...TERCERA PARTE...
... ...
...I...
Con suma prisa y desespero la pequeña dama dorada siguió al mayordomo por toda la mansión con la esperanza de poder tratar a tiempo a aquel pequeño cuervo y evitar de aquella forma su prematura muerte. En sus manos la herida ave de plumaje oscuro empezaba a dar sus últimas exhaladas de vida, el pequeño pecho se movía cada vez a menor ritmo. Si aquel cuervo no era tratado a tiempo entonces no sobrevivirá los próximos minutos. La niña elevo sus oraciones a los cielos y su corazón compasivo pidió a aquella diosa misericordiosa para que le diera la oportunidad a aquella ave inocente de recuperarse y poder de esa forma regresar a su hogar.
―Debemos darnos prisa Claude ―dijo Jocasta con suma angustia ―. Temo que ya sea demasiado tarde.
―Ya estamos a punto de llegar a la zona de servicio señorita no desespere y tenga fe ―dijo el anciano mayordomo de la familia apresurando aún más el paso y alejándose cada vez más de la mansión principal para adentrarse a una zona que a pesar de encontrarse en el interior del lujoso hogar del gran duque era una pequeña pero acogedora área especialmente habilitado para los sirvientes.
“El pequeño palacio” lo llamaban o “La madriguera” aquella área alejada de la mansión principal era un pequeño refugio y lugar de descanso para los sirvientes que a menudo luego de un largo día de trabajo se reunían en el pequeño hall a descansar en sus horas libres ya sea bebiendo una taza de té o sentándose en el escritorio a escribir o leer cartas de sus familiares. Además de contar con las recamaras para las muchachas del servicio y del mayordomo poseía también una pequeña enfermería donde a menudo eran tratadas las cortadas o heridas hechas al ejercer los deberes desde cortaduras por el cuchillo, quemaduras o pequeños raspones, dicho lugar estaba muy bien habilitado para atender cualquier urgencia.
Al ingresar con suma prisa el mayordomo con la joven señorita siguiéndole presurosa tras él, Claude abrió una de las gavetas del cuarto en donde las sirvientas guardaban las sabanas y uniformes de uso diario para sacar una sábana limpia y extenderla sobre una mesa cercana inmediatamente después se dirige hacia el armario cercano donde se guardaban los implementos de primeros auxilios.
―Recueste el ave ahí señorita ―dijo Claude secándose las manos una vez las tuvo limpias y preparándose para proceder a curarle las heridas al ave.
Jocasta obedeció de inmediato. Tocó el cuerpo del cuervo y comprobó que aún se encontraba un poco tibio. Aquello era una buena señal y entonces ella supo que había esperanzas de salvarlo. Claude procedió a examinarlo con cuidado procurando no dañarlo aún más, comprobó que no solo era un desgaste físico lo que aquel cuervo tenía si no también heridas profundas en su pecho y espalda como si hubiese sido la victima de la barbarie de un grupo de desalmados. El viejo Claude supo que aquello pudiese significar un enorme impacto para la joven ama que no estaba acostumbrada a escenas como esas.
―Estará bien señorita si es demasiado para usted puede esperar afuera y yo le avisare como resulto todo.
―No me iré Claude ―respondió Jocasta con firmeza y para sorpresa del mayordomo no vio temor en su mirada o repulsión a la sangre. Una señorita hija de un duque normalmente gritaría de terror y huiría de situaciones como esas, pero la joven dama en cambio insistía en permanecer al lado del paciente.
Claude Eckart había servido a la familia Asteria desde edad muy joven y desde entonces ha permaneció leal a su excelencia el duque Jonathan. Hijo de un noble de rango inferior y el menor de tres hermanos Claude supo que su camino habría de ser difícil desde el instante en que al cumplir los dieciséis años de edad su padre el barón Eckart al perecer le dejo todo lo que poseía a su hijo mayor dejándolo a él y a su segundo hermano con nada más que con los conocimientos adquiridos gracias a su educación aristócrata. Mientras que su segundo hermano se enlisto en la milicia para servir al emperador y a Ether y asegurarse de esa forma un mejor ingreso Claude en cambio quien era más un hombre de trato elegante y comportamiento educado decidió buscar empleo en una mansión de un noble de rango superior ya sea de un conde marqués o duque. Cuando fue empleado en la mansión del duque Asteria nunca se esperó sentirse familiarizado con el lugar, empezó como un ayudante bajo la supervisión del mayordomo de la familia de aquel entonces. Claude aprendía rápido y era dedicado además de conocer el uso correcto de la etiqueta y los modales debido a su previa instrucción de esa forma el joven poco a poco fue ganando más relevancia en el hogar de los duques hasta que con el paso de los años y al retiro del mayordomo principal este paso a ocupar aquel importante puesto.
Claude vio crecer al hijo del duque Asteria, Regulus Asteria a quien conoció cuando apenas tenía los doce años de edad y quien al alcanzar la edad adulta sucedió a su padre y paso a tomar el cargo de duque de la facción y por supuesto con forme los años transcurrieron también vio nacer al propio Jonathan quien había crecido y fortalecido para tomar el lugar que le correspondía. Los ojos del ahora anciano habían visto crecer y nacer a los pilares de la facción más influyente del imperio y cuando vio a la pequeña señorita venir al mundo creyó que nunca había visto algo más maravilloso y a la vez hermoso. Una niña nacida para ser la luz de su hogar y la guardiana del imperio, una niña nacida con un precioso futuro. Pero al paso de los años ya una edad tan prematura la pequeña que solía visitar la mansión del territorio del ducado dejo de ir y Claude supo por rumores que circulaban que aquella niña se estaba entrenando para convertirse en una candidata a princesa heredera y si el emperador Rasa le otorgaba su bendición entonces seria proclamada como prometida del príncipe heredero.
Una jovencita criada para ser una perfecta señorita a menudo se mostraba indiferente o huía de situaciones de riesgo o que le causaran desagrado. Claude por un segundo pensó que su niña de dorados cabellos a quien sirvió desde que era una bebé efectivamente había optado por cambiar y convertirse en aquella muñeca perfecta y sin voluntad forjada exclusivamente para cumplir con los altos estándares del palacio real, después de todo, no se esperaba menos de una poderosa y antigua facción como los Asteria que forjaba emperatrices entrenadas como soldados para una guerra. El glorioso árbol genealógico de la familia estaba conformado por hermosas rosas imperiales que dieron lo mejor de ellas en servicio de la nación y se esperaba lo mismo de la última de las jóvenes damas Asteria cuyo nombre era el favorito entre las candidatas para desempeñar aquel papel. No obstante cuando Claude la vio llegar a la mansión del territorio después de tantos años aquella jovencita lucía tan distinta a los rumores que circulaban en torno a ella, tan decidida y al mismo tiempo valerosa en definitiva no era como esa muñeca sin corazón y una sonrisa en los labios dispuesta a complacer a todos para obtener su favor, el anciano al verla supo que Jocasta Asteria no era como las otras hijas de los nobles, ella poseía coraje y un corazón que no tenía miedo de mostrarse como realmente era. Un ave que quería volar con desesperación hacia su libertad. Al verla preocuparse por aquel cuervo y enfrentarse a su padre el hombre más importante e influyente solo por debajo del emperador y su familia supo que aquella damita poseía el rugido de un león y el corazón de una guerrera.
Aunque él le dijese que se retirara estaba seguro que Jocasta no lo haría, el anciano sonríe al ver ese rostro serio y determinado a no abandonar a ese indefenso ser.
“Es una pena” ―pensó Claude ―. “Hubiese sido una grandiosa emperatriz”.
―Joven maestra ―hablo Claude ―. Por favor busque en las gavetas de ahí y tráigame el desinfectante para heridas ―el rostro de Jocasta se ilumino y presurosa cumplió con el pedido de Claude quien procedió a desinfectar las lesiones del cuerpo del ave con sumo cuidado y con la ayuda de una compresa de tela limpia.
El cuerpo se movió un poco de seguro inquieto por el ardor provocado por el desinfectante de heridas sobre las laceraciones, señal de que aún se mantenía un poco consiente y mientras eso sucediera entonces las posibilidades de sobrevivir eran muy favorables.
Mientras Claude limpiaba y colocaba algunos antibióticos hechos a base de hiervas medicinales que a menudo eran utilizados como ungüentos Jocasta no despegaba los ojos del procedimiento y sirvió de asistente en caso de que el mayordomo requiriera alguna herramienta o medicina de las gavetas cercanas. Luego de varios minutos de intervención y con el cuerpo del ave ya vendado y tratado Claude deposito al cuervo en una pequeña cama improvisada hecha con una canastilla para la fruta y algunos pequeños cojines. Ya libre de peligro el cuervo reposo en tranquilidad desconociendo que había sido salvado y tratado. Jocasta con lágrimas en los ojos y una sonrisa de alivio pudo al fin respirar con calma.
― ¿Estará bien Claude? ―pregunto ella contemplando al animal dormir apacible y completamente adormecido por los efectos del ungüento de hiervas.
―Despreocúpese señorita ―respondió el anciano con una sonrisa de calma ―. Todo ha resultado bien, en cuanto despierte el dolor ya debería de haber calmado no obstante hay que limpiar las heridas dos veces al día, poner medicina en ellas y luego vendarle nuevamente hasta que ya se encuentre recuperado del todo. Por ahora dejémoslo descansar y recuperar las fuerzas y cuando despierte le daremos de comer.
Era increíble que las manos mágicas de Claude hubiesen sido capaces de rescatar de la muerte a un ser vivo. Jocasta estaba maravillada y no era para menos, había sido testigo de un milagro y su corazón sintió alegría y alivio. Sus ojos lagrimearon un poco pero su mano rápidamente borra cualquier indicio de lágrimas, no era momento para llorar porque el cuervo estaba vivo así que en su lugar sonrió con genuina alegría sus manos tomaron las del anciano mayordomo con efusividad y su rostro se ilumino como si hubiese sido tocado por el día.
―Gracias ―dijo de corazón sin soltar las manos mágicas de Claude ―. Muchas gracias con todo mi corazón.
Se alegró de que Claude no guardase odio hacia los cuervos como la mayoría de personas que hacían de todo por mantenerlos alejados del territorio hasta incluso recurrir al maltrato animal. Jocasta recordó una escena de su vida como emperatriz, cuando la coronación se llevó a cabo una enorme caravana fue organizada para que toda la ciudad diese su bendición a la nueva pareja de emperadores. Carles se mostró altivo y orgullo, saludaba con efusividad y con tintes de sobre actuación mientras que ella intento mantener la calma y una sonrisa imperturbable que diera la seguridad al pueblo que no importaba lo que viniese en el futuro ellos estarían bien. Las flores caían de los balcones y la gente reunida vitoreaba sus nombres y bendiciones al verlos pasar en el lujoso carruaje tirado por enormes e imponentes corceles de guerra. Jocasta levantó su mano en señal de saludo intentando ver los rostros de alegría y esperanza de su gente, entre toda esa masa la nueva emperatriz vio a un niño con un cuervo encadenado a la pata, este lucía muy maltratado y el niño no dejaba de lanzarle pesadas piedras aumentando aún más su tortura. Carles también lo había visto y su única reacción fue reír en una carcajada inquietante y salvaje.
“Un inmundo cuervo menos” ―dijo en aquella ocasión y aquella imagen del cuervo con el cuerpo aplastado y destrozado la perturbo bastante.
Jocasta intenta alejar los amargos recuerdos, sabe que si alguien nota sus abruptos cambios de emociones debido a la reviviscencia levantara sospechas.
―Señorita no tiene nada que agradecer ―sonríe Claude de forma gentil ―. El valor de la señorita fue lo que me motivo a dar lo mejor de mí no hubiese podido hacerlo sin usted joven maestra, usted es a quien debemos agradecer.
―No merezco gratitud ―un ligero rubor tiñen las mejillas de Jocasta ―. Mis manos no son mágicas como las tuyas.
―Se requieren más que habilidades señorita ―dijo Claude ―. Este mundo está lleno de gente con enormes talentos que suelen ser desperdiciados ya sea por desconocimiento o desinterés, hace falta personas como usted que velan por la vida desinteresadamente y son aquellas que impulsan para que ese talento sea dirigido aun fin más altruista y hermoso. Yo diría que un corazón generoso y lleno de valor es lo que mueve verdaderamente el mundo.
― ¿Un corazón generoso? ―repite Jocasta.
― ¿Puede prometerme usted algo joven maestra?
―Claro que si ―dijo Jocasta sin dudarlo ni un solo segundo ―. Lo que usted desee.
―Prométame mi querida señorita que ese coraje mostrado el día de hoy no se perderá con el paso del tiempo, que la llama de su valeroso corazón permanecerá siempre encendida suceda lo que suceda esa luz que mostro el día de hoy siempre ha de resplandecer incluso cuando la maldad y oscuridad la rodeen, nunca deje de mostrar valor ni fortaleza y nunca permita que apaguen su resplandor ¿Puede usted prometerle eso a este anciano?
Las palabras eran enigmáticas y Jocasta no sabía cómo interpretarlas, aquel no era un pedido usual, ¿Acaso Claude aún conservaba la esperanza de verla algún día portar la corona de emperatriz? Sea lo que fuese tomó aquel pedido y lo acepto en su corazón. Tal vez si alguien le hubiese dicho aquellas palabras mucho antes de su final pudiese haber resultado todo tan distinto.
Jocasta le sonríe y la luz ilumino el pequeño salón de sirvientes, al verla el anciano se dio cuenta que aquella niña nunca podría ser la luna del imperio porque ella era el mismo sol, resplandecía con la misma intensidad que el astro real. Pensarlo es incluso blasfemar en contra de la familia imperial ya que no podía existir más sol que el emperador, pero Jocasta no nació para ser la tenue luna que dependía del brillo de otros. Ella era el verdadero sol del imperio definitivamente.
―Lo prometo abuelo Claude ―responde la joven dama con firmeza ―. Seré una gran duquesa valerosa y no permitiré que el miedo domine mi vida ni que la oscuridad me supere.
En la aristocracia los futuros caballeros y damas elegían sus carreras desde edad muy joven, algunos sucedían a sus padres en la administración de sus territorios o aspirando a algún cargo público en el gobierno, otros preferían servir al imperio enlistándose en el ejército y para aquellas damas que no podían aspirar a heredar el título de su familia o conseguir un compromiso ventajoso sus alternativas eran ofrecerse al servicio de una familia noble de alto rango o al palacio.
Ahora que Jocasta había renunciado al cargo de prometida del príncipe heredero debía de elegir el camino a seguir a partir de ahora, al ser parte de una casa ducal podía suceder a su padre y convertirse en la siguiente gran duquesa del imperio. Era la hija de Jonathan y nadie se atrevería a oponerse a que una mujer ocupase aquel cargo, después de todo solo en las familias aristócratas de primera clase se permitía que una hija mujer a falta de un heredero varón pudiese heredar las propiedades y el título de su familia, aunque para eso Jocasta sabía que tenía que pasar por un entrenamiento aún más difícil que el de princesa heredera. Para ser la sucesora de una casa ducal se requería aprender más que etiqueta estricta y política, sino que también hacía falta entrenamiento militar además del uso correcto de la espada no podían faltar también los estudios de economía y gobierno. Esto último había sido perfeccionado por Jocasta ya que poseía su experiencia previa como emperatriz imperial quedando solo necesario aprender a luchar con la espada.
No sería sencillo, pero Jocasta estaba determinada a cumplir su propósito y para poder alcanzar su venganza debía de obtener poder y respeto no solo de los nobles sino también del ejército. Cuando los obtuviese Carles y Irisella no tendrán a nadie a quien recurrir.
El camino a la gloria de Jocasta apenas se iniciaba y para ello todas las piezas debían de encajar y una vez todo preparado Carles vería su destrucción a manos del temido y desalmado Rey demonio carmesí. Jocasta tan solo deseaba que fuese sencillo poder acercársele.
Y el cuervo a su costado completamente dormido reposaba en quietud. Ambos aliados desconocían que se encontraban más cerca el uno del otro.
―Joven maestra ―una de las sirvientas al servicio del gran duque ingresa de pronto para luego hacer una reverencia al estar ante la presencia de Jocasta ―. Su padre dice que si ya termino de atender al cuervo herido se dirija al despacho de su excelencia el gran duque para su conversación pendiente.
Jocasta trago duro, era verdad aún tenía una larga y severa charla con su padre. Supo que dilatar más aquella situación solo empeorarían las cosas. Jocasta Asteria se armó de valor y se encamino hacia donde su padre le aguardaba.
―Suerte señorita ―Claude levanta su pulgar en alto con una sonrisa de apoyo.
Y Jocasta agradeció los ánimos infinitamente.
...***...
La joven dama llamó a la puerta tres veces antes de recibir respuesta alguna del otro lado. Solo cuando oyó la voz dura de su padre invitándola a pasar es cuando gira el picaporte y se adentra a aquel despacho amplio lleno de estantes de libros un escritorio con una pila de documentos y la ventana abierta de par en par dejando entrar el aire fresco de la tarde. El sol todavía no desfallecía y era un hermoso ocaso el que se veía a través de aquella ventana, pero ni Jocasta ni Jonathan estaban concentrados en aquel espectáculo. Aún existía un importante tema que tratar.
―Acércate Jocasta ―hablo el duque despegando su vista del documento por un segundo para observar a su hija, sus dedos sueltan la pluma y la coloca a un costado pausando su trabajo por un instante para enfocar toda su atención en Jocasta.
Jocasta ingresa despacio y se ubica al frente del escritorio del gran duque. No es que su padre fuera del tipo que reprende a sus hijos usando el castigo físico a pesar de que dichas prácticas de disciplina barbárica aún se practicaban en algunas casas de nobles con el fin de educar a sus hijos para que cumplan al pie de la letra los propósitos codiciosos de los padres. Jonathan era distinto y nunca tocaría a su hija porque era lo más preciado para él, no obstante, Jocasta era una muy buena niña y una futura dama muy prometedora no entendía porque se comportó de una forma tan desobediente ignorando no solo el peligro al que se expuso no solo ella sino también a sus acompañantes.
―Padre yo… ―empieza ella, pero las palabras que desea pronunciar no logran salir de sus labios. Deseaba decir que lo sentía que nunca fue su intensión desobedecer.
―Deliberadamente ignoraste mis palabras Jocasta, te dije que esa zona es peligrosa y al hacerlo no solo te pusiste en peligro tú sino también a Scilla y a Maya. He cometido un error y asumiré la culpa de ello, nunca debí de haberte dejado ir sin una escolta apropiada. Eres muy joven aun y tienes que estar protegida en todo momento.
Antes de que Jonathan continuase Jocasta baja la cabeza en señal de arrepentimiento causando que su padre abriera los ojos por la sorpresa.
―Lo siento padre en verdad lo siento ―la joven dama aprieta la tela de su vestido y su voz es de una profunda tristeza al escuchar el reclamo de su padre el duque. Jonathan no solo estaba molesto también se encontraba decepcionado y lo que a Jocasta más le dolía era causar eso a su querido padre ―. No debí desobedecer tus consejos y entiendo el que ahora te encuentres desilusionado de mí, pero aun cuando baje mi cabeza y ruegue su perdón quiero que usted entienda los motivos que me orillaron a eso.
―Hija alza tu rostro ―ordena Jonathan y Jocasta obedece de inmediato mostrando sus ojos llorosos y un rostro completamente avergonzado. El gran duque se incorpora de su asiento y seca esas lagrimas usando su propio pañuelo. Puede que Jonathan se encuentre molesto, pero no podía ver a su hija llorar eso era algo que le partía el corazón ―. Respira y vamos a hablar calmadamente.
― ¿Me odias padre? ―preguntó Jocasta con algunos vestigios de lágrimas en sus pestañas.
―Querida princesa nunca podría odiarte ―los brazos protectores de Jonathan atraen a su hija a su pecho en un cariñoso gesto, como cuando era una bebé que lloraba por largas horas y solo se calmaba en los brazos de su padre así el gran duque consoló a su pequeña porque a sus ojos Jocasta era la joya de su familia y el regalo más valioso que los cielos le habían entregado ―.Deseo que puedas ser capaz de comprender lo asustado que estuve al pensar por un segundo que te podría perder para siempre, eres mi única hija y solo deseo tu felicidad ―Jonathan se separa de Jocasta e intenta sonreír aun cuando la tristeza yacía plasmada en su rostro.
―Admiro demasiado a padre como para provocar su decepción. Deshonrarlo es lo que menos deseo y lo que más me aterra a su vez. Padre también es importante para mí y daría todo lo que poseo solo por mantenerlo a salvo.
Aquellas palabras tan profundas por parte de su hija le parecieron enigmáticas al gran duque, desde el día en que su hija rechazo convertirse en la prometida del príncipe heredero había estado actuando extraño y Jonathan no era ningún tonto como para ignorarlo, esa era su hija, pero al mismo tiempo ya no era la niña silenciosa y con la mirada melancólica que asentía ante cada petición como si no poseyera voluntad u opción alguna. Definitivamente Jocasta no se comportaba como una niña normal, era más bien como si una mujer adulta residiera en su interior, sus ojos antes tristes ahora lucían con una determinación que jamás le había conocido, sus palabras eran más profundas como si tuviese alguna especie de propósito. Jonathan se halló tan confundido, pero comprendió que, aunque su hija no era la misma esta seguiría siendo carne de su carne y agradeció a los cielos por tenerla cerca y a salvo.
Jonathan sonríe de lado y por un segundo la tristeza se disipa de su mirada. A pesar de sus años el duque se mantenía en buenas condiciones y aparentaba menos edad de la que tenía realmente.
―Hablas como alguien que lo ha perdido todo e intenta ahora desesperadamente protegerlo ―dice su padre y un sudor frio recorre la espalda de Jocasta.
―Qué tontería ―dice ella disimulando su nerviosismo al verse descubierta con una sonrisa forzada e incómoda ―. Padre es muy gracioso.
―Pero eso no es el tema aquí.
― ¿A no? ―para su buena suerte el gran duque decide desviar el tema y se enfoca en aquello que la metió en esa situación.
Aquella expresión de reproche nuevamente se instala en el rostro de su padre
―Jocasta, entiendo a la perfección lo que te motivo a actuar de aquella forma, eres una niña valerosa y compasiva y esas son cualidades propias de ti que te hacen quien eres. No estoy molesto por el cuervo que has traído aun cuando sabes el peligro que representa un animal para el imperio, mi tristeza y enfado radican en el hecho de que te expusiste a una situación de peligro aun cuando no seas capaz de verlo. Nuestro territorio limita con las fronteras y es mas allá de estas en donde se debe de andar con suma precaución, existen tribus de bestias y cambiantes que podrían lastimarte y poner tu vida en peligro son criaturas sumamente peligrosas.
Todo ser se torna violento y desconfiado cuando se le arrebata su territorio y los persiguen para darles caza y exterminarlos.
―Entiendo padre comprendo la razón de su miedo y prometo que seré cuidadosa y seguiré sus consejos.
―Esa es mi princesa ―su mano enorme y algo tosca por el constante uso de la espada acarician los dorados cabellos de Jocasta mientras que ella sonríe aliviada por mitigar el enojo y la preocupación de su padre.
Jocasta se parecía demasiado a su madre, Dione también era igual de impulsiva al momento de actuar y Jonathan jamás podría olvidar la vez en que ella lo rescato del lago congelado a costa de su vida, recordaba el rostro pálido y congelado de su esposa mientras que sus morados labios le dedicaban una sonrisa de alivio. Dione y Jocasta siempre actuaban sin preocuparse por su propia seguridad cuando la vida de alguien más dependía de su auxilio.
―Padre ―la suave voz de su hija capto de nuevo la atención del duque quien con enormes ojos le dirige la mirada.
― ¿Sucede algo hija? ¿Te has lastimado? ¡Algo me decía que te pudiste haber lastimado! He de llamar al médico cuanto antes.
¿Quién viera ahora al gran duque? Si el escuadrón a su cargo hubiese sido testigo de su actuar sobreprotector de seguro que se llevarían una imagen muy perturbadora. ¿Alguna vez pensarían que el duque tuviese complejo de padre? Claro que no. Jocasta tuvo que tranquilizarlo repitiendo una y otra vez que se encontraba en perfecto estado y que no existía nada de qué preocuparse.
―Padre por favor ―la emperatriz en el cuerpo de la niña se ruborizo en sobremanera, luce como niña, pero en definitiva no lo es, aquellos actos le avergüenzan tanto que agradeció que no hubiese espectadores ―. Estoy bien no es eso de lo que quiero hablar.
La mesura vuelve a imperar en el duque que ya informado reiteradas veces por su hija que se encuentra muy bien se tranquiliza y disimula con un rostro apacible.
―Lo siento querida, ¿Qué es lo que deseas decirme?
―Padre ―empieza de nuevo Jocasta ―. Como vera usted mi compromiso con el príncipe heredero no pudo darse y eso me deja libre para poder elegir el camino que deseo seguir a partir de ahora.
Aquella noticia de su hija toma por sorpresa a Jonathan, en efecto Jocasta había dado un paso al costado en cuanto se refería a su selección como futura prometida del príncipe, pero no esperaba que en unos pocos días ella ya supiera que hacer con su vida tan pronto. El gran duque supuso que se tomaría algunos meses más mientras ella disfrutaba de la compañía de otras damas y salidas sociales después de todo Jocasta ya estaba adentrándose a la edad en la que debía asistir a eventos de las hijas de otros nobles.
― ¿Y qué es lo que deseas hacer? ―dijo Jonathan ―. Sea lo que sea hija mía tu padre te apoyará y te dará su bendición.
―Quiero aprender a usar la espada ―dijo ella con una firmeza y determinación que dejaron a Jonathan asombrado por aquellas palabras, no existía dudas en Jocasta a lo referente en lo que deseaba hacer ya lo tenía muy claro y solo cumplía con informarle a su padre.
― ¿La espada? ―dijo el gran duque aun sin salir de su asombro. Jocasta era una niña tan frágil y delicada a quien desde muy joven se le enseño como una dama debía de ser. Sus manos jamás tocaron algo tan tosco como una espada nunca hubo necesidad puesto que se convertiría en princesa.
―Así es su excelencia ―dijo Jocasta llama a su propio padre con el honorifico de respeto con que normalmente los otros nobles suelen referirse a Jonathan ―. Padre he decidido que deseo convertirme en tu heredera y la siguiente gran duquesa Asteria. Ahora que mi nombre ya no figurara en la lista de candidatas es lo que deseo hacer y es en quien deseo convertirme.
El camino para heredar el título de un ducado o marquesado era más difícil que el camino para convertirse en princesa consorte y Jonathan lo sabía a la perfección. Un heredero de título debía de demostrar que podía dirigir de manera correcta el territorio a su cargo y no solo eso, sino también estaban a cargo de una importante sección del ejército imperial, la persona que se esperaba heredar el ducado debía de dirigir también el escuadrón de soldados a su cargo. Jocasta fue criada y educada para convertirse en la emperatriz perfecta, pero ¿podría con el entrenamiento para convertirse en un caballero perfecto?
―Eres muy joven ―dijo el gran duque visiblemente preocupado por el estado delicado de su hija, una niña como ella no podría resistir el peso de una enorme espada de acero puro, sus manos blancas y perfectas se lastimarían y es probable que resultase herida severamente. Jonathan sabía que tarde o temprano Jocasta tendría que lidiar con la carga del ducado, pero esperaba a que alcanzara la mayoría de edad y que solo se dedicase a asuntos administrativos. No se esperó aquel pedido.
―No soy más joven que usted a mi edad cuando el abuelo lo preparo para el cargo de heredero incluso era un poco más joven que yo ―era verdad, Jonathan tenía diez años cuando su padre el entonces duque Inazuma lo entreno para blandir la espada.
―Es distinto ―dijo Jonathan ―. Es peligroso y estarás expuesta al ataque de bestias y enemigos del imperio. Puedes ser la heredera sin la necesidad de exponerte a tan pesado entrenamiento.
Pero Jocasta sabía que necesitaba obtener la lealtad del escuadrón de soldados a cargo del gran duque para poder darle un duro golpe a la estabilidad del valioso imperio de Carles. El emperador debía de perderlo todo y debía de pagar por cada lagrima que ella había derramado cuando la encerró en esa sucia celda con la espalda llena de profundas y dolorosas heridas a causa de los cuarenta azotes que este había mandado a darle.
―Lo lamento padre, pero estoy decidida a hacerlo ―esta vez Jocasta se arrodilla en el suelo hincando su cabeza cerca a los pies de su padre en una clara postura de súplica que sorprendió hasta al propio Jonathan ―. Por favor no niegue mi petición cuando no hace mucho prometió apoyarme y darme su bendición. Yo creo en la palabra de mi padre y sé que este es un caballero que hace valer la suya.
Una táctica muy astuta la de esa niña y Jonathan lo sabía, le había dado su palabra y le prometió su bendición y eso era algo que no podía ser negado ahora. Aun con las dudas y el temor aun rondando su corazón Jonathan Asteria no tuvo más opción que aceptar el pedido de su hija.
―De acuerdo, incorpórate del suelo y levanta la cabeza ―dijo él y Jocasta obedeció ―. Jocasta, dentro de unos días empezará tu entrenamiento para convertirte en la heredera de mi título y espero comprendas que será un camino igual o incluso más complicado que el de princesa heredera.
El rostro de la joven dama se ilumino de alegría, quiso reír y gritar de la felicidad y la emoción, pero logró controlar su efusividad y haciendo una reverencia elegante agradeció a su padre el gran duque la oportunidad otorgada.
―Prometo no defraudarlo padre, yo Jocasta Asteria daré lo mejor de mí como futura gran duquesa, le doy mi palabra.
―No dudo que así será querida hija ―dijo Jonathan ―. Ya no eres una niña por mucho que anhele que te conserves como mi pequeña princesa un poco más de tiempo, pero estas creciendo y te estas volviendo lentamente en una joven dama que estoy seguro portara con orgullo el apellido de nuestra familia. Eres inteligente, valiente y has demostrado que tienes una idea clara de lo que deseas a pesar de tu corta edad, te estas comportando a la altura de una gran noble así que tengo que superar mis propios miedos de dejarte caminar por tu cuenta y apoyarte ahora más que nunca.
―Sus palabras me llenan de alegría padre ―dice Jocasta festejando por dentro, aunque por fuera se muestra respetuosa y apacible ―. Entrenare duro y aprenderé las técnicas secretas de la casa Asteria.
― ¿Quién hablo algo de las técnicas secretas de la familia? ―dijo Jonathan y el rostro de Jocasta era todo un poema a la confusión, era tan divertido Jonathan tuvo que contener la risa que quería filtrarse por sus labios apenas y pudo guardar la compostura.
Todo heredero tanto del título de duque como el de marques debía de aprender las técnicas secretas de su familia y estas a su vez debían de ser transmitidas al siguiente heredero. Era lógico que Jocasta supusiera que las técnicas secretas serian reveladas para ella al mostrar su disposición en dirigir el ducado de su familia.
― ¿No aprenderé las técnicas secretas? ―dijo Jocasta intentando procesar las palabras de su padre.
―Aun no.
― ¿Aun no? ¿Y eso que significa exactamente? ―inquirió ella ―. Creí que padre había autorizado mi entrenamiento.
―Lo hice querida ―respondió el gran duque alejándose de Jocasta y volviendo a tomar asiento con elegancia y gran porte ―. Pero debido a tu joven edad aun no puedes aprender las técnicas familiares. No desees correr antes de aprender a caminar.
― ¿Entonces en que se supone que consistirá mi entrenamiento padre?
―No tienes que preocuparte por eso ya que dispondré del mejor profesor de esgrima para que pueda instruirte en los principios básicos, no te prometo que será sencillo y que no te dolerá porque el arte de aprender a usar la espada requiere de un enorme esfuerzo físico. Veré tu progreso y tendrás que demostrarme que estás determinada y una vez que compruebe por mí mismo que te encuentras lista entonces empezaras con el verdadero entrenamiento para optar por el título de gran duquesa.
Jocasta pensó por un segundo que se trataba de una broma más cuando vio el rostro serio de su padre comprobó que no bromeaba en lo absoluto. Jocasta suspiro largamente y tras luego de una pequeña pausa ella acepto las reglas de su padre.
―Estoy de acuerdo ―dijo ella ―. Eso solo me motiva a esforzarme mucho más.
Y en sus ojos Jonathan observo una fuerte determinación, estaba seguro que Jocasta no se daría por vencida tan fácilmente. El gran duque sintió gran orgullo por su hija.
―Jocasta … ―dijo Jonathan antes de que su hija se fuera.
― ¿Padre? ―dijo ella.
―Aun así, estas castigada ―sonríe el gran duque para luego continuar con su trabajo ―. No podrás salir de la mansión sin la escolta adecuada y estarás bajo constante vigilancia.
¿Y espero hasta el final para decirle? El rostro de Jocasta era algo que no tenía precio.
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Updated 71 Episodes
Comments
Izza Miguel
pero de nada le sirvió ser una emperatriz si el estúpido que le toco como esposo no la supo valorar
2024-06-20
3
Rebecca H
o sea que Claude ha visto a cuatro generaciones con la pequeña jocasta???
increíble... todo lo que debe saber de ese imperio.
2024-02-10
3
Arelis Martinez
Oh lo fue pero el perro del príncipe la desprecio y la mató con ayuda de su "hermana"
2022-09-09
16