...VIII...
Muy temprano por la mañana alguien llamo a la puerta dela habitación de Jocasta haciendo que la joven abriera los ojos aun somnolienta. La luz del sol entro por la ventana tocando con suavidad su rostro.
—Señorita —se escuchó una tímida voz del otro lado —. Señorita ya amaneció.
—Adelante —respondió Jocasta sentándose en la cama y frotando sus ojos adormitados a pesar de estar recién levantada reconoció a la dueña de aquella voz.
Maya se apresuró a ingresar con un tazón de porcelana lleno de agua y una toalla.
—Hace un día hermoso para nuestro paseo señorita —dijo la joven sirvienta acercando el tazón con agua a su joven maestra. La sensación gélida en su piel fue suficiente para que Jocasta despertase por completo.
—Es verdad —respondió Jocasta terminando de secarse el rostro. Al ver un poco por su ventana comprobó que en efecto aquel era un día perfecto para una caminata campestre y quizás un día de campo. Sonrió al ver a un ave posarse al borde de su ventana cuando Maya fue a abrirla.
Minutos después dos sirvientas más ingresaron para ayudar a Jocasta a vestirse y acompañarla al comedor, cepillaron sus cabellos y lo arreglaron en dos hermosas coletas altas que fueron atadas con cintas del mismo color de su vestido.
Una vez ya lista, Jocasta bajo hacia el comedor donde sus padres la esperaban.
—Buenos días querida —saludo Dione con una sonrisa mientras bebía un dulce jugo de naranja —. ¿Qué tal has dormido?
—Muy cómoda, los amaneceres en el campo son más tranquilos que los de la capital.
—¿Verdad que sí? —Dione estuvo de acuerdo con aquella afirmación. Después de todo ella era una noble del campo y las montañas siempre estarían en su corazón.
—¿A dónde planean ir? Me gustaría saber para reconsiderar si mandar a un caballero como escolta. No deseo que pases peligro puede que el campo sea tranquilo, pero nunca se sabe que puede existir allá afuera y más si se está al límite del territorio —dijo el duque Jonathan con claro tono preocupado.
—No hace falta papá —sonrió Jocasta intentó tranquilizar a su padre —. Iré con Maya y Scilla a los campos de flores cercanos, estaba pensando en hacer un pequeño día de campo para pasar la mañana y regresar en la tarde. Tal vez visitemos los naranjales, me interesa aprender sobre las actividades productivas del territorio.
Al oír de la boca de su hija aquel interés por involucrarse en los asuntos de la facción Jonathan se muestra complacido y esboza una satisfecha sonrisa.
—Ya veo, entonces estoy de acuerdo —dijo Jonathan.
Una vez finalizado el desayuno los preparativos para la pequeña excursión inicio, Jocasta se cambió el vestido por uno más ligero y de fácil llevar además de un amplio sombrero de ala tejido que le protegiese del sol. La comida que consistía de sándwich tartas y frutas además de bebidas fue puesta en dos canastas y acomodadas en el pequeño carruaje que las llevaría.
Cuando Jocasta salió de la mansión ya la esperaban Scilla y Maya quienes visiblemente se mostraban igual e incluso más emocionadas que la propia Jocasta, después de todo para chicas que trabajan en familias opulentas desde edades muy tempranas aquellos placeres como compartir una salida eran raros por no decir inexistentes.
—¡Señorita Jocasta! —dijo Scilla mostrando una amplia sonrisa, vestía un bonito y sencillo vestido a cuadros con botones en el pecho. Su madre pasó buena parte de la noche cociendo los botones y remendando algunas costuras algo desprolijas.
—Buenos días, disculpen la demora —se excusó Jocasta haciendo una reverencia — ¡Scilla estás muy bonita!
La niña se sonrojó mucho.
—Gra-gracias señorita.
—Bueno, mejor nos vamos ahora o no podremos terminar el recorrido en naranjales por falta de tiempo —dijo Maya sumamente animada.
Las dos niñas se apresuraron a subir al carruaje y Maya lo hizo de última para asegurarse de cerrar bien la puerta. El cochero agito las riendas y de esa forma empezó aquel día tan esperado por Jocasta. El viaje fue tranquilo y relajante, se permitieron abrir un poco las ventanas y dejar que el fresco y puro aire ingresara a la cabina. Scilla y Maya iban cantando viejas canciones infantiles campestres que Jocasta nunca escucho, más sin embargo en ese momento le lleno el pecho de calma y felicidad.
El campo verde, la arboleda y aquel viento fresco que traía fragancias puras del bosque y las siembras hacían que Jocasta comprendiera aún más a su madre y el amor que esta sentía por la campiña.
Luego de veinte minutos de transporte el carruaje se detuvo al llegar a los campos de flores. El cochero descendió y se apresuró a abrirle la puerta a las señoritas.
—Llegamos, a partir de aquí pueden disfrutar del área y recoger hermosas flores —dijo el cochero, un viejo hombre de aspecto amigable.
Las tres mujeres bajaron con cuidado y observaron el colorido de aquellos brotes. Los ojos de Jocasta se llenaron de aquella visión mágica, hubo una vez en un tiempo distinto en donde anhelo estar de pie justo en aquel lugar y sentir el viento fresco en su rostro y piel mientras veía un campo de infinitos y bellos colores extenderse hasta que su vista no pudiese percibir el final.
—¿Le gusta señorita? —pregunto Maya notando el brillo en los ojos de su señorita y aquella sonrisa angelical en sus labios —. Las campiñas del territorio del ducado Asteria son las más hermosas de todo el imperio. Nada se compara con esta belleza.
—Parece el reino de las hadas.
—¿Verdad que sí? Incluso un poeta escribió un soneto inspirado en estos campos,
—¡Señorita Jocasta y Maya, vamos a los campos a jugar entre las flores! —dijo Scilla haciendo que Jocasta saliera de sus reflexiones y regresara a la realidad.
—¡Si! —respondió Maya con clara emoción sacando las dos canastas de comida —. Busquemos un lugar donde podamos almorzar mientras exploramos la campiña —añadió alcanzándole uno de los cestos, el menos pesado, a Scilla para que le ayudase.
Es así que las tres muchachas empezaron la caminata y a ver la mágica belleza del entorno. Una enorme sensación de tranquilidad se apoderó de Jocasta al sentir el viento fresco en su rostro que traía consigo deliciosas fragancias, distinguió el aroma de los árboles, el césped y la tierra húmeda.
Scilla iba cortando algunas flores y haciendo coronas para Maya y Jocasta mientras que la mayor de las muchachas vigilaba con cautela y a la vez sonreía viendo la alegría en el rostro de las más pequeñas. Al ver a la joven señorita tan tranquila y a la vez con aquella sonrisa de ángel disfrutando con la niña Paulette como si ambas fuesen amigas de toda la vida la convenció aún más de que los rumores sobre esta no eran más que crueles mentiras para desacreditar a una niña tan sensible y gentil que no distinguía entre clases sociales como lo era su amada señorita.
Mientras más jugaban más se adentraban al campo y más se alejaban también de la vista del cochero quien aún lado del camino aprovecho la calma del ambiente para dar de comer a los caballos y luego tomar un descanso. Estaba seguro de que Maya haría un buen trabajo al cuidar a las niñas, después de todo no es como si se acercaran al bosque.
Luego de un buen tiempo el hambre se manifestó señal de que era tiempo de extender la manta en la yerba y sacar los bocadillos. Así lo hicieron y disfrutaron todas de las delicias de los aperitivos preparados por la madre de Scilla, desde los emparedados hasta las tartaletas, desde la ensalada de frutas hasta el refrescante zumo de naranja proveniente de las huertas del territorio.
—Delicioso —dijo Scilla probando la crema de su pastelillo de fresas.
—Tu madre prepara deliciosos postres Scilla, en verdad está muy sabroso —sonrió Jocasta viendo con alegría que tanto Maya como Scilla disfrutaban de aquel momento.
—No conozco a una cocinera con tan buena mano como la señora Paulette —dijo Maya.
—No lo dudo, me gusta mucho sus postres, hacen que me sienta feliz con una sola cucharada.
Al terminar de ingerir los alimentos guardaron todo de nuevo a las cestas. Aun cuando los sándwiches estuvieron deliciosos Jocasta insistió en que debían de guardar algo para el cochero que las estaba esperando y Maya estuvo de acuerdo con ello.
—¿Ya quieren regresar? —pregunto Maya dirigiéndose a Jocasta y Scilla.
—Juguemos un poco antes irnos, si la señorita desea por supuesto —dijo Scilla con voz tintineante.
—Suena divertido —Jocasta respondió de forma dulce. Aunque en el fondo deseaba alejarse por un momento y visitar el lugar del que su madre le hablo no obstante admitió que pasar un momento más de paz no le vendría nada mal.
—Juguemos a las escondidas —propuso Maya con entusiasmo —. Yo contaré y ustedes se ocultarán, pero recuerden no alejarse demasiado o el hada que existe en el bosque las atraerá con su voz y las hará perderse —añadió la joven encargada de vigilarlas.
—¿Un hada? —inquirió Jocasta entre curiosa y algo escéptica, no obstante, mantuvo la calma adecuada.
—Es una historia de estos lares señorita —fue Scilla quien respondió con entusiasmo —. Dicen que por estos lugares existen hadas y ninfas del bosque que usaran su canto para atraerte y hacer que te pierdas y llevarte hasta el bosque más allá de nuestro territorio donde se dice que se encuentra su verdadero reino.
—Ya veo —respondió Jocasta —. Entonces debemos de tener mucho cuidado.
—Claro —asintieron Scilla y Maya al unísono.
Maya se ubicó tras de un árbol cercano y empezó a contar hasta 30 según lo acordado. Mientras ella hacia eso las otras dos empezaron a correr e intentar encontrar un buen escondite dónde a Maya se le hiciera muy difícil hallarlas. Scilla Paulette se ocultó no muy lejos dentro de un tronco hueco oculto en medio de los arbustos, mientras que Jocasta en cambio opto por correr y adentrarse aún más profundo. Es así que muy pronto Jocasta dejo el campo de flores tras ella y se vio rodeada de arbustos y arboledas.
A simple vista lucia como un tranquilo bosque perteneciente a los terrenos, pero algo dentro de Jocasta le alertaba de que quizás nada de lo que la rodeaba era ordinario. Mientras caminaba e intentaba guiarse por la vegetación característica sus pasos la adentraban aún más a aquel lugar logrando que el camino de regreso sea cada vez más lejano.
—¿Qué es este lugar? —se dijo al fin dándose cuenta de que estaba andando sin rumbo. Para alguien que desconocía el terreno era muy perderse y al parecer Jocasta no pensó bien en ese detalle sabiendo lo realmente engañoso que resultaban ser los bosques de su facción, no obstante, intento mantener la calma y detenerse por un momento ¿Cuánto era que llevaba caminando? Quizás unos 15 minutos a 20, no lo sabía con certeza.
Ya habiéndose agotada la joven princesa de los Asteria decidió detenerse y tomar asiento sobre una piedra a un costado de la ruta en un intento por esperar a que Maya, el cochero o tal vez un guardia enviado por su padre vinieran por ella. Mientras yacía quieta intento meditar un poco sobre su situación, no le asustaba la soledad en el bosque, ni tan siquiera extraviarse, para alguien que conocía el verdadero terror de la traición y la cara del engaño aquello era algo que no tenía gran significado. Lo que si le causo algo de melancolía fue que ahora no podría ver el famoso arbusto que sembró su madre y a quienes se le daba el mérito de su nacimiento. Cuando escucho aquella historia por primera vez admitió que quizás era una fantasía sacada de la mente activa de su madre, los arboles mágicos capaces de devolver la salud a alguien tan solo con comer de sus frutos no existían y si lo hacían pertenecían a lugares donde los hombres no podían acceder. Pero al ser ella misma alguien que fue bendita por un dios quien le otorgo una segunda oportunidad haciendo que regresara de nuevo de la muerte estaba más abierta a creer en lo sobrenatural y en los dioses.
“Bien, tal vez el aquel arbusto no desea ser encontrado si es así entonces no puedo hacer nada” — pensó Jocasta mientras suspiraba con algo de agotamiento —. “No es tan tarde y estoy segura de que me encontraran antes de que la noche caiga”.
Sorpresivamente, mientras la muchacha se hallaba perdida en sus cavilaciones una extraña voz que se filtró por aquel paraje empieza a llamarla de forma hipnótica y a su vez susurrante, como un canto, una invitación a continuar adentrándose más y más. Ella cerro los ojos e intento ignorar aquel llamado, supuso quizás era su imaginación incentivada por la soledad del entorno.
“Niña, ven y mira”
¿A dónde debía ir? ¿Y qué debía de observar? Las interrogantes no tardaron de formarse en su cabeza mientras intento localizar el origen de aquel llamado.
Como pequeñas luciérnagas a su alrededor que empezaban a brillar y a danzar unas luces se manifestaron a su alrededor intentando guiarle hasta el camino que aparentemente debía de seguir. Jocasta lo medito por un segundo antes de decidir seguir a aquel fenómeno extraño que se le manifestó, pero sus opciones eran escasas y las probabilidades de terminar pasando la noche en aquel paraje se acrecentaba, de esa forma pese a su raciocinio opto por seguir el extraño camino iluminado que formaron aquellos orbes danzantes.
Luego de deambular por el sendero señalado al fin Jocasta percibió la luz y la aparición de un claro. Apresurada aumentó el ritmo de sus pasos intentando dar alcance a lo que ella pensó era la salida. Pero su sorpresa fue tal cuando comprueba que se trataba nada más y nada menos que el campo narrado por su madre y en donde yacía sembrado el arbusto que nació de una semilla otorgada por el dios zorro.
Pero no fue un arbusto lo que encontró Jocasta, sino un enorme árbol flores plateadas que se asemejaban a estrellas del firmamento, resplandecían con la sola luz solar dando un efecto de joyas preciosas, incluso las hojas eran semejantes a las piedras de jade. No obstante, a diferencia de la historia de su madre no encontró fruto parecido en aquel árbol extraño.
“Es imposible” — pensó Jocasta avanzando hacia ese punto a pasos lentos pero firmes —. “Un árbol necesita de años para adquirir ese tamaño, aun cuando mi cuerpo de ahora posea doce, es imposible que este árbol estuviese así de crecido”
Aquello era cierto, normalmente un árbol ordinario tardaba de 30 a 50 años en desarrollarse por completo era imposible que aquel que tenía enormes dimensiones se hubiese terminado de formar en toda la edad de la Jocasta del presente. Sin duda era un árbol mágico.
—Sin duda eres extraño —murmuro Jocasta tocando temblorosamente el tronco.
En el instante en que hizo aquella acción, pudo sentir una extraña energía emanando de aquel árbol. Un calor que nació en su palma y se extendió en todo su cuerpo. Las flores mágicamente empezaron a caer sobre ella y la fresca brisa hizo mover las ramas como si el mismo árbol estuviese complacido de tener a aquella niña en su presencia.
—Gracias por darme la vida, prometo no desperdiciarla esta vez e intentaré ser yo la creadora de mi propio destino. Por qué deseo ser capaz de volver a verte en un futuro viejo amigo.
Un pequeño sonido rompió el silencio del entorno y alerto a Jocasta de una presencia bastante cercana. Los arbustos que yacían al otro lado en el bosque prohibido empezaron a moverse como si alguien estuviese expiándola desde aquella distancia.
El corazón de Jocasta se inquietó de pronto, ¿Eso también fue parte de su imaginación? Tal vez había sido el viento y se sintió estúpida por asustarte con algo tan inofensivo.
Pero el sonido volvió a repetirse y esta vez con mayor insistencia que Jocasta ya no podía seguir ignorándolo. Localizo el punto preciso de dónde provenía y al comprobar que en efecto alguien o algo yacía detrás de los arbustos trago duro y se armó de valor para dirigirse a ese lugar pese a su bien juicio, pero algo en el fondo le decía que no debía de tener miedo alguno.
Jocasta se alejó del árbol y avanzo hacia aquel punto intentando en todo momento mantener la calma pese a que el constante movimiento de los ramajes le inquietaba, aunque no fuese una persona cabía la posibilidad de que fuera una bestia salvaje y al acecho, después de todo el bosque prohibido a los límites era conocido por ser tierra de seres voraces.
Una vez cerca aparto las ramas de un brusco movimiento para descubrir a quien creía la estaba acechando. Su sorpresa fue tal que apenas y pudo pronunciar palabra alguna de la impresión.
...***...
—Pobrecito —murmuro Jocasta al ver al causante de su pánico inicial. No era otro que un pequeño cuervo que aleteaba con ferocidad al verse atrapado entre los arbustos y completamente cubierto de hojas.
Era un cuervo no cavia duda sobre eso, aunque fuese de un tamaño mucho menor a un cuervo adulto. Jocasta dedujo que quizás era un pichón que estaba aprendiendo a volar y se lastimó. Una de sus alas estaba rota y traía una pata lastimada. Al estar en las manos de la muchacha dejo de retorcerse y se mantuvo muy quieto, era como si el calor de aquellas palmas lo tranquilizasen.
Jocasta observo los árboles y busco un nido de donde probablemente aquel pequeño cuervo se hubiese caído, pero no encontró nada y se preguntó de dónde pudo haber venido un cuervo tan pequeño como ese. Al verlo con detenimiento comprobó que el ave apenas y seguía respirando, el pecho bajaba y subía a ritmo lento e inconstante y los ojos se habían cerrado por completo como si todas las fuerzas de aquel frágil cuerpo se hubiesen consumido en avisar a aquella extraña de su presencia.
No era muy común encontrar cuervos en el imperio, aquellas aves fueron erradicadas por estar vinculadas con el clan de bárbaros. Se decía que antiguamente los bosques del imperio eran el hogar de aquellas aves, pero poco a poco fueron cazadas haciendo que retrocedieran e hicieran sus nidos en las montañas elevadas. El que un pequeño cuervo sin hogar hubiese llegado hasta ahí por sí mismo y en tan mal estado era porque había luchado por su vida con desespero.
—Pequeño guerrero —Jocasta acerco sus labios hasta el pecho de aquella ave y le deposito un beso cálido, en seguida corto un pedazo de tela de su vestido y lo utilizo para cubrir el cuerpo de aquel indefenso ser intentando darle un poco más de calor antes de que se enfrié por completo —. Resiste por favor.
Sin perder más tiempo la joven Asteria emprende el camino de regreso con el ave entre sus manos alejándose del campo y del árbol sagrado. Se adentra de nuevo al bosque de su territorio. Las luces que le habían guiado hasta el árbol con anterioridad ahora le señalaban el sendero de retorno. Jocasta no tenía tiempo para admirar aquel fenómeno, una vida dependía de que tan rápido podía llegar a la mansión.
Luego de algunos minutos pudo ver la luz de la salida y unas voces que coreaban su nombre. Reconoció a Scilla y a Maya quienes a no poder encontrar a su señorita cayeron en la desesperación hasta de hacer que el mismo cochero ayude con la búsqueda. Si en la mansión se enteraban de aquel descuido serian duramente reprendidas. Al fin luego de una angustiante hora de búsqueda Maya pudo ver a una jovencita rubia de coletas elevadas correr hacia donde estas se encontraban con suma urgencia.
—¡Señorita, gracias a los dioses que se encuentra usted bien! —exclamo la joven sirvienta con alegría al ver a su joven maestra sana y salva.
—¡Señorita Jocasta! —lágrimas de alegría brotaron de los ojos de la pequeña Scilla —. Creímos que ya no la volveríamos a ver de nuevo, me hace feliz que este de regreso mi señorita Jocasta —sus manos se aferran a la joven rubia como una pequeña quien se aferraba a una madre después de no haberla visto en meses.
—Estoy bien —intento calmarla Jocasta acariciándole la cabeza con una mano en ademán dulce y de consuelo —. Más importante aun, necesitamos regresar a la mansión cuanto antes es de suma urgencia.
Al percatarse mejor de aquella pequeña criatura que traía en manos su señorita y que tan cuidadosamente protegía de la intemperie tanto Maya como Scilla pegaron un respingo al ver aquel plumaje negro característico de las aves malditas.
—¡Es un cuervo! —el grito de terror de Maya es tan fuerte que incluso las aves en los árboles salieron despedidas del pánico —. ¡Señorita tenga cuidado! ¡Está maldito!
A pesar del tiempo el miedo hacia aquellas aves aún seguía tan arraigado en la mente de los habitantes de Ether. Temibles historias se narraron sobre aquellos quienes estaban vinculados con la noche y las tinieblas y es así que los cuervos representaban aquellos días tan obscuros y sangrientos de las primeras décadas.
—Ahora no es momento para tener miedo, necesita de nuestra ayuda así que por favor llamen al cochero y volvamos a la mansión cuanto antes —la voz de Jocasta sonó autoritaria por primera vez. No hubo prepotencia en ella más si urgencia ante alguien que necesitaba auxilio lo antes posible.
—Como ordene señorita —Maya asintió pese a que aún se encontraba temerosa. Llamo al cochero quien no se encontraba muy lejos y de esa forma regresaron a la mansión donde Jocasta podría curar a aquel moribundo ser.
Dentro del carruaje Jocasta hacia todo lo posible por mantener a aquel pequeño cuerpo en el calor. Scilla le ayudo alcanzándole una manta para cubrirlo. El cochero a pedido de la joven maestra apresuro el paso haciendo que los caballos corrieran presurosos levantando polvo a sus pasos. Jocasta rezo en su interior para que aquella pequeña ave lograse sobrevivir al viaje.
—Señorita ¿Cree que resista? —pregunto Maya observando la dedicación con que Jocasta se esforzaba por proteger a aquel pequeño cuervo y se preguntó el motivo por aquella dedicación. Entonces lo supo, se le vino a la cabeza al ver aquel rostro tan dulce de su señorita preocupada porque aquel pequeño ser sobreviviera. Sin duda Jocasta era un ángel, era la imagen de una pequeña santa la que veía Maya y su corazón se enterneció por completo. Solo alguien con un corazón tan enorme como el de ella podría ser capaz de compadecerse de la vida de un ave tan temida.
—Tiene qué —respondió Jocasta intentando darle un poco de agua al pequeño cuervo con sus dedos —. Para que haya resistido todo este tiempo a pesar de estar tan lejos de su habitad natural es porque ha estado aferrándose a la vida, es porque tiene un fuerte deseo por sobrevivir.
Solo los dioses sabrían todo lo que tuvo que pasar aquella ave para terminar mal herida y deshidratada en un imperio que le temía y aborrecía tan solo por el estigma que traían aquellas aves consigo.
El movimiento de aquel pequeño pecho era cada vez más lento, la respiración se hacía cada vez más suave y lejana y Jocasta tuvo miedo de que el cuervo no sobrevivirá los 10 minutos que aún faltaban para llegar a la mansión.
El corazón de Jocasta se oprimió, podría ser el trauma de su pasado que aún estaba muy presente en su mente, podrían ser los recuerdos de su primera vida y la sensación de saber lo que era estar tan cerca de la muerte. Ese miedo de saber que tu vida pronto sucumbirá pese a que te aferras por extender los segundos finales más todo resulta en vano porque la misma muerte es inevitable.
Jocasta no quería ver a nadie morir nunca más, aunque sea un ave. El abrazo de la muerte puede ser un alivio para algunos, pero no para aquellos a quienes se les arrastra y arrojan al obscuro pozo de la miseria y desesperanza.
“Has luchado para llegar hasta aquí, ¿verdad? ¡Entonces lucha para sobrevivir! ¡aférrate a la vida pequeño!”
—¡Cochero más aprisa por favor!
—Señorita es toda la velocidad de los corceles, si les obligo a correr más podríamos accidentarnos.
Afortunadamente la mansión ya podía ser divisada y Jocasta respiro aliviada. En menos de lo que tarda la lluvia en bañar los sembríos el carruaje se detuvo de forma escandalosa llamando la atención de los sirvientes y de los propios señores quienes alarmados salieron para averiguar que ocurría y por qué aquella entrada tan alarmante, por un segundo los duques pensaron que un accidente se había suscitado y su hija termino mal herida.
—¡Jocasta! —salió la duquesa con el corazón en la garganta y el miedo a flor de piel —. ¿Qué está sucediendo aquí?
—Madre —la voz angustiada de la señorita se dejó oír mientras bajaba con suma prisa del carruaje con un pequeño bulto acunado en sus manos —. Madre … Ayuda por favor, está punto de morir ¡No lo permitas por favor madre!
Lagrimas bajaron de sus ojos y bañaron sus mejillas. Se podía sentir el dolor en aquella voz que incluso los sirvientes de la mansión se conmovieron por el dolor de su señorita.
—Pero Jocasta que … ¿Qué eso que traes ahí? —al descubrir Dione la manta con que su hija había envuelto a aquel pequeño bulto de negro plumaje sus ojos se abrieron por la sorpresa y no pudo evitar cubrir sus labios con su mano ahogando un grito.
¡Era un cuervo!
—Jocasta —fue el duque Jonathan quien esta vez intervino, como duque y señor de la facción era el quien tenía la última palabra, sus ojos observaron inquisitivos a aquella criatura maldita y tuvo que admitirse él mismo que un miedo escabroso le recorrió el cuerpo. Los cuervos siempre fueron símbolo de muerte, a su paso siempre dejaban senderos de sangre —. Jocasta de donde lo has traído, ¡Responde! ¿Te atreviste a ir más allá de nuestros dominios?
—Papá…
—¡Responde ahora!
—No me adentre al bosque prohibido padre.
“Técnicamente” — pensó ella.
—¿Entonces?
—Estaba en nuestros límites, padre solo es un pequeño cuervo, está moribundo y necesita atención de inmediato.
—Es un animal de la muerte lo que traes ahí igual de maldito del lugar de donde procede.
—¡No lo es! —por vez primera Jocasta levanto la voz a su padre.
Nunca en su vida había hecho algo como eso, incluso en su primera línea de tiempo Jocasta se caracterizó por obedecer en silencio y jamás negarse a ninguna orden de su padre, pero ahora no. Su grito salió desde lo más profundo de su corazón como si su espíritu al fin se estuviese despertando. No lo comprendió en ese instante ¿De dónde había salido todo ese coraje?
Los sirvientes en silencio oyeron y vieron el drama que se manifestaba sin poder creer el espíritu de su señorita por ayudar a un ser maldito para algunos, pero eso no le quitaba el derecho a la vida.
—No lo es … —repitió Jocasta conteniendo sus lágrimas de dolor mezclado con la sensación de injusticia —. Una vida es una vida, usted me enseñó a valorar el corazón por sobre todas las cosas, sin distinguir entre nobles o plebeyos. Todos merecemos la oportunidad de sobrevivir seamos humanos o bestias, estemos malditos o no. ¡Solo los dioses pueden quitarnos la vida y si este cuervo a pesar de haber sufrido tanto, a pesar de estar al borde de la muerte aún continúa aferrándose a su vida, entonces no somos nadie para negarle ese derecho! Padre… por favor… apelo al padre justo que conozco. A mi querido padre.
Sus lágrimas cayeron sobre aquel cuervo moribundo.
—Jonathan —Dione toco el hombro de su esposo y le sonrió con aquella serenidad propio en ella cuando intentaba intervenir en una disputa. Conocía a su esposo y sabía qué lo movía a mostrar aquel recelo —. Estará bien, solo es un ave. No dejemos que una superstición nos afecte, además si el problema es eso Jocasta se comprometerá a dejar libre al cuervo una vez se encuentre recuperado para que este siga su sendero y nos deje tranquilos, ¿Verdad? —Dione le dedica una mirada a su hija y le guiña un ojo.
—Si —dijo Jocasta rápidamente sorprendida por el apoyo de su madre —. Le doy mi palabra padre, cuando esté mejor lo dejaré libre.
El duque se mantuvo en silencio por algunos segundos. Jocasta sabía que si a pesar de la intervención de su madre este se negaba entonces ya no habría nada más por hacer. Jonathan era el duque y aquel que regía en el territorio su palabra era la definitiva y ni Dione podía alterarla.
El duque Asteria avanzo hacia su hija y se arrodilló hasta estar a su altura, de esa forma le miro directamente a los ojos. Ambas miradas azuladas chocaron entre sí, eran tan parecidos los dos y Jonathan lo supo. El espíritu guerrero de Dione vivía en ella, así como también el buen corazón de Jonathan.
—Yo sé muy bien que, aunque dijera que no, tú hallarías la forma de proteger a ese cuervo aun yendo en contra de una orden mía no por que seas una niña desobediente y engreída, sino porque tu corazón y tu conciencia no podrían con el remordimiento de haber tenido la oportunidad de ayudar a alguien y haberle negado el auxilio —Jonathan suspira cansadamente —. Claude —llamo al mayordomo incorporándose de nuevo.
—Si excelencia —dijo el anciano mayordomo.
—Ve con mi hija y atiendan a ese cuervo. Enséñale como debe de cuidarle para que el ave mejore y se recupere lo más pronto posible.
Los ojos de Jocasta brillaron al oír aquello.
—¡Gracias papá! —la alegría no cabía en su pecho y dejo caer lágrimas de alivio —. Cumpliré mi palabra te lo prometo, muchas gracias.
—Date prisa y ve con Claude antes de que lo medite mejor y decida cambiar de parecer.
—¡Si! —Jocasta se apresura a ir con Claude quien la esperaba en medio de la entrada.
—Venga conmigo señorita —dijo el anciano.
—Espera un momento Jocasta —se oyó la voz del duque y Jocasta tuve que girar el rostro hacia su padre —. Más tarde usted y yo tendremos una muy larga charla. No dejaré pasar el hecho de que estuviste en los límites cuando específicamente te advertí que no fueras.
Jocasta trago duro, sabía que estaba en problemas.
—S-Si padre, recibiré mi castigo.
—Buena niña, ahora date prisa y atiende a tu cuervo, andando.
—Si papá.
Dione con una sonrisa se colgó del brazo de su esposo y antes de ingresar a la mansión le dio un beso en la mejilla.
—Eres tan bueno —le susurró al oído.
Jonathan enrojeció abruptamente.
El duque dirigió la mirada a su hija antes de que esta se perdiese de vista. En su corazón aún se encontraban las palabras que su primogénita había exclamado mientras apelaba por la vida de aquel cuervo. “Todos merecemos la oportunidad de sobrevivir seamos humanos o bestias, estemos malditos o no” Aquellas palabras se quedaron grabadas en su mente y constantemente se repetía al igual que la imagen de su hija desesperada. Aún no podía comprender que era lo que la motivaba a actuar de aquella forma, así como tampoco podía comprender aquel dolor en su voz y esa mirada que no era normal en una niña de su edad. Era una mirada madura, de unos ojos que habían vivido demasiado.
No sabía si la decisión tomado fue la correcta, si tras haber accedido la desgracia caria a su hogar y a su ducado. Un noble tenía que poner la seguridad de los habitantes de su facción por sobre la suya, no obstante, pese a su notorio recelo y temor solo el clamor de su hija pudo ser capaz de poner sus miedos a un lado y abrir las puertas de su mansión a una criatura tan prohibida y temida.
“Pido a los dioses que la sangre no ingrese a mi hogar” — una plegaria silenciosa fue proclamada en el corazón de Jonathan —. “Que se aleje junto con el cuervo muy lejos y que no regrese jamás”
A la distancia dos pares de ojos vigilaban expectantes la residencia ducal y a las personas que ahí habitaban. Habían viajado largas leguas buscándolo incansablemente y al fin lo hallaron. Quietos ocultaron su presencia entre la arboleda cercana. No sabían si estas personas eran como aquella plaga que destruía todo a su paso y consumía su hogar en una masacre constante no obstante continuarían vigilando hasta rescatar a su príncipe.
El heredero del clan, Khaled Corvus.
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Comments
Rebecca H
el cuervo es el príncipe ?
santo Dios 😳
2024-02-09
5
Norvis Padrino
El cuervo es un príncipe !!!!
2024-01-10
1
Sonia Gladys Caniulen
Jocasta no tiene idea que esta salvando a un principe
2023-06-13
1