—«»Los científicos aún no han descubierto ninguna cura para este extraño virus sin precedentes. El gobierno ha declarado estado de emergencia en el país y se cree que muy pronto el virus cubrirá la nación por completo. Seremos testigos de la evacuación masiva más grande de toda la historia de los Estados Unidos, por no decir del mundo...«»
La voz pausada de la periodista en la radio se podía escuchar perfectamente desde el patio trasero de la casa. Alex no dejaba de sentirse intranquilo, no por las noticias, sino por su hermana gemela Zoe.
Ya estaba acostumbrado a las irresponsabilidades y estupideces de su hermana, pero esta vez no podía dejar de preocuparse aún más. Con todo lo que estaba ocurriendo en el país actualmente, la preocupación era más que justificable. Lo único que podía hacer ahora para distraerse, era entretener a su hermanito pequeño Ben. Una tarea para nada factible.
—«»Múltiples informes de desaparecidos se han informado y se cree que la situación no mejorará; por lo menos no muy pronto...«»
—Alex, ¿me estás escuchando? —La voz de Benjamín lo hizo salir de sus pensamientos.
—Lo siento —Se disculpó con una sonrisa tranquilizadora y volvió a lanzar la pelota de rugby en sus manos hasta su hermano pequeño, el cual la agarró con un ágil salto.
—Tu también estás preocupado por Zoe, ¿verdad? —preguntó Ben, intuyendo los sentimientos y pesares de su hermano—. Seguro que está bien, no te preocupes. Zoe es fuerte como mamá.
Ben lanzó el balón con habilidad. La pelota voló en el aire y velozmente impactó en las grandes manos de Alex sin mucha dificultad.
—¿Tú no lo estás? —Le devolvió el balón, esta vez con un poco más de fuerza. Su cabello negro se agitó con el brusco movimiento.
—Si, lo estoy —respondió Ben agarrando el balón. Solo tenía 9 años y sin embargo la madurez resaltaba en sus ojos para su edad—, pero creo en Zoe. Sé que es lo suficientemente lista y fuerte para valerse por sí misma.
—Si que lo es —concordó Alex con una media sonrisa. Era alto y de confección delgada, pero con músculos bien definidos y fibrosos. Tenía el clásico estilo del jugador de rugby. Él era todo lo que Zoe no era, como si fuese la mitad buena de la misma manzana y Zoe la mitad mala. Pero la manzana no es una manzana completa sin su otra mitad.
Alex nunca podría vivir sin su otra mitad...
—Muy bien amigo. Vamos, coge tu mochila. Voy a llevarte a la escuela.
—¿Qué? ¿En serio? —protestó Ben haciendo un puchero que en otras circunstancias sería muy gracioso. Pero Alex no tenía deseos de reírse en ese momento—. ¿Incluso en el apocalipsis tengo que ir a la escuela?
—No digas eso, Ben. No es el apocalipsis.
—Si tu lo dices —Se encogió de hombros ante la respuesta de su hermano mayor. A diferencia de este, Ben había heredado todas las características físicas de su madre, Brianna. Su cabello rubio cobrizo casi castaño era cubierto por un gorro rojo y sus ojos se asemejaban al color del almíbar o la miel.
—Sabes que si mamá te escucha te va a gritar, ¿verdad?
—Lo sé...
Cuando entraron a la casa, se encontraron con un panorama que no esperaban en lo absoluto. Brianna corría de un lugar a otro poniéndose la chaqueta y las botas rápidamente para largarse lo más rápido posible mientras que su padre guardaba pomos de medicamento en una mochila, con la misma urgencia que su mujer. La preocupación teñía sus rostros como una mancha sin intenciones de ser borrada.
—¿Qué ocurre? —preguntó Alex confundido.
Brianna miró a su hijo mayor mientras se acomodaba los cordones de las botas. Parecía a punto de llorar en cualquier segundo. Algo totalmente inédito e inusual en ella.
Abrió la boca dispuesta a responder, pero su voz se quebró a medio camino y para evitar llorar, se bebió los rastros de whisky que aún quedaban en el fondo del vaso.
Jon respondió en su lugar, colgando la mochila en su hombro y pasándose la mano con nerviosismo por su cabeza envuelta en hebras oscuras.
—Se trata de Zoe...
Alex frunció el entrecejo y se acercó rápidamente hacia su padre con ojos severos.
—¿Qué ha ocurrido con Zoe?
Jon tragó saliva sonoramente ante la intensa mirada de su hijo. El corazón le latía a mil en su pecho.
—Ha tenido un accidente automovilístico.
—¿Qué? Pero, está bien ¿No? —intervino el más pequeño de la familia, igual de preocupado.
Jon se agachó frente a su hijo pequeño y le acarició el cabello castaño claro con cariño, ignorando el remolino de sentimientos que envolvían a Alex, dejándolo totalmente en shock.
—No te preocupes. Zoe está bien. Ustedes vayan a la escuela, nosotros iremos al hospital y les avisaremos cualquier cosa que suceda, ¿de acuerdo?
—Al diablo con la escuela —siseó entre dientes Alex con los puños apretados y la tensión en su mandíbula. Jon lo miró de reojo, advirtiéndole con la mirada que se controlara—. Es mi hermana, tengo derecho a ver como se encuen...
—¡Ya basta! —intervino Brianna con voz autoritaria y algo fuera de si—. Ustedes dos van a ir a la escuela y se acabó la discusión. ¡Vámonos, Jon!
El susodicho asintió con la cabeza estando de acuerdo con su esposa y se irguió para emprender su camino hacia la puerta junto a ella. Dándole la espalda a sus dos hijos contrariados y confundidos.
—Yo conduzco —espetó al notar los ojos enrojecidos de su mujer y sus pasos tambaleantes debido al alcohol que había ingerido prácticamente desde el comienzo de la mañana.
—Está bien —aceptó Bri y sin decir nada más a sus hijos, salieron de la casa prácticamente corriendo a la camioneta parqueada a un lado del hogar—. Es un largo camino a Seattle.
...(...)...
Seattle; 7:30 p.m
Cuando Zoe despertó por primera vez de la inconsciencia, todo a su alrededor se veía borroso y confuso. El resplandor del sol que atravesaba la ventana parecía más brillante de lo normal, hasta el punto de molestar su vista.
El característico olor de los hospitales inundó sus fosas nasales como veneno, provocando que Zoe tosa espasmódicamente y provocando una ola de dolor por todo su cuerpo magullado, lleno de vendas y puntos. Tenía su brazo derecho enyesado y parte de su rostro amoratado por el fuerte golpe del auto que la había golpeado sin piedad; y su pierna izquierda le dolía terriblemente, aunque no tenía yeso, por lo que no debía estar rota ni nada por el estilo.
Se encontraba en una pequeña habitación blanca de hospital, sin nada más que aparatos y un televisor en la pared al frente de su lecho. La cama se sentía incómoda y dura bajo sus adoloridos huesos y cada vez que intentaba moverse, una punzada de dolor la obligaba a mantenerse quieta nuevamente. Su cabello negro yacía suelto sobre la almohada, enredado y despeinado, y su piel se notaba más pálida de lo normal.
Lo último que recordaba era la fiesta en la fraternidad y varios flashes de cosas sin sentido que no podían ser reales, como por ejemplo, su amiga desgarrando y devorando el cadáver de un chico y luego intentando devorarla a ella misma. Cosas dignas de una película de terror de mala calidad.
Nuevamente intentó sentarse y lo logró al cabo de varios intentos fallidos. Sus pies descalzos tocaron el frío piso de la habitación provocando una punzada que se extendió desde sus dedos hasta el último pelo de su cabeza.
—¡Enfermera! —gritó, pero no recibió ningún tipo de respuesta— ¡Enfermera!
Al no recibir respuesta, ella sola se levantó de la cama y caminó con lentitud y algo de cojera hasta el pequeño baño a un lado de la pared.
Al verse en el espejo, una mueca de asco se formó en sus labios. Estaba horrible. Al menos, más de lo normal.
Luego de echarse agua en la cara y beber del lavabo, ya que no había otra fuente de agua de la que beber, decidió abrir la puerta del cuarto y salir en busca de una enfermera, pero esta se encontraba cerrada.
No se supone que debían estar cerradas.
El ruido lejano de las sirenas parecía inundar la ciudad de Seattle ya que eso era lo único que escuchaba. Aparte de eso, no escuchaba nada más. Absolutamente nada. Todo estaba muy tranquilo.
Decidió buscar su teléfono móvil para comunicarse con su familia, pero este no se encontraba por ninguna parte. De todas formas, a sus padres les tomaría un buen tiempo llegar a Seattle. La pequeña ciudad en la que vivían estaba algo lejos y les tomaría varias horas llegar si el tránsito se los permitía. La fiesta de fraternidad se encontraba en Seattle por lo que el día anterior Zoe se había escapado de casa y había venido a la gran ciudad junto con su mejor amiga Cristina.
Zoe asomó su rostro por la ventana, intentando ver algo que le permitiese saber qué estaba pasando, pero estaba en un último piso y las calles debajo se veían muy tranquilas, demasiado, considerando el caos de ruido y luces en el resto de la ciudad. Ya estaba atardeciendo y las luces de los edificios empezaban a encenderse, pero por alguna razón, el lado de la ciudad en el que se encontraba Zoe se mantenía a oscuras y en silencio.
Los edificios en torno al hospital estaban apagados y se veían sin vida.
Eso la extrañó bastante.
Esto no era normal.
Ya cansada de estar sin hacer nada, Zoe decidió intentar salir de la habitación por sus propios medios, ya que nadie parecía escuchar sus gritos o los golpes que ella provocaba en la puerta.
Agarró un par de ganchos de cabello que aún tenía oculto en su maraña y los metió dentro de la cerradura de la puerta, la cual luego de varios segundos logró abrir a pesar de una sola mano.
Al abrir la puerta, por fin, un repentino olor a putrefacción inundó sus fosas nasales, obligando que la desdichada se cubra, con su mano izquierda, su nariz y boca.
¿Qué diablos es ese olor?
En el corredor del hospital, las luces del techo no dejaban de parpadear y había muchos vidrios regados en el suelo por lo que tenía que tener cuidado al caminar. Las paredes estaban llenas de agujeros de diversos tamaños, hechos obviamente por balas o metralla y había mucha sangre salpicada en el suelo y en las paredes, lo cual le decía que recientemente había ocurrido un tiroteo. El olor era tan fuerte que sus ojos le escocían y las ganas de vomitar no tardaron en llegar a ella. La bilis amenazaba en cada momento en subir por su garganta y desparramarse por todo el sucio suelo y se sentía muy enferma al ser testigo de esta matanza.
¿Matanza?
No, no podía ser una matanza sin cadáveres. Había mucha sangre, eso era cierto, pero no había ni un solo cuerpo en el suelo o en alguna parte del extenso corredor. ¿Se los habrían llevado los responsables de esta terrorífica obra?
¿Qué había sucedido en este lugar mientras aún dormía?
¿Cuánto tiempo había pasado durmiendo?
¿Qué estaba pasando?
Las preguntas inundaron su mente, pero no fue capaz de responderlas. Lo único que podía hacer ahora mismo era salir de este diabólico lugar y volver a casa.
«Seguro que mamá sabría qué hacer.»
Por fin al encontrar la mesa de secretaría del piso, Zoe corrió ignorando los cristales en el suelo y rebuscó, entre el reguero de hojas, lápices y los restos de una computadora destrozada, hasta encontrar lo que tanto buscaba: un teléfono móvil.
De inmediato Zoe lo agarró entre sus manos y lo encendió. Sorprendentemente funcionaba y ella no tardó en marcar el número de su madre.
—«»La línea se encuentra saturada actualmente. Haga el favor de llamar más tarde«» —Decía la contestadora al otro lado de la línea.
—No... —siseó Zoe al borde del llanto e intentó llamar una y otra vez, pero el resultado era el mismo siempre. La línea continuaba saturada.
Incluso marcó el número del departamento del sheriff de la ciudad, pero fué inútil.
Al parecer tendría que salir de aquí por sus propios medios.
Al otro lado del corredor, Zoe vio un objeto que le llamó la atención y sin dudarlo ni un segundo corrió y lo agarró entre sus manos.
Era un rifle de asalto, un M16 para ser más exactos. Lo sabía porque su madre solía llevarla al campo de tiro y fue con uno de estos con los que aprendió a disparar.
Sintió el peso del rifle en sus brazos y por alguna razón se sintió más segura. Casi como si su madre estuviese con ella.
«Eres una superviviente. No dejes que este mundo te domine.»
***¡Descarga NovelToon para disfrutar de una mejor experiencia de lectura!***
Comments