11.

Cuando llegó a la cafetería del ala de cirugía, Zoe se detuvo justo en el umbral de la puerta. Le dió un leve vistazo a su entorno y notó que no era un lugar muy grande. Era un pequeño salón con apenas tres o cuatro mesas, dos máquinas expendedoras llenas de confituras y todo tipo de bebidas y un pequeño mostrador y una mini cocina donde seguro se preparaban las hamburguesas.

Este lugar a diferencia del resto del hospital estaba más limpio y organizado, aunque había una que otra mesa volcada junto con sus respectivas sillas.

André se encontraba sentado en una de las mesas cercanas a la ventana, contemplando el paisaje exterior con aire distraído y monótono. Zoe se acercó a el con paso pausado y se sentó justo enfrente de él en uno de los asientos de la mesa, llamando la atención del susodicho.

Al verla, el reo sonrió abiertamente, complacido con su presencia.

—¿Con que al fin te dignaste a venir? —contempló con cierto deje de burla. Zoe en cambio no pudo evitar poner los ojos en blanco y agarró un paquete de patatas que yacía encima de la mesa metálica.

—Tengo hambre, no pude evitarlo —se explicó mientras abrían el paquete de un jalón y se llevaba una patata frita a la boca.

André no pudo evitar sonreír aún más por su respuesta, pero no duró mucho y con una expresión preocupada no pudo evitar preguntar:

—¿En serio estás bien? Parecías bastante afectada hace un momento.

Zoe tragó con cierta dificultad la siguiente porción que sacó del estuche y se encogió de hombros algo incomoda al tener que recordar nuevamente aquella horrible pesadilla.

—Fué un sueño horrible  y terriblemente real. En verdad pensé que iba a morir —admitió con un leve temblor recorriendo su fisionomía.

—De dónde vengo, solemos darles muchos significados a los sueños. —admitió André, robando otra patata del paquete de Zoe. Esta apenas se inmutó, atenta a sus palabras— A veces, por muy absurdos que sean, están más cercanos a la realidad de lo que creemos. Es la forma que tiene el subconsciente de advertirte de un peligro que no puedes ver a simple vista.

Zoe frunció el ceño ante sus palabras y cabizbaja volvió a preguntar:

—¿Crees que esas cosas, sean lo que sean, algún día podrán llegar a nosotros?

André se encogió de hombros recostando su espalda en la silla metálica sin dejar de masticar.

—Lo único que te puedo decir, es que debemos estar alertas siempre. Si reaccionaste de aquella manera por esa pesadilla, es porque de seguro algo muy malo va a pasar pronto, y debemos estar preparados para ello.

(...)

Bri se terminó rápidamente sus frijoles enlatados y lanzó el recipiente vacío hacia la carretera, por el cristal de la ventanilla de la camioneta. No podía dejar de sentirse nerviosa y comer era lo único que la ayudaba a relajarse ya que no tenía alcohol encima.

Saboreó los restos de frijoles en su boca y los tragó con cierta amargura, observando el paisaje de la carretera mientras su marido manejaba.

Habían estado conduciendo un buen tiempo por la carretera que rodeaba la ciudad en busca de algún punto muerto que les permitiera pasar, evitando así la vigilancia de los militares que resguardaban la ciudad, pero no habían tenido mucha suerte.

Jon por unos segundos pensó en matarla y aprovechar el caos para poder entrar a la "Zona Muerta" pero de inmediato retiró esa idea de la mente. La doctora Megan era una mujer inocente y no merecia morir, a pesar de los secretos que seguramente ocultaba. Además... Jon no era un asesino... Nunca podría hacer daño a otro ser vivo.

De repente los recuerdos de su padre llegaron a su mente como un flash y Jon cerró los ojos con fuerza para olvidarse de ellos nuevamente.

No soy un asesino...

—¿En qué piensas? —le preguntó Bri al notar su ceño fruncido y la expresión ausente en su rostro.

—Nada —le respondió secamente con la vista fija en la carretera.

—Bueno... si no estás pensando en nada es mejor que empieces a hacerlo. Tenemos que pensar en una forma de entrar a la "Zona Muerta" sin ser vistos.

—Lo sé... —admitió Jon arrascandose su barba creciente— Por un segundo se me ocurrió algo pero... —dudó si decírselo a su esposa o no.

—¿Pero? —insistió Bri curiosa.

—No creo que sea una buena idea.

—Bueno... no lo sabremos a menos que lo hablemos ¿no crees?

Jon miró a su esposa de reojo y tragó saliva sonoramente. De seguro esa idea le gustaría mucho a su esposa, pero Jon no era como ella, no había vivido lo que ella había vivido. Su corazón no estaba endurecido como el de ella, por eso nunca sería capaz de hacer algo como eso.

—No... —negó rápidamente— No te preocupes por eso, es una mala idea.

Bri se encogió de hombros con despreocupación y siguió observando la carretera fuera del cristal de la ventanilla.

De repente, algo captó su atención y de inmediato se dirigió a su esposo.

—Espera Jon, para, ahí hay una gasolinera. Deberíamos tomar todo el combustible que podamos.

Jon se pensó las palabras de Bri y al final decidió hacer lo que ella decía. En tiempos como este, era mejor tener más de lo que uno ya tenía. Nunca se sabía que podría suceder en el futuro.

Al parar en la gasolinera, Jon se bajó de la camioneta junto a Bri, la cual aún cojeaba por su pierna herida.

—No fuerces demasiado la pierna. Quédate sentada en el auto, yo me encargo de lo demás.

Bri se puso sus gafas y con terquedad caminó hacia el minimercado de la gasolinera ignorando las palabras de su preocupado esposo. Jon en cambio sólo pudo sonreír. Esa terquedad en su esposa era una de las cosas que más le gustaba de ella.

Todo el lugar estaba desierto. No había ni un sólo auto o persona en la desolada gasolinera. Jon no podía dejar de tener malas vibras.

Abrió el contenedor de combustible de su camioneta con sus llaves y se dispuso a tomar el depositador, pero se detuvo al ver un candado en el tubo de combustible.

Maldijo entre dientes y sacudió el candado inútilmente con enojo. Nada le salía bien últimamente.

—Tienes que pagar por el servicio completo —se sobresaltó en el lugar al escuchar la voz rasposa del mecánico de la gasolinera.

Se dió la vuelta y lo encontró parado detrás de él. ¿Cómo se había acercado tanto sin que Jon no lo notase?

El extraño mecánico era un hombre de aspecto desaliñado y común. Era algo bajo para ser hombre y demasiado delgado. Estaba lleno de suciedades y una gran melena semi canosa adornaba su cabeza. Su rostro demacrado y largo no denotaba nada y sus ojos estaban enegrecidos por las ojeras oscuras que los rodeaban.

Tenía un aspecto bastante intrigante.

Jon tragó saliva y sonrió con educación al extraño hombre.

—Buenas tarde señor. Sólo venimos a tomar algo de gasolina...

El mecánico sonrió secamente y colocó su cigarrillo en la boca absorviendo el humo con placer.

—Oh, si claro. Hay mucha gasolina, pero tienes que pagar por el servicio completo.

Jon frunció el ceño con extrañeza y asintió con la cabeza.

Bri tomaba toda la comida y botellas de agua que encontraba en las estanterías del minimercado y las colocaba en la cesta roja colgando en su brazo. Las luces no dejaban de parpadear y una extraña música country sonaba de una vieja radio en el mostrador de la tienda, donde se encontraba una rara mujer obesa sentada de espaldas al mostrador. Parecía observar el paisaje por la ventana o algo asi.

Bri cojeó y colocó la mercancía encima del mostrador mientras llamaba a la responsable de la tienda.

—¿Disculpe señora? —la llamó pero no recibió respuesta— Que diablos...

Al final decidió llevarse la compra sin pagar y salió de la tienda, ignorando lo que realmente sucedía ahí.

La extraña mujer tenía todo su estómago destrozado, con las vísceras y la sangre por todo el suelo debajo de la silla, pero Bri no lo notó ya que la mujer estaba de espalda. Su rostro blanquecino se notaba imperturbable e inexpresivo. Las moscas revoloteaban alrededor de ella como si la estuviesen acechando.

Cuando Bri salió del minimercado, se dirigió rápidamente a la camioneta con las bolsas de comida en sus brazos y entró sin siquiera mirar al mecánico que le quitaba el candado a la manguera del combustible.

Jon se encontraba sentado en el asiento del conductor, viendo por el espejo retrovisor al mecánico colocando la pistola de gasolina en el contenedor de su camioneta.

—Este lugar no me gusta nada —comentó Bri en voz baja, con cuidado de que el mecánico no escuchara.

Jon dirigió su mirada a su esposa y le dijo en respuesta.

—A mi tampoco. Pero ten un poco de paciencia, ya casi nos vamos.

El mecánico absorbió un poco de humo de su cigarrillo a la vez que agarraba un balde de agua al lado de el depósito de combustible. Mojó la esponja con el líquido y luego comenzó a pasarlo por el parabrisas de la camioneta.

Jon frunció el ceño. El agua estaba rojiza.

—No es necesario eso señor. No lo necesitamos —empezó a decir Bri con molestia asomando su cabeza por la ventanilla para que la escuchara mejor.

El mecánico le sonrío a Bri mostrando sus amarillentos dientes.

—Dije que es servicio completo —repitió nuevamente y continúo limpiando el parabrisas con el cigarrillo en su boca.

Bri recostó su cabeza en el asiento y exhaló sonoramente con molestia. ¿Qué diablos le ocurría a ese hombre?

El extraño mecánico dejó de pasar la esponja por el parabrisas y sonrió aún más abiertamente, si es que era posible.

—Oh... vaya. Ya veo cual es el problema.

Bri creyó que por fin el estúpido mecánico había entrado en razón y había entendido, pero se equivocó.

El mecánico volvió a la cubeta y de ella sacó lo que parecía ser el brazo de alguien y comenzó a pasarlo por todo el parabrisas, como si estuviera limpiando con él sin dejar de repetir una y otra vez.

—Ahora veo cual es el problema, ahora veo cual es el problema, ahora veo cual es el problema, ahora veo cual es el problema, ahora veo cual es el problema... —no borró su escalofriante sonrisa mientras repetía.

Bri y Jon se exaltaron en sus asientos al ver el brazo cortado y de inmediato Jon arrancó el motor y aceleró la camioneta rápidamente, alejandose de la tenebrosa gasolinera.

—¡Hey! —gritó el mecánico enojado— ¡No haz pagado por la puta gasolina!

Agarró una escopeta al lado de un contenedor de basura, la rastrilló y comenzó a disparar tiro a tiro hacia la camioneta, con la furia ardiendo en sus ojos.

El cristal trasero se rompió con el impacto del proyectil haciendo gritar a Bri y rápidamente ambos bajaron la cabeza hasta que ya estuvieron lo suficientemente lejos de la gasolinera.

—¡¿Qué demonios fué eso?! —gritó Bri al borde de un ataque— ¿Eso era un brazo?

—El mundo se está volviendo loco —dijo Jon observando el espejo retrovisor. Respiraba agitadamente y el sudor corría por su rostro como gotas enormes de rocío.

—Mira... —espetó Bri con el entrecejo arrugado, señalando a un gran gran camión color arena a un lado de la carretera, con dos hombres calvos encima de él. Estaban armados con M16 y calibre 50 y uno de ellos vestía un vestido rosado sucio, lleno de musgo. Uno de ellos incluso vestía un vestido que contrastaba horriblemente con su rostro lleno de barba y rasgos masculinos.

Cuando la camioneta de Jon pasó justo por al lado de ellos, estos no les quitaban los ojos de encima. Se quedaban mirando con sonrisas maniáticas y malvadas llenas de intenciones oscuras. Muy parecidas al del viejo que habían dejado atrás en la gasolinera.

—¿Acaso todo el mundo se ha vuelto loco? —inquirió ella estupefacta.

—Tal vez... —respondió Jon sin dejar de vigilarlos por el espejo retrovisor.

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