–¿A quién busca, señor? –pregunta un conserje.
Me tenso, sintiéndome incómodo y sí, aterrado como pocas veces lo he estado en mi vida.
–Soy médico –miento–. Vengo a ver a Beatriz.
El hombre pierde su sonrisa y asiente, triste. –Claro, Betty, es una lástima. Esa niña alegraba este edificio. –Niega con la cabeza–. Esa enfermedad es terrible. ¿Tienes muchos pacientes como ella?
Asiento, incapaz de vocalizar.
Es verdad. Esa mujer no me mintió. Tenía la esperanza de que fuera una mentira. Mi intención de hacer este viaje, aparte de demostrarme a mí mismo que Rapunzel está equivocada, era comprobar que nada de lo que decían esas cartas es cierto, pero me equivoqué.
Existe una chica llamada Beatriz que está muy enferma.
Me tomó dos semanas, luego de la pelea que tuve con Rapunzel, leer las malditas cartas.
Fer, tiene razón. Soy un cobarde.
–Pase. La señora no está, pero Betty está con la nana. Piso nueve, departamento trescientos dos.
Asiento y, para evitar llegar pronto, subo por las escaleras en lugar de tomar el ascensor.
Debería haber hablado con Claudio, pero no tuve la oportunidad de hacerlo. Las dos veces que he ido a la casa me he visto en medio del fuego cruzado entre papá y Mila, y las veces que mi hermano ha ido a mi departamento no ha parado de hablar de su matrimonio.
Mierda.
Claudio se va a molestar. Lo estoy dejando de lado.
–Por lo menos esa mujer no se encuentra –murmuro, aliviado. Me concentraré en lo positivo como me ha enseñado mi tío.
Eres un idiota que tiene miedo.
Las palabras de esa mujer se clavan en mi cabeza con fuerza. Fer tiene razón. Tengo miedo.
Quisiera correr dónde mamá y que me diga que todo estará bien como siempre lo ha hecho.
Doy un respingo al recordar como perdí los nervios con Rapunzel. Mamá estaría muy desilusionada, por no decir furiosa, si alguna vez se entera que su hijo maltrató a una mujer.
Soy una mierda de persona.
Es sólo que esa chica lanzó alcohol a mis heridas y quise arremeter, hacerla sentir tan mal como yo me sentía, pero… Hay algo en esa mujer que me atrae con una fuerza que nunca he experimentado antes. Una fuerza primitiva.
Me irrita también como nadie lo ha hecho antes. ¡Y eso que me críe con tres hermanos!
Cuando nos enfrentamos, y esos ojos color cacao me miraban con insolencia y deseo, pensé que había muerto y que estaba en el cielo y en el infierno, ¡al mismo tiempo! Necesitaba acometer contra ella físicamente por eso la besé.
Y, Dios, fue bueno.
Cierro los ojos y juro que puedo saborear la dulzura de sus pechos en mi boca, que puedo escuchar sus suaves gemidos y murmullos de placer, y que puedo escuchar mi nombre en sus labios cuando temblaba de excitación.
Peligroso.
Algo me grita que esa mujer es veneno para mí y que debo alejarme de ella, pero no puedo. Peor aún, la extraño. Estas dos semanas se me han hecho insufribles. Me encontré con dos mujeres para poder sacarla de mi cabeza, aunque fuera por unos minutos, pero no lo logré.
Todo palidece al fuego que siento con Rapunzel, ese incendio que arrasa con todo sólo lo he sentido con ella, y ni siquiera hemos tenido sexo.
Cierro los ojos nuevamente y veo a Fer montándome y mirándome con esos ojos cacao exigiéndome que le dé todo el placer que merece. Veo su hermoso cabello oscuro con reflejos color vino tinto, envolviéndonos y acariciando mi pecho en el proceso. También la veo torturando mis muslos mientras Rapunzel me toma con su boca.
Contrólate, me ordeno.
Esa mujer tiene el potencial de acabar conmigo y no debo permitírselo. Ni siquiera la he tenido y mi cuerpo duele por imágenes que no han sucedido y puede que nunca sucedan.
Es lo mejor.
Mi corazón comienza a martillear cuando llego frente a la puerta trecientos dos. Me obligo a golpear y a comportarme como el hombre que estoy lejos de ser.
La puerta se abre y una mujer de mediana edad, rubia, con mejillas redondas y ojos azules, aparece en el umbral.
–¿Sí?
Respiro hondo. –Soy médico. Vengo a hacerle una visita a Beatriz.
La señora arruga el ceño. –La señora no me dijo nada –chasquea la lengua, disgustada–. Pase, doctor. No le importa que llame a la señora para confirmar.
–Para nada –me apresuro en contestar–. Dígale que me enviaron los del seguro –improviso sobre la marcha.
Saca un celular del bolsillo de su pantalón, y antes de que marque suena una alarma.
–Debo preparar la medicina –musita rápidamente y corre hacia, lo que imagino, debe ser la cocina.
Miro el apartamento y silbo, se nota que la vida la ha tratado bien. Es un puto departamento de lujo.
–¡Mimi! –Escucho una débil vocecita–. Por favor –pide.
Miro hacia el lugar dónde desapareció la mujer, me acerco para buscarla, pero no la veo por ningún lado. ¿Dónde diablos se metió esa mujer?
La voz sigue llegando cada vez más débil y, temblando, camino hacia la habitación.
Abro la puerta y veo a una niña, que no debe tener más de once años, con la mitad de su cuerpo colgando por el lado izquierdo de la cama.
–Por favor –pide de nuevo.
Corro hacia ella y la enderezo rápidamente.
Cuando me mira, me siento tan débil que una pluma podría tumbarme. Es igual a Claudio, tiene sus mismos ojos castaños y su cabello también es castaño con rizos. Y su cara es como la de mi hermano, pero más delicada, y claramente más pálida.
Está muy pálida. Si no la hubiese escuchado hablar hace unos minutos diría que está… muerta.
–Gracias –susurra y sus ojos se cierran como si hubiese agotado toda su fuerza en ello.
–¡¿Qué clase de doctor es usted?! –Me giro ante la pregunta acusatoria–. ¡No debe entrar sin mascarilla!
Me tiende una y me la pongo rápidamente.
La chica se remueve. –No es su culpa, yo…–Sus ojos se cierran de nuevo–. Él me ayudó…
–Estaba a punto de caerse de la cama –me apresuro en explicarle a la mujer.
Mira a la niña, preocupada. –Lo siento, cariño. Estaba preparando la medicina. Ya sabes que esta vieja no escucha bien –le dice cariñosamente golpeando su mano con ternura–. Vamos, cariño. Haz un esfuerzo –le pide, mientras la ayuda a sentarse y le ofrece sorbos, de lo que parece ser, jugo de naranja.
La chica niega con la cabeza. –No puedo…–ruega.
La mujer seca sus lágrimas. –Debes intentarlo, mi niña. Estás muy flaca.
–Yo le doy –le digo a la mujer con voz firme.
Debe comer algo o desaparecerá. Nunca he visto a una persona tan delgada. Le quito el vaso de jugo a la mujer y me siento en la cama.
–Beatriz, bébelo –ordeno con la misma voz que usaba con Claudio.
Sus ojos castaños se abren con reconocimiento, casi como si reconociera mi voz de mando. Asiente y comienza a dar pequeños sorbos, pero a los segundos se cansa y cierra sus ojos nuevamente.
–Más –insisto y la obligo, poco a poco, a beber todo el líquido.
Toco su frente y arde. –¡Está ardiendo en fiebre!
La mujer se acerca corriendo y maldice cuando pone su mano sobre la mejilla de Beatriz.
–Debo llamar a la señora –murmura, a la vez que le pone un termómetro en la boca a la niña con delicadeza–. Cuídela –pide antes de salir.
Beatriz abre sus hermosos ojos castaños, que por lo delgada que está, parecen consumir su rostro, y me regala una hermosa sonrisa.
No tengo duda de que es mi hermana. Es igual a Claudio. Tan linda.
Me acerco a su lado y acaricio su mejilla con delicadeza. –Estarás bien –le susurro.
Sonríe, abre su boca, pero luego se tensa y comienza a dar saltos en la cama.
¡Está convulsionando!
Rápidamente tomo un paño y lo pongo en su boca para evitar que se muerda, pero luego comienza a vomitar con violencia.
–No en mi turno, niña –ordeno.
La tomo en brazos, acunándola contra mi pecho. Está tan delgada que no siento su peso. Tomo el edredón y la cubro con él, y camino a la sala.
La señora me detiene antes de salir por la puerta. –¿A dónde cree que va con Betty?
–Está muy mal.
La señora se acerca y da un respingo al verla saltando en mis brazos, debido a las convulsiones.
–Pero la señora no me contesta…
–Le dice que la llevé al Sanatorio Alemán –digo antes de salir, sin hacer caso a sus reclamos.
–No te dejaré morir, Beatriz –susurro mientras camino hacia el ascensor.
No la dejaré morir.
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Comments
Adriana Romero
La sangre llama Cristobal, que bien que fuiste, ahora puedes ayudar a tu hermana es lo que corresponde, luego deberías escuchar la otra historia que no conoces, entenderas y luego sacarás tus propias conclusiones
2025-04-01
1
Bettzi Iseth Nieto Peralta
que clase de capo eres tú? decepción 🙄
2025-01-16
0
Mauren Coronado
wów episodio intenso!!
2025-01-06
1