–Aghhh. –Pateo la cama, furiosa–. Te juro que no lo dejaré tratarme así de nuevo –le digo a Pelusón, que me mira molesto por el ruido que hago.
Pienso en Cristóbal y siento como la rabia hierve dentro de mí. Creía que Jaime era el hombre que más mal me ha tratado, pero no le llega ni a los talones a Woody.
Maldito.
Primero me ataca, luego me besa y casi me quemo viva en sus brazos, y luego… Luego intentó hacerme sentir humillada y…
–Aghhh.
Vuelvo a gritar cuando entiendo que lo que más me molesta y que nunca le perdonaré, es que por unos minutos le tuve miedo, tanto, como nunca le he tenido a nadie. Lo que vi en sus ojos consiguió paralizarme, pero no más. Le demostraré quién soy yo. Desde pequeña, papá me inculcó habilidades para protegerme y me enseñó que nunca debía temerle a un hombre. Hizo de mí una mujer valiente, sin miedos.
No le fallaré de nuevo.
Han pasado dos semanas y no he podido sacarlo de mi cabeza. Lo peor, no sólo me torturo con los recuerdos malos, como el miedo, y verlo besando a esa chica, sino que también me torturo con los buenos.
No me puedo quitar su sabor de mis labios, y tan poco puedo olvidar su pasión, su hambre, su necesidad..., ¿será así con todas las mujeres?, ¿por eso ellas piden más?
Me sacudo ese pensamiento rápidamente.
Pelusón pasa su enorme cabeza por mis piernas, en lo que interpreto como una muestra de cariño.
–Gracias –susurro antes de acariciarlo. Cae de espaldas y me muestra su barriga. La acaricio por tanto tiempo como me deja, pero luego de unos minutos, muerde mi mano y sisea–. Lo sé, amigo, lo siento. No más caricias en la barriga por hoy.
Sale muy digno, dándome la espalda.
Hombres.
Tomo mi bolso y decido salir. Hoy tengo que encontrar evidencias, el dinero de mi cuenta se agotó y ya no tengo como pagar la pensión el próximo mes. Y mi jefe me dijo que, si no obtenía avances pronto, me haría devolverle hasta el último peso.
Podría pedirles dinero a mis padres, ellos siempre me han ofrecido su ayuda, pero no quiero ser la hija que vive a costas de sus papás. No. Primero me quedo en la calle, que viendo como están las cosas, será el próximo mes.
Sonrío para ahuyentar las preocupaciones como me enseñó mi mamá y miro la aplicación en mi celular. El auto está por llegar.
Hace una semana vendí mi auto, a mi compañero de tantos viajes, para poder seguir costeando esta investigación y para pagar las deudas que venían calentando mi oreja.
¡Qué manera tienen de llamar las empresas de cobranzas!
Me subo al auto.
–¿A dónde va? –pregunta el joven que usa gafas y rastas en el pelo.
Sonrío. –Justo en el lugar que marca la aplicación.
–Pero ahí no hay nada… Bueno, como quiera –dice antes de ponerse a conducir.
En la radio suena Bob Marley, y sonrío al recordar mi época universitaria. Cuantas cosas hicimos escuchando esta música. Fueron buenos tiempos, sin preocupaciones como las que tengo hoy.
¡Odio ser adulta!
Después de casi media hora en la carretera, y otros quince minutos por un camino secundario, le pido que se detenga. No quiero que me vean.
–Son… veintitrés mil pesos… ¡Vaya! –exclama feliz.
Quisiera estar feliz por él, pero mi problema financiero actual no me lo permite, le entrego el dinero de mala gana, sabiendo que deberé pagar casi lo mismo cuando haya terminado.
Tomo mi bolso y camino por el sendero de árboles, maravillada de lo lindo que es este lugar.
Definitivamente mejor que la ciudad.
Mi jefe me envió esta dirección con un mensaje de que no la jodiera de nuevo. Claro, es fácil para él, lo imagino sentado desde su cómodo escritorio, sin tener que preocuparse como evadir a peligrosos guardias y sin pensar cómo pagar las deudas el próximo mes.
¡Y ahora ni siquiera tengo a Tobby, mi hermoso y perfecto auto!
El primer auto que adquirí por mis propios medios. Se lo compré al papá de mi amigo Edu, me dio un buen precio y nunca me arrepentí de la compra. Tobby siempre estuvo a la altura.
Sigo el camino, por casi diez minutos antes de ver actividad.
Varios hombres se encuentran rondando a unos cien metros colina abajo. Tomo mi cámara y vigilo a través del zoom, tratando de ubicar a Cristóbal, pero no lo encuentro.
Tal vez hoy está con esa chica rubia, o quizá con la colorina que lo vi la semana pasada, o puede que con la morena que estuvo hace cuatro días.
Sí, sigo vigilando sus movimientos. Es mi trabajo.
No esperaba todos los sentimientos que despertó en mí verlo con esas mujeres. ¿Por qué los hombres son así?, ¿es que no se conforman con nadie?
Me obligo a concentrarme en mi trabajo, después de todo, con quien tenga sexo Guerrero no es de mi incumbencia. Es más, debería aprovechar de hacerlo con quién se le cruce por delante, porque desde la cárcel dudo que pueda seguir haciéndolo.
Ignoro el dolor en el pecho que siento al pensar en Woody tras las rejas. Sin embargo, no es mi problema, él debe saber a qué se enfrenta.
Quito el flash y comienzo a sacar fotos, pero hasta ahora no he visto nada interesante, sólo hombres custodiando el lugar.
Luego de media hora, llegan dos camionetas, un camión blindado y un Jeep.
Al fin, ya comenzaba a aburrirme.
Me acerco sólo un poco más, después de todo esta cámara es muy buena. Vale cada peso que gasté en ella. Esa compra se llevó un buen pellizco de la venta de mi Tobby.
Tomo fotos al camión y dentro veo lo que parecen ser cuadros de pintura, y esculturas varias.
Pensé que sería algo más divertido, pero bueno, tengo que trabajar con lo que me toca.
Tomo fotos de los hombres descargando el camión y del pago, que creo, lo hacen con transferencia bancaria, porque dos personas miran una pantalla, que bien puede ser un celular grande o una Tablet pequeña, o quizá…
Me congelo al sentir el cañón de un arma en mi cabeza.
–Gírate –ordena una voz, y estoy segura que no se trata de Guerrero. Quiero moverme, de verdad que sí, pero siento que mis pies están enterrados en el suelo–. Eres sorda, ¿o qué?
–¡Ahora! –ordena otra voz que tampoco reconozco.
Doy un respingo y me giro.
Un hombre cerca de sus cincuenta años, me estudia cuidadosamente con sus ojos marrones, mientras que el otro más joven, se ve impaciente por matarme.
–Reventémosla, jefe –pide casi saltando, emocionado.
El hombre mayor niega con la cabeza. –No. Ya sabes que a los jefes no les gusta que se mate a nadie a no ser que sea estrictamente necesario.
–Yo…–Mi mentón tiembla–. Estaba tomando fotos al paisaje.
El hombre más joven toma mi cámara y la lanza al suelo.
Mis sueños y esperanzas se rompen al igual que la cámara. No era sólo una cámara, era una inversión, mi herramienta de trabajo. Gasté más de un millón de pesos en ella.
Siento como la rabia se apodera de mí. Mis manos se empuñan y antes de pensar en lo que estoy haciendo, golpeo a quien destruyó, en este momento de mi vida, mi bien más preciado.
Cae al piso desprevenido. Me tiro sobre él y lo golpeo sin detenerme. Mis nudillos duelen, pero continúo de todos modos.
–Eres idiota, ¿o qué? –siseo–. Esa cámara es todo lo que tengo.
Lo tomo por su camisa y, antes de darme cuenta, soy levantada por el señor mayor.
–Manuel…–Usa el nombre de ese imbécil como una advertencia.
El idiota pasa su mano por su boca que comienza a sangrar y escupe, poniéndose de pie. Se acerca unos pasos a mí y me toma por mi cabello con una fuerza desmedida, y me arrastra colina abajo.
–Ya verás quien soy yo, maldita perra –masculla.
Trato de girarme para ver mi cámara y veo al señor mayor recogiéndola, y luego corre para alcanzarnos.
Antes de darme cuenta estamos dentro de una habitación de madera oscura con sólo un escritorio, una silla y una lámpara que cuelga desde el centro del techo.
Me empuja contra la mesa. Grito al sentir un dolor fuerte en la cadera, antes de caer.
–Manuel –masculla el hombre furioso–. Primero tenemos que averiguar qué estaba haciendo, y luego veremos qué hacer con ella.
El idiota pasa su mano por su labio que comienza a inflamarse, y escupe al suelo, al lado de mi mano. –Primero necesito vengarme, jefe. La perra se lo merece.
Me pongo de pie, como puedo, y los enfrento. –No soy policía, lo juro –me defiendo. Sé que ahora lucho por mi vida.
–¿Quién te envió?
Niego con la cabeza. –No puedo decirlo –digo firmemente.
–Mira, muchacha, si no hablas no te puedo ayudar. Esto es muy grave. ¿Tienes una idea de qué te estás jugando?
Asiento. –Lo tengo muy claro, pero no puedo traicionar a mi fuente.
–No vas a decirnos, ¿verdad? –pregunta.
–Lo siento, pero no puedo.
–Don Luis, tenemos que acabar con ella –dice apuntándome–. Yo lo haré.
Miro al hombre, buscando ayuda, pero hace una mueca de disgusto, casi asqueado. –Lo siento, niña. No te puedo dejar salir de aquí.
Seco las lágrimas que comienzan a caer de mis ojos.
El idiota sonríe. –Eso, llora. Ahora yo te daré razones para gritar. –Se saca el cinturón de su pantalón y lo dobla–. Se nota cuando a una persona le falta que le den sus buenos correazos.
Me toma bruscamente del pelo, y me gira, haciéndome mirar hacia la pared. Golpea mi pierna con la suya, y pierdo el equilibrio, quedando recostada con la parte superior de mi cuerpo sobre el escritorio.
Comienzo a llorar al pensar en mis padres. Pasarán toda su vida buscándome, preguntándose por qué.
Los mataré en vida. A ellos, que los amo más que a nadie.
Grito al sentir el golpe en la parte inferior de mis nalgas y en mis muslos. –¡Por favor! –ruego.
La puerta se abre bruscamente y un silencio se apodera del lugar.
–¡USTEDES LE TOCAN UN PELO A ESA MUJER Y LOS REVIENTO AQUÍ MISMO!
Me giro al escuchar la voz de Cristóbal, y estoy segura que nunca he estado tan feliz de ver a alguien en mi vida.
Está furioso, apuntando con un arma al imbécil, que de pronto se ve verde, temo que en cualquier momento pueda vomitar.
Suspiro, aliviada.
Estoy a salvo.
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Comments
Bettzi Iseth Nieto Peralta
estupido, interrupiste. se merecía unos correasos por babosa. sabe que son peligrosos y se comporta como pendeja
2025-01-16
1
Tere Roque 🇨🇺
sííííííííííí ésoooooooooooooooooooooooooooooooo BRAVO llegó Cristóbal y paró en seco la fiesta de ésos 2, k bueno 👍🏻 👏🏼 y ahora kda ver k le hará o k hará con ella jajajaja 🤣 cd estén nuevamente junt@s jajajaja 🤣
2024-08-11
1
Martha Padilla
Me estaba preguntando que apoco la seguridad no se daba cuenta que había una intrusa 🤗🤗🤗
2023-12-13
2