Maldita reunión, pensé que no terminaría nunca.
Salgo del edificio y corro hacia el ascensor. Una vez en él, espero, con la última gota de paciencia que me queda, que baje hasta el estacionamiento.
Lo único que quiero es estar con mi niña. Si no fuera porque la reunión era impostergable, no hubiese asistido. Además, se requería mi presencia para firmar las actas y los acuerdos.
Nunca pensé que llegaría el día que odiaría este edificio, que tantas satisfacciones me ha dado, pero ahora es distinto, ahora este lugar me mantiene lejos de mi pequeña cuando más me necesita.
Si no fuera por Mimi, estaría pérdida.
Como te extraño, mi amor.
Evito caer presa de la depresión y la desesperación que siento al saber que no lo veré más.
Han pasado dos años, y aún duele como el primer día. Todos me dijeron que con el tiempo el dolor menguaría, pero me mintieron. Duele más. Sobre todo ahora, que mi pequeña también lo necesita.
Extraño al hombre que trajo luz a mi vida cuando vivía en completa oscuridad, al hombre que me enseñó a sonreír, al hombre que me enseñó a amar y a ser amada. Extraño a mi compañero.
Extraño a mi salvador.
Mi Diego me encontró ese horrible día cuando decidí no seguir. Nunca olvidaré nuestro primer encuentro.
Había escapado en la madrugada de ese horrible lugar, que nunca pude llamar hogar, no sin antes entrar a la habitación de Cristóbal y besar su mejilla y pedirle perdón por lo que estaba a punto de hacer. Todavía recuerdo como mi pequeño giró y tomó mi mano con fuerza, como si supiera de alguna manera que estaba a punto de irme. Me obligué a dejarlo, y salir.
Después de unas horas caminando, me perdí, y llegué a un puente, que ahora sé, es el puente Ñuble. Me acerqué y pasé el límite permitido y me preparé para saltar, en lo único que pensaba en ese momento era en Cristóbal, pero me convencí de que estaría bien. César era un muy buen padre con nuestro pequeño, no así un buen hombre conmigo.
Estaba a punto de saltar cuando lo escuché por primera vez.
–No vale la pena, cariño. No lo hagas.
Me gire tan rápido que casi resbalo, pero él me tomó en sus fuertes y amorosos brazos.
–¿Él te envió? –pregunte aterrada, pensando en lo que me haría César al volver a casa.
Pasó su mano con delicadeza por mi mejilla para calmarme. –Nadie me ha enviado. –Me sonrió, revelando una hermosa y cautivante sonrisa–. Quizá Dios.
–¿No lo sabes? Dios no existe –devolví.
Atrapó mi nariz entre sus dedos y tiró de ella. –Claro que sí, acabo de encontrar a un ángel.
Sus ojos castaños se iluminaron, y por primera vez en muchos años, sonreí sinceramente. No una mueca, como acostumbraba a hacerlo en las reuniones familiares de los Guerrero, ya que si no lo hacía mi cuñado y suegro se quedaban para hablar con César, y luego éste me golpeaba hasta cansarse por dejarlo mal frente a su familia.
–Todo tiene solución, cariño.
Negué con mi cabeza, llorando. –Estoy atrapada.
–No, preciosa. Nadie puede atrapar tu alma y tu mente, nadie. Ni siquiera en una prisión pueden hacerlo. Eres libre.
Sin importarme nada, lo abracé con fuerza, aferrándome a ese hombre y aferrándome también a sus palabras. Después de mucho tiempo, nos separamos.
–Soy Diego, por cierto.
Le sonreí. –Soy Cristina.
Y ahí empezó nuestra historia. Al principio fuimos amigos por mucho tiempo. Yo me escapaba para verlo, siempre nos juntamos en el puente dónde nos conocimos. Y un año después, nos besamos por primera vez. Fue el beso más dulce que me han dado en la vida. Entonces lo supe, me había enamorado de Diego.
Luego comenzó nuestra hermosa aventura. Cada vez que César tenía que salir por una entrega, yo me escapaba con Diego y pasábamos todo el tiempo que podíamos juntos... Pero, luego todo se derrumbó.
Mi celular suena cuando voy saliendo del estacionamiento, distrayéndome de mis pensamientos.
Al ver que es Mimi contesto de inmediato. –Ay, señora, por fin me contesta.
Mi cuerpo se congela. Detengo el auto, para evitar un accidente. –¡¿Cómo está Betty?! –pregunto sollozando.
–Señora, la niña no está bien, pero se la llevó el médico que usted envió del seguro.
Mi cuerpo se congela. –¿Qué médico?
–Ese que vino hoy a ver a la niña. Dijo que lo habían enviado de su seguro…–sigue hablando, pero ya no puedo escucharla.
Mi pequeñita.
–Mimi, yo… yo no envié a nadie… Oh, Dios, mi pequeñita –comienzo a llorar, desesperada–. ¿Dónde dijo que la llevaría?, ¿cómo se llama el médico?
Mimi llora. –Señora todo fue tan rápido, no me dijo su nombre, pero dijo que la llevaría al Sanatorio Alemán. Lo siento mucho…–Le corto y comienzo a manejar lo más rápido que puedo, saltándome semáforos en rojo, y casi chocando en un cruce.
Mi niñita.
Mi amor, por favor, cuida a nuestro angelito.
Estaciono afuera del Sanatorio Alemán y corro a informaciones.
–Me informaron que trajeron a mi pequeña aquí –le digo en una carrera, sin dejar de llorar.
–¿Nombre de la paciente? –pregunta la secretaria, con voz monótona.
–Beatriz, Beatriz Luna Cortes Henríquez.
El ceño de la secretaria se arruga. –No tenemos a nadie con ese nombre, pero hay ingresada una chica en la UTI, y en el registro sólo aparece por Beatriz.
Corro hacia el ascensor. Sé dónde está la UTI, mi niña ha estado muchas veces ahí.
Después de lo que parece una eternidad, el ascensor se detiene y corro por el pasillo buscando una enfermera o a alguien a quien preguntarle, pero no veo a nadie.
–Disculpe –le hablo a una señora que está sentada en la sala de espera–. ¿No hay personal?
–Están todos con una chica que llegó muy mal.
Tomo los hombros de la mujer, sobresaltándola. –¿Sabe en que habitación? –pregunto llorando.
–Ahí, dónde está ese joven –responde, apuntando a unos veinte metros.
–Gracias. –Corro hacia el hombre que está de espaldas a mí, con la esperanza de que sepa algo–. ¿Disculpe?
Noto como el hombre se tensa al escucharme, lo miro extrañada, sin entender nada, pero cuando se gira, jadeo y llevo mi mano a mi pecho.
Siento un miedo apabullante al verlo. Un miedo que nunca se fue, a pesar de que Diego se encargó de hacerme olvidar todo lo malo. Sin embargo, ese miedo tan familiar, siempre me encuentra en mis pesadillas.
Retrocedo unos pasos, aterrada de que pueda golpearme, pero luego me doy cuenta que frente a mí no tengo a César, sino a Cristóbal, mi hijo.
Vuelvo a jadear al entender que el hombre que está parado frente a mí es mi pequeño. Es igual a su papá, incluso me mira de la misma manera que César me miraba… con odio.
Acerco mi mano a su mejilla, pero se sacude violentamente. –No te atrevas a tocarme –sisea.
Su amenaza me hace retroceder.
–Beatriz está siendo atendida, tuvo una crisis. Me haré el examen de compatibilidad, y si soy compatible, la ayudaré. No por ti, por ella –masculla–. Lo único que te voy a pedir es que no tenga que volver a verte en mi vida. –Me apunta y sus ojos se vuelven fríos–. Y no metas a Claudio en esto, o te arrepentirás –espeta.
Asiento, aterrada. –Yo… gracias. No sabes lo que esto significa…
Levanta su mano, cortándome. –No quiero escucharte. Ten la maldita decencia de no hablarme –sisea antes de girarse.
Mi corazón duele de una manera que juro, jamás olvidaré. No duele por mí, o por las palabras duras que acabo de escuchar, duele porque sé que dañé a mi pequeño. Está herido.
Y su herida es tan grande que nunca me perdonará.
La puerta se abre y me acerco al doctor. –¿Cómo está mi pequeñita, Román?
Toma mis hombros y me lleva a las sillas que hay al lado de la sala. –Cristina debes ser fuerte, Betty no está bien.
Niego con mi cabeza, desesperada. –Mi pequeña estará bien, es fuerte, es igual a su papá –contradigo, aferrada a la única esperanza que tengo.
–Sí, pero se le está acabando el tiempo. Lo siento mucho.
Cristóbal se acerca con gesto terco. –Yo soy hermano de tu paciente. Hazme el examen de compatibilidad ahora mismo –ordena. Mi amigo mira a mi hijo y luego a mí, sin entender nada–. ¿Qué esperas?
Román se levanta y empieza a llamar a una enfermera. –Antonia, por favor, lleva al joven a hacerse el examen de compatibilidad. Tenemos un posible donador de médula.
La enfermera asiente y se sonroja al mirar a mi hijo. Se nota que mi pequeño tiene suerte en el departamento femenino, igual a su papá. Todas las noches llegaba con un perfume distinto.
Sacudo mi cabeza, para ahuyentar los viejos fantasmas.
–¿Es tu hijo? – pregunta Román.
Asiento. –Es una larga historia y muy dolorosa para contar –aclaro. No necesito que me haga preguntas.
–Tranquila.
–¿Cuánto se demora el resultado?
–Lo apuraré, debería estar listo por la mañana. –Golpea mi mano con cariño y se levanta–. Ven a prepararte para que veas a tu pequeña.
Asiento, y rápidamente, ya acostumbrada a esto, me pongo la bata, los guantes, la mascarilla, y el gorro.
Cuando veo a mi pequeña en esa cama, conectada a tantas máquinas y pese a estar acostumbrada a sus crisis, lloro angustiada al verla tan débil.
–Tranquila, mi amor. Tu hermano ya está aquí, él te ayudará, preciosa –susurro mientras la veo dormir–. No me dejes sola, Betty. Me moriría sin ti.
Tomo la mano de mi pequeña mientras llamo a Mimi para que esté tranquila. Cuando termino de hablar, le canto las canciones que le cantaba su padre cuando quería hacerla dormir.
Afirmo mi cabeza en su cama y lloro por lo que parecen ser horas, pero sé que debe ser mucho menos.
–Ya me hice el examen.
Me giro y veo a Cristóbal, mirando a mi pequeña, preocupado.
–Gracias.
–No lo hago por ti –espeta–. Es igual a Claudio –murmura después de un rato.
Asiento, se parecen mucho, o por lo menos Betty se parece mucho al recuerdo que tengo de mi pequeñín.
–Mañana volveré. Tengo cosas que hacer hoy –dice como si se estuviera disculpando.
No le respondo porque sé que le molestará. Asiento y se va.
Por lo menos mi hijo es compasivo. He tenido miedo todo este tiempo de que Cristóbal sea como su padre. Cruel y violento.
No. Mi niño no es así, mi hijo no maltrataría a una mujer como su padre.
Él no.
–Resiste, mi amor. Resiste. Cristóbal te salvará.
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Comments
Adriana Romero
Qué habría pasado si Cristina enfrentaba a César?
pero hablarlo delante de la familia para que descubrieran quién realmente decía la verdad, al final el murió y no supieron la verdad, ahora ellos quedarán con más dudas al hablar Cristina sin saber si es realmente cierto lo que dice
2025-04-01
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Adriana Romero
Es duro para una madre ver a su hija más cerca de la muerte, a su hijo Cristobal odiando 😡 un pasado que aun desconoce, angustiado por la enfermedad de su hermano, sin comentarle a su hermano como una forma de protegerlo
2025-04-01
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Mauren Coronado
Puede ser que los Guerrero estuvieran engañados y no supieran lonque sucedía con César y Cristina? O lo sabían y le recriminaban por no ser un buen esposo? Dios muchas teorías
2025-01-06
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