...VI...
Luego de la conversación con su hija el duque ordeno que un carruaje fuese preparado, ya que pronto partiría hacia el palacio para un encuentro con el emperador. Dione y Jocasta lo vieron alejarse mientras ellas se quedaron en la entrada de la mansión a la espera de su pronto regreso. Por primera vez y en mucho tiempo Jocasta pudo respirar al fin, aunque sea solo por un breve instante.
—Gracias madre —dijo Jocasta dirigiéndose a Dione quien al igual que ella su hija había salido a despedir a su esposo —. Tú hablaste con padre ¿verdad? Es gracias a ti que el acepto mi decisión.
—Lo creas o no tu papá te quiere mucho y aun cuando yo le haya aconsejado que te escuche, estoy segura de que él hubiese estado de tu lado. Eres nuestra única hija y por ti daríamos hasta la vida.
—¡No digas eso madre! —una vez más el recuerdo de la prematura muerte de sus padres le asalto haciendo que el miedo a aquel futuro volviese a atormentarla —. Madre y padre deben de vivir, deben de sobrevivir porque son lo único que tengo y lo único que amo.
—Calma, calma —se ríe Dione intentando hacer que su hija se tranquilizara —. Nada va a suceder, ¿Fue tan malo aquel sueño que tuviste que aún tienes miedo?
—Fue muy horrible.
—Pero ya despertaste —la amorosa madre acaricia el rostro de su hija y le acomoda delicadamente algunos cabellos sueltos tras la oreja —. Ya nada podrá hacerte daño.
—Es cierto, ya desperté —murmuro Jocasta tranquilizándose con solo ver el rostro de su madre. En el pasado solo bastaba la voz de Dione para hacer que sus miedos se disipasen y lograra ver la claridad, incluso en sus días de emperatriz recuerda haber anhelado las palabras de aliento y consuelo de Dione, aquellas palabras que jamás se pronunciaron junto con el abrazo que jamás se dio.
—¿Tienes hambre cariño? —dijo su madre en un intento por hacer que su hija quitara ese rostro de preocupación —. ¿Te has arrepentido de tu decisión?
—No me arrepiento madre —dijo Jocasta rápidamente y con determinación —. Y no, gracias, pero no tengo apetito. Comeré algo ligero en el jardín —al recordar el jardín de su madre el rostro de Jocasta se iluminó —. Tus rosas ya deben haber florecido y también tus crisantemos.
Jocasta recordó cuanto le gustaba el jardín de su madre, Dione era una noble del campo y le gustaba la botánica y jardinería. Jonathan le había dado una enorme parte del terreno en la mansión para que ella plantara todas las flores que quisiera. El resultado fue un enorme y hermoso jardín famoso entre las nobles que disfrutaban de asistir a las fiestas de té en la mansión del duque. Pero las flores más hermosas y preciadas de Dione crecían alejadas de la mansión, precisamente en los terrenos del ducado. Jocasta solía ir ahí cuando era mucho más pequeña, no obstante, al crecer y debido a su preparación para princesa heredera aquellas visitas al territorio y al jardín secreto de su madre dejo de suceder y es cuando su recámara paso a ser todo su mundo y su ventana fue en donde veía a su madre y a Irisella pasar momentos agradables al exterior.
—¿Te gustaría ir ahí? —dijo Dione alentando a su hija —. Se terminó el entrenamiento de princesa, puedes darte un respiro e ir al jardín que te gustaba de pequeña, le pediré a Irene que te lleve el té y unos cuantos postres.
—Si me gustaría —respondió Jocasta en una sonrisa genuina y de paz —. ¿Vendrás conmigo?
—¿Una damita como tú aún quiere pasar tiempo con su madre? —el tono de voz de la duquesa era bromista y a la vez alegre.
—No diga eso… —dijo Jocasta —. Siempre voy a querer a mi madre, siempre me hará falta mi madre.
Ahí estaba de nuevo esa melancolía que Dione había percibido en la mirada de su hija, un miedo que no la dejaba en paz, un sufrimiento oculto en lo profundo. No podía comprender como una niña podía ser capaz de sentir todo eso.
—Cariño —la consuela Dione —. Estás algo extraña y siento mucho dolor en tus palabras, no sé qué sucede o si algún día me lo dirás, pero te amo y siempre estaré para ti.
En silencio Jocasta asintió, no podía dejarse consumir por ese temor, pero no era tan fácil alejarlo de su corazón cuando la herida de la traición aún estaba muy fresca. Aun en su memoria las crueles imágenes de su torturan estaban presentes y aún podía ver el rostro sonriente de Irisella en el atrio principal portando la corona de emperatriz mientras contemplaba su caída.
—Estoy bien mamá —pese a su malestar Jocasta intenta reponerse y disimular. Tenía que sobreponerse y vivir la nueva vida que se le otorgó —. Solo me siento algo cansada. Quisiera ir al jardín y tomar un poco de aire.
—Iremos a un lugar mucho mejor que el jardín —dijo Dione sorpresivamente.
—¿Mamá?
—Irene —llamo la duquesa y la doncella encargada no tardó en hacerse presente.
—A sus órdenes mi señora.
—Pide que alisten mi equipaje y la de mi hija y has que el cochero prepare el carruaje grande. Iremos a la mansión en el territorio.
El ducado de los Asteria era uno de los más principales y bastos. Sus campos eran fértiles y eran el hogar de las más extrañas variedades de yerbas y flores. La mansión rural o como suelen referirse a esta “la pequeña granja” solo era una de las muchas propiedades que estaban bajo la administración del duque Asteria. Fue ahí donde Jocasta vio la luz por primera vez.
—Como ordene mi señora —respondió Irene haciendo una reverencia y retirándose para ejecutar el mandato de la duquesa.
—Mamá —dijo Jocasta aun sin poder creer que se hallaba involucrada en tan sorpresivo viaje —. ¿No es algo presuroso organizar un viaje de 3 días?
—¡Tonterías! —dijo la duquesa más entusiasmada y radiante que la propia Jocasta —. Un viaje que nos ayude a despejarnos es justo lo que necesitamos. Después de todo has finalizado tu arduo entrenamiento y tenemos tiempo de sobra para descansar y disfrutar de nuevos aires.
“Descansar y disfrutar de nuevos aires” ―pensó Jocasta saboreando aquellas palabras. Hacia tanto tiempo que deseo un descanso, anhelo correr libremente sin preocuparse por una postura perfecta o la correcta pronunciación de palabras extranjeras que solo pronunciaría una vez en su vida.
...***...
Por órdenes de la duquesa el carruaje estaba listo y el equipaje fue subido. Y no era algo que tomo a los sirvientes de improviso, ya que estos estaban acostumbrados a los inesperados viajes de su señora. Se podría decir que entre los mismos existía una especie de protocolo a seguir en aquellos casos.
Ayudada por el cochero Dione abordo el carruaje luciendo aún más hermosa. Su cabello dorado fue arreglado en un sencillo pero elegante moño y un amplio sombrero de ala acentuaban aún más su elegancia junto con aquel fino vestido de viaje.
—Por favor díganle a mi marido que nos alcance y alista su equipaje con ropa suficiente para 2 semanas —dijo la duquesa.
—Como ordene señora —respondió Irene haciendo una respetuosa reverencia y acompañando a su señora hasta el carruaje.
—Bueno, ya es hora de irnos —sonríe Dione entusiasmada.
—Buen viaje mi señora, buen viaje mi señorita —dijeron en coro los sirvientes en la entrada de la mansión.
Las puertas se cerraron y el cochero echó a andar el carruaje. En su interior Dione y Jocasta vieron como poco a poco la mansión tras ella se alejaba cada vez más hasta desaparecer de su vista por completo. Muy pronto iban abandonando la capital y sus calles ruidosas y llenas de gente para empezar a adentrarse en los caminos llenos de árboles y paisajes campestres. El aire a las afueras de la ciudad capital siempre era tan limpio y fresco incluso los colores del paisaje del camino eran muchos más vivos y brillantes.
Jocasta contemplo la vista y respiro profundo, tal vez su madre tenía razón y necesitaba un tiempo lejos de la capital para calmarse. Le era sumamente importante reponerse de toda esa avalancha de emociones y empezar a meditar muy bien sobre los pasos a tomar para evitar que Irisella usurpara su posición.
—¿Ya te sientes mejor querida? —dijo Dione abanicándose un poco.
—Mucho mejor —respondió Jocasta sonriéndole a su madre —. No recuerdo cuando fue la última vez que salimos de casa.
—Es verdad —dijo Dione —. Eras muy pequeña cuando regresamos al ducado después de que naciste, apenas y tenías cuatro años
Jocasta y apenas podía recordar los breves días que paso en el campo con sus padres. Era muy pequeña como había mencionado su madre y sus recuerdos estaban muy borrosos. No obstante, recordó que alguna vez sus padres comentaron que su lugar de nacimiento había sido justo en el ducado. Su madre se había encaprichado en llevar su embarazo en la tranquilidad de las campiñas lejos de la curiosa mirada de las nobles que le agobiaban con visitas imprevistas y su ir y venir de chismes. Renuente en un principio Jonathan intento convencerla de quedarse en la capital cerca a los médicos que podrían tratarla en caso de un imprevisto, pero Dione logro salirse con la suya y fue de ese modo que llego a las tranquilas tierras del duque y es de esa forma que Jocasta nació. Posiblemente ese fue el motivo por el cual Jocasta prefería el aire libre y las campiñas en lugar de la abarrotada capital.
El carruaje apresuró el paso y de esa forma los días de viaje transcurrieron sin ningún imprevisto. Al amanecer del tercer día al fin Jocasta y su madre habían llegado a la mansión del campo en donde fueron recibidas por el viejo mayordomo de la familia quien era el encargado de supervisar el mantenimiento de la mansión en la ausencia de su señor el duque.
—Sean bienvenidas mi señora, mi señorita. Espero que su viaje haya sido tranquilo y sin ningún contratiempo.
El viejo mayordomo ayudó a Dione y a Jocasta a descender del carruaje para luego ordenar que un peón ayude a bajar el equipaje de la duquesa y su hija.
—Muchas gracias Claude —dijo Dione sintiendo el fresco aire puro de las montañas llenándole los pulmones. Se sentía renovada solo con pisar el césped al llegar.
—La señorita está más hermosa que nunca, se convertirá en una notable dama —dijo Claude sonriendo a Jocasta de forma cortes, como el viejo guardián de la mansión había visto nacer a la hija de su señor y estuvo pendiente de sus cuidados como el resto de sirvientes que con alegría atendieron a tan preciosa bebé que vio la luz por primera vez en la mansión del campo.
—Muchas gracias —Jocasta se sonroja —. La mansión está muy hermosa.
—He procurado mantenerla tal cual la señorita lo dejo, incluso me tomé el atrevimiento de cuidar su pequeño jardín de girasoles.
—¡Es cierto! Me había olvidado de eso —exclamo Jocasta recordando aquel jardín de girasoles en específico.
Uno de sus escasos recuerdos en aquel lugar era el de plantar un pequeño huerto de girasoles junto a su madre quien quería compartir con su hija desde muy pequeña el pasatiempo de la jardinería. Jocasta no pudo ver a las flores germinar, ya que se retiraron a la capital antes que eso sucediera, pero Claude y el resto de doncellas se turnaron en cuidar y regar el jardín de su joven señorita para ver su hermosa sonrisa el día en que esta regresara.
Claude sintió que el haber esperado tanto tiempo valía la pena por ver el rostro radiante de Jocasta al recordar el campo de girasoles y sus días en el campo.
Jocasta corrió hacia donde recordaba quedaba el pequeño jardín de su infancia, no fue para nada sencillo, ya que habían transcurrido muchos años desde que visito el ducado. Por instantes perdía el sentido del rumbo y terminaba en los establos o en alguna área desconocida de la propiedad. Al fin luego de recorrer casi todo el terreno llego a una sección algo apartada de la casa, ahí en una pequeña porción de tierra un bello huerto de girasoles se alzaba, eran muy enormes y estaban bien cuidados aún se podía ver el rocío en los pétalos lo que era una clara señal de que fue recientemente regado, la tierra también estaba humedecida.
—Que hermoso —los ojos de Jocasta observan maravillados y una sonrisa se dibujó en sus labios.
La luz del sol bañaba todo por completo dándole una sensación de calidez en el corazón.
—¡Jocasta! —al fin luego de perseguir a su hija Dione dio con ella y la encontró de pie con una expresión tan pacifica que no quiso decir nada más temiendo romper aquel estado de relajación y felicidad de su hija.
Dione sintió que al final si fue buena idea abandonar la capital. Después de todo no existía nada que una buena temporada en el campo no podía curar.
—La señorita está muy feliz —dijo Claude quien llego hacia donde su señora y señorita se encontraban. Al ver la alegría de Jocasta el viejo mayordomo hizo una expresión de calma mezclado con la satisfacción de haber hecho un buen trabajo.
—Muchas gracias por haber cuidado de mi jardín todo este tiempo —dijo Jocasta dándose la vuelta para hacer una respetable reverencia lo que no pasó desapercibido por las 3 criadas que estaban cerca de ellas y el mismo mayordomo.
Jamás una noble dama se inclinaba hacia un plebeyo mucho menos un sirviente.
—Señorita no haga eso, no hace falta —dijo nerviosa una muchacha —. Lo hicimos por que le tenemos mucho cariño a nuestra señorita.
¿Qué era esa sensación cálida en su interior? Jocasta se encontraba conmovida, usualmente aquellas muestras de gratitud y cariño por parte de los sirvientes siempre fueron para Irisella quien se ganaba a las doncellas y criados con sonrisas y halagos mientras que Jocasta siempre fue vista como la dama inalcanzable a quienes todos temían y hablaban con sumo respeto y cuidado cuando en realidad ella solo quería un amigo.
Jocasta esta vez vuelve a inclinar la cabeza en un gesto solemne y de respeto volviendo a impactar a las jóvenes sirvientas quienes para ellas el que una noble del rango de Jocasta hiciera esa acción representaba que ella los veía como sus iguales.
—Ustedes tienen un lugar en mi corazón. Este hermoso gesto nunca será olvidado, muchas gracias por todo, los aprecio demasiado.
Aquella sonrisa que les dedico Jocasta resplandecía con la luz del mismo sol. Las sirvientas estaban conmovidas al borde de las lágrimas, su señorita no solo era hermosa como una rosa si no era generosa como un ángel. Los rumores de que era una pequeña dama fría y sin vida sin duda era mentiras de la capital ¡Falacias sin fundamentos que solo tienen como finalidad el hacer quedar mal a su pequeña y bondadosa señorita! La joven damita Asteria tenía el corazón más grande del mundo al tratarlos como personas y no solo como simples sirvientes.
Definitivamente harían que se conociera la noticia del hermoso ángel del ducado Asteria.
—Bueno señorita —dijo una joven sirvienta aun sonrojada —. No podemos llevarnos todo el crédito, la pequeña Scilla también cuido del huerto de girasoles como si fuese el de ella misma.
—Es cierto, la niña Scilla pasa más tiempo aquí que nosotros.
—Scilla…—dijo Jocasta abriendo los ojos por la sorpresa. No podía creerlo ¿Scilla estaba ahí? ¿Scilla estaba viva, sana y salva?
Una alegría infinita le recorrió el cuerpo y tuvo que contenerse para evitar llorar tal y como lo hizo con su madre. ¡Su querida Scilla estaba con vida! La única verdadera amiga que tuvo en la mansión y en el palacio, aquella amiga que le fue leal hasta el final y suplico por ella ante el emperador, aquella amiga que pago con su vida su devoción hacia Jocasta.
Jocasta recordó que Scilla y ella no se conocerían hasta un año después del compromiso con Carles cuando su padre el duque la llevo a la mansión para ser entrenada como doncella y servir a Jocasta quien se convirtió en la princesa heredera. Las cosas ahora estaban sucediendo de forma tan diferente.
—¿Se refiere usted a la pequeña Scilla Paulette hija de la jefa de las cocineras? —pregunto Dione recordando a una niña de la edad de Jocasta quien paraba sentada en una banca de madera en la cocina mientras su madre organizaba los platillos que degustarían la familia del duque. Era una pequeña tan temerosa, nunca salía de la cocina ni se separaba de su madre.
—La misma —dijo el mayordomo —. Su edad es casi la misma que el de la señorita, es una buena niña, le gusta cuidar las flores de la señora. Estoy seguro de que se llevaría bien con la joven maestra.
—¿Podre conocerla? —Jocasta se apresuró a decir no pudo evitar dejar salir una voz de entusiasmo y alegría que en vano intento disimular —. Digo … Sería agradable conocerla.
El viejo mayordomo sonríe ante la reacción de la joven maestra, la señorita no había cambiado en nada, seguía siendo una niña alegre y bondadosa.
—Ahora misma está ayudando a su madre, pero si usted prefiere puedo mandarla cuando se desocupe.
—Si por favor —respondió Jocasta guardando la compostura —. Quisiera presentarme como es debido, creo que no tuvimos la oportunidad de conocernos.
—A sus órdenes mi señorita —dijo Claude haciendo una reverencia —. Deben estar agotadas. Por favor mi señora Duquesa, joven maestra, entremos a la mansión para que puedan descansar de su largo viaje.
—Sí, es verdad. Estoy algo agotada pero no es nada que un baño no pueda reponer. Por favor Claude, has que me alisten un baño y acomoden mi equipaje en mí recámara. Bajaremos a comer dentro de una hora.
—Si mi señora —dijo el mayordomo.
Mientras Jocasta se alejaba del huerto de girasoles sus manos entrelazadas se encontraban muy cerca de su pecho, deseaba ver a Scilla y reemplazar el último recuerdo que tuvo de ella. Deseaba verla sonreír, deseaba verla con vida y se prometió a si misma que haría pagar a Carles no solo por el daño que le hizo a ella si no por los golpes que le dio a Scilla y por cada agresión que tuvo para con su doncella.
“Muy pronto te veré de nuevo amiga mía” pensó Jocasta deseando que el momento llegara al fin.
...***...
Luego de tres días de viaje en carruaje que le pareció interminables, Jocasta al fin se encontró sola en su recámara y pudo recostarse en una cómoda y suave cama.
Tendida en su lecho cerro los ojos de lo agotada que se encontraba y respiro hondamente para luego exhalar un fuerte suspiro. Era increíble lo terapéutico que resultaba el solo recostarse en una suave cama para hacer que la tensión acumulada se desvaneciera de su cuerpo. Anhelo permanecer así y no levantarse en muchos días, dormir por muchos días para reponer el enorme cansancio que traía consigo desde hacía tiempo.
Al fin abrió los ojos y observo el blanco techo de su recámara. El color de las paredes era el mismo de cuando tenía 4 años. La decoración tampoco había variado demasiado, el único cambio que tuvo su pieza es la cama en lugar de su cuna. Una amplia colección de muñecos de felpa y muñecas decoraban los escaparates incluso en su tocador. Era la perfecta habitación de una niña de la alta nobleza, el único problema era que ella ya no era una niña y todo le abrumaba demasiado.
Definitivamente tendría que mandarla a decorar de acorde a la recámara que debería de tener una señorita y futura dama. Pero aquello no era la mayor de sus prioridades, más importante aún era empezar a planear su venganza y la caída del futuro emperador Carles Silverius
Por fortuna su padre accedió a dar marcha atrás al compromiso y de esa forma fue liberada de un matrimonio que la llevaría a su ruina, tenía que evitar involucrarse con Carles a como diera de lugar o si no la bandera de su destrucción se alzaría de nuevo. Pero ahora que ya no estaba relacionada con Carles ¿Cómo podía acceder a la familia imperial y averiguar sus secretos estando ya descartada como prometida? Jocasta lo medito con profundidad y una sonrisa se dibujó en sus labios al recordar un pequeño detalle que paso por alto.
Por supuesto Carles no era el único príncipe en el imperio y la emperatriz no había sido la primera mujer del emperador. Antes de que Rasa tomara a la más ilustre hija de una importante casa ducal para hacerla la madre del imperio, él ya se había casado anteriormente y tuvo dos hijos con la primera emperatriz quien falleció a causa del sarampión, ellos eran Zeth y Ciaran. Pero Zeth nunca se mostró con la disposición de aprender a gobernar o tan siquiera mostró interés con los asuntos del estado. El hijo mayor de Rasa tenía otros intereses que estaban lejos del camino de emperador. Zeth amaba la artesanía, era hábil con las herramientas de plebeyo y se rumoreaba que tenía un taller oculto en el palacio donde pasaba largas horas elaborando artilugios de madera entre esculturas y demás cosas. Un pasatiempo de lo más inofensivo si es que acaso no interfería con los intereses de Rasa y la responsabilidad de gobernar un imperio.
Un día agobiado por las constantes discrepancias de su padre Zeth, cansado de que el emperador intentase obligarle a asumir una responsabilidad para el cual él no se encontraba preparado, decidió huir a un reino vecino y vivir como un plebeyo artesano. Ese día ya no se supo más de Zeth quien dio la espalda a la familia y a su propia nación por su estúpido deseo de vivir en libertad, es así que el nombre del segundo príncipe Carles quien nació de la nueva esposa del emperador empezaba a sonar muy fuerte en la corte para remplazar a su deficiente hermano y ser el príncipe heredero.
Por su parte Ciaran era un caso muy distinto. A diferencia de su hermano mayor ella siempre busco complacer a su padre y demostrar que estaba a la altura de la familia imperial, era obediente y refinada, una perfecta princesa que de seguro se casaría con algún alto noble o príncipe de una nación vecina para afianzar alianzas políticas y comerciales. Era para eso que Rasa la preparo y buscaba sacar el máximo provecho al matrimonio político de su querida hija. En el imperio y en el mundo de la nobleza un hijo varón lo heredaba todo, pero una hija mujer era una verdadera bendición por que se podía sacar el máximo beneficio de un matrimonio arreglado. Mientras más noble era la dama y más poderoso era su apellido las probabilidades de conseguir una buena alianza matrimonial se acrecentaban. Ciaran era una princesa y era la única hija del emperador de una nación poderosa, sin duda su matrimonio habría de ser con alguien igual de poderoso que su padre.
Pero el destino resulta siempre ser caprichoso.
Ciaran era una dama noble de buen corazón y a menudo solía salir disfrazada de plebeya y deambular por las calles para ver la realidad y ayudar a las personas que mostraban dificultades. Un día en una de sus habituales salidas algo salió muy mal. Fue atacada por unos vándalos quienes al forcejear con ella descubrieron su rostro y la reconocieron como la hija del emperador, el robo paso a ser un secuestro al ver que podían sacar provecho de aquella noble dama, Ciaran estaba asustada pese a que intentaba escapar y luchar para evitar que aquellos hombres la llevaran, cuando de pronto apareció uno de los caballeros de la corona quien con habilidad lucho contra los criminales y logro hacer que estos desistieran de raptar a la princesa. Aquel hombre se llamaba Marcus Allard y era el hijo de un Marqués. Ciaran lo vio y se enamoró a primera vista de su salvador y desde entonces la princesa y su caballero mantuvieron un romance prohibido que sonrojaría a cualquier dama amante de aquellas historias de pasiones y escándalos.
En ese tiempo Jocasta supo del “Romance del siglo”, como lo llamaron, por las sirvientas de su mansión quienes estaban al día con aquella historia de amor.
Pero Ciaran se casó obligada por su padre quien buscaba callar los rumores que circulaban en torno a su hija y que ensuciaban a la familia. El futuro esposo seleccionado para Ciaran era un viejo rey viudo de un lejano reino rico en minas de oro y de otros minerales valiosos. Ciaran viéndose arrinconada por su deber de princesa y su amor hacia Marcus acepto solo con una condición, que su padre permitiera que Marcus se fuera con ella o si no escaparía y jamás la volvería a ver. Rasa aceptó a regañadientes y de esa forma Ciaran y su amante fueron al reino donde le esperaba su futuro esposo.
Los rumores que se suscitaron después fueron aún más escandalosos, al parecer a las dos semanas de matrimonio Ciaran había enviudado.
Jocasta medito aquella información e intento sacar provecho de esta. Para empezar el ataque a Ciaran sucedía exactamente 4 meses después de que Irisella llegase a la mansión, un día martes 31 de Julio. Lo primero que debía hacer si quería el favor de la familia imperial es salvar a Ciaran en lugar de Marcus y ganarse su amistad de esa forma gracias a Ciaran podría tener acceso al palacio sin necesidad de involucrarse con Carles y poder obtener información que pueda servirle de ayuda para su venganza.
Le era importante obtener la mayor cantidad de información posible si quería convencer al líder del clan de los cuervos de ser su aliado para derrocar el imperio de Carles y hacer que este sea tomado por el temible demonio carmesí.
“El enemigo de mi enemigo es mi amigo” — se dijo Jocasta sonriendo muy complacida.
Para nadie era un secreto que el clan de los cuervos y el imperio de Ether tenían una historia de lo más conflictiva y su relación era sumamente hostil. A pesar de que aquel clan se encontraba sellado y no tenían los temibles poderes de antaño aún eran amenaza para el imperio y continuamente se hacían largas expediciones de batalla con la única finalidad de exterminarlos.
Hasta la aparición del rey demonio carmesí el ejército de Ether jamás se había visto obligado a retroceder. Se decía que era un descendiente directo del primer jefe de aquel clan, Shahriar Corvus. Se decía que heredo aquel apetito de venganza de sus antepasados junto con una habilidad perfecta y temible en batalla. Era por decirlo de una forma un guerrero espléndido que tenía como finalidad vengarse de aquella estirpe que les arrebato su reino y los arrojo a lo más profundo de los bosques condenándolos a una vida de miseria y constante exterminio. Era claro que si alguien tenía un apetito de venganza más grande que Jocasta ese sería aquel sanguinario demonio.
Jocasta aún recuerda cómo fue que aquel demonio de ojos carmesíes se ganó su apelativo haciéndose conocido y temido no solo por el imperio sino por los demás reinos y clanes.
Un día se mandó una de las muy acostumbradas expediciones hacia el bosque más allá de los límites del imperio más allá de la tierra de las brujas, pasando los páramos. Los soldados fueron despedidos como héroes que iban a la cacería de bestias salvajes, bárbaros cuya existencia debía de ser erradicada por completo por el bien del imperio. Las mujeres arrojaron flores desde sus terrazas y los cánticos y aplausos se dejaban oír fuertemente mostrando su apoyo y alegría. Los soldados encabezados por el capitán Hanzo y su teniente Caius cruzaron las enormes puertas que aseguraban la ciudad capital y avanzaron por largos días hasta llegar al límite del territorio.
Una semana después uno de los vigías vio venir a una caravana de caballos a suma prisa, pero no traían jinetes con ellos. Al acercarse aún más el rostro del pobre hombre hizo un gesto de terror seguido de un fuerte grito.
Los caballos bañados en sangre venían galopando desde muy lejos con las cabezas de sus respectivos jinetes amarradas en sus monturas y siendo arrastradas y pisoteadas. Encabezando aquella marcha de terror se veía un único cuerpo sin extremidades, era Hanzo quien agonizando luchaba por mantenerse con vida.
Fue de su propio testimonio que se conoció lo que verdaderamente paso con su ejército. Cuando él y sus hombres se adentraron al territorio de aquellos bárbaros fueron sorprendidos por un guerrero de ojos color sangre y mirada demoniaca que junto con un puñado de guerreros rodearon al escuadrón de Hanzo, y de la misma forma en la que sus antepasados asesinaban a sus enemigos aquel demonio dio la orden y rápidamente las cabezas de aquellos intrusos fueron separadas de sus respectivos cuerpos. Solo Hanzo conservo su vida para que contara las atrocidades que presencio de la mano de aquellos salvajes quienes no satisfechos con amarrar las cabezas de los soldados a sus respectivos caballos empalaron los cuerpos y los acomodaron alrededor de sus dominios haciendo una especie de muralla del terror. Hanzo fue despojado de sus extremidades y lo arrojaron a su caballo como si fuese un cadáver más. Al final el nuevo rey de los cuervos, el señor de las montañas el malévolo demonio de ojos carmesíes con una sonrisa sanguinaria le hizo a Hanzo la siguiente advertencia.
“Dile a tu emperador todo lo que viste aquí, cuéntale de los gritos de dolor de tus hombres y como mutile tu cuerpo a mi antojo, dile que lo piense dos veces antes de venir a mis dominios a intentar exterminar a mi pueblo, si tu señor aun así decide mandar muchos más hombres hacia mí, dile que le agradezco por los nuevos cuerpos que empalaré y colocaré en mis fronteras y puede que algún día su cabeza decore mi territorio”.
Hanzo no sobrevivió a la infección y murió luego de dos largos días de agonía.
Es así que el malévolo demonio carmesí fue conocido y temido por nobles y plebeyos quienes conocían del hambre de venganza de aquel bárbaro sanguinario.
Jocasta sabía que sería muy complicado llegar hasta el rey demonio y aún más proponerle una alianza antes de que su espada atravesara su garganta. La única forma de que este accediera a unirse a ella en su venganza es darle la información necesaria para que el descendiente de Shahriar pueda al fin reclamar lo que le pertenece y satisfacer su hambre de justicia y sangre. En sus días de emperatriz oyó de la boca del primer ministro sobre un artefacto que debía de ser protegido del aquel demonio. Carles no permitía que nadie salvo un pequeño grupo del consejo de justicia supiera de aquel artilugio que escondían tan celosamente. Jocasta estaba segura de que si lograba averiguar sobre ese secreto y le daba la información al rey de los cuervos no solo tendría un aliado de su lado, sino que a su lado podría ver con satisfacción como el amado imperio de Carles y Irisella se derrumbaría para luego ser tomado por un nuevo emperador.
El imperio de Ether le pertenecía al demonio carmesí y para Jocasta entregárselo sería todo un placer.
Con su plan ya trazado, Jocasta se relajó y respiro aliviada. Ahora más que nunca debía de permanecer fuerte y ser más valiente que nunca. Tenía que ser más astuta y formar aliados que le ayudaran a obtener lo que buscaba. En su primera línea de vida su error fue alejarse de todos y no entablar las conexiones apropiadas para respaldarla. En el mundo de la nobleza las alianzas y las facciones se forman en las reuniones sociales a las que Jocasta jamás asistió. Una sonrisa y un halago a una dama casada con un alto funcionario lograba abrir muchas puertas y eso era lo que haría Jocasta. Después de todo ese fue el mismo truco que uso Irisella y su popularidad se disparó positivamente aun cuando fue la amante del emperador, un buen grupo de nobles que no simpatizaban con Jocasta por considerarla inexpresiva y frígida dieron todo su respaldo a la patrocinada del duque por considerarla “un ángel lleno de bondad”, una “Niña bendita”
El sonido de alguien llamando a la puerta hizo que Jocasta saliera de sus pensamientos y se incorporara de su cama. ¿Qué hora era? ¿Ya servirían la comida?
—Adelante —dijo Jocasta acomodándose el vestido.
Al abrirse la puerta, los ojos de Jocasta se abrieron por la sorpresa. Era ella.
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^^^Continuará ^^^
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Updated 71 Episodes
Comments
Anonymous
En todo caso este par solo tentaron el Diablo de ojos carmesí me preguntó si también liberaban al que está sellado
2024-04-24
0
Rebecca H
oye mira lo importante que es socializar...
sobre todo para una noble
2024-02-09
0
Norvis Padrino
Me encanta la novela,pero estos capitulomuy largos
2024-01-10
0