Fer

–¿Qué secretos ocultas, Cristóbal Guerrero González? –le pregunto a la fotografía que tengo en mi mano.

Mi gato, Pelusón, golpea la foto repetidas veces con su pata delantera, exigiendo mi atención. Acaricio su barbilla y comienza a ronronear fuerte, como si de un motor se tratara.

–Un poco demandante, ¿no?

Sus ojos verdes me miran como si yo estuviera destinada a servirle, y debiera cumplir mi trabajo con agrado y honor.

Mientras acaricio a mi gato gigante, que más que gato parece un perro, mis ojos vuelven a Cristóbal Guerrero.

Ayer me vio de nuevo. Debo tener más cuidado, él comienza a reparar en mí.

Pelusón mira la foto. –No tiene mal ver, ¿no?

Mi gato se baja indignado de un salto, botando mis carpetas al suelo.

Denme paciencia.

Suspirando recojo todo y lo vuelvo a ordenar. Más fotos de Guerrero aparecen.

Sonrío, sin lugar a dudas tengo el mejor trabajo del mundo, sobre todo si debo vigilar a este espécimen de hombre.

Enciendo mi computador y comienzo a trabajar en la nota que esperan de la revista para publicar. Ser periodista me permite trabajar freelance , lo que me da la libertad de realizar investigaciones periodísticas, justo lo que hago ahora.

Hace dos meses me contactó un editor de prensa y sin darme mayores detalles, me pidió que investigara a Guerrero y a quienes lo rodean. Me pagó por adelantado un treinta por ciento, lo que me permitió arrendar una habitación en esta ciudad y comenzar a trabajar.

No pudo llegar en mejor momento este trabajo. Estaba cerca de la banca rota, pero como mi papá siempre dice, si Dios quiere ayudar, a la casa va a dejar.

Mi celular suena y hago una mueca al ver de quién es el mensaje. Tomo mi celular y Pelusón gruñe, furioso conmigo.

  –Lo sé, soy débil, debo saber que dice. –Me da la espalda en un claro gesto de desprecio–. Anda, no seas malo. Juro que no le contestaré.

Se aleja gruñendo.

Abro el mensaje y suspiro, agotada.

Mi amor: María Fernanda, estás sobre reaccionando y lo sabes. Nunca dijimos que éramos exclusivos. De haber sabido que reaccionarías así, te hubiese preguntado primero. Dime dónde estás.

Gruño molesta. Odio cuando me llama por mi nombre completo. Le he dicho un millón de veces que soy Fer, pero cuando está molesto lo olvida.

Molesta por el mensaje, borro su nombre de mi agenda, dejándolo como un desconocido, de todos modos, ya no es mi amor.

–No sabía que éramos exclusivos –digo haciendo una muy mala imitación de su voz.

Me alejo de mi escritorio y me lanzo a mi cama, haciéndome una bolita. Pelusón por una vez recuerda que la mascota de compañía es él, y se acerca a consolarme, sin embargo, cuando ve las lágrimas caer de mis ojos, se enoja y me golpea con sus patas gigantes.

–Oyeee –me quejo–. Eso duele. –Me siento y seco mis lágrimas–. Sé que soy patética, pero… Dios, odio este mundo. ¿Por qué ahora cuando empiezas una relación hay que dejar claro si son exclusivos el uno con el otro? ¡Es ridículo! Una relación significa compromiso. –Pelusón me mira y pasa su cabeza enorme por mi mejilla–. No sé ni para que me molesto en explicarte, si no fuera porque la veterinaria te castró, seguirías rompiendo corazones.

Cierro los ojos y recuerdo a mi Jaime teniendo sexo con esa chica rubia teñida, que tenía en mi cama. ¡Mi cama!

Maldito bicho.

Papá tiene razón, no debo confiar en ningún hombre.

Me armo de valor, y vuelvo al trabajo, sin embargo, mis ojos vuelven a la foto de Guerrero.

–Apuesto que tú eres peor que Jaime. Todos los hombres son iguales. Unos asquerosos mujeriegos.

Pongo a Aretha Franklin a todo volumen y me olvido de mis problemas, al menos por ahora.

En menos de quince minutos termino con la nota y la envío. Tomo mi celular y decido llamar al único hombre que no está en mi lista negra el día de hoy.

–Hola, nena. ¿Cómo está mi gatita?

Rio al escuchar a mi padre. –Furiosa con todos los de tu género, papi. ¿Es qué no se cansan de ser… ya sabes…?

–¿Hombres? –pregunta papá, sacándome una sonrisa–. Lo siento, princesa. Si quieres voy dónde Jaime y golpeo la mierda fuera de él.

Aunque me siento tentada, niego con mi cabeza. –No, papi. Recuerda que la última vez, pasaste la noche en la comisaría.

Mi papá ríe. –Tu mamá cuenta diferente esa historia, dice que me dediqué a dar autógrafos y a relatar mis viejas victorias.

Sonrío. Papá es un boxeador retirado, uno de los mejores del país. Aún recuerdo cuando ganó el primer lugar de la Asociación Mundial de Boxeo, en la categoría mediopesado, el año 99, defendió dos años su título.

–No tentemos tu suerte, papi.

–Mi pequeñita hermosa, no sabes cuánto te extrañamos con tu mamá. Vuelve pronto, ¿sí?

Suspiro. –Yo también los extraño mucho. Estoy avanzando, pero debo decir que los sujetos que estoy investigando son muy buenos.

–Si quieres le sacamos la verdad a golpes, gatita.

Rio. –Ese es mi plan B, papi. Te amo. Saluda a mamá por mí, ¿sí?

–Claro, mi amor. Cuídate.

–Siempre –devuelvo antes de cortar.

Extraño a mi familia.

Papá, mamá y yo, como toda familia con un sólo hijo, somos muy unidos. Nos llamamos a nosotros los tres mosqueteros. Papá siempre cuenta que cuando mamá quedó embarazada, soñó desde el minuto uno tener un niño a quien enseñarle a boxear, pero cuando me vio, agradeció al cielo, que su sueño no se haya cumplido.

Mi papi.

Pelusón maúlla, llamando mi atención. –Sí, ellos también te extrañan –le aseguro–. Sobre todo mamá.

Después de todo, papá es más de perros. Pelusón odia a Supergallo con toda su alma, y Supergallo odia a Pelusón, incluso más que a las pulgas.

Esos dos no tienen remedio.

Mi celular suena nuevamente y al ver qué se trata de mi nuevo jefe, contesto de inmediato.

–Tengo información importante. Debes aprovechar la oportunidad. No quiero equivocaciones –masculla, sin saludar ni nada, pero no importa porque siento una sonrisa partir mi rostro.

¡Al fin!

*****

Camino por el polvoriento lugar, ocultándome gracias a una casa abandonada. La emoción circula por mis venas y la adrenalina se dispara en mi torrente sanguíneo.

Si papá supiera qué estoy haciendo, pondría el grito en el cielo. Es lo único bueno de que esté tan lejos.

Trato de acercarme para escuchar lo que hablan, pero no tengo suerte. Escucho unos pasos, y sin pensarlo, entro en la casa que está a punto de venirse abajo.

Mi corazón martillea en mi pecho.

Tapo mi boca para no gritar cuando un ratón pasa corriendo sobre mi pie y me enredo con unas asquerosas telarañas.

¿Dónde está Pelusón cuando lo necesito?

El ratón corre en círculo tratando de buscar un lugar para esconderse de mí, pero no hay nada. Estamos los dos atrapados aquí.

–Sé bueno, ¿sí? –susurro, alejándome de él, pero comienza a saltar y a emitir un ruido de lo más aterrador.

El miedo me provoca dolor en el pecho. Si no fuera porque estoy sana y tengo veintiséis años, creería que estoy sufriendo un ataque al corazón, o algo por el estilo.

–Contrólate, Fer –me ordeno–. El ratón está más asustado que tú.

Retrocedo y me armo de valor para darle la espalda. Confío en que el miedo lo aleje de mí. Me acerco a la ventana que da al descampado, y hago una mueca.

–Adiós al pañuelo de seda que me compró mamá –susurro para mí.

Deshago la coleta que sostenía con el pañuelo, y limpio la ventana con mucho cuidado, ignorado las arañas que corren despavoridas.

Abajo veo a la mujer que llamó mi atención desde un principio por su hermoso cabello rojo.

Saco como puedo mi cámara profesional de mi bolso. Mis manos generalmente firmes, hoy tiemblan. Por el rabillo de mi ojo vigilo al ratón, pero sigue corriendo en círculos, si sigue así pronto se mareará.

Configuro mi cámara, le quito el flash para no llamar la atención y comienzo a tomar fotografías una tras otra.

Con el zoom trato de buscar a Guerrero, pero no lo veo por ningún lado. Quizá hoy tiene libre.

Sigo sin poder creer como bandas organizadas como esta, sigan trabajando sin levantar sospechas. O quizá lo hacen, pero la autoridad decide hacer oídos sordos.

–Quizá compraron la lealtad de todos –susurro–. Mala suerte para ustedes, chicos, yo no tengo precio.

El ruido que escuché de pasos se aleja, y consigo respirar nuevamente. Mi jefe me advirtió que son gente muy peligrosa y que debo tener cuidado.

Sigo tomando fotos, una tras otra, sin detenerme y sin poder borrar la sonrisa de mi rostro.

Me giro para vigilar al ratón, y lo veo quieto, casi congelado de miedo. Sigo su mirada y ahora la que se congela soy yo.

La puerta está abierta y, recostado sobre el marco, se encuentra Cristóbal Guerrero mirándome con un gesto extraño.

–Si yo fuera tú no haría eso –murmura chasqueando la lengua–. Has sido una chica muy mala.

–Oh, oh.

Miro al ratón, pero creo que se desmayó o algo. Luego veo todo negro y caigo al suelo.

Mierda.

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Comments

Adriana Romero

Adriana Romero

Fer te acabas de encontrar no solo con un ratón 🐁 sino ahora con el canguro Cristobal, ese si te va a pasar la factura 😉, te agarró infraganti, a demostrar de que estás hecha

2025-04-01

1

Tere Roque 🇨🇺

Tere Roque 🇨🇺

epa, jajajaja 🤣 y con él y ellos noooooooo se juega, seguro k sííííííííííí

2024-08-08

2

Marinochka

Marinochka

Jaja 😂

2024-05-08

1

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