La médica empezó a teclear algo en el táctil de la tableta y luego de unos segundos qué parecieron interminables para ambos padres, finalmente respondió:
—Lo siento... Pero no hay ninguna Zoe Collins en la lista. ¡Siguiente!
El mundo parecía haberse ralentizado a su alrededor al escuchar esas palabras. Un intenso pitido envolvió los oídos de Bri y algo parecía haber hecho "clic" en su cabeza.
Sin poder evitarlo ella se derrumbó, sus rodillas perdieron fuerza y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos enrojecidos; pero no emitió ningún sonido. Simplemente se quedó arrodillada en el suelo, totalmente inmóvil.
Su marido intentaba hacerla reaccionar pero ella no podía escuchar lo que decía. Lo único que oía era ese tan conocido pitido en sus oídos que siempre la envuelve en momentos de extremo trauma...
¿Lo siento?
Como si esas palabras vacías pudieran aliviar su angustia. Unas repentinas ganas de golpear a esa estúpida le inundaron.
Muy pronto las lágrimas se detuvieron y el dolor fué reemplazado por una inmensa ira.
Zoe no estaba muerta... lo podía sentir.
—Por favor levántese, hay personas esperando en la fila —dijo la médica con molestia y ansiedad.
—¿Está seguro de eso...? —intervino Jon incluso más a ansioso que ella— Debe haber un error. Busque su nombre nuevamente...
—No hay ningún error. Si su nombre no está en la lista, entonces está muerta...
De repente Bri se levantó del suelo y se acercó peligrosamente a la doctora con ojos llenos de locura e intenciones asesinas. La joven retrocedió asustada temiendo por su vida hasta que su espalda tocó la verja metálica.
—Mi hija-no-está-muerta... ¿entendiste? —refutó con lentitud y amenaza, recalcando cada una de sus palabras.
La médica asintió con rapidez al borde del llanto y sin más Bri se alejó de ella, haciendo que la pobre volviera a respirar aliviada. Por un segundo pensó que moriría.
Jon siguió a su esposa temiendo lo peor. Bri caminaba con rapidez pero con firmeza y decisión. Jon la conocía lo suficiente como para saber que nada bueno saldría de todo esto.
Siguió caminando hasta llegar a la gran multitud protestando frente al gran portón sellado en el muro. La única entrada y salida de la Zona Muerta.
Bri empujaba sin cuidado a las personas en su camino y se adentraba cada vez más en el mar de gente. Jon intentaba seguir su paso pero había mucha gente y era demasiado bueno como para avanzar a base se empujones y golpes como su esposa. No era un hombre violento, pero tenía que llegar a ella y detener lo que sea que iba a hacer.
—¡Bri! —la llamó pero jamás se detuvo. Lo único que escuchaba era el pitido en sus oídos y los gritos de las personas entorno a ella— ¡Bri, maldición, detente! ¡Bri!
«Mi hija no está muerta» Se repetía una y otra vez Bri en su cabeza, como si el hecho de pensar en eso una y otra vez lo haría realidad.
Su mano derecha se trasladó hacia su cinturón, donde se encontraba oculta su arma, a medida que más se acercaba a la verja de alambres de púa donde se encontraban postrados una gran cantidad de guardias. Pero esos no eran su objetivo, si no la mujer pelirroja vestida con una bata blanca y tacones, rodeada de periodistas y cámaras de televisión.
Parecía estar haciendo una conferencia de prensa y por su aspecto, de seguro debía trabajar en el CDC (Centro de Control de Enfermededades) y la mujer a cargo de toda la operación.
Megan Shepard era una mujer alta y elegante. Una de las mejores virologas de su campo. Estaba acostumbrada a lidiar con la prensa, por lo que no mostraba ningún signo de dubitatividad al responder las preguntas de los periodistas. Aunque no respondía las preguntas que a la población le interesaba: ¿Qué estaba pasando dentro de la Zona Muerta? ¿Qué clase de virus era este? ¿Cuantas bajas había? Y la más importante ¿Por qué tanta seguridad y gente armada para mantener un área de cuarentena? ¿Para mantener a la gente fuera o mantenerla adentro?
—Han habido rumores sobre gente volviendo de la muerte y cosas extrañas como canibalismo y violencia extrema. ¿Es cierto eso doctora Shepard? —preguntó una joven periodista.
Megan sonrió con elegancia y respondió:
—Es sólo eso... un rumor. No estamos en una película de terror, esta es la realidad. Sólo se trata de un poderoso y extremadamente peligroso virus que además de denigrar físicamente al infestado, uno de sus puntos son los ataques de ira y violencia que luego de un tiempo provoca la muerte del enfermo...
—Ya sabemos eso... Lo que queremos saber es por qué el gobierno se esfuerza tanto en ocultar lo que está sucediendo ahí adentro —decía otro joven periodista con el micrófono alzado hacia ella—. A mi parecer, ese muro además de evitar que pasemos, también parece tener la función de evitar ver lo que hay adentro.
—Como ya les he dicho, el CDC no está ocultando nada. Hemos dado a la prensa toda la información que tenemos. No tenemos nada que ocultar —repitió la doctora con una sonrisa de fingida confianza.
—Mentirosa —espetó Bri detrás de ella, la cual de alguna forma había logrado esquivar a los guardaespaldas de la doctora. La susodicha se sorprendió por la inesperada aparición de aquella mujer que parecía haber surgido de las mismas sombras de la muerte.
Con rapidez sacó la pistola de su cinturón y apuntó a la cabeza de Megan. Al ver el arma, rápidamente los periodistas retrocedieron aterrorizados y los militares se abrieron paso apuntando sus rifles hacia la exmarine.
Megan impulsada por el pánico se dispuso a correr pero Bri la agarró del brazo y le hizo una llave, retorciendoselo con fuerza en su espalda y provocando que la mujer liberara un potente y agudo grito de dolor deteniendo sus movimientos.
Bri acercó el cañón a su sien y gritó con todas sus fuerzas, por sobre el bullicio de la gente.
—¡No te muevas, o te reviento la cabeza puta mentirosa!
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