Le hago una mueca a mi celular y lo dejo caer sobre la cama.
–Idiota –mascullo.
No es mi culpa que haya perdido las fotos. De hecho, desmayarme probablemente me salvó.
Guerrero ya me vio. No podré seguir vigilando sus pasos porque tendrá mucho cuidado de ahora en adelante.
Gruño al recordarlo recostado en el marco de la puerta, con esos impactantes ojos verdes, congelándome en mi sitio.
Mis ojos van a la nota y hago una mueca de disgusto.
“Mejor suerte para la próxima, Rapunzel.
PD: Ese Jaime es un idiota, besas mucho mejor que la otra ;)”
Grito, fastidiada. Pelusón me muestra sus dientes y desprecio. Me dejo caer en mi cama, con mi cara aplastando la almohada. Grito, esperando que la almohada amortice en algo el sonido.
Al principio creí que era una mala broma, pero luego toqué mis labios y los tenía hinchados, y su sabor picaba y atormentaba mis papilas gustativas.
Un sabor prohibido y excitante como el infierno.
–Cómo se debe haber reído de mí. Odio mi tendencia a hablar dormida –mascullo y vuelvo a gritar.
Pelusón salta a mi espalda y golpea mi cabeza con su pata gigante.
Me quejo y vuelvo a gritar. Me siento humillada. Ahora él tiene información mía. ¿Lo peor? Se la di fácilmente.
Me siento furiosa, humillada y sí, frustrada. Y es lo que más me avergüenza admitir.
¡Me gustaría poder recordar ese beso!
Abrazo la chaqueta de Guerrero y aspiro su aroma. –Huele bien –suspiro. No sólo es sexy como el infierno, sino que además huele bien–. Pero, ¿Rapunzel?, ¿en serio?, ¿estamos en el colegio?
Sé que mi pelo es largo, pero de ahí a llamarme así… Me giro en la cama, abrazando la chaqueta y enredándome con mi pelo en el proceso.
Quizá tenga razón.
–Fer, concéntrate –me ordeno.
Debo pensar en algo, necesito acercarme a él nuevamente. Tengo que recopilar evidencias y material visual para sacar al aire esta investigación.
Mi desventaja es que ya me vio, quizá demasiado. Mi ventaja es que soy más lista que él. Ahora que sé que me conoce debo tener cuidado.
Rapunzel.
¡Eso es!
–¡Compraré una peluca!
Diablos, quizá me vista como hombre, menos llamaré la atención.
Suelto la chaqueta y tomo a mi gato. –Ese hombre no se me escapará.
Pelusón me mira incrédulo, pero decido ignorarlo.
¡No se me escapará!
*****
Tranquila.
Camina tranquila.
Repito mi mantra mientras me dirijo a la mesa en dónde se encuentra Guerrero conversando con un señor calvo y gordo, en una mesa privada del restaurante.
Llevo mi mano a mi cabeza para verificar que la peluca siga en su lugar.
–Sus tragos, señores –mascullo, tratando de sonar como un hombre.
–No hemos ordenado esos tragos –dice Guerrero frunciendo el ceño.
Me concentro en respirar mientras estudio su rostro. Es un hombre atractivo en verdad. Mis ojos bajan a sus labios, y paso mi lengua por los míos al sentirlos secos de pronto.
–Unas mujeres los compraron, señor. –Miro al señor calvo–. Creo que han roto más de un corazón allá afuera.
La sonrisa del hombre crece, y su pecho se hincha. –Dígale a esas mujeres que tienen buen gusto, e invítelas a una ronda. Yo pago.
Guerrero pronuncia más su ceño fruncido, y mira las copas con desconfianza.
–No lo creo. –Mira al señor calvo y luego a mí–. Puede llevárselas.
Mientras ambos hombres discuten si deben beber las copas o no, aprovecho la distracción y pego bajo la mesa el micrófono inalámbrico.
Mi corazón se acelera y mis manos sudan.
–Si no las quieren me las llevo –me apresuro en decir. Tomo la bandeja y salgo tan rápido como mis piernas me lo permiten.
Vaya, eso fue fácil.
Me contengo para no saltar como quiero. Por fin podré tener evidencias. Mi jefe presiona cada día más, y yo ya no lo soporto.
Camino hacia el baño de hombres del personal, dónde dejé el dispositivo para escuchar y grabar, ansiosa por descubrir que negocios están cerrando.
Por lo que he averiguado, la familia de Cristóbal está relacionada con varios negocios ilegales, desde venta de arte robado, a tráfico de armas. Aun no descubro cómo se pueden relacionar con tantos negocios a la vez, pero lo haré.
De eso no cabe duda.
Entro al baño, que hace una hora puse un cartel con un mensaje de “No entrar. Baño descompuesto”, y encuentro mis dispositivos instalados.
El cartel funcionó.
Me pongo mis audífonos y escucho al calvo hablar en un idioma extraño, parece árabe, pero no apostaría mi dinero por ello.
Después de un rato estoy casi segura que está hablando por teléfono porque la voz de Guerrero no se escucha. Es una lástima, me gusta su voz.
Me giro al escuchar que la puerta se abre de golpe.
–No aprendes, ¿no?
Mi respiración se atasca y mi corazón late deprisa.
–Está ocupado, señor –mascullo con mi voz de hombre que me llevó varias horas de entrenamiento.
Guerrero cierra la puerta del baño y se acerca a mí, yo retrocedo. Una sonrisa peligrosa cubre su rostro.
–Debe salir, señor, o lo golpearé –empiezo, tratando de sonar como papá. Mis puños suben y adopto esa pose de defensa que me enseñó mi papi hace ya tantos años.
–Ya deja eso, Rapunzel, sé que eres tú. –Sonríe burlonamente al mirar mis puños arriba–. No queremos que lastimes tus uñas, ¿verdad?
Él no acaba de decir eso, ¿o sí?
Su sonrisa crece. Mierda, sí que lo dijo.
Sin pensar en las consecuencias lanzo mi mejor cross . Golpe que me enseñó el mejor; mi papá.
Mi puño impacta su cara, y éste, desprevenido, cae hacia atrás y choca con la puerta.
Ambos nos miramos sorprendidos, sin saber que decir. Guerrero lleva su mano a su rostro y sonríe.
–Me merecía eso. –Niega con la cabeza divertido–. ¿Quién demonios te enseñó a golpear así, Rapunzel?
Me acerco a su lado, y reviso su rostro. Su hermoso rostro que por mi culpa quedará magullado.
–Mi papá –respondo porque merece al menos eso.
Sonríe. –Y tu papá es… ¿superman?
Sonrío. –Algo así. –Me levanto y saco una toalla de papel, la mojo en el lavamanos, luego vuelvo a su lado y pongo la toalla mojada en su mejilla–. Temo que se pondrá morado.
Guerrero ríe. –Ya lo creo que sí. Diablos, Rapunzel, no vi venir eso.
Lo apunto, molesta. –No me vuelvas a decir así –mascullo.
–¿O qué?, ¿me golpearás la otra mejilla? ¿No crees que ya tuve suficiente por hoy?
Trato de luchar contra una sonrisa, pero fallo. –Idiota –mascullo.
De pronto se pone serio. –Deja de hacer lo que sea que estás haciendo –advierte–. No me gusta que se interpongan en mi trabajo.
Frunzo el ceño. Nunca he llevado bien que me amonesten. –¡Yo también estoy trabajando! –exclamo indignada.
Cristóbal se pone de pie, y su rostro cambia. Trago el nudo que se formó en mi garganta por el cambio tan brusco en su expresión. En el suelo, sonriendo, se veía amistoso y agradable, pero ahora se ve, como lo que es. Un hombre peligroso.
–Mira, niñita. –Cruzo mis brazos bajo mis pechos para evitar golpearlo una vez más–. No suelo dar segundas oportunidades –empieza–. Te estás pasando. –Se acerca a mi oído–. He matado por mucho menos –susurra. Su aliento baja por mi cuello hacia mi espalda, produciendo un escalofrío, tanto por lo que dice como por su cercanía. Me mira a los ojos directamente. Sus ojos verdes, tan verdes, como el pasto sintético, me mantienen prisionera en mi sitio. Levanta su mano y acaricia mi mejilla con sus nudillos–. Sería una lástima tener que matarte –agrega en un susurro ronco.
–¡Tú me besaste!
¿Qué diablos?
Siento como mi rostro enrojece de vergüenza.
¿Qué demonios está mal conmigo? El hombre me está amenazando y yo no puedo dejar de pensar en ese beso que no recuerdo.
–¿Qué? –pregunta con una media sonrisa que hace mi boca agua.
Bueno, no puedo retroceder, no ahora.
–¡Me besaste cuando estaba inconsciente! –lo acuso molesta.
Pasa su nudillo una vez más por mi mejilla y mira directo a mis ojos. –¿Qué es lo que te molesta?, ¿qué te haya besado o que hayas estado inconsciente?
–Yo… No… ¿qué…? –balbuceo.
Sus ojos miran mis labios ahora. Paso mi lengua por ellos, al sentirlos secos y adoloridos.
Me mira y sus ojos brillan con triunfo. –Esperemos que este no lo olvides, Rapunzel.
–¿Qué…? –intento preguntar, pero toma mi rostro en sus manos y me besa.
Mi boca se abre para él, en una invitación ansiosa por tenerlo de nuevo.
¡Mi boca es una cualquiera!
Su lengua encuentra la mía y jadeo al sentir su sabor especiado y mentolado. Mis ojos se cierran y juro que veo destellos de luz tras mis parpados.
Olvidando todos mis principios, enredo mis dedos en su pelo oscuro y tiro de él, acercándolo más. Su gruñido satisfecho me hace jadear. Muerde mi labio inferior y un gemido suave sale de mi garganta sin poder detenerlo.
Me empuja y me arrincona contra una pared. Me mira y juro que veo fuego en sus ojos. Luego me besa con más brusquedad, pero no por eso es menos excitante.
Toma mi pierna derecha y la sube hacia su cadera. Grito al sentirlo duro y demandante contra mi carne que de pronto se siente hinchada y preparada.
Peligroso.
Mientras devoro su boca, esa palabra no deja de repetirse en mi mente, una y otra vez, como una advertencia.
Sus labios bajan por mi cuello y besan mi piel. Tiro de su cabello con fuerza, necesitando sentirlo de todas las formas posibles.
–¿Me recordarás ahora? –pregunta contra mi cuello antes de morder.
–Ahhh –gimo fuerte. Tiro nuevamente de su cabello y lo obligo a besarme de nuevo.
Un beso y ya soy adicta a sus labios. ¿Qué está mal conmigo?
Nuestro beso sube en intensidad. Su lengua entra y sale, asediando, conquistando y torturando. Es como si le estuviera haciendo el amor a mi boca. Le devuelvo el beso de la misma manera y ahora quien gime es él.
Oh, ese sonido.
Mi cuerpo se calienta más al escucharlo.
La puerta se abre y ambos nos alejamos a regañadientes.
Un chico joven con uniforme del restaurante nos mira como si nunca hubiese visto besarse a alguien.
¿Qué demonios le pasa?
–Es el siglo XXI, amigo. Supéralo –murmura Guerrero.
Es cuando me doy cuenta que estoy disfrazada como un hombre. Me rio sin poder controlarme. Ambos lo hacemos y el pobre chico se ve como si quisiera estar en cualquier lugar menos dónde está, sin embargo, no se mueve. Está congelado.
–¿Nunca has visto a dos hombres besándose? –pregunta Cristóbal–. Se acabó el espectáculo –ordena.
El chico se gira y corre.
Nos miramos y volvemos a sonreír. Sólo un hombre que está muy seguro de su sexualidad podría hacer lo que acaba de hacer Cristóbal. Y eso sin duda lo hace más sexy.
Mierda.
Fer, contrólate, me ordeno.
–Espero que hayas entendido –dice Guerrero con su voz ronca, mirando mis labios.
Niego con la cabeza y sonrío. –No te librarás de mí, amigo –digo saliendo del baño–. Puedes quedarte con eso. –Le apunto a mis dispositivos–, pero no te quedarás con mi historia.
–Rapunzel…–empieza.
–Adiós. Por cierto, cuando llegues a tu casa, ponte algo helado en la cara. No querrás asustar a tus clientes, ¿no?
Lo último que veo es su media sonrisa antes de salir.
Ahora debo organizarme y preparar mi siguiente golpe. Esperemos que este sea menos doloroso para Cristóbal.
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Comments
Adriana Romero
Que locos los dos, en ese baño haciendo desastres,, Cristobal es un zorro que no se dejó engañar y Rapunzel no olvidará esos fogosos besos 💋 y por supuesto que el tampoco 🤷
2025-04-01
1
Tere Roque 🇨🇺
sí 👌🏼 esperemos k así sea, ojalá 🙏🏼 😉 😊
2024-08-09
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Tere Roque 🇨🇺
sííííííííííí ésoooooooooooooooooooooooooooooooo BRAVO 👏🏼 y ASÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍ MISMO ES, xq él está súper 👍🏻 seguro 👍🏻 de su sexualidad, ésoooooooooooooooooooooooooooooooo noooooooo lo pongas en duda NUNCA, JAMÁS ❌️
2024-08-09
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