(...)
Alex golpeó la puerta de la habitación de su hermano y con suavidad lo llamó:
—¿Ben? Ben por favor, ábreme la puerta...
—¡No! —gritó Ben a través de la puerta de madera blanca que impedía el paso.
Alex puso los ojos en blanco, notablemente irritado por el actuar (a su parecer) muy inmaduro de su hermano en estos tiempos tan inciertos.
—No seas caprichoso Benjamín. ¿Hasta cuándo vas a estar encerrado en tu cuarto?
Alex escuchó un sollozo de su hermano y no puede evitar sentirse mal por él:
—La mataste Alex... —bramó el pequeño Ben al borde del llanto.
—No tuve más remedio... Estaba enferma.
—Podrías haber llamado a una ambulancia. Ellos sabrían qué hacer.
—Sabes muy bien que la red está saturada. No tenía opción Ben... Por favor, ábreme la puerta... —volvió a golpear la puerta, esta vez con más fuerza— ¡Ben! —gritó al no recibir respuesta de su hermano. Lo único que escuchaba eran sus sollozos— No tengo tiempo para esto... —siseó entre dientes para si mismo y se dió la vuelta, desapareciendo en las penumbras del corredor.
Al bajar las escaleras hasta la sala, el olor extremo a sangre le llegó a sus fosas nasales como veneno.
Observó el cadáver inmóvil de Anna en el suelo y no sintió nada más que asco; a pesar de que ella era su novia.
Aunque nunca había sentido nada por ella mientras estuvo viva; ¿no debería sentir por lo menos una pizca de remordimiento? ¿Por qué era tan vacío e inhumano?
«¿Qué pensaría Zoe de mi si viera lo que hice?»
Ese pensamiento lo hizo reaccionar y de inmediato se puso manos a la obra.
Afortunadamente el cadáver se encontraba encima de la alfombra de la sala por lo que Alex la envolvió con ella y llevó el cuerpo sobre su hombro hasta el jardín trasero donde cavó un hoyo profundo y con una pala la enterró; esperando que así Zoe nunca viera el monstruo sociópata que Alex realmente era.
Al volver a la casa, Alex se encontraba todo sudado y sucio. Tenía deseos de darse una ducha, pero eso debía esperar. El trabajo aún no había terminado. Debía limpiar la sangre en la sala.
Llenó un cubo de agua y tomó un trapeador de la cocina. Luego tiró el agua con detergente en el suelo de madera y con la escoba empezó a peinar el suelo. Las espumas y el agua se volvieron rosadas en cuestiones de segundos...
Cuando por fin terminó, ya eran casi las doce del día. El suelo quedó sorprendentemente limpio y no había rastro de sangre en la madera. Todo había quedado impecable.
Alex sonrió aliviado y decidió darse una ducha para relajar sus músculos tensos y olvidarse de lo que anoche había sucedido, pero un repentino alboroto fuera en la calle lo detuvo en seco. El retumbar de motores diesel afuera en la calle le llamó la atención inmediatamente. Parecían ser bastantes. El suelo bajo sus pies vibraba levemente con su pasar.
Abrió la puerta delantera y se asomó levemente por ella. Alex abrió los ojos como platos sorprendido por ver tanto autos militares blindados y camiones de carga.
Los demás vecinos salían de sus casas, curiosos también por lo que sucedía fuera de sus hogares y se preguntaban preocupados que estaba ocurriendo, pero la respuesta no les llegó de inmediato.
Alex no pudo evitar tener un mal presentimiento con todo esto.
Nadie podía entender lo que estaba ocurriendo.
Los militares colocaron cercos, muros de hormigón y alambres de púas alrededor de la vecindad bajo la vista de los vecinos que observaban lo ocurrido impotentes sin comprender.
Los militares vestían totalmente de negro y llevaban caretas antigás cubriendo sus rostros en su totalidad.
Extrañas personas con trajes blancos anticontaminación bajaban aparatos de los camiones y observaban sus alrededores con curiosidad. El emblema del CDC se veía dibujado en sus trajes y eso parecía poner a las personas aún más nerviosas.
Una gran multitud se reunió frente al cerco y empezaron a causar alboroto bajo la vista de los militares.
—¿Qué está pasando? —preguntó un hombre canoso dando el paso frente al pequeño grupo de vecinos. Alex lo conocía. Era bien conocido en la cuadra por ser el único veterano en la ciudad sobreviviente de Viet Nam— ¿Por qué nos están encerrado?¿Qué diablos está sucediendo?
Los militares armados continuaron inmóviles y pétreos ante la desesperación y preocupación de los ciudadanos y eso hizo que la multitud se enfadara aún más.
Un militar que parecía ser el líder de todos ellos se paró sobre el techo de un auto militar blindado con un megáfono en sus manos e intentó calmar a la multitud:
—Por favor gente. Tranquilos, no hay nada de que preocuparse. Estamos haciendo esto por su propio bien. No podemos darles muchos detalles, pero créanme cuando les digo que todo va a salir bien —la multitud se silenció de inmediato al escuchar las palabras del hombre— Afuera las cosas se están poniendo feas. Por eso estamos haciendo esto. Lo estamos haciendo para protegerlos.
Los vecinos se miraron entre si sin saber si creer las palabras del soldado o no.
Alex no tardó en entender lo que estaban haciendo ya que su padre era médico y sabía de esas cosas: Los estaban poniendo en cuarentena.
Ellos no podían engañarlo.
Entró a su casa y subió por las escaleras hasta la habitación donde sus padres dormían, corrió hasta los estantes y sacó de entre los libros una pistola que su madre solía esconder siempre ahí. Lo sabía porque cuando era pequeño la había visto esconderla justo ahí para que su padre no la encontrara. A él no le gustaba las armas y no le gustaba que su esposa las tuviera dentro de la casa, pero ella a menudo nunca lo obedecía.
Si las cosas se ponían feas, usaría esto para garantizar su supervivencia y la de Ben.
(...)
6:30 a.m
Zoe despertó con el sonido de múltiples golpes fuertes e imprecisos que parecían resonar a su alrededor. Se había quedado dormida en recepción con el rifle entre sus piernas y el móvil en sus manos, esperando que la señal de cobertura volviera. Se llevó tremenda decepción al encender el teléfono y ver que nada había cambiado.
Suspiró con tristeza y se levantó de la silla en la que estaba sentada. El reloj sobre la mesa decía que eran las seis de la mañana y el vientre de Zoe no tardó en rugir con hambre.
Los misteriosos golpes comenzaron nuevamente con más fuerza, provocando que todos los sentidos de Zoe se pusieran en alerta.
¿Qué diablos era eso?
Los golpes parecían provenir del fondo del corredor donde se encontraba la puerta de las escaleras de incendio. El gran armario que la cellaba parecía vibrar con cada golpe.
Zoe agarró el rifle y se acercó lentamente. Con cada paso los latidos de su corazón aumentaron. Sus piernas se sentían pesadas y parecía que en cualquier momento se desvaneceria.
«Sólo son personas enfermas... —Se repetía ella una y otra vez dentro de su cabeza— Sólo son personas enfermas... No hay por qué tener miedo»
Zoe se detuvo justo frente a la entrada a las escaleras de incendio y observó como los golpes aumentaban y se escuchaban con más fuerza. ¿Acaso podían sentir su presencia? ¿Sabían que ella se encontraba ahí?
La idea la hizo temblar de pies a cabeza. Algo así era imposible ¿cierto?
Un extraño sonido le llamó la atención. Era diferente. Parecía como si algo estuviese corriendo dentro de la pared.
¿Serán ratas?
El sonido parecía provenir más en específico de la pared al lado del marco de la puerta.
Zoe frunció el ceño y decidió acercarse más para ver que era ese sonido, pero cuando su rostro se encontraba a escasos centímetros de la pared, una mano grisácea y rugosa salió de ella y la agarró del cabello con fuerza provocando que Zoe gritara como nunca antes había hecho.
La mano atrajo con fuerza a pesar de los forcejeos de ella. Zoe luchó con todas fuerzas para deshacerse de ella pero la mano la agarraba férreamente.
Al otro lado de la pared escuchó múltiples gruñidos y chillidos que le pusieron los pelos de punta. El olor a podredumbre inundó sus pulmones en cuestión de segundos y la bilis amenazaba con subir por su garganta y desbordarse en el suelo.
Pero afortunadamente, justo en ese preciso instante, despertó con una fuerte exhalación que impulsó su cuerpo de tal forma que el móvil que sostenía en la mano salió disparado a la pared contraria. Llevada por un impulso que no sabía que tenía, se puso en pie y con su fusil, comenzó a disparar sin control hacia la oscuridad. Los proyectiles impactaron con fuerza en la pared y con cada disparo todo su entorno se iluminaba por breves milisegundos, como fogonazos de una cámara instantánea.
El grito que soltó se confundía con los fuertes estruendos del arma y solo se detuvieron cuando la munición por fin se había acabado. Sin embargo, eso no la impidió seguir presionando en gatillo con ahínco. Como si la pared fuese su principal enemigo.
—¡¿Qué diablos estás haciendo?! —alguien gritó justo a su lado y sin darle tiempo a reaccionar, fué empujada con fuerza y su fusil fue retirado de sus manos sin mucha dificultad.
Su trasero impactó con fuerza en el suelo ante el empujón que André le había propinado. Este la miraba consternado, con los ojos entre cerrados y dubitativos.
El corredor del ala del hospital estaba oscuro por la madrugada aún ceñida sobre ambos, pero la suave luminiscencia de la luna plateada atravesaba los grandes ventanales, mejorando considerablemente la vista.
Zoe parpadeó varias veces, igual de confundida que el prisionero. Se tocó la cabeza con la mano y su ceño se arrugó intentando comprender que diantres había pasado. Un momento una mano agarraba su cabello con fuerza, y al otro se encontraba disparando a la pared que no tenía culpa ninguna, como si fuese su enemigo de por vida.
Pensaba que aquellos "enfermos" de los que tanto hablaba André estaban a punto de atravesar la pared, ¿por eso había disparado?
André ante su altura la miró igualmente ceñudo al darse cuenta de que la forma de actuar de aquella chica no era normal.
—¿Estás bien? —preguntó, colgando el fusil sobre su hombro con la solapa— ¿Qué diablos fué eso? ¿Perdiste la cabeza?
—Yo... —lo miró con confusión, luego dirigió su atención a la pared que había disparado, ahora llena de agujeros irregulares y aún humeantes— Pensé que los "enfermos" estaban entrando... por eso... yo...
Un fuerte sonido proveniente del fondo del corredor sobresaltó a Zoe de inmediato. Todo su cuerpo se tensó ante el sonido de múltiples manos golpeando con fuerza una puerta metalica.
—Tranquilízate, solo son esas cosas en las escaleras de emergencia —le explicó André dándole la mano para ayudarla a ponerse en pie— deben haber reaccionado ante el ruido que provocaste.
Zoe miró fijamente el fondo del corredor con auténtico terror en su mirada. Desde su posición no podía verla bien ya que la luz de la luna no daba a ese rincón en especial, por lo que las sombras gobernaban por completo toda esa zona, como un agujero o un portal a un lugar mucho más horrible.
—Debes haber tenido una pesadilla —agregó André para llamar su atención, aún con su mano derecha extendida hacia ella.
Zoe lo miró consternada. ¿Una pesadilla? Parecía tan malditamente real, el dolor, el olor a muerto, todo parecía tan auténtico. Incluso hasta podía sentir los restos de ese dolor en su cuero cabelludo.
—No pienses más en ello, levántate —refutó André agitando su mano delante de su rostro— vamos a la cafetería, no haz comido ni bebido nada en casi todo el día.
Zoe asintió con la cabeza, y agarró su mano luego de varios segundos que parecían eternos. Con un impulso André la ayudó a ponerse en pie.
—Siento haber gastado todas las municiones que teníamos... —dijo ella un tanto arrepentida por su estupidez.
—Y yo siento haberte empujado, así que estamos a mano... —dijo él con una excesiva sonrisa en su rostro a pesar de la extraña situación en la que se encontraban.
Aún no había soltado su mano y ella al darse cuenta se soltó bruscamente de su agarre, un tanto incomoda al ser tocada por él. Aún no confiaba completamente en su persona y estar tan cerca de él le da daba un poco de repelús.
Se apartó de él varios pasos y André sonrió aún más ante el accionar de la chica.
—Sabes que no te haré daño ¿verdad? —recalcó el reo colocando su mano en su pecho, haciendo especial ahínco en sus últimas palabras.
—No lo sé —contestó ella sin saber que pensar exactamente— Eres un convicto...
—Que sea un convicto —la interrumpió él— no significa que sea un monstruo... Sigo siendo una persona Zoe.
—Una persona que bien podría ser un asesino o un violador.
—Si lo fuera, ¿no crees que ya habría hecho mi jugada hace mucho? Bien podría ser mi último día en la tierra. Si quisiera violarte, ¿crees que perdería tanto tiempo?
Zoe no pudo decir nada ante sus palabras. Su boca quedó entreabierta con la disposición de liberar palabras, pero su cerebro no fue capaz de crear un comentario razonable que pudiera contrarrestar su afirmación.
André suspiró, un tanto cansado ante la actitud de la joven. Al final levantó sus manos en modo de rendición, encogiéndose de hombros en el proceso.
—Está bien, de acuerdo. Haz lo que quieras, no te voy a insistir más —se dió la vuelta y caminó en dirección a la entrada a la pequeña cafetería del ala de cirugía del hospital.
Cuando su cuerpo desapareció en la siguiente intersección, Zoe se permitió respirar aliviada finalmente. Caminó hacia el ventanal, donde la luz de la luna atravesaba suavemente proporcionándole una oscura y desolada vista de una ciudad aparentemente vacía y desierta.
Apoyó su frente en el cristal resquebrajado y miró hacia el cielo.
Sin poder evitarlo sus pensamiento la transportaron hacia sus padres y sus hermanos. Su familia... la extrañaba terriblemente. ¿Qué estarían haciendo ahora?
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