Ciudad de Yakima, 8:00 a.m
Jon maldijo por debajo al observar el estado del neumático arruinado del auto. Al parecer, con el tiroteo de hace un momento, uno de los perdigones de la escopeta había impactado en la rueda provocando que el neumático se desinflara lentamente pero con seguridad. Al poco tiempo todo el aire se liberó y luego terminó en este estado. No tuvieron más remedio que estacionar la camioneta a un lado de la carretera.
Si se hubiese dado cuenta de la avería antes, tal vez hubiese podido arreglarlo a tiempo con algo de cinta industrial. Habría aguantado un poco más, por lo menos hasta llegar a algún lugar donde pudiera reemplazarla.
Lo peor es que no habían traído consigo neumáticos de repuesto, por lo que no podría cambiarlo con sus propias manos.
Realmente, si que tenían mala suerte.
Bri estaba sentada en el asiento del piloto con las piernas apoyadas en el asfalto de la carretera y la puerta abierta, aspiró tranquilamente el humo de su cigarrillo que había logrado comprar en la gasolinera. Se sentía en cierta forma aliviada, al menos tendría bastantes cigarrillos en mano para calmar sus nervios.
A primera vista se veía tranquila, pero su esposo bien sabía que en el fondo era toda un desastre de caos y ansiedad. Usualmente no le gustaba que fumara, pero si eso al menos la mantendría calmada hasta encontrar una solución a todos sus problemas, estaba dispuesto a contener su desagrado un poco.
Se puso en pie con un gruñido claro de molestia y observó ambos lados de la carretera en busca de algún auto que los ayudara o al menos que los pueda aventar hasta la siguiente ciudad, pero para su poca fortuna, la carretera estaba más que desolada.
Enormes árboles de pino sobresalían de ambos lados de la calle de dos vías creando un frondoso y tupido bosque. El ambiente se sentía sumamente silencioso y solitario. Ni siquiera se escuchaba los sonidos característicos de la naturaleza.
—Supongo que tendremos que avanzar a pie —manifestó Brianna dándole una última calada al cigarrillo antes de tirarlo al asfalto y aplastarlo con su bota.
—Me preocupa tu pierna, creo que no deberíamos... —refutaba Jon pero no tardó en ser interrumpido por su esposa.
—Olvídate de mi pierna, estoy bien —Bri se puso en pie apoyándose de la puerta abierta de la camioneta—. He recibido heridas peores en el ejército.
Jon frunció el ceño ante el comentario de su mujer. No le gustaba que hablara mucho de su pasado en el ejército ya que sabía lo mucho que eso le afectaba. Le preocupaba que tuviera una recaída con todo lo sucedido recientemente.
Sin poder evitarlo recordó las palabras del terapeuta que atendía a Bri luego de su llegada de Afganistán.
—Trastorno de personalidad antisocial... —le había dicho el terapeuta de su esposa.
—¿Qué? —Espetó Jon impactado—. ¿Pero desde cuando es esto? Los libros médicos de Bri no dicen nada de esto.
El psicólogo cruzó sus piernas sentado en su gran sillón de cuero mientras golpeaba levemente su libreta de notas con el borde de su bolígrafo.
—Eso es porque Brianna sabe como ocultarlo bien. De lo contrario nunca habría podido enlistarse en el ejército.
Jon parecía muy confundido.
—Entonces... ¿por qué recién lo muestra ahora? ¿Por qué nunca me dijo que es una sociopata?
—No es culpa de su esposa ni de nadie. A veces el cerebro humano hace cosas extrañas inconscientemente para proteger a la persona de ciertas cosas, ya sea el rechazo o miedo a no ser normal. En todo este tiempo que atiendo a Bri me he dado cuenta de muchas cosas sobre la infancia que tuvo. Su padre era un hombre difícil ¿no?
Jon asientió recordando a William Farrel. Era más que difícil... Era desagradable.
Farrel era un hombre enteramente patriarcal de mentalidad machista.
Bri siempre había intentado hacer todo lo posible para hacerlo feliz, ya sea entrando al equipo de porristas o convirtiéndose en la clásica niña rubia perfeta y hermosa que todos adoraban. Por mucho tiempo ella había fingido ser alguien que no era, ocultando su verdadero ser y su verdadera forma de pensar; hasta que por fin cumplió los 18.
Nadie en su pueblo natal esperaba el cambio brusco de Brianna Farrel. No esperaban que se enlistara en el ejército, ni que tampoco se volviera una heroína nacional.
Jon había presenciado todo eso de primera mano, después de todo antes de casarse con ella o pensar alguna vez en ser su pareja, Jon solía ser principalmente su mejor amigo de la infancia.
—Entonces... ¿Qué hago ahora?
El psicólogo sonrió y respondió.
—No haga nada ni le diga nada. Simplemente tratala como normalmente la trata. Que siga pensando que tiene estrés postraumático. Aún no sé con exactitud como proceder con ella exactamente. Aunque no lo parezca, mentalmente Bri es muy sensible. Cualquier cambio drástico en su vida puede activar ese yo oscuro en su interior, por eso debemos tener cuidado con el tratamiento.
Había algo que a Jon todavía le preocupaba.
—Tengo otra pregunta doctor... por alguna razón el trastorno de personalidad antisocial... ¿es hereditario?
El psicólogo se arrascó su barbilla pensativo y respondió.
—No lo creo... pero he entrevistado a sus hijos por si acaso y los tres parecen estar bien mentalmente... pero hay algo que me preocupa.
Jon se tensó al escuchar las palabras del profesional.
—¿Qué cosa?
El psicólogo contestó luego de un suspiro pesado.
—Uno de sus gemelos... Alex... hay algo en el que no termina de cuadrar. A primera vista parece ser un chico normal... que adora mucho a su hermana hasta el punto de ser exagerado y algo sumiso con ella. No hay nada de malo con que quiera mucho a su hermana, pero tampoco debería ser su perrito faldero -Sonrió al decir lo último.
Jon arqueó una de sus pobladas cejas. No le daba ningún tipo de gracia nada de esta situación.
—Siempre ha sido así desde pequeño.
El psicólogo dejó de sonreír y la seriedad tiñó cada uno de sus rasgos faciales.
—Eso está bien... pero tal vez deberías vigilarlo un poco más. Me preocupa mucho su actitud cuando ella no está cerca.
El entrecejo de Jon se hundió confundido pero no dijo nada más al respecto. Asintió con la cabeza sin entender aún que quiso decir el psicólogo en aquel entonces.
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