Fer

Mi cuerpo se congela y me giro. Está de pie con los brazos cruzados, luciendo cansado, enfadado y sexy como el infierno.

–Yo… ¿Cómo abriste? ¡Cerré con llave!

La mitad de su labio se eleva en un amago de sonrisa. –Aunque no debería explicarte como entré a mi casa, abrir puertas es lo primero que me enseñó mi tío.

–Un hombre de tu tamaño no debería ser tan silencioso –mascullo. El tipo mide más de un metro ochenta y cinco fácil. Además, debe pesar más de noventa kilos de puro músculo.

La tela de su camisa lucha por contener sus grandes y musculosos brazos.

–Ya está bueno, Rapunzel. He tenido paciencia contigo, pero…–Sus ojos miran su cama y su rostro se contrae con ira pura.

Todo mi cuerpo me grita que estoy en peligro, que huya, pero no me puedo mover.

Se acerca en dos zancadas a mi lado y me levanta con tanta fuerza, que por un segundo me desoriento. Sus dedos se entierran en la carne de mis brazos, lastimándome, pero me obligo a no gritar.

Sus ojos verdes se ven perturbados, dos lagunas verdes de miseria y odio.  Puedo ver sus demonios y ellos pueden verme a mí.

–Me estás lastimando –susurro.

Sus dedos se entierran más en mi carne. –¡ME IMPORTA UNA MIERDA! –grita y yo quiero correr. Correr lejos del dolor que veo en su mirada–. ¿CÓMO TE ATREVES? ¡NO TE METAS EN MI VIDA!

Trato de zafarme de su agarre, pero lo único que logro es que me sujete con más fuerza.

–Por favor –ruego.

Me sacude violentamente. Todo mi cuerpo se mueve y dolor se dispara por mis brazos, mis costillas y mi espalda. A pesar de rogarle que se detenga, cada vez lo hace con más fuerza.

Mis ojos lagrimean por el dolor provocado por su ira.

–Lo siento –susurro una y otra vez.

Sus manos toman mi rostro con violencia y una de sus manos baja a mi cuello.

Este es el fin. Me equivoqué con él.

Acepto mi destino porque sé que defenderme no me salvará. No, cuando la fuerza provocada por el miedo, odio y muchas otras cosas que sólo puedo imaginar, lo está dominando.

Cierro los ojos, segura de que torcerá mi cuello y antes de darme cuenta, estaré muerta.

–Lo siento –repito una última vez.

Acuna mi rostro con fuerza y me besa. Ambos jadeamos.

Sus labios queman los míos. Saboreo la salinidad de mis lágrimas mientras trato de entender qué está pasando. Hace un segundo pensé que me mataría y ahora sus labios buscan en los míos, con desesperación, fuego, calor y olvido.

Subo mis manos y tomo su cabello, empujándolo más cerca de mí. Buscando respuestas y perdón por lo que he hecho.

Hoy crucé una línea.

Muerde mi labio inferior y gruño de placer por el dolor que se dispara hasta mi centro. Siento que estoy siendo empujada hacia su cama. Mi mente me grita que lo detenga de inmediato, sin embargo, mi cuerpo me exige que lo deje continuar.

Caemos sobre el colchón sin dejar de besarnos. Se separa unos centímetros de mí y observo sus ojos. Ahogo un jadeo al verlos oscuros, torturados y peligrosos.

También veo miedo y algo más que no logro entender.

–No sé cómo ayudarte –susurro.

Niega con la cabeza. –Nadie puede –masculla antes de volver a besarme.

Su dolor me conmueve y quisiera poder acallarlo de alguna manera. Lo abrazo con todas mis fuerzas, con mis brazos y piernas.

Jadeo al sentirlo contra mí, duro y excitado.

–No… no podemos –murmuro con un hilo de voz.

Pone un dedo en mis labios, callándome. Luego sólo me mira. El dolor que veo en sus ojos me obliga a besarlo nuevamente.

A los segundos ambos gruñimos al experimentar un fuego que amenaza con acabarnos. Uno tan intenso como nunca he sentido en mi vida. Es sofocante y doloroso, pero tremendamente excitante.

Su boca deja la mía y baja besando mi cuello, succionando mi piel en el proceso. Si no lo conociera mejor, diría que lo hace con ternura. Luego sube y muerde mi mentón.

Gimo. El dolor se dispara por mi cuerpo, provocando un dulce calor a su paso. Mis pezones se endurecen y mis pechos parecen inflamarse, igual que otras partes de mi cuerpo.

Guerrero gruñe, y comienza a abrir mi camisa con poca paciencia. Sé que debo detenerlo, pero el calor y el placer que siento, me lo impiden.

–Vaya, Rapunzel –susurra con una sonrisa al ver mis pechos desnudos y excitados. Su mirada en ellos sólo aumenta mi libido. Mis puntas crecen bajo el calor de sus ojos.

Por primera vez en mi vida, agradezco no tener tanto pecho, ya que, a pesar de tener los pechos pequeños, estos son firmes. Por lo mismo, la mayoría de las veces, no uso nada. No es que no tenga nada, pero siempre quise ser copa C, sin embargo, con suerte, puedo rellenar una copa B.

Jaime siempre se quejaba por mis pechos pequeños, disminuyendo día a día mi seguridad. Pero ahora, al ver la mirada de deseo en Cristóbal, siento como mi seguridad aumenta a nivel exponencial.

–¿Te quedarás todo el día mirándolos, Woody?

Sus ojos se alejan a regañadientes de su objetivo y me mira con su sexy media sonrisa torcida.

–Cuando termine contigo, querrás volver a tu torre, Rapunzel –susurra antes de bajar su boca y tomar mi punta izquierda.

Grito al sentir sus dientes en ese punto tan sensible. Pasa su lengua y la enreda, tirando de ella con mimo. Con su mano acuna mi otro pecho y aprieta ligeramente, luego tortura mi sensible punta con su pulgar, pasando la uña, sin darme tregua.

–Eres exquisita, Rapunzel. –Su voz ronca envía un escalofrío por todo mi cuerpo–. Eres un exquisito chocolate –murmura antes de volver a besar, morder y succionar mis sensibles puntas.

Cierro mis ojos y siento como si mi cuerpo ya no me perteneciera más. Trato de mover mis manos, pero no consigo hacerlo. Es como si mi cerebro no pudiera enviar la orden.

¿Qué demonios es esto? Si no lo supiera mejor diría que estoy bajo el efecto de un narcótico, pero sé que no es así.

Grito el nombre de Cristóbal cuando succiona mi punta derecha con fuerza una y otra vez, se detiene y luego lo hace con el otro.

Mi cuerpo comienza a temblar violentamente, aumentando el placer que siento. Estoy tan enardecida que puedo oler la esencia de mi propia excitación.

Cristóbal gruñe y sé que él también puede olerla.

–Eres rápida, ¿no? –murmura en mis pechos.

Trato de controlar mi cuerpo para no darle la satisfacción, pero no me da tregua. Si no se detiene, me correré. ¡Y sólo ha tocado mis pechos!

Mi cuerpo se tensa. Giro mi cabeza con desesperación, preparándome para el estallido de placer, pero de pronto se aleja de mí.

Siento una corriente de aire frío en mis pechos y gruño molesta al extrañar el calor de su boca.

–¿Por qué…? –trato de preguntar.

Mis piernas tiemblan y mis muslos duelen de pura frustración.

Maldice. –El timbre –masculla molesto–. No te muevas –dice, apuntándome con su dedo índice. Asiento, porque, aunque quisiera, no podría moverme–. Y no te toques –ordena y yo me sonrojo–. Quiero ver cuando te rindas a mi toque, Rapunzel. No me lo perdería por nada –susurra antes de acariciar mi mejilla.

Abro mi boca para decirle lo que se merece, pero no logro vocalizar. Frustrada y furiosa la cierro, y me giro para que no me vea.

Lo escucho cuando sale de la habitación, riéndose de mí.

Maldito sea.

Me obligo a sentarme y ordenar mi ropa. Mis pechos duelen y ya no en el buen sentido. Duelen porque extrañan el calor de Woody.

Traidores.

¿Qué estoy haciendo? Afirmo mis codos en mis rodillas y dejo descansar mi cabeza en mis manos, abrumada por todo lo que siento en este momento. ¿Qué clase de periodista se acuesta con la persona que se supone debe investigar?

No es que nosotros lo hayamos hecho, pero si él no se hubiese detenido, yo tampoco lo hubiese hecho.

¿Podré detenerlo cuando vuelva a la habitación? No lo sé, pero no apostaría por ello. Eso seguro.

Una risa femenina llama mi atención y camino hacia la puerta, curiosa como siempre. Papá siempre me ha dicho que heredé lo curiosa a mamá.

Abro la puerta despacio y en la sala se encuentra una hermosa mujer, de tez blanca, alta y delgada, con grandes caderas y pechos, un hermoso cabello ondulado castaño claro, casi rubio, vestida con un lindo vestido violeta que realza todos sus atributos.

Miro mi ropa y arrugo el ceño. Llevo mi jeans favorito, que tiene por lo menos 5 años, por lo tanto, está viejo y descolorido. Mi camisa negra y mis zapatillas del mismo color no hacen mucho por mejorar mi conjunto. Ni siquiera me maquillo y esa chica parece recién salida del salón de belleza.

–Lo dejamos claro, preciosa –murmura Cristóbal, mirándola como cualquier hombre miraría a una chica así.

Ignoro la punzada de celos que siento.

–Pero, Cristóbal, lo pasamos muy bien ayer.

Woody le sonríe con esa sonrisa torcida que me gusta y le guiña un ojo de forma descarada.

–Lo sé, cariño, pero te advertí que no se volvería a repetir, ¿lo recuerdas? –le pregunta acariciando su mejilla y colocando un mechón suelto tras su perfecta oreja.

La mujer le hace un mohín, mostrándole la generosidad de su labio inferior y gimotea. –Una vez más. Prometo no volver a molestarte.

Cristóbal mira hacia dónde estoy yo, y me ve espiando. Me obligo a quedarme dónde estoy. Esto es justo lo que necesitaba, un balde de agua fría.

¡Es un maldito mujeriego!

Mis ojos pican y entierro mis uñas en las palmas de mis manos para evitar llorar. ¡Esto es ridículo! No sé porque duele tanto, pero lo hace.

Lucho contra la vergüenza de que Cristóbal me vea así, sobre todo, cuando sus ojos indagan en los míos buscando respuestas.

Se gira de nuevo a la chica y niega con la cabeza. –Lo siento, Valeska. Eres hermosa, cariño, pero ya lo hablamos.

La chica sonríe y acuna el rostro de Guerrero en sus manos. –No me rendiré, me conoces, Cristóbal.

Se acerca y lo besa con fuerza dejando claro lo que quiere de él. Cuento mentalmente y llego hasta 10, hasta que finalmente se separan.

Woody sonríe como el descarado que es, y Valeska le guiña un ojo. –Nos vemos mañana a las cinco. Aceptaron el trato –le dice la muy descarada, con una sonrisa que podría detener el tráfico.

Cristóbal se apresura en asentir. –Nos vemos –dice acompañándola a la puerta.

Mañana a las cinco es mi oportunidad. Debo averiguar dónde. Aprovecho que la mujer mantiene entretenido a Woody en la puerta, para buscar en su habitación una pista del lugar de encuentro de mañana.

–No aprendes, ¿no? –sisea–. No te metas con mis cosas.

–¿Qué me vas a hacer?, ¿pegarme? –devuelvo, girándome para enfrentarlo–. No permitiré que me ataques de esa forma otra vez.

Woody hace una mueca. –Lo siento, de verdad. No sé qué me pasó… No entiendo –susurra viéndose perdido en sus pensamientos.

Ese dolor que veo en sus ojos me invita a acercarme a él, pero me contengo. No me siento fuerte en este momento y Woody puede tomar ventaja como ya lo hizo.

Miro las cartas en la cama y me obligo a pedir disculpas. –Lo siento, no debí abrirlas, pero la curiosidad me ganó.

Asiente bruscamente. –Sí, ese parece ser tu problema –dice apuntando la puerta–. Escuchaste una conversación privada.

Respiro para tranquilizarme y así evitar lanzarle todo lo que quiero.  Pensará que estoy loca. ¡Ni siquiera yo sé por qué me siento así!

–Lo siento –mascullo–. Estoy haciendo mi trabajo –termino con poca convicción, porque últimamente ni siquiera hago eso bien.

Toma mi brazo y me acerca a él. Su aliento acaricia mi frente y baja por mi mejilla como una caricia. Sus ojos se oscurecen de nuevo como un predador frente a su presa y mi cuerpo reacciona ante su mirada de deseo porque es un traidor que no le importa lo que pienso y siento.

Acaricia mi mejilla, como hace unos minutos lo hizo con esa mujer, y luego, con su pulgar, recorre el contorno de mis labios, que se encuentran inflamados y adoloridos.

–Tienes los labios amoratados, lo siento –susurra mirando mi boca fijamente. Trago el nudo que tengo en la garganta–. Es más fuerte que yo –susurra acercando su boca a la mía.

Sé que quiero besarlo, pero recuerdo que esa boca hace unos minutos fue de otra y giro mi cabeza.

–No.

Sus ojos buscan los míos. –¿Por qué?

–Porque no. Tengo un trabajo que hacer.

Toma mis brazos firmemente, pero sin lastimarme. –Debes detenerte o tendré que matarte. Por cierto, ¿quién era ese chico que usaste de señuelo? No debe significar mucho para ti si lo expusiste de esa manera.

–Jorge está bien, tú no le hiciste nada.

Guerrero se ríe. –¿Tienes una idea de con quién estás hablando?

Asiento y me obligo a mirarlo directo a esos ojos tan verdes. –Sí, creo que cada minuto que pasa te conozco más –siseo–. Eres un idiota. –Sus dedos me sostienen con más fuerza–. Eres un idiota que tiene miedo –mascullo apuntando las cartas.

Retrocede como si lo hubiese golpeado. –No sé por qué dejo que me hables de esa manera. He matado por mucho menos –espeta furioso.

Me rio. –Sí, claro y mi mamá es Bambi. –Sus ojos se amplían–. Sé leer a la gente, Woody, es una de las habilidades que me ayudan en mi trabajo. Y apostaría mi trasero que tú, amigo, no has matado a nadie en tu vida.

El silencio, roto sólo por la voz de Aretha Franklin, oprime el lugar. Lo único que puedo ver son esos ojos verdes furiosos y confundidos. Luego avanza y me toma con fuerza, empujándome contra la pared.

–¿Quieres que te pruebe que estás equivocada, niña? –pregunta en un siseo, aparentando ser un hombre peligroso.

Bostezo, infantilmente, para demostrarte que su bravuconería no me asusta en lo absoluto. –¿Terminaste? –pregunto con una sonrisa calculadora.

Maldice y grita, antes de coger mi mejilla con fuerza y besarme.

Esta vez su beso no es como los anteriores. Este lo único que quiere lograr es hacerme sentir indefensa e impotente. Me muerde el labio inferior fuerte, marcándome como si fuera su presa. La situación es tan incómoda que no se me hace difícil no dejarme llevar por las sensaciones.

Separa mis piernas con brusquedad y su mano ahueca la carne vulnerable que encuentra, con propiedad, como si fuera suya.

Lo muerdo fuerte, y retrocede maldiciéndome. –¿Estás enferma?

–Yo decido, y ahora no te quiero cerca de mí. Eres un cobarde –lo acuso.

Sus ojos me miran con tanto odio que sonrío. Ahora es él quien se siente impotente.

–¡No lo soy!

Apunto las cartas. –Léelas. Ya no eres un niño, Cristóbal. Es algo de vida o muerte.

Su rostro me mira, inexpresivo. –¿Crees que me importa? Mira, niñita, si esa mujer está en su lecho de muerte, te puedo asegurar que me importa una mierda. Por mí que se pudra en el infierno.

   Niego con la cabeza. –Eres un niño aún. Ponte los pantalones de una buena vez –digo tomando mis cosas–. No me vuelvas a besar de nuevo. –Empuño mi mano y la levanto–. Te juro que te arrepentirás –amenazo.

–¡Lo mismo te digo!

Escucho que me grita cuando voy saliendo de su casa.

Maldito. Lo hundiré, me digo mientras acaricio mis labios adoloridos.

Juro que lo haré.

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Comments

Mauren Coronado

Mauren Coronado

Hay lectoras, que cosa No? que harían ustedes si se enamoran? O para ser más clara que pasó con Luisa y Superman? el amor o la atracción no hace tomar desiciones o caminos que no pasaríamos tomar. No Tiene nada que ver con el profesionalismo y me parece más madura que el prota

2025-01-06

1

Bettzi Iseth Nieto Peralta

Bettzi Iseth Nieto Peralta

eso es lo que me está costando. no podría ni siquiera imaginar que ésto podría suceder en la vida real, si así fuera ella ya estaría muerta

2025-01-16

0

María Sol 🌷

María Sol 🌷

Periodista de dibujos animados debe de ser, no es para nada profesional, es obstinada e inmadura, no me agrada para nada, debería de recibir un buen susto para que deje de comportarse como estúpida

2024-02-14

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