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Los días en la villa de la facción transcurrieron con total calma dejando atrás los momentos agotadores en la ajetreada y bulliciosa capital. Jocasta pensó que podía acostumbrarse a ver aquel hermoso atardecer campestre todos los días desde su ventana, o la enorme y brillante luna que llenaba de luz incluso el más oscuro de los recintos, o las aves que solo habitaban las campiñas y los bosques y cuyo canto era una verdadera opera que podía conmover incluso al corazón más inquebrantable. Desde aquel día Jocasta, fascinada por su primera experiencia cabalgando, no dejo de practicar cada día luego de desayunar y regresaba antes del almuerzo haciendo que su habilidad sobre el corcel mejorara. En sus largos paseos por los campos y sembríos no podía faltar, por su puesto, aquel que se había vuelto su amigo en ese corto tiempo. Todavía no se encontraba completamente recuperado, sin embargo, en la última revisión de Claude este había dicho que sus heridas estaban sanando exitosamente, aunque todavía tenía que estar en observación y cuidados.
Era una calma inexplicable lo que Khaled sentía cuando pasaba tiempo junto a ella que por breves instantes se angustiaba y sentía la culpa por permanecer en el imperio y no junto a su pueblo que necesitaba a su príncipe para liderarlos. Pero tuvo que admitir, pese a sus propias dudas y temores, que aquella calidez lo reconfortaba bastante aun punto en que ya no sentía nada en su corazón más que el tibio toque de Jocasta. No cabía duda en él, esa niña debía de ser aquel ángel que lo acompaño y consoló en los momentos más angustiosos de su vida y agradeció a los dioses el que le obsequiaran la oportunidad de conocerla sin importar si el día de mañana ese mismo destino que ahora los unía sea el encargado de separarlos.
Porque pese a que ella era la esperanza y luz para un príncipe de las sombras él tenía un propósito y jamás renunciaría a la promesa que les hizo a sus antepasados.
―Antares ven a ver esta puesta de sol ―escuchó la voz de Jocasta llamándolo con suavidad y vio su rostro siendo tocado por la dorada luz del astro real que descendía por el lado oeste del territorio tocando los campos y tiñéndolos de oro.
Khaled camino con cuidado dando pequeños brincos. La gran recamara de la hija del gran duque era tan amplia que el cuervo muy bien podía dirigirse hacia el balcón principal sin obstáculo alguno. Cuando estuvo cerca de la niña esta lo levanto del suelo con cuidado y lo poso en el amplio barandal. Desde el balcón de Jocasta se podía obtener una magnifica vista del territorio y Khaled lo comprobó al ver los cálidos y finales rayos del sol que desfallecía como un viejo rey.
“Siento el corazón cálido” ―pensó Khaled.
―Es hermoso, ¿No crees? ―dijo Jocasta con la más puras de las sonrisas despreocupadas, incluso ella sentía la calidez y tranquilidad sanadora que solo puede ser otorgada por una puesta de sol magnifica como aquella ―. Siempre soñé con ver un atardecer como este ―ahora su voz se escuchaba nostálgica y por un segundo Khaled pensó que escuchaba a un alma vieja dentro de aquel joven cuerpo ―. Siempre quise ir más allá de donde el sol muere, porque quería morir dignamente.
Khaled gira su cabeza y observa aquel perfil, a la luz del sol sus pestañas rubias parecían de oro.
“Es tan joven” ―pensó Khaled con sorpresa ―. “Y sin embargo sus palabras son enigmáticas y de alguien que ha pasado por mucho y perdido todo”
―Las jóvenes como yo somos criadas para engrandecer el apellido y servir a la nación ―continuó la niña sin quitar la vista del ocaso y Khaled reconoció la nostalgia a través de sus palabras ―. Una dama no puede ni debe demostrar dolor aun cuando sienta los tobillos desgarrarse o el corsé le apriete tanto que no pueda respirar, el llanto en público es vulgar y mal visto y estamos bajo la constante mira de una sociedad tan cruel que condena hasta el más mínimo error ―una sonrisa melancolía se dibujó en sus labios ―. Muchas veces soñé con ser libre y escapar de un destino impuesto, pero mi miedo al mundo fue tan fuerte que me aferre a lo conocido y acepte la voluntad de otros creyendo erróneamente que sería mi felicidad. No pude estar más equivocada.
“¿A qué se refiere?” ―inquirió Khaled sin comprender aun sus enigmáticas palabras. ―. “¿Quién te hizo daño? ―se preguntó el cuervo ―. “¿Quiénes se atrevieron a dañar tu luz?”
―Antes anhelaba escapar de mi destino ―continuo ella ―. Romper la pesada cadena que me ataba a ejercer una tarea para la cual he sido criada desde la cuna, la misma que muchas mujeres antes de mi ejercieron con dignidad. Mi destino era seguir aquel sendero espinoso y soportarlo con la elegancia de una verdadera emperatriz, pero ya no más ―unas tibias lágrimas brotaron de sus cuencas y descendieron por sus mejillas formando un camino hacia sus labios ―. Huir no solucionara nada ni salvara a quienes más amo. He decidido luchar por mi vida ―sus ojos aun con vestigios de lágrimas miraron a Khaled y una sonrisa optimista se dibujó en ellos ―. He decido no dejarme vencer y proteger a mi familia ―sus manos acariciaron el suave y oscuro plumaje de su querido cuervo y su corazón se llenó de calma y paz ―. Sé que te iras muy pronto cuando estés recuperado, pero ¿Estarás conmigo cuando todo esto termine? ¿Me acompañaras en este camino largo y doloroso que me espera para poder obtener mi libertad? Te prometo, mi querido amigo, que no descansare hasta hacer un lugar mejor para ti y los tuyos y los cuervos puedan surcar los cielos con total libertad.
Los ojos de Khaled se abrieron enormemente al oír aquella declaración, por un instante no vio a una niña noble nacida en cuna de oro y criada para servir al imperio como peón, todo lo contrario, sino a alguien que estaba dispuesta a ir en contra de aquella nación cuyo padre estuvo dispuesto a morir por protegerla. No había duda en Khaled ahora, esa niña no era ordinaria, podía comprender ahora su anhelo por convertirse en la gran duquesa y ser la heredera del título.
―Ya no tengo miedo ―afirmo Jocasta con determinación ―. Ya no escapare ni lamentare mi suerte, he de labrar mi propio camino, he de destruir todo lo que se encuentre conmigo, tomaré mi venganza y otorgare el imperio a su legítimo dueño.
“¿Legítimo dueño?”
―Khaled Corvus ―dijo Jocasta y Khaled por poco resbala del barandal al oír su nombre siendo pronunciado por ella con total firmeza ―. Le otorgare el imperio a Khaled Corvus de los cuervos.
“Pero, ¿qué fue lo que dijo?” ―se dijo Khaled aun sorprendido por aquella revelación ¿Cómo es que ella sabía de él? Pero más importante aún era entender la razón que la motivaba a traicionar a su patria y otorgarle el control del imperio, el mismo que juro destruir por la sangre y la vida de su pueblo.
Esa joven dama aristócrata nacida en Ether y criada para ser la siguiente emperatriz ahora se alzaba como su más valiosa aliada. El destino obraba de formas misteriosas, definitivamente.
...***...
― ¡Joven maestra Jocasta! ―la voz de Maya ingresando abruptamente a la biblioteca hace que la joven dama que en ese instante se encontraba absorbida en la lectura de un libro de caballería apartara la vista del manuscrito y observara alarmada a la muchacha quien ingreso presurosa y con las mejillas rojas por la carrera que hizo desde la entrada hasta aquella habitación lejana.
La biblioteca se había convertido en el refugio de Jocasta en aquellos días, no era de gran tamaño como la de la mansión de la capital, pero estaba surtida de interesantes libros de todos los temas posibles debido a que al igual que ella su padre era un fanático de la lectura. Sabiendo que pronto sería entrenada como caballero Jocasta supuso que no estaría mal empezar a estudiar un poco antes de pasar al aprendizaje practico. Así cuando el día estaba hermoso solía leer un poco bajo la sombra de un frondoso árbol los “40 tratados del buen caballero” recitándolos como un maestro a sus alumnos, Scilla solía quedarse dormida debido al aburrimiento, solo el cuervo que siempre la acompañaba escuchaba atento cada palabra que salía de ella e intentaba retener toda la información posible.
“Un buen caballero” ―recitaba Jocasta ―. “Reserva la espada solo para sus enemigos y jamás ha de levantarla ante el inocente, castiga al fuerte y resguarda al débil porque sabe que un hombre fuerte se protege a sí mismo, pero un hombre mucho más fuerte protege a los demás.
Khaled recodo a su padre y a su hermano y a todos los valientes guerreros que dieron su vida para proteger lo que quedaba del clan. El rey Serkan que puso a su gente por sobre todo y murió luchando hasta el final, para Khaled su padre era la definición de un caballero, un rey heroico que ahora gobernaba en las estrellas.
― ¿Qué sucede Maya? ―dijo Jocasta cerrando el libro e incorporándose alarmada, por un momento pensó que algo había sucedido con su madre y padre, el miedo había vuelto a ella como esa noche en que lo perdió todo, hizo un enorme esfuerzo por controlar a su corazón.
―Está aquí señorita Jocasta, lo acabo de ver ahora ingresando al despacho de su padre, vino hace poco su carruaje todavía se encuentra estacionado con su equipaje.
Jocasta no comprendía con claridad que era lo que pretendía decir Maya, la rapidez de sus palabras no le permitían entender como era debido.
―Habla con calma querida Maya ―pidió Jocasta con gentileza ―. ¿Quién acaba de llegar y se encuentra con mi padre?
― ¡Su nuevo maestro! ―exclamo la joven sirvienta con efusividad.
Ahora la incertidumbre fue remplazada por la alegría. El rostro de Jocasta se llenó de entusiasmo y los nervios le llenaban el estómago de mariposas.
― ¡No puede ser!
― ¡Si puede ser!
Con rapidez ambas mujeres salieron de la biblioteca y corrieron hasta el vestíbulo intentando llegar hasta el despacho del gran duque quien de seguro se encontraba en reunión con el recién llegado. ¿Cómo sería? ¿Qué tan buen maestro seria? Se preguntó Jocasta, seguro el mejor porque su padre le había dado su palabra de que traería al más capacitado maestro en el arte de la espada. Jocasta ya no veía la hora de empezar al fin su entrenamiento.
―Silencio señorita ―le advirtió Maya en voz baja haciendo a su vez el gesto con el dedo índice en sus labios.
Jocasta obedeció y procuro ser lo más reservada posible para poder oír atentamente lo que sea que su padre estuviese tratando con el recién llegado. No era propio en una dama el escuchar platicas ajenas, si una institutriz se hubiese encontrado cerca pegaría un grito escandalizada por aquella muestra de poca educación. Pero ya esa época había quedado atrás, ya no más institutrices estrictas ni restricciones.
― ¿Puede oír algo señorita? ―susurra Maya intentando inútilmente entender los murmullos masculinos de ambos hombres.
―Nada aun, padre habla muy bajo ―responde Jocasta incapaz de poder entender aquella conversación. Su padre era un hombre importante que discutía asuntos de relevancia en su despacho era natural que la edificación de la mansión estuviese fabricada para evitar cualquier filtración.
Tan distraída se encontraban ambas que no se percataron del instante en que la puerta se abrió y la figura del gran duque apareció de pronto haciendo que tanto Jocasta como Maya se irguieran rápidamente e intentasen disimular sus rostros de sorpresa y pánico. El rojo carmín tiño las mejillas de la niña clara muestra de la enorme vergüenza que sintió en aquel instante.
―Pa-Pa-Papá ―dijo la joven dama adoptando rápidamente una postura correcta y ejecuta una reverencia ―. Gusto en saludarlo padre.
―Jocasta ―dijo Jonathan con sorpresa ―. ¿Por qué tan formal? ¿Acaso intentas disimular tu pequeño tras pie? Pequeña curiosa ―una sonrisa divertida se plasma en el rostro del gran duque.
El rostro de Jocasta enrojece de nuevo. ¿Desde cuándo su padre se divertía provocándole ese tipo de reacciones? Incluso para ella que había retornado por segunda vez nunca tuvo la oportunidad de ver ese lado de su padre.
―Padre, estás muy alegre esta mañana ―dijo Jocasta contagiándose de la actitud divertida de su padre ―. Lamento mucho haberlo importunado debe estar muy ocupado tratando un asunto de vital importancia.
Maya permanece con la cabeza gacha rotundamente avergonzada por su proceder.
―Co-Con permiso su excelencia ―dice la muchacha retirándose con rapidez dejando a Jocasta afrontado sola aquel bochornoso momento ―. ¡Lo siento señorita! ―se aleja la sirvienta deseándole la mayor de las suertes a su joven maestra.
Por un momento Jocasta tuvo el impulso de seguir el ejemplo de Maya y huir cobardemente aun cuando aquel comportamiento pareciese infantil a simple vista, pero ¿Qué demonios? Ella era una niña ahora y podía comportarse todo lo infantil posible.
―Eres una niña muy valiente Jocasta ―hablo Jonathan con una gentil sonrisa paternal ―. De hecho, me alegra el haberte encontrado aquí me has ahorrado el trabajo de ir a buscarte. Hay alguien a quien quiero que conozcas estoy seguro que te entusiasmara demasiado.
El gran duque se abre paso e invita a su hija a ingresar al despacho en donde una figura de espaldas se encontraba de pie contemplando en silencio un retrato del duque anterior. El reciento era de menor tamaño en comparación con el estudio de la mansión en la capital más sin embargo eso no significaba que sea menos impresionante, los grandes estantes de libros de madera de roble hermosamente tallado se alzaban como columnas hasta el techo repletos de gruesos tomos que pertenecían a la colección privada de Jonathan.
―Su excelencia ¿Hay algún problema? ―el hombre que hasta ese momento se encontraba de espaldas mira hacia la entrada observando al gran duque ingresar con una joven dama de aspecto semejante al gran duquesa, incluso podía afirmar con seguridad que esta era su vivo retrato a excepción de los ojos que eran los de su maestro y entonces no le quedo más dudas de la verdadera identidad de aquella jovencita.
Jocasta también lo observó con detalle, aquel era un hombre joven posiblemente no mayor de 30, de estatura promedio y aspecto amigable a pesar de que se trataba de un experto en el arte de la espada, su cabello oscuro y largo estaba ordenado de forma prolija en una especie de pequeña coleta fuertemente ajustada y sus ojos oscuros la miraron directamente, poseía rasgos fuertes y una cicatriz en medio del rostro resaltaba aún más ese aspecto.
Era la primera vez que Jocasta lo veía.
―Sir Wilde ―dijo Jonathan ingresando junto a su hija y sonriendo de una forma que denotaba orgullo ―. Permita que le presente a mi hija y heredera, lady Jocasta Asteria a quien usted tendrá bajo su tutela y entrenara en el arte de la espada.
Jasper Wilde la vio de pies a cabeza sin disimular una expresión de asombro y a la vez algo de renuencia. ¿En qué cabeza cabía que una niña como esa de apariencia notoriamente delicada y criada para ejercer el papel de dama noble podría tan siquiera sostener una espada sobre su cabeza? ¿Era acaso alguna especie de broma?
Cuando escuchó que el gran duque Asteria lo solicitaba para que tomara de aprendiz a su sucesor nunca se hubiese imaginado que sería una niña, lo normal era que a falta de heredero varones el líder de una casa ducal o marquesado adoptase a un familiar de segundo grado como hijo legítimo y así el territorio seguiría bajo la administración de la casta principal no obstante pocas familias, generalmente la de mayor estatus y relevancia en el imperio, permitían que herederas mujeres tomaran el titulo pero solo cumplían con la labor administrativa no obstante lo que el duque pretendía ahora era algo poco común y que sin duda causaría revuelo en los círculos sociales del imperio. Una niña que no solo heredaría el título de gran duquesa, sino que también las obligaciones integras que corresponde a dicho cargo y eso incluía por supuesto el control de las tropas al cargo de su excelencia Asteria.
Pero bastó verle el rostro a su excelencia el gran duque para comprobar por sí mismo que nada había sido un error y que efectivamente su presencia en el territorio del ducado se debía a que educaría en el arte de la espada a un próximo heredero. Jasper no era de origen noble y el camino que recorrió hasta convertirse en el mejor entrenador del imperio fue sumamente difícil y de no ser por su excelencia el gran duque que lo patrocino jamás hubiese tenido la oportunidad de desempeñarse como instructor. En cierta manera se lo debía y había dado su palabra de que saldaría la deuda con su maestro.
―Mucho gusto, lady Asteria ―dice Jasper ejecutando una reverencia formal ―. Mi nombre es Jasper Wilde y seré su maestro a partir de ahora.
―Por favor cuide de mí ―responde la jovencita saludando con elegancia a su instructor y maestro, mentiría si dijera que no se encontraba entusiasmada porque lo estaba, su corazón latía frenético ―. Daré mi mejor esfuerzo.
Jasper le sonríe sin quitar los ojos de ella, era tal y como los rumores decían de ella, una pequeña muñeca refinada y elegante entrenada para ser la dama perfecta. El camino del guerrero no era el mismo que el de emperatriz, no habían “por favor” y “gracias” era el camino del fuerte del que estaba dispuesto a atacar primero antes de ser atacado y no estaba seguro si esa niña podría soportar ese nivel de brutalidad. Jasper era profesional y no permitía que aquello que amaba tanto fuese tomado como un pasatiempo, la pequeña princesa quería ser entrada como caballero y así seria, la haría desear haber pensado dos veces antes de haber tomado esa decisión.
―Bien, empecemos cuanto antes mi lady.
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Updated 71 Episodes
Comments
Rebecca H
Boris
el gran Boris es su maestro...
Me encanta esta novela
2024-02-10
1
Lina Maria Casas Pastrana
Jasper, Jocasta es una mujer fuerte y vas a quedar boquiabierto
2022-09-10
9
🍒CHELI🍒
Jasper, creo que te llevarás una sorpresa, la pequeña Jocasta no es lo que parece y te demostrará que no deberías subestimar a una dama.
2022-09-10
0