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Bajó de su auto, miró directo al cielo. Se cubrió los ojos con la mano, el sol brillaba con intensidad. A lo lejos se podía oír los armoniosos cantos y aleteos de los pájaros. Las hojas de los árboles estaban teñidas de un color amarillo rojizo y un manto de hojarasca cubría el piso.

Los oficiales, junto con el detective, cruzaron la calle. Caminaron directamente al hotel que se hallaba delante de ellos.

—Soy detective —mostró su identificación—. Estoy buscando a Martina Bravo.

—¿Hay algún recado para mí? —preguntó la mujer de hermosos ojos iguales a la de un olivo.

Las pupilas de Daniel por un instante se expandieron, ella era idéntica a la mujer que había estado buscando.

—¿Erika? —dijo en voz alta

Ella, al percatarse del detective, dio unos pasos hacia atrás y trató de huir.

Los oficiales la acorralaron.

—¿Qué está pasando?

—Eres Erika, ¿verdad?

—No sé de qué estás hablando, mi nombre es Martina —dijo sonriendo.

—¿Conoces a Emily Peyrou?

—Claro, ¿quién no la conocería?

—Según tengo entendido, fuiste su compañera.

Ella asintió.

—Podrías acompañarnos a la estación para hacerle algunas preguntas.

—Pero... Tengo cosas que hacer.

—No te quitaré mucho tiempo.

Martina miró hacia atrás, estaba un poco inquieta.

—Está bien.

Al ver a Ágatha, Mark puso en marcha el auto.

—¿Pudiste hablar con él?

Ella movió la cabeza.

—Él tenía una coartada bastante sólida que pude corroborar. En esos días, él se encontraba en la Gran Capital —comentó—. Es muy sabido que en este tipo de industria hay mucha competitividad, ¿cómo haría que las chicas no compitieran entre sí? —pensó.

El auto se detuvo.

Ágatha entró a la comisaría, al ingresar a la oficina, no vio a nadie.

—Supongo que aún no ha llegado —se sentó en el escritorio.

Levantó la cabeza y miro el techo, se quedó pensando en la mujer que había ido a su casa. En el fondo, ella siente que ya la había visto, pero cuánto más pensaba, le dolía la cabeza.

—Debería dejar de pensar —dijo apoyando su cabeza en el escritorio.

Sus ojos se abrieron de golpe.

Todo a su alrededor era oscuro, la misma niña que había visto anteriormente, la traspasó.

—Mamá, papá —se echó al piso de rodilla.

Ágatha se acercó a la niña, su cara se transformó al ver el cuerpo de un hombre y una mujer. Ambos estaban rodeados de sangre.

—Todo estará bien —se inclinó hasta la infanta y la abrazo con mucha fuerza.

Aquel oscuro lugar, era frío.

—Mamá, papá —dijo despertando de aquella pesadilla. Su mejilla estaba húmeda, parecía que estaba llorando.

Miró el reloj y se percató de que ya era tarde. Salió de la oficina.

—¿Aún no ha llegado el detective?

Mark negó.

El teléfono sonó.

Ágatha caminó hasta la oficina, agarró el celular que estaba sobre su escritorio y se lo llevó al oído.

—¿Has visto la noticia?

—Señor es usted... ¡¿Qué noticia?!

—Enciende la televisión.

—Si —caminó al centro de la estación—. Enciende —ordenó a Mark.

Él agarró el control y prendió la televisión.

La pantalla, que parecía estar colgada en el techo, enseñaba la foto de Emily.

—¿Qué es esto? —se preguntó.

La televisión se oscureció como si se hubiera apagado. Ágatha se puso de punta y con brusquedad golpeó el aparato.

Una persona vestida de negra y con la cara cubierta con una máscara apareció. Este se aclaró garganta.

—¡Hola mis queridos amigos! —dijo una voz sintetizada—. Especialmente tú —señaló hacia el frente—. Sé que me estás observando en estos momentos

Ágatha miro hacia todos lados.

—"¿quién demonios soy?", seguro que te estarás preguntando, pero si te revelara mi identidad, ya no sería divertido. Te daré una simple pista: Una vez me habías dicho que "las rosas pueden ser crueles y pueden lastimar, pero es la única manera de que nadie pueda hacerle daño. Estaré esperándote -se cortó la transmisión.

—¿Lo has visto?

—Sí, señor, acaba de terminar.

—Este video se ha transmitido en toda la ciudad.

—Señor, ¿se ha podido contactar con el detective?

—Creí que ya había vuelto. La última vez que hablamos, él estaba volviendo con la sospechosa.

—Tengo que colgar

—¿Qué sucede?

—Tengo un mal presentimiento —murmuró.

—¿Qué dijiste?

—Nada, señor. Tengo que colgar.

Cortó la llamada.

—Escúchenme —elevó su voz.

Los oficiales la observaron.

—Quiero que se comuniquen con el detective Daniel.

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