El reloj marcó las seis de la mañana y ya Fernando había aseado la sala y montado el almuerzo. Por el poco tiempo que tenía entre jornadas laborales no tuvo otra opción que hacerlo de esa manera, la comida perdía calidad, pero por lo menos se aseguraba de que su hijo tuviese el almuerzo preparado al regresar del instituto.
Cuando el reloj marcó las siete, ya el desayuno y el almuerzo estaban listos, así que fue a la habitación de Alejandro para despertarlo y luego se metió en su cuarto. Una merecida ducha, su elegante traje de trabajo bien puesto y su exquisito perfume impregnado en su cuerpo. Todo estaba perfectamente listo. Todo marchaba en su obsesivo orden, y pudo haber sido una mañana normal y cotidiana, pero el timbre sonó, sonó en reiteradas ocasiones haciéndole salir de su habitación para abrir la puerta a toda prisa. Tras esta estaba el chico que recién se había mudado el día anterior, lucía asustado y agitado.
—¿Pasó algo malo?
—La señora Carla tuvo un accidente, soy nuevo aquí, y no sé qué hacer —dijo el chico de oscuros cabellos, piel lechosa y carita aniñada, se veía realmente alterado, así que Fernando salió disparado hasta la casa de su vecina, encontrando a la mujer tirada en el suelo inconsciente, entre ambos la subieron al auto y juntos la llevaron hasta el hospital.
Fernando miró su reloj, por las prisas dejó el celular cargando en su habitación y no consiguió explicarle nada a Alejandro sobre lo que había pasado. Solo esperaba que su hijo hubiese puesto de su parte para llegar a su instituto a tiempo, ya él se las arreglaría en su trabajo para justificar su demora.
—Creo que de aquí en adelante puedo hacerlo yo solo —dijo el delgado chico interrumpiendo el incómodo silencio.
—No voy a dejarte solo.
—Ya hiciste demasiado y los médicos dijeron que la señora Carla está bien. —Santiago, como le había dicho que se llamaba, llevó un mechón de su lacio cabello tras su oreja, y le miró trasmitiéndole miedo e inseguridad, pero a su vez firmeza y confianza, el chico estaba asustado, pero no quería demostrarlo—. No quiero causarte más molestias.
—No eres una molestia —Fernando le sonrió e inocentemente sacudió sus cabellos, tal cual lo hacía con su pequeño Alejandro. Solo tres años de diferencia. ¿Qué sería de Alejito si algún día a él le pasase algo malo? Tal vez también se sentiría así de asustado y perdido—. Pasaré por ti a la hora del almuerzo.
—No es necesario.
—¿Desayunaste?
—Sí… —dudó al responder—, por supuesto.
—¿Qué comiste? —Fernando atacó y Santiago le miró a los ojos tardando largos segundos en abrir la boca pero no alcanzó a pronunciar nada porque Fernando se lo impidió—. No me mientas.
—Comeré algo luego.
—¿Tienes dinero para comprarlo?
—Tengo algo de...
—Muéstramelo —volvió a interrumpirlo.
Santiago agachó su rostro y bufó una triste sonrisa. —Eres tan molesto.
Sin decir nada más, Fernando sacó unos cuantos pesos de su cartera, que por suerte sí había llevado consigo y le dejó dinero, también le hizo prometerle que le esperaría allí hasta que él volviese del trabajo. Llamó a Alejandro cuando se aseguró que este estaba en descanso y luego de un par de quejas y reclamos por parte de su hijo, llegaron al acuerdo de que ese día no pasaría a recogerlo porque tomaría la ruta cercana al hospital, pero que lo compensaría llevándolo el próximo domingo a cine, a él y a su mejor amigo Gustavo. Así se resolvían sus negocios. Cuando su jornada matutina acabó, se dirigió de inmediato al hospital, y como le había prometido, el chico de bonito rostro esperó sentado hasta que él llegó.
—Hola Santi, ¿sabes cómo ha seguido la señora Carla?
—¿Santi? —el moreno preguntó enarcando una ceja.
—Es de cariño, es que me recuerdas a mi hijo.
—¿Tienes un hijo que se llama Santiago?
—No, no importa, el punto es, ¿cómo siguió la señora Carla?
—Va a quedarse en observación unos días, pero los médicos me dijeron que estaba bastante bien.
—¿Y qué desayunaste?
—Cruasanes con chocolate —respondió él con una bonita sonrisa.
—¿Ves que es más fácil responder cuando dices la verdad? —Fernando se sentó a su lado y de manera apacible palmeó una de sus rodillas como muestra de apoyo—. Gracias a Dios tú estabas con ella, su familia aún no regresa de unas vacaciones.
—Y gracias a Dios tú ayer te acercaste a ayudarme, cuando todo pasó no sabía qué hacer ni a quién acudir.
—Todo va a estar bien. —Fernando suspiró y le brindó una sonrisa reconfortante, y Santiago asintió y sonrió de vuelta—. Ven, vamos a casa, por la tarde regresamos.
—Quiero quedarme de largo, su familia no ha llegado aún y no quiero dejarla sola.
—Tienes que almorzar y ducharte.
—Pero...
—Ella estará bien, la señora Carla es muy fuerte, y me aseguré de que le estuviesen brindando la ayuda médica necesaria, además conociéndola como la conozco, sé que se enfadará conmigo si no atiendo a su inquilino como a ella le gustaría hacerlo.
—De verdad no es necesario.
—Te estoy invitando a almorzar, ¿sabías que es de mala educación rechazar una invitación como esa?
—Vale —aceptó Santiago mostrando algo de vergüenza y timidez en su rostro—. Está bien, iré contigo, ¿Fernando?
—Veo que recuerdas muy bien mi nombre.
—Tengo buena memoria —Santiago caminó tras él, sintiéndose algo cohibido e intimidado, había un algo en ese hombre que le hacía sentirse extraño, gratamente extraño. Con suaves movimientos abrió la puerta y se subió en uno de los asientos traseros del auto, guardando silencio durante todo el camino, incluso se mantuvo algo callado estando en la casa de aquel castaño hombre que se había ofrecido a ayudarle.
—Ponte cómodo Santi, en unos minutos sirvo la comida.
—No me llames así —dijo Santiago apenas elevando el tono de su voz, no estaba molesto, en lo absoluto, pero sí algo abochornado—, me haces sentir como un niño.
—Lo siento, es la costumbre
—¿Dónde está tu hijo?, ¿vive contigo?
—Sí, por supuesto —Fernando hablaba mientras atendía la cocina, para no ensuciar sus ropas se había puesto un curioso delantal con figuras animadas que al de cabellos negros le causó mucha gracia, pero no dijo nada al respecto, temía abusar de su confianza—. Ahora mismo está en el instituto, viene en unos minutos, es más, no creo que tarde mucho, ya es hora del almuerzo y él siempre vive con hambre.
—No lo culpo —comentó Santiago ensanchando su sonrisa, sintiéndose demasiado cómodo, comprendiendo que habían demasiadas cosas en ese lugar que comenzaban a gustarle, y mucho—, con lo rico que huele todo, hasta yo correría kilómetros para venir a comer un poco.
—¿Estás alabando mi sazón?
—Tienes muy buena sazón, mira que yo no tenía nada de hambre cuando llegué, pero apenas comenzaste a calentar la comida mi estómago comenzó a gruñir.
—Eres muy bueno alabando —dijo Fernando con aparente seriedad—, acabas de ganarte muchas invitaciones a almorzar.
—Ya dije que no es necesario, además yo sé cocinar.
—¿Tu sazón es mejor que la mía? —preguntó Fernando mirándole con algo de complicidad en su rostro, y el joven moreno soltó una traviesa risilla, y encantado, se quedó prendido de ese par de hermosos ojos avellana que aún le miraban.
Fernando se le hacía atractivo, muy atractivo, era un hombre en sus treintas que transmitía la frescura y vitalidad de alguien de 20, además era bastante guapo, cabello castaño, piel dorada, ojos claros, cualidades que se potencializaban con una actitud caballerosa y una sonrisa amable.
Ese hombre le encantaba.
—Buenas —la voz de Alejandro se hizo sentir al instante, tosca, fría, inexpresiva—. No sabía que habría visita.
—Hola Alejito, él es Santiago, el vecino nuevo.
—¿Alejito? —Asombrado, el moreno abrió ampliamente sus ojos—. ¿Él es tu hijo?
—Sí. —Fernando sonrió orgulloso, sin lugar a dudas Alejandro era lo mejor y más importante en su vida—. Él es mi bebé.
—¡No me digas así! —reprochó el nombrado—. Es vergonzoso.
—Es bastante ¿grande? ¿Cuántos años tiene?
—15 —respondió Fernando.
—Una edad difícil.
—¿Y quién te crees para hablar de eso? —Alejandro respondió áspero, y se sentó frente a él sin dejar de mirarle a los ojos—. ¿Tú tienes cuantos? ¿16?
—18.
—Pues pareces de 14 y también tienes cara de mujer.
—Alejandro ¿qué está pasando contigo? —confundido, Fernando le dirigió una dura mirada a su hijo al tiempo que avanzaba hasta el moreno dejando una tierna caricia sobre su hombro—. Santiago, te pido disculpas por parte de mi hijo.
—¿Puedes quitarle la mano de encima? —Alejandro no disimuló su molestia al preguntar, como tampoco Fernando disimuló al reprenderlo solo con su mirada—. ¿Y qué hace él aquí?
—¿Puedes repetir esa pregunta sin ser tan grosero?
—¿Quieres que me comporte como un maldito hipócrita?
—¡Alejandro, ve ahora mismo a tu habitación!
—No, no, por favor —Santiago se puso de pie manteniendo sus manos en alto, sonriendo tímido, nervioso—. Yo no quiero causar problemas.
—Santiago, de verdad lo siento, él por lo general no es así —Fernando no podía con la vergüenza, eso se notaba, y tal vez, eso lo animó a ser más duro con su hijo—. ¡Te dije que te fueras a tu habitación!
—Me iré a mi habitación cuando él se vaya de mi casa.
—Ve ahora mismo a tu habitación y olvídate de que pagaré tu plan de celular el próximo mes.
—Claro, porque ahora un extraño es más importante que tu hijo. —Alejandro resopló sonando realmente molesto y haciendo el mayor ruido posible, se fue hasta su habitación cerrando esta con un portazo, Fernando estuvo a punto de reprenderle una vez más, pero Santiago lo atajó llamando su atención.
—No lo regañes por favor.
—De verdad lo siento.
—Tal vez solo está celoso.
—¿Por qué tendría que ponerse celoso?
—Porque eres su papá, y estás siendo muy atento conmigo, tal vez, tal vez se siente amenazado, ya sabes que a esa edad todo es más difícil.
—Hablaré con él.
—No seas duro con tu hijo, por favor.
—Tengo que ser duro con él.
—Por favor.
Caminando de un lado a otro dentro de su habitación, Alejandro mantenía el celular en su oído mientras esperaba que su amigo respondiera a su llamada. Alejandro estaba ansioso, se tornaba desesperado.
—¿Tavito?
—Alejo, ¿qué te pasa? Suenas raro.
—¿Crees que a mi papá le pueda gustar un chico?
—¿Un chico?
—Otro hombre.
—Ayer solo bromeábamos Alejito, tu padre casi no sale a citas pero a él le gustan las mujeres.
Alejandro cerró sus ojos comenzando a soltar largos y pesados suspiros.
—Tienes razón, a él nunca le gustaría un chico.
—¿Por qué preguntas eso?
—Hoy cuando regresé de clases lo encontré en la casa hablando con la falsa chica, la sonrisa de idiotas que ambos tenían daban ganas de agarrarlos a golpes.
—Exageras —Gustavo sonrió bajito—. Deberías controlar tus celos y tu imaginación.
—No estoy celoso, solo que lo que vi no me gustó en lo absoluto.
—Sí lo estás.
—¡No lo estoy! —Alejandro insistió.
—Entonces, ¿por qué suenas enojado y no preocupado?
—Pues no lo sé, lo único que sé es que no quiero que ese chico siga viniendo a esta casa.
—Suenas como si lo odiases a muerte.
—¡Eso es! —Alejandro rio amargamente—. Lo odio, me cayó mal y no quiero verlo nunca más aquí.
—Alejito, controla tus celos.
—¡Que no estoy celoso!
***¡Descarga NovelToon para disfrutar de una mejor experiencia de lectura!***
Updated 71 Episodes
Comments
Elizabeth Moreno
porque alejo se enoja tanto de repente vio su sexualidad reflejada en su padre y le gusta gustavo
2024-07-31
4
Yendi Jaramillo Avila
creo que a alejito le gusta su amigo y lo. ve reflejado en como vio a su papá
2024-05-11
3
Meiti 🥰🇲🇽
creo que le gusta asta a alejito
2024-05-04
0