubiera aburrido como una hostia pero te hubiera acompañado.—continúa él alzando sus manos.
—Sabía que dirías eso, así que lo evité con justa razón—ríe.
—¿Y se durmió o pudo aguantar?
—Él terminó mucho más atento que yo. Pero, curiosamente era amigo no sólo del manager de Jon sino que, por lo que escuché, también del mismo Jon.
—¿Hablas en serio?
—Más en serio que nunca. Nadie nunca me había sorprendido de tal forma. ¿Acaso era la única que no tenía suerte cuando se acercarse a él se tratara?—prosigue ella bebida su té.
—¿Y eso último por qué lo dices? ¿Aron no fue contigo?—cuestiona él apoyando nuevamente sus codos en sus rodillas. Mostrando aún más interés en su conversación.
—No estaba hablando de Aron, Simón. Me refería a Jon. Incluso una muchacha se atrevió a besarlo. Mmm, en realidad él fue quien se acercó a ella. Aún más envidiable.—resopla ella.
—Oh. Ahora entiendo tu agobio. Y bueno. Si Aron conoce al tal Jon, entonces puedes conocerle.
—Es que me daría demasiados nervios. Pero me enfadé con él porque no me lo dijo. Actuó como si no fuera algo sorprendente. Si él me lo hubiera dicho antes de entrar me hubiera vuelto loca.
—¿Y qué hiciste con él? Dime que no le hiciste daño.—bromea Simón.
—Al único hombre que podría hacer daño sin necesidad de pedir rescate por eso, sería a tí.—ríe.
—¿Te dejó en el apartamento o te trajo hasta aquí?
—Me dejó en el apartamento. Tenía ganas de venir aquí porque me estaba sintiendo sola. Y sabes que no me gusta.
—¿Y qué hay de él? ¿Es mala compañía?
—No. Pero tenía cosas que hacer. Recuerda que no sólo tata baja para la tal Sarah, sino que también es modelo y boxeador aficionado. ¿Crees que tiene tiempo para cuidar de una asustadiza como yo?
—Estoy por abrir la puerta principal. ¿Quieres quedarte en este sector o quieres ayudarme?—cuestiona Simón levantándose mientras jugaba con el trapo que tenía en la mano derecha.
—¿Y en qué te ayudaría exactamente?
—Tengo que ir armando de a poco todo lo que tenga que ver con el piso de arriba. Es decir, todos los cuartos tienen que ser ventilados e ir arreglando todas las cosas. Aquí abajo estarán bien. Los mozos y los bartenders no necesitan ni colaboración.
—Está bien. Debería hacer mi papel de buena hermana de vez en cuando. Y por qué no comenzar en este preciso momento, ¿no?
Simón sólo ríe y la lleva a que la siga por las escaleras.
Stefani y Mason habían llegado tan sólo dos horas después del mediodía.
Ya podían saborear los platos principales junto con algunos empresarios que debía conocer Stef en el hotel y luego se dedicaron a esquiar en la pista de hielo. La invitación del hotel había dado tres lugares turísticos para visitar. Stefani los había recibido a todos. Ella era fanática de la naturaleza y amante de los viajes en auto. No podía esperar a que fueran las cinco de la tarde para que puedan emprender su rumbo a Puerto de Navacerrada.
Finalmente, cuando la alarma los despertó de su siesta, pudieron ducharse y dirigirse allí. Las rutas del camino eran finitas y empedradas al principio. Luego se iban transformando en angostas y muy delicadas. Más el frío y la leve lluvia que se estaba manifestando nuevamente, hacia que las ruedas del auto tendieran a resbalarse en pequeños e inoportunos momentos.
—¿Sabes si hay otra alternativa de ruta?—cuestiona Mason mientras conducía.
—La realidad es que, a veces, cuando venía para aquí nunca presté atención a esas paradas. Este camino era un poco más largo y, en mi caso, lo disfrutaba aún más.—continúa Stefani poniéndose una campera de lana.
—Tal vez podríamos hacer una parada y esperar a que el auto, incluso, descanse un poco. ¿Qué te parece?
—Me parece perfecto. Tal vez podríamos tomar el café caliente que traje para aprovechar.
Mason sonríe. Le agradaba la calma con la que Stefani tomaba a cada situación.
Mason terminó queriendo intentar una maniobra con el auto cuando se dió cuenta que poco a poco se iba quedando atascado en medio de la nevada que iba cayendo.
Ambos se miraron. No precisamente porque no sabían cómo continuar. Es decir, les asustó la situación en principio pero les hizo recordar una profunda anécdota. O más bien, un recuerdo que al parecer ambos lo habían reprimido todo ese tiempo que no se habían visto. Hace tiempo atrás habían llegado a un simple acuerdo. Cuando iban por los cinco meses, ambos enamorados querían llegar a comprometerse. Y hacerlo, en lo posible, de alguna forma que pudieran recordar a pesar de que el tiempo los persiguiera. Stefani quería que fuera algo en la naturaleza. Es decir, que sea al exterior. Al aire libre. Y Mason, en algún lugar frío. No era muy admirador de los ambientes cálidos. Eso si era lo que habían podido definir en conjunto. Y así, terminaron optando porque el lugar fuera en la nieve. Y el estar allí, sentados, uno frente al otro, sin saber qué más decir y con la nieve en todo su alrededor hubiera sido un sueño un tiempo atrás. Ya no quedaba nada de esa ilusión. Pero el apoyo y amor que intentaban mantener, hacía que las cosas fluyan.
Mason decidió continuar con el trayecto. A veces sentía que el acercamiento con Stefani lo incomodaba un poco. Pero también que le agradaba su compañía. Varios momentos le hacían recordar a épocas pasadas.
—¿Que es eso?—pregunta ella viendo cómo un par de pequeñas colillas de granizo en forma de flor caían sobre el vidrio delantero.
—¿No eran de esos que a tí te gustaban? Yo nunca había llegado a comprender a qué te referías—ríe—Es más, creía que lo estabas inventando.
—¿Cuanto tiempo podremos seguir pensando en que volveremos antes del anochecer?
—No lo sé. Espero que pronto.
Apenas Mason termina de decir esa frase y comienzan ambos a ver cómo más y más piedritas caían del hielo. Como si hubiera un barril si fondo arriba de ellos.
—¡Cielos! Son más de los que me hubieran gustado ver—dice ella nerviosamente.
Mason sólo sonríe.
—¿Qué? ¿Qué sucede?
—Es que me gusta tu expresión por sorprenderte del granizo de nieve que cae.
—Ahora no podremos avanzar. ¿Crees que si me río quedaría muy ignorante?—pregunta ella levantando una de sus cejas.
—Yo creo que a ésta altura, podemos reírnos de todo.—responde él.
Ella sonríe finalmente ante ese comentario.
Esperaron, entre charlas, fotos y vasos de café, que el clima mejorara. Nada de ese tiempo de espera fue suficiente. Porque la nube seguía cayendo. Aunque el camino de la ruta se pudo ir despejando aún más de a poco. Mason bajó del auto y con un montón de diario que tenía en el baúl del auto, los apretujaba para formar una especie de esponja que soporte el peso de todo ese hielo, para derribarlos hacia el piso.
—Wow. Te has convertido en un parabrisas humano ahora.—comenta Stefani riendo fuertemente.
—Mira...—responde él entregándole una de esas piedritas en forma de flor que pudo rescatar del vidrio a Stefani.—Siempre quisiste saber si se eran fáciles de deshacerse o no. Ahora ya lo puedes comprobar.
Stefani los sostiene en sus manos y terminaron deshaciéndose. Pero había durado mucho más tiempo del que creían. Aún así, guardó parte del hielo que no llegó a convertirse en agua. Continuaron su rumbo a pasos lentos para no desviarse del camino. Todo hacía prever que el tiempo seguiría igual de inestable por ese momento. No podían arriesgarse.
A unas pocas cuadras de cuando decidieron continuar a pesar del fuerte viento, el auto se trancó con un trozo de madera que se desprendió de uno de los árboles más gruesos. A Stefani no le asustaba mucho. Pero a Mason sí. No estaba seguro de que las ruedas pudieran soportar. Así que volvió a bajar para correrla de su camino. Stefani ésta vez bajó con él.
—No había notado los fuertes brazos que estás teniendo.—comenta sonriendo.
Mason ríe nerviosamente.
—Es normal que suceda después de cómo vengo entrenando. Realmente me está ayudando.—explica él.
—Creo que es algo de las pocas cosas que podría decir que me agradan. El hecho de que tengas que pelear y aceptar ser golpeado es algo que no voy a entender nunca.—continúa ella acariciando su mejilla suavemente.—Este rostro no puede ser golpeado.—prosigue mirándolo fijamente y acercándose lentamente para conseguir un beso. Sin embargo, Mason se da cuenta de su atrevimiento y ésta vez se corre a un costado sigilosamente. Intentando no quedar tan descortés como Stefani. Sentía que no quería ser él quien vuelva a poner los pies de cabeza a Stefani.
Stefani se vuelve a poner seria. No entendía cuál era el problema exactamente con Mason.
Cuando pudieron llegar a la cabaña. Ambos se dieron una ducha. Aprovecharon la calidez que les brindaba la fogata que el lugar tenía y cocinaron malvaviscos mientras la noche iba apareciendo eso a través de la luna que se manifestaba en la ventana.
Estaban con ropa cómoda. Por fin podían sentir que no veían algún peligro del que tengan que huir o arreglar.
—Stef...—intentó decir algo cuando levanta uno de los malvaviscos de ella que se le cae en la alfombra.
—Mason...—continúa ella agarrando lo que él le ofrecía.
—No quiero que tengas una idea errónea de mí.—explica.
—¿Idea errónea como qué?—pregunta ella.
—Como que creas que no me importa tu opinión o que no me alejo de tí. Algo así. Si es que lo estabas pensando...—continúa con la mirada hacia abajo.
—¿Sabes que jamás te había escuchado hablar así? Tan sincero y cerca de mí.
—¿Crees que me entiendes entonces?
—Claro que sí. Sé que obviamente todo lo que pensamos no vamos a coincidir del todo, pero, tal vez, hablándonos así como lo estamos haciendo ahora, es muy probable que tu perspectiva sea más clara que la mía.—continúa ella sonriendo aún más.
Mason asiente.
—Recuerdo cuando te pedí que vinieras porque todo había salido mal con Bruno. El Bruno que creíste que te había ganado. Al que querías llegar el día de mañana. Tan sólo porque él demostraba ese aire de petulancia y arrogancia. Donde el dinero tapa todo lo que la persona realmente es. ¿Recuerdas?
—Claro que lo recuerdo. Él era más que tú. Nunca lo había entendido. Supongo que hasta hora.
—Tal vez algún día entiendas que la edad no te hace menos atractivo. Eso depende de cómo te veas y cómo seas.
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