–¿Por qué estás tan asustada, mi amor? –pregunta Diego acariciando mi mejilla.
Disfruto de su toque porque quizá sea de lo último que pueda disfrutar. Miro sus ojos castaños, aterrada, imaginando cuál será su reacción cuando le diga la verdad.
–Cariño, me estás asustando.
Miro hacia el suelo y suspiro, aterrada. –Estoy embarazada, es tuyo –le aseguro.
Esas pocas veces que César llega sin compañía y me obliga a tener sexo con él, tiene la decencia de usar preservativo.
Espero los gritos, los golpes y las recriminaciones, pero éstas no llegan. Curiosa, alzo la vista y veo a mi Diego sonriendo embobado, como si de un niño se tratara. Tan feliz, que mi corazón canta de alegría.
–¿Un bebé? –pregunta en un susurro.
Asiento, aún algo asustada. Lo último que veo, antes de que me bese, son las lágrimas brotar de sus hermosos ojos castaños.
Luego nos sentamos en el pasto al lado del puente y hablamos toda la tarde, sobre lo que haremos. Decidimos que tengo que escapar, tomar a Cristóbal y huir, esta noche.
Cuando llego a mi casa, agradezco a Dios, César aún no llega. Espero hasta que la chica que cuida a Cristóbal se va.
–Mami, ¿vamos a salir? –Le sonrío a mi pequeño y asiento–. ¿A dónde vamos, mami?
–Guarda tus cosas, cielo –lo apresuro–. En el camino te digo.
Mi niño comienza a saltar, feliz y ansioso como yo. Cuando tenemos lo necesario, salimos de la casa y comenzamos el camino.
–Estoy cansado, mami –susurra mi pequeño, bostezando.
Lo levanto en brazos y como puedo tomo mi bolso y la mochila de Cristóbal. A los minutos comienzo a jadear. Mi niño tiene seis años y yo nunca he tenido fuerza en los brazos.
De pronto Cristóbal se levanta y grita feliz. –¡Papi! ¡Papi! –Apunta al auto de César que va subiendo por el camino principal a la casa.
–Shhh, cielo. Papá no debe enterarse, es una sorpresa –miento.
Cristóbal comienza a llorar y a estirar su bracitos hacia su papá. –¡Quiero a mi papi!
Veo a algunos hombres de César y trato de esconderme, pero es en vano, porque escuchan a mi pequeño llorar.
–¿Algún problema, señora?
Niego con la cabeza, y lucho contra el temblor de mi mentón. –Nada. El pequeño quiere dar un paseo.
Ambos se miran entre ellos y niegan con la cabeza. –Lo siento, señora, pero debo pedirle que nos acompañe.
Ninguno saca su arma, y sé que no lo harán mientras tenga a Cristóbal conmigo.
Bajo el bolso y la mochila al suelo, antes de correr con mi pequeño en brazos. No hay nada importante en esos bolsos, lo único que de verdad me importa es Cristóbal y el bebé que llevo en mi vientre.
Escucho el llanto de mi pequeño y aunque me duele verlo tan triste, sé que estoy haciendo lo mejor para ambos. ¿Qué vida le espera a mi hijo rodeado de gente como su padre?
Sobre el ruido del llanto de Cristóbal, escucho un auto y me congelo al ver a César frenando frente a mí. Se baja y me quita a Cristóbal de un tirón.
–Ya, pequeño –le dice tiernamente, dándole golpecitos en la espalda.
Mi pequeño abraza el cuello de su papá. –¡Tenía miedo, papi!
–Sube al auto –ordena, pero niego con mi cabeza–. Sube –dice sacando un arma y apuntándome mientras Cristóbal tiene su carita escondida en su cuello.
Subo al asiento de atrás y lloro todo el camino a la casa.
–¿A dónde ibas, campeón? –le pregunta César a Cristóbal.
–No lo sé, papi, era una sorpresa.
–Con que una sorpresa, ¿eh? ¿Pensaban volver pronto?
Cristóbal se gira en el asiento delantero y me mira. –¿Pensábamos volver pronto, mami?
Asiento antes de abrazar mi vientre.
Al llegar, César baja a nuestro pequeño y me saca de un tirón a mí. –Ve a tu cuarto, campeón. Tu madre y yo tenemos que hablar.
–¡No! Hijo, quédate con mami –ruego a sabiendas que César no me hará nada mientras Cristóbal esté mirando.
César niega con la cabeza. –Ve a dormir, hijo. Ya es hora de que duermas.
Mi niño asiente y bosteza. –Mañana juego contigo, mami. Ahora tengo mucho sueño –susurra antes de irse.
Apenas dobla por el pasillo, César me coge del pelo y me da un puñetazo en la cara tan fuerte, que caigo al suelo.
–¿Pensabas irte, perra? –sisea sentado sobre mi cuerpo–. ¿Piensas que puedes llevarte a mi hijo contigo? –pregunta y bofetea mi rostro.
–¡Por favor! –ruego, sin embargo, vuelve a golpearme. Se pone de pie y me da una patada tan fuerte que mi cuerpo se levanta y cae a unos metros.
Comienzo a gatear, tratando de alejarme de él, pero me toma del pelo y me levanta.
–¿A dónde vas, mi amor? Estamos recién comenzando.
Me arrastra al baño del pelo. Todo el camino le ruego que me perdone, pero no me escucha. Lo único que puedo ver es esa sonrisa siniestra. Llena la tina con agua, y yo en lo único que puedo pensar es en Diego esperándonos en el puente, angustiado sin saber qué hacer.
Mi amor…
–Desnúdate –ordena.
–Por favor –ruego. Caigo a sus pies y abrazo sus piernas, rogando piedad, como me enseñó hacer desde la primera vez que me golpeó–. Haré lo que me digas si me perdonas, cariño –imploro.
Se baja su pantalón y me toma del pelo bruscamente. –Ya sabes que hacer, puta, y esta vez sin vomitar –espeta.
Trato de salir del baño, pero no me deja. Coge mi pelo y me obliga a complacerlo. Lucho contra las arcadas, pero no puedo. Las náuseas del embarazo no ayudan.
Se ríe antes de soltarme. –Eres una perra asquerosa. –Me pone de pie y me empuja contra el lavado de manos antes de subirme el vestido y bajarme mi ropa interior–. Esto es para que aprendas –dice.
Siento un dolor horrible cuando me toma. Cada vez que hace eso me siento violada, como la primera vez que lo hizo y su papá lo descubrió. Para mi desgracia, lo obligó a casarse conmigo.
Sé que la intención de mi suegro era buena, pero con eso arruinó mi vida. El embarazo de Cristóbal terminó con mi última esperanza, porque mi papá al enterarse de mi estado, me obligo a casarme con César, a pesar de que le dije que me había violado.
Resisto mientras termina. –Te encanta, ¿no, perra? –Siento su asqueroso aliento en mi cuello y lloro al pensar en Diego.
Todo es distinto con él, y ahora podría estar en sus brazos si todo hubiese salido bien.
Lo escucho gruñir y siento su peso en mi espalda. Luego me levanta y me deja caer en la tina con agua.
–Esto te enseñará a no llevarte a mi hijo.
Sus manos presionan mi pecho y me veo bajo el agua.
Lucho contra todas mis fuerzas por apartar sus brazos, pero no puedo. Cuando comienzo a perder la batalla me suelta y me deja respirar, sólo, para volver a hundirme de nuevo. Comienzo a patalear y a golpear todo cuanto puedo, escucho su risa siniestra bajo el agua. Está disfrutando como siempre lo hace. Me deja respirar y luego me hunde de nuevo.
–¡Mami!
Escucho llorar a mi pequeño y César me suelta de inmediato. Lucho para recuperar el aliento y salgo jadeando de la bañera.
Cristóbal corre a mis brazos y toma un frasco de shampoo y golpea a su padre con él.
Abrazo más a mi pequeño, temiendo que César lo golpee, pero éste ríe feliz, al ver a su hijo.
–Ese es mi campeón –dice desordenándole su pelo oscuro–. Valiente igual a su padre. Estábamos jugando con tu mami, hijo.
–¿En la bañera?
César asiente. –Sí, ¿recuerdas cuando jugamos en la piscina en el verano? –Mi pequeño asiente–. Esto es lo mismo, hijo. Ve a dormir.
Abrazo más a mi pequeño. –Te amo, hijo –susurro.
–Deja al niño irse a la cama, Cristina. ¿O quieres que juegue con nosotros?
Suelto de inmediato a mi niño. –Ve, cielo. Mañana nos vemos, ¿sí?
Mi pequeño asiente antes de caminar a su habitación.
César cierra la puerta y me levanta del cabello. –Un grito y te mato –dice antes de comenzar a golpear mi estómago con su puño.
Generalmente siempre me golpea en partes dónde nadie pueda darse cuenta. Esta noche perdió los nervios, porque me golpeó en la cara. Si su hermano o papá vienen, tendré que mentir una vez más.
De pronto recuerdo a mi bebé. –No, no lo hagas…–ruego, pero sigue sin escucharme–. Estoy embarazada, por favor.
Se congela y me suelta.
Tira de mi pelo. –¿Es mío? –pregunta y sé que si le digo la verdad, matará a mi bebé.
Asiento y me suelta.
–Ve a acostarte –ordena–. Yo limpio.
Extrañada por la rapidez que me creyó, ya que él sabe que se cuida, pero agradecida por el cambio, corro a mi habitación y me acuesto de inmediato.
Al otro día hablo con Diego y le cuento todo, le prometo que lo haremos en otra oportunidad para calmarlo, ya que es obvio que quiere matar a César por lo que me hizo. Pero él no sabe que nadie se puede meter con un Guerrero.
Nadie.
Los meses siguieron pasando, nació Claudio, y luego todo se complicó más…
–¿Lo sabía? –la pregunta de Román me distrae.
Asiento y luego sólo puedo llorar.
Mi amigo me abraza. –Todo estará bien –susurra una y otra vez, hasta que encuentro la fuerza para creer en sus palabras.
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Comments
Adriana Romero
Complicado lo que vivió, muy triste 😥 pero ella nunca lo enfrentó a su padre y a su hermano de decirles que el no solo la maltrataba sino que también la violó, y Cristobal es fruto de ese mal momento.
Ahora después de tantos años quién le va a creer, encima desapareció y dejó a sus hijos
2025-04-01
1
Mauren Coronado
Sabía que no podía ser bueno, el único problema es que no hay nadie que corrobore la historia, los tres guerreros están muertos
2025-01-06
1
Tere Roque 🇨🇺
uffffffffffff 🤬😡🤐
2024-08-11
2