Sus hombros se encogieron al escuchar los disparos.
Miró hacia la persona que la había salvado, pero toda su piel palideció al verlo. Aún le llevaba una buena distancia, pero desde su posición no tardó en reconocerlo. Era inolvidable para ella.
Su cuerpo robusto, su enorme estatura, aquel ridículo pasamontañas negro lleno de agujeros que siempre llevaba cubriendo su grasiento y apestoso cabello castaño oscuro. Una tupida barba cubría gran parte de su rostro que alguna vez pudo considerarse atractivo. Pero que para ella era lo más cercano al aspecto del mismísimo diablo.
En sus manos llevaba un fusil negro de asalto que bajó enseguida al batir a su objetivo. Caminaba tranquilamente en su dirección, como si no tuviera necesidad de correr para atraparla nuevamente entre sus garras.
—Mierda —se levantó rápidamente del suelo, dejando atrás el cadáver acribillado de la mujer que apenas hace unos segundos intentaba morderla.
Empezó a correr nuevamente sin detenerse a mirar a su espalda. Bien sabía lo que se encontraría y no estaba dispuesta a distraerse con su presencia.
Su corazón palpitaba con fuerza dentro de su pecho, amenazando con vomitarlo en cualquier momento.
«No… no pienso volver»
Los recuerdos de todas las violaciones y maltratos físicos que había recibido todos estos años, volvieron a deslumbrarla como fogonazos molestos de luz. La sensación de su mugriento miembro causando estragos dentro de ella, el aroma de su grasiento cabello, el escozor de su barba entrecana en la boca de su cuello, los sonidos roncos que salían de su boca cada vez que la atravesaba una y otra vez sin delicadeza ni compasión…
Era el infierno para ella… y ahora que finalmente había probado la libertad, no estaba dispuesta a volver a esa tortura.
Preferiría morir primero.
No supo por cuánto tiempo estuvo así, pero llegó a cierta zona de la ciudad donde se habría una calle que llegaba al centro de la ciudad donde desde su posición podía ver perfectamente la estatua de bronce de algún personaje importante en un pequeño parque con bancos. Justo detrás se veía un gran edificio blanco de tres pisos que no tardó en reconocer seguramente como la comisaría de la ciudad.
Las esperanzas volvieron a surgir en su interior y cuando a punto estaba de volver a gritar por ayuda, los disparos se alzaron nuevamente impactando demasiado cerca de sus piernas para su gusto. Cuando una de las balas rozó su pierna derecha, no pudo evitar que su cuerpo se desplomara de cara al suelo.
Debido a la velocidad en la que corría, su cuerpo cayó casi derrapando por todo el asfalto, raspando sus rodillas y parte de su pecho y brazos desnudos.
Se mordió el labio inferior para evitar gritar de dolor. No quería demostrar debilidad de nuevo frente a él. Si la iba a volver a tomar, se aseguraría de mantener su orgullo lo más en pie que podía.
Los lejanos recuerdos de su pequeña familia volvieron a inundarla. Se veían algo borrosos en su mente, pero había intentado con todas sus fuerzas no olvidar sus rostros. Guiada por la voluntad de querer volver a ver a su familia, prácticamente se arrastró por el suelo. Un acto ciertamente inútil, pero que para ella representaba su negativa a rendirse tan fácilmente.
Al poco tiempo, sintió su presencia demasiado cerca de ella. Su mano envolvió su cabello y levantó su cabeza con fuerza, provocando otro quejido en ella.
El no dijo ni una sola palabra, como ya era costumbre. Solo se limitó a arrastrarla por el suelo, agarrandola del cabello para devolverla al lugar en el que la había confinado en contra de su voluntad.
Ella arañó y forcejeó intentando liberarse de su control. Una tarea más que inútil ya que el secuestrador apenas se inmutaba.
—¡Suéltame! —gritaba ella desperada con la voz ahogada en el llanto— ¡Sueltame por favor… no quiero… no quiero volver!
La frustración y el dolor era más que notable en sus gritos, y justo cuando comenzaba a pensar que no había esperanza para ella, otros disparos se alzaron.
De inmediato el secuestrador la soltó del cabello y como todo un profesional, agarró el fusil y se encorvó levemente, apuntando a la persona que le había disparado, mientras retrocedía para ocultar parcialmente su cuerpo en un auto abandonado y algo oxidado.
Se encontró con una mujer alta y delgada, de cabello rubio corto y ojos azules, la cual agarraba una gran escopeta negra en sus manos con la culata apoyada en su hombro derecho.
—Maldito desgraciado —siseo ella entre dientes, la cual había sido testigo de lo que ese hombre le estaba haciendo a esa pobre niña semi desnuda que fácilmente podría tener la edad de su hija Zoe.
No quiso ni imaginar que cosas le habría hecho anteriormente.
La joven la vió y no pudo evitar sentir alivio.
—¿Estás bien? —le preguntó Liz cuando finalmente llegó a su posición, pero sin dejar de apuntar su escopeta hacia el hombre que aún se ocultaba detrás de un auto, apuntando au fusil de asalto directamente hacia ella.
La tenía en la mira, pero Liz también lo tenía justo a su alcance. Si ese malnacido se atrevía a dispararle, ella se aseguraría de que su cabeza explotara en miles de pedazos por los perdigones de su escopeta.
La muchacha respondió con un débil y ronco “si”. Se veía bastante delgada y maltratada. Tanto, que los huesos se podían ver fácilmente a través de su piel oscura.
—¿Qué te hizo ese hijo de puta? —preguntó sin apartar la mirada del hombre.
La muchacha se arrastró, ocultándose prácticamente detrás de la rubia. No tenía fuerza para ponerse en pie y tenía la pierna herida.
—El… —tragó saliva antes de terminar de hablar. Las lágrimas caían como cascadas de sus ojos—. El… el me secuestró hace seis años y… desde entonces he vivido en su sótano… Yo… yo solo quiero volver a casa con mi mamá… —terminó rompiendo en llanto al no poder soportarlo más.
Brianna no dió crédito a lo que escuchaba. La furia no tardó en quemarla de pies a cabeza como fuego abrasador.
—Hijo de puta mal parido…
Levantó su escopeta dispuesta a dispararle definitivamente. Apretó el gatillo y los perdigones no tardaron en salir, acompañados de un fuerte estruendo.
El secuestrador lo esquivó con habilidad y con la espalda encorvada corrió y se ocultó en un callejón entre una cafetería y una casa de empeños.
Brianna rastrilló nuevamente la escopeta y avanzó dispuesta a cazarlo si era necesario pero la voz de su esposo Jon la detuvo.
—¡Brianna, espera! —ella lo miró sobre su hombro y notó que su esposo sostenía entre sus brazos a la joven inconsciente— Al parecer se desmayó por el shock. Tenemos que llevarla a un lugar seguro donde podamos tratar sus heridas.
Brianna maldijo entre dientes y volvió a mirar al callejón por donde se había ido. Deseaba seguirlo y terminar lo que había empezado. El hijo de puta si que sabía moverse. Sospecho que seguramente se trataba de algún exmilitar.
Sin embargo, al final no tardó en hacer lo que decía su esposo.
No sabía, cuanto se arrepentiría después de esa decisión.
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