"Y en mis sueños yo puedo tocar el cielo y volar hacia la libertad"

...II...

 

El día tan ansiado para Jocasta llegó cuándo cumplió los diecisiete años y se convirtió en una mujer de una belleza magistral y, tanto nobles cómo plebeyos, no pudieron negar el porte elegante y el encanto de la nueva princesa heredera. Su boda con el príncipe heredero Carles Silverius fue celebrada por todos en el imperio quienes la reconocieron cómo única princesa y futura madre.

Por un segundo la tristeza en el corazón de Jocasta se vio disipada por las promesas de Carles en frente de la sacerdotisa encargada de efectuar la ceremonia de matrimonio.

—Los cielos se dirigen a la luz del imperio Carles Silverius quien porta la bendición de la diosa y quien se encuentra presente para tomar a esta dama y amarla por el resto de sus días, ¿Acepta la voluntad de la diosa?

—Acepto —dijo Carles sosteniendo la mano de Jocasta y observándola con profundos ojos.

Al fin luego de tantos años la veía por primera vez y fue en el mismo día de su boda.

Tal y como mandaba la tradición ver a su prometida estaba prohibido, ya que podría perderse la magia de la primera impresión además de la pureza de quien sería su futura esposa. El emperador regente, su padre, había dejado muy en claro la importancia de mantener a la futura pareja alejada para permitir que el instante en que se vieran por primera vez sea en presencia de la sacerdotisa quien representaba la voluntad de la diosa y de esa forma su unión seria bendita y traería años de paz al imperio. Pero lejos de un amor a primera vista que era lo que buscaba el emperador y la familia del duque, fue un total rostro de indiferencia el que Carles mostró hacia ella.

Era hermosa, debía de admitirlo, pero había algo en esa mujer que le causaba renuencia y no inspiraba sus pasiones. Puede que Carles no haya podido ver a su prometida, pero estuvo al tanto de los rumores sobre Jocasta y los rumores decían que aquella mujer era fría cómo un bloque de hielo e indiferente con todos los que la rodeaban, perfecta por fuera de una elegancia sin igual más no mostraba sentimientos cómo si estuviese ausente de estos. En resumen, era cómo una muñeca de porcelana, bella pero completamente vacía, sin alma.

Una mujer incapaz de sentir, una mujer que era comparada con un hombre debido a su razonamiento sagaz.

No existía amor que Carles pudiese darle, tan solo la usaría para complacer a su padre y asegurar de aquella forma su lugar cómo emperador. Después de todo nadie dijo que debía de amarla.

—Los cielos se dirigen a la luna del imperio, princesa Jocasta Asteria, quien porta la bendición de la diosa y quien se encuentra aquí presente para tomar a este hombre y amarlo para toda la vida —hablo de nuevo la sacerdotisa.

A diferencia de Carles quien solo la veía como un artilugio más para afianzarse con el trono y la corona de emperador, Jocasta se permitió albergar esperanzas e imaginar una vida de pacífica junto a quien ahora se convertiría en su esposo, y tal vez en un futuro llegar a amarlo, después de todo, ¿Quién dijo que el amor no podría nacer de un matrimonio político?

Para Jocasta Carles era todo lo que soñó en un príncipe; apuesto, de gran porte, valiente y de una mente tan profunda ¿Qué mujer no podría enamorarse fácilmente de una figura como esa? Al igual que su prometido ella también había oído rumores sobre este y aquello formó una pequeña grieta en su corazón, el príncipe Carles, aunque era un gran guerrero en combate tenía fama de mujeriego y para nadie era secreto aquel rumor, por mucho que Jonathan e Dione intentasen evitar que su hija tuviera conocimiento sobre aquellas habladurías no pudieron impedirlo. El emperador conocía que pie cojeaba su hijo e intento calmar a la familia de Jocasta y a su futura nuera argumentando que no debía de existir preocupación alguna por travesuras juveniles y que el príncipe heredero dejaría sus andadas una vez casado con Jocasta para sentar cabeza y ser el emperador anhelado. Esas palabras lograron calmar a la futura princesa heredera.

Ahora la había elegido a ella, todo el esfuerzo que dio para hacer de sí misma una mujer noble digna del príncipe heredero serian al fin recompensados con un matrimonio que llenaría sus días de felicidad. Tantas horas encerradas bajo estricta tutela con la finalidad de moldearla para hacer de ella una digna emperatriz al fin se terminaban para dar paso a momentos apacibles.

Jocasta prometió en su corazón hacer feliz a Carles, ser una buena esposa una buena emperatriz para su imperio, una leal amiga y si el corazón lo permitía, entregarle su incondicional amor.

—Acepto —dijo Jocasta con el corazón temblando de cálidos sentimientos, aunque por fuera se mantuvo serena, sus mejillas apenas y se tiñeron de rojo, Carles no pudo ni tan siquiera notarlo.

La gente vitoreó a los príncipes sucesores cómo el futuro emperador y emperatriz expresando su total apoyo a la boda real y su regocijo por los años venideros que habrían de ser prósperos.

Pero entre las muchas personas dichosas por tan venturosa celebración, existía alguien que en la lejanía miraba con envidia y rabia la felicidad de a quien ella se refería cómo su quería hermana. Sus ojos no se apartaron de Jocasta ni del príncipe anhelando una vez más aquello que según ella le pertenecía. ¿Por qué Jocasta y no ella? ¿Por qué esa muchacha que nació con todo a la mano y que gozo toda una vida de riqueza y buena posición era recompensada con una corona en su rubia y patética cabeza?

Ella nació con todo, ella no sabía lo que era el sufrimiento, Jocasta nunca conoció las privaciones ni trabajo tan siquiera por todo lo que le fue otorgado, ¡No se lo merecía!

Puede que Irisella disfrutará de la buena fe de la familia Asteria quien la trataba cómo una más de sus hijas, pero existía algo que ellos no podían darle y que ella quería más que nada en el mundo; reconocimiento, poder, ser amada por todos en el imperio y disfrutar de una vida sin ninguna clase de privación y eso solo lo conseguiría siendo la esposa del príncipe heredero. Irisella tenía el dinero de los Asteria, pero no tenía la misma posición en la sociedad. Para todos ella siempre sería una patrocinada a diferencia de Jocasta quien era la verdadera hija y ostentaba el título de duquesa además de princesa heredera y futura emperatriz.

Jocasta siempre termina teniéndolo todo.

—Pero no será por mucho —sonríe Irisella

 

...***...

 

Dos años después de celebrarse la unión entre Jocasta y Carles, un día de otoño a la media noche la salud del emperador quien ya venía luchando contra males cardíacos se agravó y fue que un día no pudiendo soportarlo más cayó en cama mientras los médicos de la corona entraban y salían de los aposentos reales sin encontrar el remedio a los males de su señor, a la mañana siguiente en todo el territorio se corrió la voz de que su majestad no sobreviviría la noche, los rumores se intensificaron al tener el conocimiento de que el emperador moribundo mando a llamar a su hijo y nuera para darles la bendición antes de su partida.

A la media noche las campanas del templo resonaron por toda la ciudad anunciando el fallecimiento del emperador y la ciudad guardo luto por su señor por un período de una semana. Los encargados de dirigir la ceremonia y el cortejo fúnebre fueron el príncipe y la princesa heredera quienes al finalizar los actos de despedida de quien había sido el padre del imperio por 48 años se presentaron ante la suma sacerdotisa postrados enfrente de la figura que representaba a la diosa y con la bendición de esta fueron anunciados como el nuevo emperador y emperatriz.

La tan ansiada corona de emperador se vio sobre la testa de Carles y se vio con su más ferviente anhelo realizado. Jocasta quien lo tomo con mayor prudencia guardo silencio para lograr calmarse y disipar los temores que la embargaban, en su corazón oró por el emperador fallecido quien había sido tan bueno con ella y la ayudo a soportar los solitarios días en palacio. Aquello era para lo que se había preparado por años, aun así, no dejaba de tener temer por si llegase a fallar en su deber. Ser llamada la madre del imperio no solo era un bonito título que ostentar sino también traía consigo una responsabilidad para aquellas personas que depositaron su confianza en ella y quienes buscaba una figura que intercediera por ellos con el emperador, alguien quien les hiciera sentir protegidos.

Por esas personas, Jocasta no debía fallar.

Desde su coronación un par de años más transcurrieron y aunque su imagen ante el imperio era mejor que la del mismo emperador, su relación no mejoro en nada desde el día de su boda. Renuente a ocupar el lecho matrimonial con ella, Carles prefería la compañía de sus amantes ocasionales que la de su esposa quien angustiada oía los chismes de la corte sobre como el emperador disfrutaba de pasar el rato con sus concubinas en lugar de la emperatriz.

“¿Qué esperabas?” decían por los pasillos “Es tan frígida que no me sorprendería que no lograse motivar al emperador en ningún aspecto, que desperdicio”

“Apuesto que hasta es infértil, a ese ritmo su posición y permanencia en palacio penden de un hilo”

“Pero, ¿Qué te puedes esperar de una mujer que no muestra expresión alguna y que parece un bloque de piedra?”

El corazón de la emperatriz se quebró en mil pedazos ¿Cómo decir que ella no era la causante de la indiferencia del emperador? ¿Cómo decir que aquel hombre dejó bien en claro que solo buscaba de ella la facilidad para ascender a emperador y que nunca la vería como mujer? Desde muy niña ansío algo que nunca obtendría.

Aún recuerda esa primera noche de bodas, en donde Carles le dejo muy en claro su lugar a partir de ese momento.

—No esperes que te llame esposa ni tampoco muestra de cariño de mi parte, solo accedí a casarme contigo para satisfacer a mi padre y asegurarme el título de emperador, en esta recámara tienes el mismo valor que una silla o cualquier mueble.

—Le recuerdo su alteza que su padre espera que demos un heredero al imperio —dijo Jocasta con una postura firme y serena.

—Te has de quedar con las ganas, ¿Eso no te hace feliz? Al fin de cuentas, tienes la apariencia de alguien que no disfrutaría del sexo, no haces que mi libido se encienda, esposa mía —el orgullo de Jocasta estaba herido.

—Yo no soy una cualquiera.

—Eres menos que eso, zorra oportunista que quiere ser la emperatriz, agradece mi misericordia que eso es lo único que obtendrás de mí y mi familia, no te daré un hijo para que tú y tu padre se crean con los derechos para ser lo que les plazca, no pienso tocarte.

Jocasta guardo silencio luchando por retener las lágrimas y no perder la compostura.

—Incluso cuando te digo que para mí no vales cómo mujer, permaneces con ese rostro inexpresivo y vacío, eres cómo un cadáver, haces que pierda mi libido —dijo Carles burlándose de ella en la soledad de la alcoba.

Por fuera tranquila tal y como le enseñaron, una mujer digna no lloraba y mucho menos una emperatriz, pero por dentro el grito incesante de su dolor amenazaba con desgarrar su pecho. Las palabras eran como despiadados cuchillos que le traspasaban. Aun así, Jocasta permaneció silenciosa mientras su marido se retiraba para ir hacia la recámara de una de sus concubinas.

Y así fue la primera noche y muchas noches más que la sucedieron.

Sus padres en su inocencia y creyendo que actuaban de buena fe, sugirieron a su hija que tal vez con la visita de su hermana sus días en palacio se volverían menos solitarios y creyendo en esas palabras e intentando mitigar la melancolía de sus días Jocasta accedió a que Irisella pasara una temporada haciéndole compañía.

La noticia fue recibida por Irisella con dulce alegría, abrazo a sus benefactores expresando palabras tiernas de agradecimiento. Pero lo que Jocasta desconocía era que la de la idea de dejar que la señorita Beryllus pasara una temporada en el palacio imperial fue de la misma Irisella quien lo sugirió de forma casual e inocente y que para su suerte dicha indirecta de captada por los Asteria de inmediato. Así pues, una semana después Irisella Beryllus llego a palacio y fue presentada ante el emperador cómo la “Hermana” de Jocasta.

A diferencia de su esposa esa mujer era inocente y dulce, cándida como una pequeña niña y poseedora de unos curiosos y vivaces ojos que veían todo con maravilla. Un angelito gracioso que enternecía con facilidad.

—Majestad —saludo Irisella haciendo una pequeña reverencia mientras sonreía de esa forma encantadora y tierna —Irisella Beryllus le saluda, salve al emperador.

Carles recibió el saludo con satisfacción y Irisella se retiró guiada por una dama de compañía de Jocasta hacia los aposentos de la emperatriz. Mientras era llevada hacia donde su “hermana” se encontraba Irisella iba sonriendo recordando su primer encuentro con el emperador y lo atractivo que le pareció, reconoció en sus ojos el interés que este sintió por ella y su corazón se regocijó aún más.

—Mi señora emperatriz luz del imperio, Scilla Paulethe le saluda, su hermana acaba de llegar.

El poder llevar a su doncella a palacio luego de su coronación fue uno de los pocos privilegios que se le otorgó a Jocasta. Sus padres un poco renuentes a tal pedido por parte de su hija argumentaron que una tendría miles de doncellas a su disposición, pero Jocasta no queriendo separarse de alguien tan importante cómo Scilla insistió en aquel pedido, al final la doncella Paulethe fue con su señora estando en todo momento junto a ella.

Jocasta quien se encontraba en su despacho revisando documentos importantes para la administración del imperio y que originalmente era trabajo de su esposo, se incorporó de su asiento para recibir a Irisella quien tan imprudente como siempre no espero a que Scilla le comunicara la autorización de la emperatriz para ingresar, corrió hacia Jocasta pese a la sorpresa de las damas de compañía que ahí se encontraban que no podían concebir que existiera alguien tan corriente y fuera de lugar que no podía respetar el rango de la emperatriz. Pero eso a Irisella poco o nada le importaba siempre que pudiese lucir tierna y linda, tomó a Jocasta de las manos para luego darle un fuerte abrazo.

Scilla quien había sido testigo del comportamiento tan liberal de Irisella en la mansión Asteria guardo silencio sin mostrar sorpresa alguna, más eso no significaba que no le desagradara, desde que aquella señorita había llegado había visto cómo poco a poco empezaba a monopolizarlo todo y a querer desplazar a su señora ¿Qué buscaba con venir a palacio?

—¡Gracias por dejar que me quede aquí unos días hermana! —exclamó Irisella con un rostro resplandeciente —. Estaba tan sola en la mansión sin nadie con quien hablar, padre y madre son tan buenos, pero no es lo mismo ¡Te he extrañado tanto!

Jocasta le dedica una apacible y gentil sonrisa.

—A mí también me da gusto verte Irisella, espero que tu viaje desde el territorio haya sido tranquilo y sin contratiempos.

—Estuvo tranquilo hermana, gracias por preocuparte por mí.

—Debes estar sedienta, ¿Te apetece un té?

—Claro que sí, que emoción podre tomar el té en el palacio otro sueño realizado —exclama Irisella con clara alegría.

—Lady Inna por favor disponga para que nuestro té sea llevado a la sala por favor.

—Cómo ordene emperatriz —responde Inna Rotherin retirándose para organizar la reunión de té pedido por su señora. Ella era una de damas de compañía seleccionada para Jocasta por recomendación del antiguo emperador.

Mientras Irisella y Jocasta se dirigían a la estancia debidamente preparada para que la emperatriz tomará un descanso, la dulce Irisella no dejaba de dar pequeños saltos mientras avanzaba, parecía una niña maravillada con todo lo que se encontraba a su alrededor. ¿Qué era la mansión de los duques en comparación con los lujos del palacio? Una vez llegaron a su destino, las damas de compañía de Jocasta se apresuran a escoltar a su señora hacia un asiento en una mesa debidamente puesta para ella, las flores predilectas de Jocasta daban a la estancia un delicioso aroma que era de mucho agrado. Irisella también toma su lugar al frente de su hermana la indumentaria del té también era exquisito y de mucho valor, no existía nada en aquel lugar que no fuese lujoso.

Scilla se apresuró a servir el té a Jocasta, cómo manda la etiqueta, era ella quién debía de dar el primer sorbo según los protocolos reales.

—¿Ese es té de naranja y miel? —pregunto Irisella con una amplia sonrisa viendo el líquido vertido en la taza de la emperatriz.

—Así es —respondió Inna cada vez más ofuscada por la total falta de sentido y modales de aquella invitada —. El té favorito de la emperatriz es el de naranja y miel.

Al ver que a ella solo le sirvieron un simple té de canela y cardamomo Irisella puso un poco de mala cara y su sonrisa se deshace.

—Hermana ¿Podemos cambiar?

Scilla tuvo que reunir fuerzas para no soltar la tetera debido a la sorpresa e Inna no disimulo una mirada asesina hacia Irisella.

—Señorita Beryllus ¿Habla usted con sentido? —dijo la dama Rotherin con un tono de quien reprende a un niño pequeño —. La emperatriz tiene el mayor orden de rango y se está prohibido beber de la misma taza que ella. No humille de esa forma a nuestra madre.

Para Irisella quien nunca nadie le había negado nada aquel regaño por parte de la dama Rotherin fue suficiente para que sus ojos se pusieran acuosos y sus largas pestañas se llenarán de lágrimas. Lucía como una flor marchita que inspiraba lastima.

—No fue mi intensión insultarte hermana …. En casa siempre compartías conmigo de tu té… Yo-Yo pensé que eso nunca cambiaría entre nosotras.

Para evitar un escándalo aun mayor y que el llanto de Irisella se incrementará Jocasta suspiro y cambio de tazas con ella. Ahora era la dulce Irisella quien tenía el té de naranja y ella el de canela.

—No hay que hacer un problema por nada, debes estar sedienta no llores Irisella —sonríe Jocasta al ver a su hermana dejar de llorar y mostrar su alegría de nuevo.

La dama Rotherin guardo silencio sin poder creer que la facilidad con que esa mujer controlaba a la emperatriz y hacia todo lo que le viniera en gana. La familia de la dama Ino era muy tradicionalista y el orden de rango entre los nobles era lo que representaba la estabilidad, atentar contra ese orden era atentar contra el mismo imperio y aquella supuesta hermana de la emperatriz no le inspiró confianza para nada.

Haciendo una reverencia Inna se retiró dejándole privacidad a la emperatriz y a su invitada.

En la estancia solo quedaron algunas sirvientas de palacio, Irisella, Jocasta y la doncella de confianza de está, Scilla, quien nunca se alejaba de la emperatriz.

—El palacio es tan hermoso y enorme hermana, debes ser muy feliz vivir aquí —dijo Irisella bebiendo del té que originalmente era para Jocasta.

—Sí, soy muy feliz —responde Jocasta ocultando sus preocupaciones en una incómoda sonrisa.

—Vi al emperador al ingresar, es tan apuesto e imponente, eres afortunada en ser amada por un hombre cómo ese.

El corazón de Jocasta tembló mientras que intentaba ocultar sus miedos con un rostro sereno, ¿Acaso Irisella era consciente del mal estado en que la dejaban sus palabras?

Por supuesto Irisella era consciente de ello, oculto su sonrisa tras la taza de té suspendida en sus manos.

—Es maravilloso —respondió Jocasta —. Un buen esposo.

Por supuesto era mentira y Irisella se dio cuenta de eso.

—¿Nos acompaña el emperador? Sería divertido tenerlo aquí, creo que le haría bien relajarse un momento de su arduo trabajo.

Por supuesto si se considera estar todo el tiempo en la recámara de sus concubinas cómo trabajo pues entonces el emperador si tuvo un día sumamente agotador. La postura de Jocasta se tensó un poco.

—No lo sé —dijo ella —. Cómo dijiste tiene mucho trabajo dudo que nos digne con su presencia luego de …

—Luego de que qué —de forma sorpresiva el emperador irrumpe en la estancia haciendo que las sirvientas bajarán la cabeza en señal de respeto y Jocasta se incorporará de su lugar para ejecutar una reverencia.

—Larga vida a la luz del imperio Carles Silverius, la madre del imperio le saluda —dijo Jocasta.

Pero Carles no respondió su saludo como siempre y tan solo la observó con ojos inquisitivos.

—Me pareció que estaban hablando de mí, emperatriz ¿puedo saber el tema a tratar para nombrar a mi persona?

—Solo informaba a la lady Beryllus sobre su ausencia en este tipo de reuniones a causa de sus importantes asuntos a tratar.

Irisella Beryllus se incorporó y con esa sonrisa pura de niña buena hizo una reverencia sencilla carente de la rigurosa etiqueta impuesta en palacio.

—Hola emperador —dijo la inocente muchacha —. Nos volvemos a ver ¡Qué alegría!

¿Desde cuándo una noble de rango inferior se dirigía al padre del imperio con total desparpajo? ¡Inaudito! El palacio estaba lleno de oídos y Jocasta sabía que era cuestión de tiempo para que las habladurías recorriesen los pasillos y llegará a todo el rincón del imperio.

—No volvemos a encontrar sin duda —responde Carles besando la mano de Irisella.

—¿Entonces nos acompaña majestad? —dijo Irisella ofreciendo un asiento cercano a ella, Carles aceptó la invitación de forma sorpresiva, Jocasta sabía que su esposo odiaba dichos eventos y que era renuente a una práctica que según él era “una pérdida de tiempo” pero, ¿a qué se debía ese cambio repentino?

Jocasta no tuvo que pensarlo mucho, era por Irisella después de todo ¿Quién podría negarse a ella?

—Por favor preparen una taza de té para su alteza el emperador —ordenó Jocasta a una sirvienta cercana.

—Hermana déjame hacerlo —se apresura a decir Irisella con suma emoción y los ojos resplandecientes.

Antes de que Irisella pudiese tomar la taza es Scilla quien con un movimiento rápido intercede esa acción tomando la taza destinada al emperador.

—Señorita Beryllus—dijo Scilla con suavidad —. No es apropiado que una dama cómo usted se tome esas atribuciones con el emperador por favor permita que una sirvienta imperial se ocupe de esos deberes, estoy segura de que…

Pero Scilla no pudo terminar sus palabras, ya que la mano de Carles al igual que una brutal garra salió despedida tomando a la doncella de la emperatriz por la muñeca y propiciándole un duro agarre que le cortó la circulación y le propinó un fuerte dolor, Scilla observó los ojos del emperador por un segundo y vio cómo su ira se acrecentaba.

—¿Quién te dio permiso de tocar mi taza? —incluso aquella voz hizo que un miedo escabroso dominara el cuerpo de Scilla. Todos sabían que nunca debían de provocar la furia del emperador.

—Sol del imperio lo siento … —las palabras salían difícilmente, el dolor del agarre se intensificó.

—¿Debo arrancarte la mano para que aprendas?

—No… No emperador por favor…

Jocasta nunca antes había visto a Scilla tan indefensa, cuando niña era ella quién la protegía, era ella quién se encargaba de cuidarla, no podía seguro viendo el sufrimiento de alguien tan cercano.

—Emperador —Interviene Jocasta llamando la atención de Carles y haciendo que la fuerza que ejercía su esposo para infligir daño a Scilla disminuyera, a diferencia de los sirvientes que bajaban la cabeza mientras temblaban de miedo en una esquina y Scilla quien luchaba para no caer al suelo, Jocasta mantuvo la calma y se impuso ante aquellos actos que no eran propios de un emperador y mucho menos un caballero —. Su punto de vista ya fue demostrado, déjela ir por favor, todo esto es innecesario.

—Debes educar bien a tus sirvientes —escupió Carles mirando de forma asesina a Scilla —. Tal vez quince azotes y una semana en confinamiento solitario sean apropiados para una sirvienta insubordinada.

—Le recuerdo majestad que Scilla Paulethe es una doncella de la familia Asteria a quien se le permitió acompañarme, las acciones de “disciplina” cómo usted la llama es competencia mía y de mi familia y a no presenciar falta cualquier otro acto no está en discusión, libérela de inmediato.

Ahí estaba esa mirada de nuevo, tan digna y sin miedo en su rostro, tan altanera que se atrevía a opinar sobre cómo debía de castigar a los que estaban bajo su régimen. Era tan odiosa, pero tenía un punto muy válido y eso era lo que más le enfureció, una vez más esa astuta mujer se las había ingeniado.

Camuflo su rabia con una sonrisa descarada y suelta a Scilla a quien la muñeca le había quedado enrojecida y con marcas de dedos, los músculos le dolían enormemente.

—Lárgate —dijo Carles volviendo a tomar compostura y acomodándose en el asiento una vez más.

—Con permiso emperador —murmuro Scilla retirándose de la estancia no sin antes dedicarle una mirada de agradecimiento a Jocasta y una suave sonrisa detrás de ese rostro de dolor —. Gracias mi señora.

En la estancia solo quedaron Carles, Jocasta y Irisella quien aquel repentino drama no borro para nada la sonrisa de su rostro, el ambiente era tan incómodo que Jocasta podía jurar que una corriente helada recorría su espalda como si se tratase de una serpiente.

—Señorita Beryllus creí oír que tenía las intenciones de prepararme el té.

—Claro que si —exclama Irisella dedicándole una sonrisa al emperador y tomando la taza que soltó hace apenas unos segundos atrás la doncella de Jocasta —. No obstante, temo que no sea digno del paladar de su majestad.

—Tonterías, no dejes que argumentos estúpidos te detengan.

—¡Gracias emperador! Es usted increíble y de noble corazón —las mejillas sonrojada y aquel rostro encantador fue suficiente para que Carles sonriera complacido.

Así era cómo debía de lucir una dama, hermosa ingenua y estúpida, cómo un perrito dispuesto a complacer en todo y con un aura casi angelical. Tan distinta a la mujer calculadora y vacía que tenía por esposa que tenía toda la apariencia de una villana.

Jocasta lo vio todo y su corazón se desquebrajó, su esposo quien en su presencia no dudaba en mostrar su desagrado y humillarla de todas las formas posibles haciendo que se sintiera tan inferior estaba empezando a mostrar preferencias por la muchacha a quien consideraba su hermana, vio los ojos de esta y supo que Irisella tampoco fue indiferente a tales atenciones.

La historia se repetía una vez más.

Irisella se incorpora de su lugar y se dirige a un lado de la estancia dónde una sirvienta había preparado las hierbas necesarias para preparar las infusiones, las manos de la señorita Beryllus se movían con avidez y mucha gracia mientras ponía las hierbas seleccionadas a reposar en agua caliente para luego colar, y sin que nadie pudiese verla aprovechando el instante en que el emperador observaba a Jocasta de forma acusadora, Irisella vertió el contenido de la poción de amor que había traído consigo, el líquido incoloro se mezcló a la perfección con la bebida haciéndola indetectable a simple vista.

Irisella sirvió la mortal bebida y Carles se apresuró a tomarla, mientras el líquido tocaba los labios del emperador Irisella Beryllus no quito los ojos de encima a los labios del emperador hasta asegurarse de que todo hubiese sido ingerido.

La taza vacía es depositada en la mesa y una amplia sonrisa corona el rostro de Irisella.

—¿Cómo estuvo majestad? —preguntó ella.

Carles levanta la mirada hacia la dueña de aquella voz y al ver a Irisella un sentimiento de locura empezó a dominarlo. Nunca concibió ver a una criatura tan angelical y perfecta cómo está.

Al ver sus ojos Irisella supo que había triunfado.

—Sus manos son divinas, fue una bebida celestial la que me has dado señorita Beryllus—con rapidez Carles se apresura a besarle la mano.

—Hará que me sonroje emperador, mis habilidades no son tan buenas como las de mi hermana quien ha recibido la educación de tutores desde su infancia, a su lado soy poca cosa.

—Señorita Beryllus no se menosprecie de esa forma, créeme cuando le digo que su valor es aún más que el de la misma emperatriz.

La mirada de Jocasta estaba perdida mientras que estupefacta escuchaba la conversación entre su esposo y Irisella. ¿Qué era lo que estaba ocurriendo en sus propias narices? Carles coqueteaba con mujeres abiertamente incluso en su presencia, pero ¿Irisella? ¡Ella se proclamaba su hermana! ¿Cómo podía hacerle eso?

—Quédese todo el tiempo que desee señorita Beryllus—suplicó Carles dedicándole una mirada apasionada —. Ahora que la conozco no creo que pueda soportar un día más en este enorme palacio sin su presencia.

Las manos se Jocasta apretaban la tela de su vestido con fuerza, mantuvo la cabeza gacha evitando ver la escena que se presentaba en su delante.

—No quiero incomodar a mi hermana.

—¿Qué opina al respecto emperatriz? —preguntó Carles dirigiéndose a Jocasta luego de haberla ignorado por completo la mayor parte de la conversación —. ¿No opina acaso que la señorita Beryllus debe disponer del tiempo que desee de su estancia en el palacio?

Él quería estar cerca de Irisella, una mirada asesina de parte del emperador hizo que su postura se tambaleara un poco.

Irisella ya había monopolizado su hogar y ahora era quien había despertado el amor en la persona más importante del imperio.

—Puedes quedarte el tiempo que desees Irisella —murmuro Jocasta aun con la cabeza gacha y su cuerpo tenso.

Irisella sonríe complacida cual una niña a quien se le acaba de obsequiar un regalo anhelado, aplaudió y le puso un lindo y agradecido rostro al emperador quien estaba maravillado con aquella perfecta y pura criatura.

—¡Gracias hermana! —exclamó Irisella.

—Considero que la emperatriz puede aprender de tu estadía —dijo Carles dedicándole una mirada burlona y un gesto de desprecio a su esposa —. Un poco de feminidad tal vez.

—Por favor emperador, no debe expresarse de esa forma, mi hermana tiene otras cualidades de las que puede aprovechar.

Una ofensa camuflada con dulces palabras. Era más de lo que Jocasta podía soportar, pero en todo momento la emperatriz se mantuvo firme, no permitiría darles el gusto de verla quebrarse. No lo valían.

—Sin duda tienes un corazón tan noble señorita Irisella no concibo una criatura más hermosa que usted en la creación.

—Favor que me hace emperador.

Carles se apresura a tomar su mano atrayéndola hacia su pecho en un ademán de genuino afecto y devoción. Al ver eso Irisella sonrió complacida y maravillada del efecto que poseía la poción de la bruja. Poseer la habilidad de controlar a un hombre como el emperador y tenerlo comiendo de su mano era más de lo que pudo haber deseado. Era una verdadera pena que algo tan maravilloso fuese tan difícil de conseguir.

—Por favor permítame darle un paseo por los jardines reales mientras nos conocemos mejor. Anhelo pasar el día en su compañía.

—Por supuesto que si —Irisella camufla su rostro de victoria y codicia entre una máscara de timidez y dulzura —. Hermana, ¿No te molesta verdad?

—Emperatriz ¿Qué tiene que decir al respecto? —la voz de Carles que se asemejaba al gruñido de una bestia hizo que Jocasta quien en todo ese momento permaneció en silencio y con la mirada baja, levanto la vista observando a su esposo a los ojos sin ningún ápice de temor.

—Usted siempre se ha caracterizado por hacer lo que desea sin importarle la opinión de los demás, majestad ¿Cómo mi opinión podría influenciar algo que ya fue decidido por ustedes? En lo que a mí respecta puede hacer lo que desee emperador. Puede divertirse tanto como desee, pero recuerde que hoy mañana y siempre yo he de ser la madre de este imperio.

Carles abre los ojos por el atrevimiento de Jocasta, ayuda a Irisella a incorporarse de su asiento para luego ofrecerle su brazo en ademán caballeroso. ¿Cómo se atrevía esa perra a hablarle de esa forma? Una prostituta política, eso era lo que es. No permitiría que una mujer como esa se tomara atribuciones que no le correspondían

—Ya veo —el emperador sonríe de forma siniestra y descarada —, veo que no te importa y eso me complace, tienes razón, al final del día siempre has de ser la madre del imperio, pero solo quiero que recuerdes quien puso esa corona en tu cabeza y así como la puse puedo despojarte de esta. ¿Nos vamos lady Irisella?

—Si —dijo Irisella aparentando sorpresa y miedo por aquel intercambio de palabras entre su hermana y el emperador. Consoló a Jocasta con la mirada para luego alejarse junto con el esposo de su hermana.

Jocasta los vio salir entre risas y dulces palabras mientras ella era dejada atrás como un sucio lastre sin valor alguno. Los sirvientes que habían presenciado todo mantuvieron la mirada abajo y esperaban alguna orden de la emperatriz, cualquiera que esta fuese, para alejarse de aquel lugar tan incómodo.

—Pueden retirarse —ordena Jocasta manteniendo la compostura y camuflando su terrible malestar con aquel aire calmado que muchos confundían con frialdad y falta de sentimientos.

—Si su majestad emperatriz —responde la jefa de las sirvientas haciendo una reverencia.

—Y por favor que vengan mis damas, necesito ir a mí recámara de inmediato.

—Como ordene alteza.

Las criadas se retiran para luego cumplir con la orden de la emperatriz, minutos después Scilla e Inna llaman a la puerta del salón anunciando su llegada.

—Señora, somos nosotras —dijo Inna.

—Pueden entrar.

Ambas mujeres ingresan no sin antes saludar a su señora con una reverencia.

—A su servicio madre del imperio.

—Scilla ¿Cómo se encuentra tu mano? —la preocupación de la emperatriz era notorio al ver la muñeca vendada de su doncella.

—Mucho mejor alteza, fui tratada por lady Inna quien muy amablemente curo mis heridas.

—Lady Inna muchas gracias —la voz apacible de la emperatriz reconforta a lady Rotherin quien hasta hace poco se encontraba alterada debido a la visita de lady Beryllus.

—¿Desea usted que la llevemos a su habitación alteza? —dijo Inna con postura solemne.

—Si por favor, me siento indispuesta y con un terrible dolor de cabeza.

Jocasta se retira en compañía de sus doncellas hacia su palacio privado, un complejo ubicado muy cerca del palacio principal y que estaban conectados por un enorme jardín semejante a un boque. Mientras caminaban en silencio por los amplios pasillos miles de murmullos se escucharon haciendo referencia a la que parecía ser el nuevo entretenimiento del emperador. Para llegar a su palacio tuvieron que pasar por los jardines imperiales y es precisamente ahí en donde vieron a Carles coqueteando abiertamente con Irisella.

Jocasta pasó de largo sin tan siquiera dignarse a ver semejante espectáculo. Carles había perdido totalmente la vergüenza que ahora abiertamente proclamaba sus afectos a otra mujer que no era su esposa en frente de las doncellas de palacios y guardias.

La risa de Irisella llego hasta donde estaban ellas, pero como perfectas damas imperiales que eran, Ino y Scilla continuaron su camino detrás de su señora y con la misma expresión indiferente.

El recorrido se le hizo a Jocasta eterno y solo al fin cuando la puerta de su recamar ase cerro tras ella Inna Rotherin fue la que rompió el silencio al fin.

—Esa mujer es una sinvergüenza —exclamo la dama Rotherin con una expresión de desagrado y rabia, había contenido su enfado durante todo ese tiempo, pero en la seguridad de los aposentos de su señora al fin se vio libre de hablar —. Una completa descarada.

—¿Desea que le ayude a desvestirse su alteza imperial? —dijo Scilla con tono calmado, para ella quien ya conocía el carácter de la señorita Beryllus aquello no fue novedad en lo absoluto.

—Si por favor Scilla querida, me siento sumamente agotada.

—Una completa impertinente —continuó Inna —. Pero ¿qué se puede esperar de la hija de un barón?

—Sera mejor que se tranquilice dama Rotherin, no queremos que los nervios le jueguen una mala pasada —dijo Jocasta quien estaba siendo ayudada por Scilla a quitarse el incómodo vestido.

—Pero mi señora emperatriz ¿Cómo puede apañar semejante comportamiento impropio en una dama decente y noble? Entienda que esas acciones solo traerán mal prestigio para la casa del duque Asteria quien tuvo el buen corazón de patrocinar a aquella irreverente.

—No hay nada que yo pueda hacer por mucho que lo desee —dijo Jocasta —. Aunque me oponga a su permanencia en palacio el emperador ya dio su consentimiento y eso me releva de cualquier derecho.

—No puedo creer el actuar del emperador, dejarse engatusar por semejante oportunista.

—El emperador siempre suele frecuentar mujeres de dudosa reputación no podemos sorprendernos por sus acciones —dijo Scilla —. Pero mi señora, no tiene que someterse a semejante humillación, aquí no puede permitirse ser desplazada por lady Irisella. Este es su lugar no el de ella.

Jocasta exhala un profundo y agotado suspiro. El tema de Irisella era algo sumamente extenuante y cada vez le resultaba más complicado de tratar.

—Esperemos que este capricho por mi hermana sea solo eso, un capricho momentáneo.

—¡Mi señora! —exclamo Inna —. ¿Cómo puede permitirlo?

Jocasta también se había hecho esa pregunta miles de veces los primeros meses de matrimonio. Ella se casó ilusionada y con toda la voluntad de mantener una relación basándose en el respeto. Pero Carles había sido muy claro con ella y cualquier posibilidad de un matrimonio con amor fue aplastado por él. El día en que este decidió pasar las noches en las recámaras de sus concubinas fue el día más doloroso y humillante para ella. Pero su matrimonio fue político y no podía esperar ni mucho menos aspirar a la consideración de su esposo. Cuatro años después los rumores de las aventuras del emperador eran conocidos tanto por noble como por plebeyos. Jocasta tuvo que tragarse su orgullo y hacer el trabajo para lo que había sido educada desde edad temprana. De esa forma la emperatriz paso a hacer el trabajo que le correspondía al emperador, pero que este descuidaba por andar entretenido.

Después de todo no solo se había casado con Carles sino con un imperio y como emperatriz tenía un deber que cumplir con ellos. Así pues, se enfocó en lo que tenía que hacer intentando ignorar lo que los demás nobles hablaban sobre ella.

—Porque tengo un deber —respondió ella.

—Mi señora… —murmuro Scilla observando a Jocasta con una honda pena, aún recordaba cuando ambas eran niñas y el futuro aún se veía tan lejano e imposible de dañarlas —. Descanse mi señora —añade colocándole la ligera bata de seda de oriente.

Había veces en los que Jocasta solo quería dormir y no volver a despertar, pero la luz de cada mañana la devolvía a su realidad y una vez más tenía que cumplir con sus responsabilidades.

“Es pasajero, solo es pasajero” —se repitió —. “Terminará pronto”

Pero Jocasta desconocía los planes de Irisella.

 

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.

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^^^(Continuará) ^^^

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Comments

Julissa Jimenez

Julissa Jimenez

autora no se porque a veces en las novelas ponen a las Emperatriz ser una sumisa debería arrancarle las pelotas al emperador y ponérselas de collar y a esa desgraciada disque hermana dejarla calva. en serio estoy que entro y la arrastró

2023-06-25

5

Miikaela

Miikaela

Juro que nunca había odiado desde el principio de una lectura ha algún personaje. El estúpido emperador y la mojigata aaaaahh

2023-04-30

0

Mary Gil Fermenal

Mary Gil Fermenal

disculpa pero la novela esta muy bien redactada si .no se puede negar pero tanta palabrería y extender tanto el capítulo se pone tediosa que fastidio tratar de hacer algo perfecto y lo que hacen es que aburren

2022-12-28

2

Total
Capítulos
1 "Fortuna emperatrix mundi"
2 "Y en mis sueños yo puedo tocar el cielo y volar hacia la libertad"
3 Una dama inquebrantable
4 "Y el gorrión rompió la jaula y voló lejos hacía la libertad"
5 El gran duque Asteria
6 "El enemigo de mi enemigo, es mi amigo"
7 "Desde el reino de la nada yo la he guiado hacia ti"
8 En lo profundo del bosque
9 "Érase una vez, un reino de cuervos"
10 "Hacia lo alto, más allá de las estrellas, ellos vuelan hacia su libertad"
11 Llévame...hacía la eternidad
12 La agonía de un príncipe cuervo
13 La venganza de los condenados
14 El camino hacia la venganza, empieza con la espada
15 "Su luz me llena de calma, alivia mi dolor"
16 "¿Porque deseas salvarme?"
17 “Vuela tan alto que las manos de los mortales no puedan alcanzarte”
18 El camino del buen caballero
19 "¿Quién se levantará para salvarnos?"
20 El corazón de un cuervo
21 Danza de cuervos y duelo de guerreros
22 "Hasta que el viento del oeste te devuelva a mis brazos una vez más"
23 "Una manera de mantenerte atada a mí"
24 Aquel que logré hacerse de la gloria (primera parte)
25 Aquel que logré hacerse con la gloria (segunda parte)
26 "Y llegará el día de tu regreso"
27 "Y en mis brazos estarás sano y salvo"
28 "Yo extenderé mis manos sobre ti, yo sacaré tus lágrimas"
29 "Para mi querida Inna"
30 "Hasta que pueda volver a verte"
31 El niño que provino de las estrellas
32 Un silencioso grito, un agonizante corazón
33 "A ella quien me ha devuelto la esperanza, yo le otorgo mi lealtad"
34 En las alturas yacen los nidos de los cuervos
35 El reino sobre las montañas (primera parte)
36 El reino sobre las montañas (segunda parte)
37 El reino sobre las montañas (tercera parte )
38 El reino sobre las montañas (cuarta parte)
39 Y él, que fue bendito por la luna, conquistó la muerte.
40 Un deseo del corazón.
41 Un mundo de nadie, un pueblo maldito: Old Town
42 El camino del buen aprendiz
43 "Abandonar toda esperanza, quienes aquí entráis"
44 La última esperanza
45 Justicia y venganza
46 "Aquella que giró los engranajes del tiempo" (Primera parte)
47 "Aquella que giró los engranes del tiempo" (Segunda parte)
48 El rey sin corazón (primera parte)
49 El rey sin corazón (segunda parte)
50 Nido de buitres
51 Los pecados de los desventurados
52 "La perfecta forma de atraerte a mí"
53 El destino de una rosa
54 La promesa (primera parte)
55 La promesa (segunda parte)
56 La dama de hierro
57 Primer movimiento
58 "Y he aquí la voluntad de los dioses"
59 "Una brecha entre tú y yo"
60 "Mantén tu espada en alto, guerrera"
61 El ángel que salvaguarda desde las sombras
62 "Y dile a ella, que el miedo no yace en mi interior"
63 La flor de la locura (primera parte)
64 La flor de la locura (segunda parte)
65 La flor de la locura (tercera parte)
66 Tan brillante como las estrellas
67 "En camino a la gloria"
68 "El clamor de los rebeldes"
69 Hasta el fin del universo y en lo profundo del averno
70 "Prisionera entre mis manos"
71 El inicio del fin (primera parte)
Capítulos

Updated 71 Episodes

1
"Fortuna emperatrix mundi"
2
"Y en mis sueños yo puedo tocar el cielo y volar hacia la libertad"
3
Una dama inquebrantable
4
"Y el gorrión rompió la jaula y voló lejos hacía la libertad"
5
El gran duque Asteria
6
"El enemigo de mi enemigo, es mi amigo"
7
"Desde el reino de la nada yo la he guiado hacia ti"
8
En lo profundo del bosque
9
"Érase una vez, un reino de cuervos"
10
"Hacia lo alto, más allá de las estrellas, ellos vuelan hacia su libertad"
11
Llévame...hacía la eternidad
12
La agonía de un príncipe cuervo
13
La venganza de los condenados
14
El camino hacia la venganza, empieza con la espada
15
"Su luz me llena de calma, alivia mi dolor"
16
"¿Porque deseas salvarme?"
17
“Vuela tan alto que las manos de los mortales no puedan alcanzarte”
18
El camino del buen caballero
19
"¿Quién se levantará para salvarnos?"
20
El corazón de un cuervo
21
Danza de cuervos y duelo de guerreros
22
"Hasta que el viento del oeste te devuelva a mis brazos una vez más"
23
"Una manera de mantenerte atada a mí"
24
Aquel que logré hacerse de la gloria (primera parte)
25
Aquel que logré hacerse con la gloria (segunda parte)
26
"Y llegará el día de tu regreso"
27
"Y en mis brazos estarás sano y salvo"
28
"Yo extenderé mis manos sobre ti, yo sacaré tus lágrimas"
29
"Para mi querida Inna"
30
"Hasta que pueda volver a verte"
31
El niño que provino de las estrellas
32
Un silencioso grito, un agonizante corazón
33
"A ella quien me ha devuelto la esperanza, yo le otorgo mi lealtad"
34
En las alturas yacen los nidos de los cuervos
35
El reino sobre las montañas (primera parte)
36
El reino sobre las montañas (segunda parte)
37
El reino sobre las montañas (tercera parte )
38
El reino sobre las montañas (cuarta parte)
39
Y él, que fue bendito por la luna, conquistó la muerte.
40
Un deseo del corazón.
41
Un mundo de nadie, un pueblo maldito: Old Town
42
El camino del buen aprendiz
43
"Abandonar toda esperanza, quienes aquí entráis"
44
La última esperanza
45
Justicia y venganza
46
"Aquella que giró los engranajes del tiempo" (Primera parte)
47
"Aquella que giró los engranes del tiempo" (Segunda parte)
48
El rey sin corazón (primera parte)
49
El rey sin corazón (segunda parte)
50
Nido de buitres
51
Los pecados de los desventurados
52
"La perfecta forma de atraerte a mí"
53
El destino de una rosa
54
La promesa (primera parte)
55
La promesa (segunda parte)
56
La dama de hierro
57
Primer movimiento
58
"Y he aquí la voluntad de los dioses"
59
"Una brecha entre tú y yo"
60
"Mantén tu espada en alto, guerrera"
61
El ángel que salvaguarda desde las sombras
62
"Y dile a ella, que el miedo no yace en mi interior"
63
La flor de la locura (primera parte)
64
La flor de la locura (segunda parte)
65
La flor de la locura (tercera parte)
66
Tan brillante como las estrellas
67
"En camino a la gloria"
68
"El clamor de los rebeldes"
69
Hasta el fin del universo y en lo profundo del averno
70
"Prisionera entre mis manos"
71
El inicio del fin (primera parte)

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