3.

Ciudad de Yakima, 9:08 a.m

Luego de dejar a Ben en su escuela, Alex se dirigió tranquilo a la suya.

Ambas escuelas no estaban muy lejos entre sí, por lo que fácilmente podría ir caminando con toda su paciencia sin importar llegar tarde o no.

Se dedicó a observar sus alrededores y notó que la vida en la ciudad transcurría tan tranquilamente como era normal.

Justo al lado de la Avenida principal, atravesó un parque que acortaba considerablemente el camino a su preparatoria y con su mano derecha agarrando la solapa de su mochila, se internó en el espacio lleno de bancos y verdes arbustos por todas partes.

Notó a una mujer sentada en uno de los bancos grisáceos meciendo nerviosamente en su coche a su escandaloso bebé que no dejaba de llorar ruidosamente. Se agarraba la cabeza con ambas manos amenazando con arrancar las hebras de su cuero cabelludo en cualquier momento y parecía bastante perturbada. Alex alentó su caminar para observarla por breves segundos, pero en ningún momento se detuvo a preguntarle si estaba bien. No tardó en seguir con su camino.

Parecía bastante perturbada, pero al final no tardó en ignorarla como a todo lo demás.

Uno que otro corredor mañanero pasó justo por su lado con paso silencioso y constante, entre ellos una mujer con una cola de caballo sobre su cabeza, de exuberantes caderas y llamativo busto que le llamó mucho la atención.

Sin poder evitarlo le recordó a su hermana gemela y eso lo único que hizo fue ponerlo aún más de mal humor. No podía evitar relacionar a cada mujer que veía por la calle con su mismísima hermana. Era frustrante.

La vida en la ciudad transcurría aparentemente normal. Le molestaba por alguna absurda razón que toda esa gente viviera sus vidas normalmente cuando su hermana gemela yacía completamente sola en algún sucio hospital de Seattle, sin su familia a su lado apoyándola.

¿Por qué sus padres no le habían dejado acompañarlos en el viaje hacia Seattle?

Era absurdo ir a la escuela en una situación como esta.

Con ese pensamiento en mente ya se había internado al interior de su preparatoria.

La imagen que vio en su interior le sorprendió bastante.

El corredor estaba prácticamente vacío, a excepción de una que otra pareja conversando recostados en algún casillero o alguien saliendo de los baños.

Alex miró el reloj en su muñeca extrañado, pensando que tal vez las clases ya habían comenzado, pero al ver que aun estaba en hora frunció el entrecejo.

Estaba acostumbrado al ruidoso ambiente de la escuela, a los adolescentes revolucionados por todas partes y a las risas aleatorias que se levantaban de la multitud cada vez que su presencia se hacía vigente en el lugar, por lo que sintió un extraño sabor de boca al ver todo casi desolado y estoico.

Los pocos presentes incluso hasta hablaban en voz baja, miradas serias y llenas de preocupación era lo único que observaba en cada uno de sus rostros.

Una pareja se encontraba cuchicheando justo al lado de su casillero y al acercarse para meter la llave en el candado y abrir la puerta de metal de su casilla, pudo escuchar perfectamente su conversación.

—... mi madre no quería que viniera hoy a la escuela —dijo la chica de cabello oscuro con los rasgos manchados por el nerviosismo—. Está preocupada por todo lo que está ocurriendo en las noticias.

El joven frente a ella se cruzó de brazos igualmente preocupado.

—Mi padre también estaba igual, incluso hasta me dio su arma en caso de emergencias...

De reojo Alex notó claramente cómo sacaba un revólver plateado del bolsillo de su chaqueta levemente, alertando enseguida a la chica, la cual al ver el arma se puso como histérica y le instó a guardar el arma nuevamente, mirando sobre su hombro para cerciorarse de que Alex o alguien más no haya visto nada.

Este de inmediato dirigió su atención a los libros dentro del casillero fingiendo indiferencia y al poco rato la pareja nerviosa se retiró sin dejar de susurrar entre ellos con los nervios de punta.

Alex tragó saliva sonoramente y metió varios libros en su mochila, pero se detuvo al ver una foto pegada en la puerta del casillero.

Era una imagen de su hermana y él cuando tenían catorce años, acostados en la cama con radiantes sonrisas adornando sus rostros.

Eso le causó un terrible dolor en su pecho.

La extrañaba terriblemente.

Su hermana podría tener miles de defectos, podía ser la más perra y promiscua de la preparatoria...

Pero era su hermana...

Suya...

Le cortaría el miembro inferior al que se atraviese a tocarla...

—¡Alex! —La repentina voz femenina demasiado cerca lo hizo reaccionar de sus turbios pensamientos—. Te he estado llamando desde hace una eternidad. ¿Qué pasa?

Al ver a la chica a su lado cerró la puerta del casillero con demasiada fuerza, sobresaltandola del susto.

Era la capitana del equipo principal de porristas de la preparatoria y la chica más popular de la secundaria quien resultaba ser su novia, por supuesto.

Su hermoso cabello rubio caía por su espalda en finas ondas castañas y debajo de su cazadora negra vestía su uniforme de porristas de color rojo y blanco, resaltando con su corta falda plisada sus torneadas y pálidas piernas.

Era hermosa, había que admitirlo. La sensación de la escuela, la envidia de cientos de chicas y el deseo prohibido de fracasados que nunca podrían tenerla.

A menudo los amigos de Alex bromeaban con él, diciéndole lo afortunado que era de tener ese bombón rubio en sus manos, pero él no se sentía así en absoluto.

Es verdad que era hermosa, y hacía su función en la cama, pero eso era todo lo que era ella para él.

Un pedazo de carne sin rostro.

—No pasa nada Anna —respondió Alex sin siquiera disimular la molestia y el hastío en su voz, colgando su mochila en su espalda.

—Mi padre me dijo que tu hermana había tenido un accidente en Seattle...—admitió ella nerviosa, no muy segura de haberle contado eso con temor a que Alex se enfadara con ella y se alejara.

Alex frunció el espacio entre sus pobladas cejas oscuras y estuvo a punto de preguntar cómo sabía algo como eso, pero recordó a tiempo que su padre era el sheriff de la ciudad y seguramente ya había sido informado primero de lo sucedido.

—¿Estás bien? —insistió Anna con notable preocupación, dando un paso hacia él y tomando su mano con cariño.

Alex la miró a sus ojos grisáceos y se apartó de su cercanía, evitando su toque.

—Estoy bien —contestó Alex con una mueca tiñendo cada uno de sus rasgos angelicales, pero que en el fondo ocultaban una bestia a punto de emerger para destruirlo todo.

No podía evitar sentirse enojado todo el tiempo, más por lo sucedido en la mañana.

Anna de inmediato miró a sus alrededores, cerciorándose de que nadie hubiera visto el obvio rechazo del que se suponía que era su novio y al ver que todos los demás estaban demasiados distraídos con sus propios problemas, suspiró aliviada.

Para ella, las apariencias siempre eran lo importante.

Eso era lo que Alex más odiaba de ella. Esa jodida obsesión que tenía de ser siempre perfecta y tener la vida perfecta.

—¿Por qué siempre eres así conmigo? —preguntó claramente molesta con su actitud, bajando un poco la voz para no ser escuchada—. Intento ser una buena novia para ti, y tú lo único que haces es apartarte y tratarme como basura. A veces pienso que tu hermana es la única mujer que existe en tus ojos.

Alex sonrió sin gracia alguna y refutó:

—Has caído bajo, Anna. No sé qué es más patético; ¿qué te compares con mi hermana o sientas celos de ella?

—Pero tengo razón, ¿no? —inquirió ella acercándose y Alex negó con la cabeza como si lo que estuviese diciendo fuese lo más absurdo del mundo, avanzando hacia su clase. Anna no se rindió y lo siguió sin dejar de parlotear estupideces—. Desde que comenzamos a salir, hace seis meses, ni una sola vez me sonríes, pero cuando la puta de tu hermana está presente es como si no existiese nada más en el mundo...

Al escuchar aquello Alex se detuvo en seco y con una fuerza impresionante la agarró del cuello y la empujó hacia el casillero, provocando un sonido metálico que resonó por todo el ancho pasillo como un eco. Haciéndola callar de inmediato.

Los ojos de Anna se abrieron como platos aterrados al sentir la presión en su cuello y levantó sus manos intentando soltarse de su agarre, pero se quedó paralizada de pies a cabeza al sentirse penetrada por los oscuros ojos de Alex, que en ese momento había perdido totalmente el color verde azulado que lo caracterizaba.

—No vuelvas a hablar así de mi hermana o juro que te corto la lengua —advirtió con voz amenazante y Anna aterrorizada asintió con la cabeza. Alex la soltó.

Miró a su alrededor entrando en razón de lo que había hecho y varios ojos lo miraron estupefactos por lo sucedido. Como si fuera un monstruo...

Afortunadamente en ese instante los altoparlantes distribuidos en el techo del corredor empezaron a hacer un extraño sonido y de inmediato la voz de la directora se hizo escuchar.

—Atención a todos los profesores y alumnos de esta institución. Por orden del departamento de alguaciles de la ciudad, se cancelan indefinidamente las clases y otras actividades escolares hasta nuevo aviso, por motivo a los extraños incidentes que han estado ocurriendo en estos últimos días. Se les recomienda al alumnado mantenerse en casa con su familia, atentos a las noticias e indicaciones que el gobierno impartirá. Buena suerte a todos... y cuídense entre ustedes.

Luego de eso el altoparlante volvió a silenciarse con un fuerte sonido que parecía más como si le hubieran dado un golpe al micrófono.

Todos los presentes se miraron entre sí confundidos y Alex no perdió tiempo.

Se pasó la mano por su espesa cabellera negra y apresuradamente caminó hacia la salida de la escuela, dejando atrás a una consternada y notablemente afectada Anna.

Al diablo con las apariencias.

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